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Artículo
5 LA UNCION DE LOS ENFERMOS
"Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración
de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a os enfermos
al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve.
Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo;
y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11).
I. FUNDAMENTOS EN LA ECONOMIA
DE LA SALVACION
La enfermedad en la vida humana
La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas
más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre
experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad
puede hacernos entrever la muerte.
La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí
mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión
contra Dios. Puede también h acer a la persona más madura,
ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia
lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda
de Dios, un retorno a él.
El enfermo ante Dios
El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante
Dios se lamenta por su enfermedad (cf Sal 38) y de él, que es el
Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf
Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión
(cf Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación
(cf Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12). Israel experimenta que la enfermedad,
de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad
a Dios, según su Ley, devuelve la vida: "Yo, el Señor,
soy el que te sana" (Ex 15,26). El profeta entreve que el sufrimiento
puede tener también un sentido redentor por los pecados de los
demás (cf Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios
hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda
falta y curará toda enfermedad (cf Is 33,24).
Cristo, médico
La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones
de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo maravilloso de que
"Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 7,16) y de que el Reino de
Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para
curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino
a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos
necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega
hasta identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me visitasteis"
(Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha
cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular
de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma.
Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a
los que sufren.
A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Mc 5,34.36; 9,23).
Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf
Mc 7,32-36; 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9,6s). Los enfermos
tratan de tocarlo (cf Mc 1,41; 3,10; 6,56) "pues salía de
él una fuerza que los curaba a todos" (Lc 6,19). Así,
en los sacramentos, Cristo continúa "tocándonos"
para sanarnos.
Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar
por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: "El tomó
nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt
8,17; cf Is 53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones
eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación
más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua.
En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal (cf
Is 53,4-6) y quitó el "pecado del mundo" (Jn 1,29), del
que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y
su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde
entonces éste nos configura con él y nos une a su pasión
redentora.
"Sanad a los enfermos..."
Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz
(cf Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre
la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida
pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión
y de curación: "Y, yéndose de allí, predicaron
que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con
aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6,12-13).
El Señor resucitado renueva este envío ("En mi nombre...impondrán
las manos sobre los enfermos y se pondrán bien"; Mc 16,17-18)
y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza invocando su nombre
(cf. Hch 9,34; 14,3). Estos signos manifiestan de una manera especial
que Jesús es verdaderamente "Dios que salva" (cf Mt 1,21;
Hch 4,12).
El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación
(cf 1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado.
Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen
la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende
del Señor que "mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra
perfecta en la flaqueza" (2 Co 12,9), y que los sufrimientos que
tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: "completo en
mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo,
que es la Iglesia" (Col 1,24).
"¡Sanad a los enfermos!" (Mt 10,8). La Iglesia ha recibido
esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados
que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión
con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo,
médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa
particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial
por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (cf Jn 6,54.58) y
cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo (cf
1 Co 11,30).
No obstante la Iglesia apostólica tuvo un rito propio en favor
de los enfermos, atestiguado por Santiago: "Está enfermo alguno
de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre
él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y
la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor
hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán
perdonados" (St 5,14-15). La Tradición ha reconocido en este
rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia (cf DS 216; 1324-1325;
1695-1696; 1716-1717).
Un sacramento de los enfermos
La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un
sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por
la enfermedad: la Unción de los enfermos:
Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro
Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente
dicho, insinuado por Mc (cf.Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado
por Santiago, apóstol y hermano del Señor [cf. St 5,14-15]
(Cc. de Trento: DS 1695).
En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente,
se poseen desde la antigüedad testimonios de unciones de enfermos
practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción
de los enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los
que estaban a punto de morir. A causa de esto, había recibido el
nombre de "Extremaunción". A pesar de esta evolución,
la liturgia nunca dejó de orar al Señor a fin de que el
enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía a su salvación
(cf. DS 1696).
La Constitución apostólica "Sacram Unctionem Infirmorum"
del 30 de Noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II
(cf SC 73) estableció que, en adelante, en el rito romano, se observara
lo que sigue:
El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los
gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con
aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias,
con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras:
"per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet
te Dominus gratia spiritus sancti ut a peccatis liberatum te salvet atque
propitius allevet" ("Por esta santa Unción, y por su
bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu
Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación
y te conforte en tu enfermedad", cf. CIC, can. 847,1).
II. QUIEN RECIBE Y QUIEN ADMINISTRA
ESTE SACRAMENTO
En caso de grave enfermedad ...
La unción de los enfermos "no es un sacramento sólo
para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera
tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro
de muerte por enfermedad o vejez" (SC 73; cf CIC, can. 1004,1; 1005;
1007; CCEO, can. 738).
Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede,
en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En
el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si
la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los
enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede
aplicarse a las personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.
"...llame a los presbíteros de la Iglesia"
Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la
unción de los enfermos (cf Cc. de Trento: DS 1697; 1719; CIC, can.
1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles
sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los
enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los
enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda
de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar
muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.
III. LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO
Como en todos los sacramentos, la unción de los enfermos se celebra
de forma litúrgica y comunitaria (cf SC 27), que tiene lugar en
familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un
grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía,
memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten,
la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento
de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía. En
cuanto sacramento de la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería
ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal,
el "viático" para el "paso" a la vida eterna.
Palabra y sacramento forman un todo inseparable. La Liturgia de la Palabra,
precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las palabras
de Cristo y el testimonio de los apóstoles suscitan la fe del enfermo
y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza de su Espíritu.
La celebración del sacramento comprende principalmente estos elementos:
"los presbíteros de la Iglesia" (St 5,14) imponen -en
silencio- las manos a los enfermos; oran por los enfermos en la fe de
la Iglesia (cf St 5,15); es la epíclesis propia de este sacramento;
luego ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el
obispo.
Estas acciones litúrgicas indican la gracia que este sacramento
confiere a los enfermos.
IV. EFECTOS DE LA CELEBRACION
DE ESTE SACRAMENTO
Un don particular del Espíritu Santo. La gracia primera de este
sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer
las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad
de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva
la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno,
especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte
(cf. Hb 2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu
quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también
a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Cc. de Florencia: DS
1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán
perdonados" (St 5,15; cf Cc. de Trento: DS 1717).
La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de este sacramento,
el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente
a la Pasión de Cristo: en cierta manera es consagrado para dar
fruto por su configuración con la Pasión redentora del Salvador.
El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo,
viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús.
Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, "uniéndose
libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al bien
del Pueblo de Dios" (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la Iglesia,
en la comunión de los santos, intercede por el bien del enfermo.
Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este sacramento, contribuye a
la santificación de la Iglesia y al bien de todos los hombres por
los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre.
Una preparación para el último tránsito. Si el sacramento
de la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren
enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón "a
los que están a punto de salir de esta vida" ("in exitu
viae constituti"; Cc. de Trento: DS 1698), de manera que se la llamado
también "sacramentum exeuntium" ("sacramento de
los que parten", ibid.). La Unción de los enfermos acaba de
conformarnos con la muerte y a la resurrección de Cristo, como
el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las
sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo
había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación
nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última
unción ofrece al término de nuestra vida terrena un sólido
puente levadizo para entrar en la Casa del Padre defendiéndose
en los últimos combates (cf ibid.: DS 1694).
El Viático, último sacramento del cristiano
A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la
Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático.
Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del
Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia
particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección,
según las palabras del Señor: "El que come mi carne
y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último
día" (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto
y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso
de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn 13,1).
Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación
y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada "los sacramentos
de la iniciación cristiana", se puede decir que la Penitencia,
la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto viático,
constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, "los sacramentos
que preparan para entrar en la Patria" o los sacramentos que cierran
la peregrinación.
V.
EL VIATICO,
ULTIMO SACRAMENTO DEL CRISTIANO
A
los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de una
Unción de los enfermos, la Eucaristia como viático. Recibida
en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo
y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia
particulares. Es similla de vida eterna y poder de resurrección,
según las palabras del Señor: "El que como de mi carne
y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último
día" (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto
y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso
de la muerte a la vida, de este mundo al Padre.
Así,
como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía
constituyen una unidad llamada -los sacramentos de la iniciación
cristiana-, se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y
la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la
vida cristiana toca a su fin, -los sacramentos que preparan para entrar
en la Patria- o los sacramentos que cierran la peregrinación.
RESUMEN
"¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros
de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en
el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará
al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera
cometidos pecados, le serán perdonados" (St 5,14-15).
El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir
una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes
al estado de enfermedad grave o de vejez.
El tiempo oportuno para recibir la Santa Unción llega ciertamente
cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de muerte por causa de
enfermedad o de vejez.
Cada vez que un cristiano cae gravemente enfermo puede recibir la Santa
Unción, y también cuando, después de haberla recibido,
la enfermedad se agrava.
Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden administrar
el sacramento de la Unción de los enfermos; para conferirlo emplean
óleo bendecido por el Obispo, o, en caso necesario, por el mismo
presbítero que celebra.
Lo esencial de la celebración de este sacramento consiste en la
unción en la frente y las manos del enfermo (en el rito romano)
o en otras partes del cuerpo (en Oriente), unción acompañada
de la oración litúrgica del sacerdote celebrante que pide
la gracia especial de este sacramento.
La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos
tiene como efectos:
- la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien
y el de toda la Iglesia;
- el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los
sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;
- el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo
por el sacramento de la penitencia;
- el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;
823. la preparación para el paso a la vida eterna.
 
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