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Artículo
2 EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION
Con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la Confirmación
constituye el conjunto de los "sacramentos de la iniciación
cristiana", cuya unidad debe ser salvaguardada. Es preciso, pues,
explicar a los fieles que la recepción de este sacramento es necesaria
para la plenitud de la gracia bautismal (cf OCf, Praenotanda 1). En efecto,
a los bautizados "el sacramento de la confirmación los une
más íntimamente a la Iglesia y los los enriquece con una
fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se comprometen
mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender
y defender la fe con sus palabras y sus obras" (LG 11; cf OCf, Praenotanda
2):
I. LA CONFIRMACION
EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu
del Señor reposaría sobre el Mesías esperado (cf.
Is 11,2) para realizar su misión salvífica (cf Lc 4,16-22;
Is 61,1). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en
su Bautismo por Juan fue el signo de que él era el que debía
venir, el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 3,13-17; Jn 1,33-34). Habiendo
sido concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda
su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu
Santo que el Padre le da "sin medida" (Jn 3,34).
Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer
únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada
a todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas
ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu
(cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó
primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera más
manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4). Llenos
del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar
"las maravillas de Dios" (Hch 2,11) y Pedro declara que esta
efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos
(cf Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación apostólica
y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu
Santo (cf Hch 2,38).
"Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la
voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición
de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar
la gracia del Bautismo (cf Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué
en la Carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de
la formación cristiana, la doctrina del bautismo y de la la imposición
de las manos (cf Hb 6,2). Es esta imposición de las manos la ha
sido con toda razón considerada por la tradición católica
como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el
cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés"
(Pablo VI, const. apost. "Divinae consortium naturae").
Muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se
añadió a la imposición de las manos una unción
con óleo perfumado (crisma). Esta unción ilustra el nombre
de "cristiano" que significa "ungido" y que tiene
su origen en el nombre de Cristo, al que "Dios ungió con el
Espíritu Santo" (Hch 10,38). Y este rito de la unción
existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente.
Por eso en Oriente, se llama a este sacramento crismación, unción
con el crisma, o myron, que significa "crisma". En Occidente
el nombre de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo
tiempo confirma el Bautismo y robustece la gracia bautismal.
Dos tradiciones: Oriente y Occidente
En los primeros siglos la Confirmación constituye generalmente
una única celebración con el Bautismo, y forma con éste,
según la expresión de S. Cipriano, un "sacramento doble.
Entre otras razones, la multiplicación de los bautismos de niños,
durante todo el tiempo del año, y la multiplicación de las
parroquias (rurales), que agrandaron las diócesis, ya no permite
la presencia del obispo en todas las celebraciones bautismales. En Occidente,
por el deseo de reservar al obispo el acto de conferir la plenitud al
Bautismo, se establece la separación temporal de ambos sacramentos.
El Oriente ha conservado unidos los dos sacramentos, de modo que la Confirmación
es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin embargo, sólo
puede hacerlo con el "myron" consagrado por un obispo (cf CCEO,
can. 695,1; 696,1).
Una costumbre de la Iglesia de Roma facilitó el desarrollo de la
práctica occidental; había una doble unción con el
santo crisma después del Bautismo: realizada ya una por el presbítero
al neófito al salir del baño bautismal, es completada por
una segunda unción hecha por el obispo en la frente de cada uno
de los recién bautizados (véase S. Hipólito de Roma,
Trad. Ap. 21). La primera unción con el santo crisma, la que daba
el sacerdote, quedó unida al rito bautismal; significa la participación
del bautizado en las funciones profética, sacerdotal y real de
Cristo. Si el Bautismo es conferido a un adulto, sólo hay una unción
postbautismal: la de la Confirmación.
La práctica de las Iglesias de Oriente destaca más la unidad
de la iniciación cristiana. La de la Iglesia latina expresa más
netamente la comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante
y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad,
y por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos
de la Iglesia de Cristo.
II. LOS SIGNOS Y EL RITO
DE LA CONFIRMACION
En el rito de este sacramento conviene considerar
el signo de la unción y lo que la unción designa e imprime:
el sello espiritual.
La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas
significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf Dt 11,14, etc.)
y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes
y después del baño) y da agilidad (la unción de los
atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza
las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia
belleza, santidad y fuerza.
Todas estas significaciones de la unción con aceite se encuentran
en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con el óleo
de los catecúmenos significa purificación y fortaleza; la
unción de los enfermos expresa curación y el consuelo. La
unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación
y en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por
la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos,
participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en
la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de
que toda su vida desprenda "el buen olor de Cristo" (cf 2 Co
2,15).
Por medio de esta unción, el confirmando recibe "la marca",
el sello del Espíritu Santo. El sello es el símbolo de la
persona (cf Gn 38,18; Ct 8,9), signo de su autoridad (cf Gn 41,42), de
su propiedad sobre un objeto (cf. Dt 32,34) - por eso se marcaba a los
soldados con el sello de su jefe y a los esclavos con el de su señor
-; autentifica un acto jurídico (cf 1 R 21,8) o un documento (cf
Jr 32,10) y lo hace, si es preciso, secreto (cf Is 29,11).
Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre (cf Jn 6,27).
El cristiano también está marcado con un sello: "Y
es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que
nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en
arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Co 1,22; cf Ef
1,13; 4,30). Este sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia
total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también
la promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica
(cf Ap 7,2-3; 9,4; Ez 9,4-6).
La celebración de la Confirmación
Un momento importante que precede a la celebración de la Confirmación,
pero que, en cierta manera forma parte de ella, es la consagración
del santo crisma. Es el obispo quien, el Jueves Santo, en el transcurso
de la Misa crismal, consagra el santo crisma para toda su Diócesis.
En las Iglesias de Oriente, esta consagración está reservada
al Patriarca:
La liturgia de Antioquía expresa así la epíclesis
de la consagración del santo crisma (myron): " (Padre...envía
tu Espíritu Santo) sobre nosotros y sobre este aceite que está
delante de nosotros y conságralo, de modo que sea para todos los
que sean ungidos y marcados con él, myron santo, myron sacerdotal,
myron real, unción de alegría, vestidura de la luz, manto
de salvación, don espiritual, santificación de las almas
y de los cuerpos, dicha imperecedera, sello indeleble, escudo de la fe
y casco terrible contra todas las obras del Adversario".
Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, como
es el caso en el rito romano, la liturgia del sacramento comienza con
la renovación de las promesas del Bautismo y la profesión
de fe de los confirmandos. Así aparece claramente que la Confirmación
constituye una prolongación del Bautismo (cf SC 71). Cuando es
bautizado un adulto, recibe inmediatamente la Confirmación y participa
en la Eucaristía (cf CIC can.866).
En el rito romano, el obispo extiende las manos sobre todos los confirmandos,
gesto que, desde el tiempo de los apóstoles, es el signo del don
del Espíritu. Y el obispo invoca así la efusión del
Espíritu:
Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que regeneraste,
por el agua y el Espíritu Santo, a estos siervos tuyos y los libraste
del pecado: escucha nuestra oración y envía sobre ellos
el Espíritu Santo Paráclito; llénalos de espíritu
de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y
de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos
del espíritu de tu santo temor. Por Jesucristo nuestro Señor.
Sigue el rito esencial del sacramento. En el rito latino, "el sacramento
de la confirmación es conferido por la unción del santo
crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras: "Recibe
por esta señal el don del Espíritu Santo" (Paulus VI,
Const. Ap. Divinae consortium naturae). En las Iglesias orientales, la
unción del myron se hace después de una oración de
epíclesis, sobre las partes más significativas del cuerpo:
la frente, los ojos, la nariz, los oídos, los labios, el pecho,
la espalda, las manos y los pies, y cada unción va acompañada
de la fórmula: "Sfragi~ dwrea~ Pneumto~ æAgiou"
("Rituale per le Chiese orientali di rito bizantino in lingua greca,
I -LEV 1954), p. 36". ("Signaculum doni Spiritus Sancti"
- "Sello del don que es el Espíritu Santo").
El beso de paz con el que concluye el rito del sacramento significa y
manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles
(cf S. Hipólito, Trad. ap. 21).
III. LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACION
De la celebración se deduce que el efecto
del sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo,
como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día
de Pentecostés.
Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad
a la gracia bautismal:
- nos introduce más profundamente en la filiación divina
que nos hace decir "Abbá, Padre" (Rm 8,15).;
- nos une más firmemente a Cristo;
- aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
- hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia (cf LG
11);
- nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir
y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos
de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir
jamás vergüenza de la cruz (cf DS 1319; LG 11,12):
Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu
de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de
fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu
de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado
con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón
la prenda del Espíritu (S. Ambrosio, Myst. 7,42).
La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud, sólo
se da una vez. La Confirmación, en efecto, imprime en el alma una
marca espiritual indeleble, el "carácter" (cf DS 1609),
que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello
de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para
que sea su testigo (cf Lc 24,48-49).
El "carácter" perfecciona el sacerdocio común
de los fieles, recibido en el Bautismo, y "el confirmado recibe el
poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud
de un cargo (quasi ex officio)" (S. Tomás de A., s.th. 3,
72,5, ad 2).
IV. QUIEN PUEDE RECIBIR ESTE SACRAMENTO
Todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir el sacramento
de la Confirmación (cf CIC can. 889, 1). Puesto que Bautismo, Confirmación
y Eucaristía forman una unidad, de ahí se sigue que "los
fieles tienen la obligación de recibir este sacramento en tiempo
oportuno" (CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la
Eucaristía el sacramento del Bautismo es ciertamente válido
y eficaz, pero la iniciación cristiana queda incompleta.
La costumbre latina, desde hace siglos, indica "la edad del uso de
razón", como punto de referencia para recibir la Confirmación.
Sin embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a los niños
incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón
(cf CIC can. 891; 893,3).
Si a veces se habla de la Confirmación como del "sacramento
de la madurez cristiana", es preciso, sin embargo, no confundir la
edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar
que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida
que no necesita una "ratificación" para hacerse efectiva.
Santo Tomás lo recuerda:
La edad del cuerpo no constituye un prejuicio para el alma. Así,
incluso en la infancia, el hombre puede recibir la perfección de
la edad espiritual de que habla la Sabiduría (4,8): `la vejez honorable
no es la que dan los muchos días, no se mide por el número
de los años'. Así numerosos niños, gracias a la fuerza
del Espíritu Santo que habían recibido, lucharon valientemente
y hasta la sangre por Cristo (s.th. 3, 72,8,ad 2).
La preparación para la Confirmación debe tener como meta
conducir al cristiano a una unión más íntima con
Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo,
su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor
las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana. Por ello,
la catequesis de la Confirmación se esforzará por suscitar
el sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, tanto a la Iglesia
universal como a la comunidad parroquial. Esta última tiene una
responsabilidad particular en la preparación de los confirmandos
(cf OCf, Praenotanda 3)
Para recibir la Confirmación es preciso hallarse en estado de gracia.
Conviene recurrir al sacramento de la Penitencia para ser purificado en
atención al don del
Espíritu
Santo. Hay que prepararse con una oración más intensa para
recibir con docilidad y disponibilidad la fuerza y las gracias del Espíritu
Santo (cf Hch 1,14).
Para la Confirmación, como para el Bautismo, conviene que los candidatos
busquen la ayuda espiritual de un padrino o de una madrina. Conviene que
sea el mismo que para el Bautismo a fin de subrayar la unidad entre los
dos sacramentos (cf OCf, Praenotanda 5.6; CIC can. 893, 1.2).
V. EL MINISTRO DE LA CONFIRMACION
El ministro originario de la Confirmación
es el obispo (LG 26).
En Oriente es ordinariamente el presbítero que bautiza quien da
también inmediatamente la Confirmación en una sola celebración.
Sin embargo, lo hace con el santo crisma consagrado por el patriarca o
el obispo, lo cual expresa la unidad apostólica de la Iglesia cuyos
vínculos son reforzados por el sacramento de la Confirmación.
En la Iglesia latina se aplica la misma disciplina en los bautismos de
adultos y cuando es admitido a la plena comunión con la Iglesia
un bautizado de otra comunidad cristiana que no ha recibido válidamente
el sacramento de la Confirmación (cf CIC can 883,2).
En el rito latino, el ministro ordinario de la Conformación es
el obispo (CIC can. 882). Aunque el obispo puede, en caso de necesidad,
conceder a presbíteros la facultad de administrar el sacramento
de la Confirmación (CIC can. 884,2), conviene que lo confiera él
mismo, sin olvidar que por esta razón la celebración de
la Confirmación fue temporalmente separada del Bautismo. Los obispos
son los sucesores de los apóstoles y han recibido la plenitud del
sacramento del orden. Por esta razón, la administración
de este sacramento por ellos mismos pone de relieve que la Confirmación
tiene como efecto unir a los que la reciben más estrechamente a
la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión
de dar testimonio de Cristo.
Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero
puede darle la Confirmación (cf CIC can. 883,3). En efecto, la
Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más tierna
edad, salga de este mundo sin haber sido perfeccionado por el Espíritu
Santo con el don de la plenitud de Cristo.
RESUMEN
"Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén
de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron
a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran
el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido
sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados
en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían
las manos y recibían el Espíritu Santo" (Hch 8,14-17).
La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento
que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente
en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo,
hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia,
asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a
dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de
las obras.
La Confirmación, como el Bautismo, imprime en el alma del cristiano
un signo espiritual o carácter indeleble; por eso este sacramento
sólo se puede recibir una vez en la vida.
En Oriente, este sacramento es administrado inmediatamente después
del Bautismo y es seguido de la participación en la Eucaristía,
tradición que pone de relieve la unidad de los tres sacramentos
de la iniciación cristiana. En la Iglesia latina se administra
este sacramento cuando se ha alcanzado el uso de razón, y su celebración
se reserva ordinariamente al obispo, significando así que este
sacramento robustece el vínculo eclesial.
El candidato a la Confirmación que ya ha alcanzado el uso de razón
debe profesar la fe, estar en estado de gracia, tener la intención
de recibir el sacramento y estar preparado para asumir su papel de discípulo
y de testigo de Cristo, en la comunidad eclesial y en los asuntos temporales.
El rito esencial de la Confirmación es la unción con el
Santo Crisma en la frente del bautizado (y en Oriente, también
en los otros órganos de los sentidos), con la imposición
de la mano del ministro y las palabras: "Accipe signaculum doni Spiritus
Sancti" ("Recibe por esta señal el don del Espíritu
Santo"), en el rito romano; "Signaculum doni Spiritus Sancti"
("Sello del don del Espíritu Santo"), en el rito bizantino.
Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, su
conexión con el Bautismo se expresa entre otras cosas por la renovación
de los compromisos bautismales. La celebración de la Confirmación
dentro de la Eucaristía contribuye a subrayar la unidad de los
sacramentos de la iniciación cristiana.
 
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