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SEGUNDA
SECCION
LOS
SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
Los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos
por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía,
Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio.
Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos
importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación
y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una
cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la
vida espiritual (cf S. Tomás de A.,s.th. 3, 65,1).
Siguiendo esta analogía se explicarán en primer lugar los
tres sacramentos de la iniciación cristiana (capítulo primero),
luego los sacramentos de la curación (capítulo segundo),
finalmente, los sacramentos que están al servicio de la comunión
y misión de los fieles (capítulo tercero). Ciertamente este
orden no es el único posible, pero permite ver que los sacramentos
forman un organismo en el cual cada sacramento particular tiene su lugar
vital. En este organismo, la Eucaristía ocupa un lugar único,
en cuanto "sacramento de los sacramentos": "todos los otros
sacramentos están ordenados a éste como a su fin" (S.
Tomás de A., s.th. 3, 65,3).
CAPITULO PRIMERO
LOS
SACRAMENTOS
DE LA INICIACION CRISTIANA
Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo,
la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos
de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza
divina que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo,
tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento
de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se
fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente, son
alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y,
así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana,
reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina
y avanzan hacia la perfección de la caridad" (Pablo VI, Const.
apost. "Divinae consortium naturae"; cf OICA, praen. 1-2).
Artículo 1 EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico
de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua")
y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo
somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos
a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes
de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849;
CCEO 675,1): "Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam
in verbo" ("El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento
por el agua y la palabra", Cath. R. 2,2,5).
I. EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO
Este sacramento recibe el nombre de Bautismo
en razón del carácter del rito central mediante el que se
celebra: bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir",
"introducir dentro del agua"; la "inmersión"
en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte
de Cristo de donde sale por la resurrección con El (cf Rm 6,3-4;
Col 2,12) como "nueva criatura" (2 Co 5,17; Ga 6,15).
Este sacramento es llamado también "baño de regeneración
y de renovación del Espíritu Santo" (Tt 3,5), porque
significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin
el cual "nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5).
"Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben
esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado..."
(S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo,
"la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9), el bautizado,
"tras haber sido iluminado" (Hb 10,32), se convierte en "hijo
de la luz" (1 Ts 5,5), y en "luz" él mismo (Ef 5,8):
El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de
Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura
de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo
lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no
aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque
el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y
real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz
resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño,
porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía
de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).
II. EL BAUTISMO EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
Las prefiguraciones del Bautismo en la Antigua
Alianza
En la Liturgia de la Noche Pascual, cuando se bendice el agua bautismal,
la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes acontecimientos de
la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio del
Bautismo:
¡Oh Dios!, que realizas en tus sacramentos obras admirables con
tu poder invisible, y de diversos modos te has servido de tu criatura
el agua para significar la gracia del bautismo (MR, Vigilia Pascual, bendición
del agua bautismal, 42)
Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y admirable, es la
fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el
Espíritu de Dios "se cernía" sobre ella (cf. Gn
1,2):
¡Oh Dios!, cuyo espíritu, en los orígenes del mundo,
se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces concibieran
el poder de santificar (MR, ibid.).
La Iglesia ha visto en el Arca de Noé una prefiguración
de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella "unos
pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua"
(1 P 3,20):
¡Oh Dios!, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste
el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera
fin al pecado y diera origen a la santidad (MR, ibid.).
Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo
de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la
Cruz. Por este simbolismo el bautismo significa la comunión con
la muerte de Cristo.
Sobre todo el paso del Mar Rojo, verdadera liberación de Israel
de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada
por el bautismo:
¡Oh Dios!, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo s los
hijos de Abraham, para que el pueblo liberado de la esclavitud del faraón
fuera imagen de la familia de los bautizados (MR, ibid.).
Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por
el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la descendencia
de Abraham, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada
se cumple en la nueva Alianza.
El Bautismo de Cristo
Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús.
Comienza su vida pública después de hacerse bautizar por
S. Juan el Bautista en el Jordán (cf. Mt 3,13 ), y, después
de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles:
"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20; cf Mc 16,15-16).
Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de
S. Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda justicia"
(Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su
"anonadamiento" (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía
sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre
Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta
a Jesús como su "Hijo amado" (Mt 3,16-17).
En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del
Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba
a sufrir en Jerusalén como de un "Bautismo" con que debía
ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron
del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son
figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida
nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es posible "nacer del agua
y del Espíritu" para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).
Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz
de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio:
El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres
salvado. (S. Ambrosio, sacr. 2,6).
El bautismo en la Iglesia
Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado
el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida
por su predicación: "Convertíos y que cada uno de vosotros
se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch
2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a
quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios,
paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre
ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás
tú y tu casa", declara S. Pablo a su carcelero en Filipos.
El relato continúa: "el carcelero inmediatamente recibió
el bautismo, él y todos los suyos" (Hch 16,31-33).
Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa
en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él:
¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo
Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él
sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo
fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre,
así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf
Col 2,12).
Los bautizados se han "revestido de Cristo" (Ga 3,27). Por el
Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica
y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).
El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la "semilla
incorruptible" de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador
(cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del Bautismo: "Accedit
verbum ad elementum, et fit sacramentum" ("Se une la palabra
a la materia, y se hace el sacramento", ev. Io. 80,3).
III. LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
La iniciación cristiana
Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue
un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino
puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos
elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio
que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo,
la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión
eucarística.
Esta iniciación ha variado mucho a lo largo de los siglos y según
las circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia, la iniciación
cristiana conoció un gran desarrollo, con un largo periodo de catecumenado,
y una serie de ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente
el camino de la preparación catecumenal y que desembocaban en la
celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana.
Desde que el bautismo de los niños vino a ser la forma habitual
de celebración de este sacramento, ésta se ha convertido
en un acto único que integra de manera muy abreviada las etapas
previas a la iniciación cristiana. Por su naturaleza misma, el
Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal. No se trata
sólo de la necesidad de una instrucción posterior al Bautismo,
sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento
de la persona. Es el momento propio de la catequesis.
El Concilio Vaticano II ha restaurado para la Iglesia latina, "el
catecumenado de adultos, dividido en diversos grados" (SC 64). Sus
ritos se encuentran en el Ordo initiationis christianae adultorum (1972).
Por otra parte, el Concilio ha permitido que "en tierras de misión,
además de los elementos de iniciación contenidos en la tradición
cristiana, pueden admitirse también aquellos que se encuentran
en uso en cada pueblo siempre que puedan acomodarse al rito cristiano"
(SC 65; cf. SC 37-40).
Hoy,
pues, en todos los ritos latinos y orientales la iniciación cristiana
de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su
punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos
del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía (cf.
AG 14; CIC can.851.865.866). En los ritos orientales la iniciación
cristiana de los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente
por la Confirmación y la Eucaristía, mientras que en el
rito romano se continúa durante unos años de catequesis,
para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía,
cima de su iniciación cristiana (cf. CIC can.851, 2º; 868).
La mistagogia de la celebración
El sentido y la gracia del sacramento del Bautismo aparece claramente
en los ritos de su celebración. Cuando se participa atentamente
en los gestos y las palabras de esta celebración, los fieles se
inician en las riquezas que este sacramento significa y realiza en cada
nuevo bautizado.
La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala
la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia
de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz.
El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con la verdad revelada a los
candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la fe, inseparable
del Bautismo. En efecto, el Bautismo es de un modo particular "el
sacramento de la fe" por ser la entrada sacramental en la vida de
fe.
Puesto que el Bautismo significa la liberación del pecado y de
su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos sobre
el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos
o bien el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente
a Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia,
a la cual será "confiado" por el Bautismo (cf Rm 6,17).
El agua bautismal es entonces consagrada mediante una oración de
epíclesis (en el momento mismo o en la noche pascual). La Iglesia
pide a Dios que, por medio de su Hijo, el poder del Espíritu Santo
descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados con ella
"nazcan del agua y del Espíritu" (Jn 3,5).
Sigue entonces el rito esencial del sacramento: el Bautismo propiamente
dicho, que significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la
vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración
con el Misterio pascual de Cristo. El Bautismo es realizado de la manera
más significativa mediante la triple inmersión en el agua
bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también conferido
derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato.
En la Iglesia latina, esta triple infusión va acompañada
de las palabras del ministro: "N, Yo te bautizo en el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las liturgias
orientales, estando el catecúmeno vuelto hacia el Oriente, el sacerdote
dice: "El siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada
persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca
de ella.
La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado
por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado.
Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu
Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf
OBP nº 62).
En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la unción postbautismal
es el sacramento de la Crismación (Confirmación). En la
liturgia romana, dicha unción anuncia una segunda unción
del santo crisma que dará el obispo: el sacramento de la Confirmación
que, por así decirlo, "confirma" y da plenitud a la unción
bautismal.
La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de
Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende
en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito.
En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo" (Mt 5,14; cf
Flp 2,15).
El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Unico. Puede ya decir
la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.
La primera comunión eucarística. Hecho hijo de Dios, revestido
de la túnica nupcial, el neófito es admitido "al festín
de las bodas del Cordero" y recibe el alimento de la vida nueva,
el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Las Iglesias orientales conservan una
conciencia viva de la unidad de la iniciación cristiana por lo
que dan la sagrada comunión a todos los nuevos bautizados y confirmados,
incluso a los niños pequeños, recordando las palabras del
Señor: "Dejad que los niños vengan a mí, no
se lo impidáis" (Mc 10,14). La Iglesia latina, que reserva
el acceso a la Sagrada Comunión a los que han alcanzado el uso
de razón, expresa cómo el Bautismo introduce a la Eucaristía
acercando al altar al niño recién bautizado para la oración
del Padre Nuestro.
La bendición solemne cierra la celebración del Bautismo.
En el Bautismo de recién nacidos, la bendición de la madre
ocupa un lugar especial.
IV. QUIEN PUEDE RECIBIR EL BAUTISMO
"Es capaz de recibir el bautismo todo ser humano, aún no bautizado,
y solo él" (CIC, can. 864: CCEO, can. 679).
El Bautismo de adultos
En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del evangelio
está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de adultos
es la práctica más común. El catecumenado (preparación
para el Bautismo) ocupa entonces un lugar importante. Iniciación
a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado debe disponer a recibir
el don de Dios en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.
El catecumenado, o formación de los catecúmenos, tiene por
finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la iniciativa
divina y en unión con una comunidad eclesial, llevar a madurez
su conversión y su fe. Se trata de una "formación y
noviciado debidamente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos
se unen con Cristo, su Maestro. Por lo tanto, hay que iniciar adecuadamente
a los catecúmenos en el misterio de la salvación, en la
práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados
que deben celebrarse en los tiempos sucesivos, e introducirlos en la vida
de fe, la liturgia y la caridad del Pueblo de Dios" (AG 14; cf OICA
19 y 98).
Los catecúmenos "están ya unidos a la Iglesia, pertenecen
ya a la casa de Cristo y muchas veces llevan ya una una vida de fe, esperanza
y caridad" (AG 14). "La madre Iglesia los abraza ya con amor
tomándolos a sus cargo" (LG 14; cf CIC can. 206; 788,3)
El Bautismo de niños
Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por
el pecado original, los niños necesitan también el nuevo
nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del poder de
las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos
de Dios (cf Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados.
La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente
en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían
al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran
el Bautismo poco después de su nacimiento (cf CIC can. 867; CCEO,
can. 681; 686,1).
Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde
también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha
confiado (cf LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868).
La práctica de bautizar a los niños pequeños es una
tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente
desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo
de la predicación apostólica, cuando "casas" enteras
recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado
también a los niños (cf CDF, instr. "Pastoralis actio":
AAS 72 [1980] 1137-56).
Fe y Bautismo
El Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc 16,16). Pero la fe tiene
necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia
puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo
no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado
a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: "¿Qué
pides a la Iglesia de Dios?" y él responde: "¡La
fe!".
En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después
del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la noche
pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación
al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo
es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida
cristiana.
Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda
de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina,
que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al
nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana
(cf CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial
(officium; cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad
de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo.
V. QUIEN PUEDE BAUTIZAR
Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero
y, en la Iglesia latina, también el diácono (cf CIC, can.
861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier persona, incluso
no bautizada, puede bautizar (Cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención
requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención
requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar.
La Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica
universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la necesidad del Bautismo para la
salvación (cf Mc 16,16).
VI. LA NECESIDAD DEL BAUTISMO
El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación
(cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar
el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618;
LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos
a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de
pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que
el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por
eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido
del Señor de hacer "renacer del agua y del espíritu"
a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación
al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica
no queda reducida a los sacramentos.
Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes
padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo,
son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de
sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin
ser sacramento.
A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito
de recibir el bautismo unido al arrepentimiento de sus pecados y a la
caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por
el sacramento.
"Cristo murió por todos y la vocación última
del hombre en realmente una sola, es decir, la vocación divina.
En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece
a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios,
se asocien a este misterio pascual" (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo
hombre que, ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad
y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser
salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado
explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.
En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo
puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las
exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere
que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús
con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños
se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos
permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños
que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún
la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños
vengan a Cristo por el don del santo bautismo.
VII. LA GRACIA DEL BAUTISMO
Los distintos efectos del Bautismo son significados por los elementos
sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los
simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también
los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos
principales, por tanto, son la purificación de los pecados y el
nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf Hch 2,38; Jn 3,5).
Para la remisión de los pecados...
Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original
y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado
(cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece
nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán,
ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más
grave de las cuales es la separación de Dios.
No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales
del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades
inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así
como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia,
o "fomes peccati": "La concupiscencia, dejada para el combate,
no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje
por la gracia de Jesucristo. Antes bien `el que legítimamente luchare,
será coronado'(2 Tm 2,5)" (Cc de Trento: DS 1515).
"Una criatura nueva"
El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también
del neófito "una nueva creación" (2 Co 5,17),
un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe
de la naturaleza divina" ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15;
12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu
Santo (cf 1 Co 6,19).
La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la
gracia de la justificación que :
- le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo
mediante las virtudes teologales;
- le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu
Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
- le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene
su raíz en el santo Bautismo.
Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo
El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. "Por
tanto...somos miembros los unos de los otros" (Ef 4,25). El Bautismo
incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único
pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites
naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos:
"Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para
no formar más que un cuerpo" (1 Co 12,13).
Los bautizados vienen a ser "piedras vivas" para "edificación
de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por
el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética
y real, son "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado
de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2,9). El Bautismo hace
participar en el sacerdocio común de los fieles.
Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí
mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros
(cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás
(Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn 13,12-15) en la comunión
de la Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los pastores
de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1
Ts 5,12-13). Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades
y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de
la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de
Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia
(cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).
Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están
obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios
por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad
apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23).
El vínculo sacramental de la unidad de los cristianos
El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos
los cristianos, e incluso con los que todavía no están en
plena comunión con la Iglesia católica: "Los que creen
en Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta
comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica...
justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por
tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos
con razón por los hijos de la Iglesia Católica como hermanos
del Señor" (UR 3). "Por consiguiente, el bautismo constituye
un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido
regenerados por él" (UR 22).
Un sello espiritual indeleble...
Incorporado a Cristo por el Bautismo, el bautizado es configurado con
Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual
indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado
por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos
de salvación (cf DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo
no puede ser reiterado.
Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el
carácter sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano
(cf LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos
a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia
de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de
una vida santa y de una caridad eficaz (cf LG 10).
El "sello del Señor" (Dominicus character: S. Agustín,
Ep. 98,5), es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado
"para el día de la redención" (Ef 4,30; cf Ef
1,13-14; 2 Co 1,21-22). "El Bautismo, en efecto, es el sello de la
vida eterna" (S. Ireneo, Dem.,3). El fiel que "guarde el sello"
hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo,
podrá morir marcado con "el signo de la fe" (MR, Canon
romano, 97), con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión
bienaventurada de Dios -consumación de la fe- y en la esperanza
de la resurrección.
RESUMEN
La iniciación cristiana se realiza mediante el conjunto de tres
sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación
que es su afianzamiento; y la Eucaristía que alimenta al discípulo
con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en El.
"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles
a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20).
El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva en Cristo. Según
la voluntad del Señor, es necesario para la salvación, como
lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo.
El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato
o derramar agua sobre su cabeza, pronunciando la invocación de
la Santísima Trinidad, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende:
el perdón del pecado original y de todos los pecados personales;
el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo
del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la
acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia,
Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.
El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble, el carácter,
que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Por
razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado (cf
DS 1609 y 1624).
Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos
los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia,
buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden
salvarse aunque no hayan recibido el Bautismo (cf LG 16).
Desde los tiempos más antiguos, el Bautismo es dado a los niños,
porque es una gracia y un don de Dios que no suponen méritos humanos;
los niños son bautizados en la fe de la Iglesia. La entrada en
la vida cristiana da acceso a la verdadera libertad.
En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la liturgia de la Iglesia
nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar por su
salvación.
En caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal que tenga la
intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre
la cabeza del candidato diciendo: "Yo te bautizo en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
 
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