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CAPITULO
SEGUNDO
LA
CELEBRACION SACRAMENTAL DEL MISTERIO PASCUAL
La catequesis de la Liturgia implica en primer lugar la inteligencia de
la economía sacramental (capítulo primero). A su luz se
revela la novedad de su celebración. Se tratará, pues, en
este capítulo de la celebración de los sacramentos de la
Iglesia. A través de la diversidad de las tradiciones litúrgicas,
se presenta lo que es común a la celebración de los siete
sacramentos. Lo que es propio de cada uno de ellos, será presentado
más adelante. Esta catequesis fundamental de las celebraciones
sacramentales responderá a las cuestiones inmediatas que se presentan
a un fiel al respecto:
- quién celebra
- cómo celebrar
- cuándo celebrar
- dónde celebrar
Artículo 1 CELEBRAR LA LITURGIA DE LA IGLESIA
I. ¿QUIEN CELEBRA?
La Liturgia es "acción" del "Cristo total"
(Christus totus). Por tanto, quienes celebran esta "acción",
independientemente de la existencia o no de signos sacramentales, participan
ya de la Liturgia del cielo, allí donde la celebración es
enteramente Comunión y Fiesta.
La celebración de la Liturgia celestial
El Apocalipsis de S. Juan, leído en la liturgia de la Iglesia,
nos revela primeramente que "un trono estaba erigido en el cielo
y Uno sentado en el trono" (Ap 4,2): "el Señor Dios"
(Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego revela al Cordero, "inmolado y de
pie" (Ap 5,6; cf Jn 1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único
Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc),
el mismo "que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado"
(Liturgia de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último,
revela "el río de Vida que brota del trono de Dios y del Cordero"
(Ap 22,1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu
Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).
"Recapitulados" en Cristo, participan en el servicio de la alabanza
de Dios y en la realización de su designio: las Potencias celestiales
(cf Ap 4-5; Is 6,2-3), toda la creación (los cuatro Vivientes),
los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (los veinticuatro ancianos),
el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y cuatro mil, cf Ap 7,1-8;
14,1), en particular los mártires "degollados a causa de la
Palabra de Dios", Ap 6,9-11), y la Santísima Madre de Dios
(la Mujer, cf Ap 12, la Esposa del Cordero, cf Ap 21,9), finalmente "una
muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación,
razas, pueblos y lenguas" (Ap 7,9).
En esta Liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar
cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos.
Los celebrantes de la liturgia sacramental
Es toda la Comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra.
"Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones
de la Iglesia, que es `sacramento de unidad', esto es, pueblo santo, congregado
y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por tanto, pertenecen
a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan,
pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente, según
la diversidad de órdenes, funciones y participación actual"
(SC 26). Por eso también, "siempre que los ritos, según
la naturaleza propia de cada uno, admitan una celebración común,
con asistencia y participación activa de los fieles, hay que inculcar
que ésta debe ser preferida, en cuanto sea posible, a una celebración
individual y casi privada" (SC 27)
La asamblea que celebra es la comunidad de los bautizados que, "por
el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo,
quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan
a través de todas las obras propias del cristiano, sacrificios
espirituales" (LG 10). Este "sacerdocio común" es
el de Cristo, único Sacerdote, participado por todos sus miembros
(cf LG 10; 34; PO 2):
La Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a
aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones
litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la
cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo
cristiano "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido" (1 P 2,9; cf 2,4-5) (SC 14).
Pero "todos los miembros no tienen la misma función"
(Rm 12,4). Algunos son llamados por Dios en y por la Iglesia a un servicio
especial de la comunidad. Estos servidores son escogidos y consagrados
por el sacramento del Orden, por el cual el Espíritu Santo los
hace aptos para actuar en representación de Cristo-Cabeza para
el servicio de todos los miembros de la Iglesia (cf PO 2 y 15). El ministro
ordenado es como el "icono" de Cristo Sacerdote. Por ser en
la Eucaristía donde se manifiesta plenamente el sacramento de la
Iglesia, es también en la presidencia de la Eucaristía donde
el ministerio del obispo aparece en primer lugar, y en comunión
con él, el de los presbíteros y los diáconos.
En orden a ejercer las funciones del sacerdocio común de los fieles
existen también otros ministerios particulares, no consagrados
por el sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas por los
obispos según las tradiciones litúrgicas y las necesidades
pastorales. "Los acólitos, lectores, comentadores y los que
pertenecen a la 'schola cantorum' desempeñan un auténtico
ministerio litúrgico" (SC 29).
Así, en la celebración de los sacramentos, toda la asamblea
es "liturgo", cada cual según su función, pero
en "la unidad del Espíritu" que actúa en todos.
"En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o fiel,
al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello
que le corresponde según la naturaleza de la acción y las
normas litúrgicas" (SC 28)
II. ¿COMO CELEBRAR?
Signos y símbolos
Una celebración sacramental esta tejida de signos y de símbolos.
Según la pedagogía divina de la salvación, su significación
tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura
humana, se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela
en plenitud en la persona y la obra de Cristo.
Signos del mundo de los hombres. En la vida humana, signos y símbolos
ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser a la vez corporal
y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través
de signos y de símbolos materiales. Como ser social, el hombre
necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás,
mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación
con Dios.
Dios habla al hombre a través de la creación visible. El
cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea
en él las huellas de su Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17).
La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol
y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.
En cuanto creaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a ser lugar
de expresión de la acción de Dios que santifica a los hombres,
y de la acción de los hombres que rinden su culto a Dios. Lo mismo
sucede con los signos y símbolos de la vida social de los hombres:
lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa pueden expresar la presencia
santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador.
Las grandes religiones de la humanidad atestiguan, a a menudo de forma
impresionante, este sentido cósmico y simbólico de los ritos
religiosos. La liturgia de la Iglesia presupone, integra y santifica elementos
de la creación y de la cultura humana confiriéndoles la
dignidad de signos de la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.
Signos de la Alianza. El pueblo elegido recibe de Dios signos y símbolos
distintivos que marcan su vida litúrgica: no son ya solamente celebraciones
de ciclos cósmicos y de acontecimientos sociales, sino signos de
la Alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de
su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza
se puede nombrar la circuncisión, la unción y la consagración
de reyes y sacerdotes, la imposición de manos, los sacrificios,
y sobre todo la pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración
de los sacramentos de la Nueva Alianza.
Signos asumidos por Cristo. En su predicación, el Señor
Jesús se sirve con frecuencia de los signos de la Creación
para dar a conocer los misterios el Reino de Dios (cf. Lc 8,10). Realiza
sus curaciones o subraya su predicación por medio de signos materiales
o gestos simbólicos (cf Jn 9,6; Mc 7,33-35; 8,22-25). Da un sentido
nuevo a los hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al
Exodo y a la Pascua (cf Lc 9,31; 22,7-20), porque él mismo es el
sentido de todos esos signos.
Signos sacramentales. Desde Pentecostés, el Espíritu Santo
realiza la santificación a través de los signos sacramentales
de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican
e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del
cosmos y de la vida social. Aún más, cumplen los tipos y
las figuras de la Antigua Alianza, significan y realizan la salvación
obrada por Cristo, y prefiguran y anticipan la gloria del cielo.
Palabras y acciones
Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios
con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro
se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras.
Ciertamente, las acciones simbólicas son ya un lenguaje, pero es
preciso que la Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y
vivifiquen estas acciones, a fin de que la semilla del Reino dé
su fruto en la tierra buena. Las acciones litúrgicas significan
lo que expresa la Palabra de Dios: a la vez la iniciativa gratuita de
Dios y la respuesta de fe de su pueblo.
La liturgia de la Palabra es parte integrante de las celebraciones sacramentales.
Para nutrir la fe de los fieles, los signos de la Palabra de Dios deben
ser puestos de relieve: el libro de la Palabra (leccionario o evangeliario),
su veneración (procesión, incienso, luz), el lugar de su
anuncio (ambón), su lectura audible e inteligible, la homilía
del ministro, la cual prolonga su proclamación, y las respuestas
de la asamblea (aclamaciones, salmos de meditación, letanías,
confesión de fe...).
La palabra y la acción litúrgica, indisociables en cuanto
signos y enseñanza, lo son también en cuanto que realizan
lo que significan. El Espíritu Santo, al suscitar la fe, no solamente
procura una inteligencia de la Palabra de Dios suscitando la fe, sino
que también mediante los sacramentos realiza las "maravillas"
de Dios que son anunciadas por la misma Palabra: hace presente y comunica
la obra del Padre realizada por el Hijo amado.
Canto y música
"La tradición musical de la Iglesia universal constituye un
tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones
artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las
palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne"
(SC 112). La composición y el canto de Salmos inspirados, con frecuencia
acompañados de instrumentos musicales, estaban ya estrechamente
ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La
Iglesia continúa y desarrolla esta tradición: "Recitad
entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad
en vuestro corazón al Señor" (Ef 5,19; cf Col 3,16-17).
"El que canta ora dos veces" (S. Agustín, sal. 72,1).
El canto y la música cumplen su función de signos de una
manera tanto más significativa cuanto "más estrechamente
estén vinculadas a la acción litúrgica" (SC
112), según tres criterios principales: la belleza expresiva de
la oración, la participación unánime de la asamblea
en los momentos previstos y el carácter solemne de la celebración.
Participan así de la finalidad de las palabras y de las acciones
litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los
fieles (cf SC 112):
¡Cuánto lloré al oír vuestros himnos y cánticos,
fuertemente conmovido por las voces de vuestra Iglesia, que suavemente
cantaba! Entraban aquellas voces en mis oídos, y vuestra verdad
se derretía en mi corazón, y con esto se inflamaba el afecto
de piedad, y corrían las lágrimas, y me iba bien con ellas
(S. Agustín, Conf. IX,6,14).
La armonía de los signos (canto, música, palabras y acciones)
es tanto más expresiva y fecunda cuanto más se expresa en
la riqueza cultural propia del pueblo de Dios que celebra (cf SC 119).
Por eso "foméntese con empeño el canto religioso popular,
de modo que en los ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones
litúrgicas", conforme a las normas de la Iglesia "resuenen
las voces de los fieles" (SC 118). Pero "los textos destinados
al canto sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica;
más aún, deben tomase principalmente de la Sagrada Escritura
y de las fuentes litúrgicas" (SC 121).
Imágenes sagradas
La imagen sagrada, el icono litúrgico, representa principalmente
a Cristo. No puede representar a Dios invisible e incomprensible; la Encarnación
del Hijo de Dios inauguró una nueva "economía"
de las imágenes:
En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura no podía
de ningún modo ser representado con una imagen. Pero ahora que
se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer
una imagen de lo que he visto de Dios...con el rostro descubierto contemplamos
la gloria del Señor (S. Juan Damasceno, imag. 1,16).
La iconografía cristiana transcribe mediante la imagen el mensaje
evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra.
Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente:
Para expresar brevemente nuestra profesión de fe, conservamos todas
las tradiciones de la Iglesia, escritas o no escritas, que nos han sido
transmitidas sin alteración. Una de ellas es la representación
pictórica de las imágenes, que está de acuerdo con
la predicación de la historia evangélica, creyendo que,
verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo cual
es tan útil y provechoso, porque las cosas que se esclarecen mutuamente
tienen sin duda una significación recíproca (Cc. de Nicea
II, año 787: COD 111).
Todos los signos de la celebración litúrgica hacen referencia
a Cristo: también las imágenes sagradas de la Santísima
Madre de Dios y de los santos. Significan, en efecto, a Cristo que es
glorificado en ellos. Manifiestan "la nube de testigos" (Hb
12,1) que continúan participando en la salvación del mundo
y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental.
A través de sus iconos, es el hombre "a imagen de Dios",
finalmente transfigurado "a su semejanza" (cf Rm 8,29; 1 Jn
3,2), quien se revela a nuestra fe, e incluso los ángeles, recapitulados
también en Cristo:
Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos
Padres y la tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos
ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda
exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como
también la imagen de la preciosa y vivificante cruz, tanto las
pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en
las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las
paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes
de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como las de nuestra
Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles
y de todos los santos y justos (Cc. de Nicea II: DS 600).
"La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración.
Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo
del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios" (S.
Juan Damasceno, imag. 127). La contemplación de las sagradas imágenes,
unida a la meditación de la Palabra de Dios y al canto de los himnos
litúrgicos, forma parte de la armonía de los signos de la
celebración para que el misterio celebrado se grabe en la memoria
del corazón y se exprese luego en la vida nueva de los fieles.
III. ¿CUANDO CELEBRAR?
El tiempo litúrgico
"La santa Madre Iglesia considera que es su deber celebrar la obra
de salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en días
determinados a través del año. Cada semana, en el día
que llamó 'del Señor', conmemora su resurrección,
que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión,
en la máxima solemnidad de la Pascua. Además, en el círculo
del año desarrolla todo el misterio de Cristo... Al conmemorar
así los misterios de la redención, abre la riqueza de las
virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se los
hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para
que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación"
(SC 102)
El pueblo de Dios, desde la ley mosaica, tuvo fiestas fijas a partir de
la Pascua, para conmemorar las acciones maravillosas del Dios Salvador,
para darle gracias por ellas, perpetuar su recuerdo y enseñar a
las nuevas generaciones a conformar con ellas su conducta. En el tiempo
de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez
por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada
en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del
Misterio de Cristo.
Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona
su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó
su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb
3,7-4,11; Sal 95,7). Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre
está llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús
que es eje de toda la historia humana y la guía:
La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos
de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el
que existía "antes del lucero de la mañana" y
antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre
todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos
en él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no
se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito, pasc. 1-2).
El día del Señor
"La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene
su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo,
celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que
se llama con razón `día del Señor' o domingo"
(SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez
el "primer día de la semana", memorial del primer día
de la creación, y el "octavo día" en que Cristo,
tras su "reposo" del gran Sabbat, inaugura el Día "que
hace el Señor", el "día que no conoce ocaso"
(Liturgia bizantina). El "banquete del Señor" es su centro,
porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra
al Señor resucitado que los invita a su banquete (cf Jn 21,12;
Lc 24,30):
El día del Señor, el día de la Resurrección,
el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado
día del Señor: porque es en este día cuando el Señor
subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día
del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido
la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen
la salvación (S. Jerónimo, pasch.).
El domingo es el día por excelencia de la Asamblea litúrgica,
en que los fieles "deben reunirse para, escuchando loa palabra de
Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión,
la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar
gracias a Dios, que los 'hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección
de Jesucristo de entre los muertos'" (SC 106):
Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este
día del domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito
es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación...la
salvación del mundo...la renovación del género humano...en
él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó
lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él
fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y
todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth,
Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p.193b).
El año litúrgico
A partir del "Triduo Pascual", como de su fuente de luz, el
tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico
con su resplandor. De esta fuente, por todas partes, el año entero
queda transfigurado por la Liturgia. Es realmente "año de
gracia del Señor" (cf Lc 4,19). La Economía de la salvación
actúa en el marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la
Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo,
el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios
irrumpe en el tiempo de la humanidad.
Por ello, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la "Fiesta
de las fiestas", "Solemnidad de las solemnidades", como
la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento).
S. Atanasio la llama "el gran domingo" (Ep. fest. 329), así
como la Semana santa es llamada en Oriente "la gran semana".
El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado
a la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía,
hasta que todo le esté sometido.
En el Concilio de Nicea (año 325) todas las Iglesias se pusieron
de acuerdo para que la Pascua cristiana fuese celebrada el domingo que
sigue al plenilunio (14 del mes de Nisán) después del equinoccio
de primavera.Por causa de los diversos métodos utilizados para
calcular el 14 del mes de Nisán, en las Iglesias de Occidente y
de Oriente no siempre coincide la fecha de la Pascua. Por eso, dichas
Iglesias buscan hoy un acuerdo, para llegar de nuevo a celebrar en una
fecha común el día de la Resurrección del Señor.
El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos
del único misterio pascual. Esto vale muy particularmente para
el ciclo de las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación
(Anunciación, Navidad, Epifanía) que conmemoran el comienzo
de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio
de Pascua.
El santoral en el año litúrgico
"En la celebración de este círculo anual de los misterios
de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada
Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble
a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente
de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima,
aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser" (SC 103).
Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace memoria de los mártires
y los demás santos "proclama el misterio pascual cumplido
en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con El; propone
a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de Cristo al Padre,
y por sus méritos implora los beneficios divinos" (SC 104;
cf SC 108 y 111).
La Liturgia de las Horas
El Misterio de Cristo, su Encarnación y su Pascua, que celebramos
en la Eucaristía, especialmente en la Asamblea dominical, penetra
y transfigura el tiempo de cada día mediante la celebración
de la Liturgia de las Horas, "el Oficio divino" (cf SC IV).
Esta celebración, en fidelidad a las recomendaciones apostólicas
de "orar sin cesar" (1 Ts 5,17; Ef 6,18), "está
estructurada de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero
del día y de la noche" (SC 84). Es "la oración
pública de la Iglesia" (SC 98) en la cual los fieles (clérigos,
religiosos y laicos) ejercen el sacerdocio real de los bautizados. Celebrada
"según la forma aprobada" por la Iglesia, la Liturgia
de las Horas "realmente es la voz de la misma Esposa la que habla
al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con
su mismo Cuerpo, al Padre" (SC 84).
La Liturgia de las Horas está llamada a ser la oración de
todo el Pueblo de Dios. En ella, Cristo mismo "sigue ejerciendo su
función sacerdotal a través de su Iglesia" (SC 83);
cada uno participa en ella según su lugar propio en la Iglesia
y las circunstancias de su vida: los sacerdotes en cuanto entregados al
ministerio pastoral, porque son llamados a permanecer asiduos en la oración
y el servicio de la Palabra (cf. SC 86 y 96; PO 5); los religiosos y religiosas
por el carisma de su vida consagrada (cf SC 98); todos los fieles según
sus posibilidades: "Los pastores de almas debe procurar que las Horas
principales, sobre todo las Vísperas, los domingos y fiestas solemnes,
se celebren en la en la Iglesia comunitariamente. Se recomienda que también
los laicos recen el Oficio divino, bien con los sacerdotes o reunidos
entre sí, e incluso solos" (SC 100).
Celebrar la Liturgia de las Horas exige no solamente armonizar la voz
con el corazón que ora, sino también "adquirir una
instrucción litúrgica y bíblica más rica especialmente
sobre los salmos" (SC 90).
Los signos y las letanías de la Oración de las Horas insertan
la oración de los salmos en el tiempo de la Iglesia, expresando
el simbolismo del momento del día, del tiempo litúrgico
o de la fiesta celebrada. Además, la lectura de la Palabra de Dios
en cada Hora (con los responsorios y los troparios que le siguen), y,
a ciertas Horas, las lecturas de los Padres y maestros espirituales, revelan
más profundamente el sentido del Misterio celebrado, ayudan a la
inteligencia de los salmos y preparan para la oración silenciosa.
La lectio divina, en la que la Palabra de Dios es leída y meditada
para convertirse en oración, se enraíza así en la
celebración litúrgica.
La Liturgia de las Horas, que es como una prolongación de la celebración
eucarística, no excluye sino acoge de manera complementaria las
diversas devociones del Pueblo de Dios, particularmente la adoración
y el culto del Santísimo Sacramento.
IV. ¿DONDE CELEBRAR?
El culto "en espíritu y en verdad" (Jn 4,24) de la Nueva
Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es
santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles
se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las
"piedras vivas", reunidas para "la edificación de
un edificio espiritual" (1 P 2,4-5). El Cuerpo de Cristo resucitado
es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados
a Cristo por el Espíritu Santo, "somos el templo de Dios vivo"
(2 Co 6,16).
Cuando el ejercicio de la libertad religiosa no es impedido (cf DH 4),
los cristianos construyen edificios destinados al culto divino. Estas
iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino que significan
y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios con los
hombres reconciliados y unidos en Cristo.
"En la casa de oración se celebra y se reserva la sagrada
Eucaristía, se reúnen los fieles y se venera para ayuda
y consuelo los fieles la presencia del Hijo de Dios, nuestro Salvador,
ofrecido por nosotros en el altar del sacrificio. Debe ser hermosa y apropiada
para la oración y para las celebraciones sagradas" (PO 5;
cf SC 122-127). En esta "casa de Dios", la verdad y la armonía
de los signos que la constituyen deben manifestar a Cristo que está
presente y actúa en este lugar (cf SC 7):
El altar de la Nueva Alianza es la Cruz del Señor (cf Hb 13,10),
de la que manan los sacramentos del Misterio pascual. Sobre el altar,
que es el centro de la Iglesia, se hace presente el sacrificio de la cruz
bajo los signos sacramentales. El altar es también la mesa del
Señor, a la que el Pueblo de Dios es invitado (cf IGMR 259). En
algunas liturgias orientales, el altar es también símbolo
del sepulcro (Cristo murió y resucitó verdaderamente).
El tabernáculo debe estar situado "dentro de las iglesias
en un lugar de los más dignos con el mayor honor" (MF). La
nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo eucarístico
(SC 128) deben favorecer la adoración del Señor realmente
presente en el Santísimo Sacramento del altar.
El Santo Crisma (Myron), cuya unción es signo sacramental del sello
del don del Espíritu Santo, es tradicionalmente conservado y venerado
en un lugar seguro del santuario. Se puede colocar junto a él el
óleo de los catecúmenos y el de los enfermos.
La sede del obispo (cátedra) o del sacerdote "debe significar
su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración"
(IGMR 271).
El ambón: "La dignidad de la Palabra de Dios exige que en
la iglesia haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que, durante
la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente la atención
de los fieles" (IGMR 272).
La reunión del pueblo de Dios comienza por el Bautismo; por tanto,
el templo debe tener lugar apropiado para la celebración del Bautismo
y favorecer el recuerdo de las promesas del bautismo (agua bendita).
La renovación de la vida bautismal exige la penitencia. Por tanto
el templo debe estar preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento
y la recepción del perdón, lo cual exige asimismo un lugar
apropiado.
El templo también debe ser un espacio que invite al recogimiento
y a la oración silenciosa, que prolonga e interioriza la gran plegaria
de la Eucaristía.
Finalmente, el templo tiene una significación escatológica.
Para entrar en la casa de Dios ordinariamente se franquea un umbral, símbolo
del paso desde el mundo herido por el pecado al mundo de la vida nueva
al que todos los hombres son llamados. La Iglesia visible simboliza la
casa paterna hacia la cual el pueblo de Dios está en marcha y donde
el Padre "enjugará toda lágrima de sus ojos" (Ap
21,4). Por eso también la Iglesia es la casa de todos los hijos
de Dios, ampliamente abierta y acogedora.
RESUMEN
La
Liturgia es la obra de Cristo total, Cabeza y Cuerpo. Nuestro Sumo Sacerdote
la celebra sin cesar en la Liturgia celestial, con la santa Madre de Dios,
los Apóstoles, todos los santos y la muchedumbre de seres humanos
que han entrado ya en el Reino.
En una celebración litúrgica, toda la asamblea es "liturgo",
cada cual según su función. El sacerdocio bautismal es el
sacerdocio de todo el Cuerpo de Cristo. Pero algunos fieles son ordenados
por el sacramento del Orden sacerdotal para representar a Cristo como
Cabeza del Cuerpo.
La celebración litúrgica comprende signos y símbolos
que se refieren a la creación (luz, agua, fuego), a la vida humana
(lavar, ungir, partir el pan) y a la historia de la salvación (los
ritos de la Pascua). Insertos en el mundo de la fe y asumidos por la fuerza
del Espíritu Santo, estos elementos cósmicos, estos ritos
humanos, estos gestos del recuerdo de Dios se hacen portadores de la acción
salvífica y santificadora de Cristo.
La Liturgia de la Palabra es una parte integrante de la celebración.
El sentido de la celebración es expresado por la Palabra de Dios
que es anunciada y por el compromiso de la fe que responde a ella.
El canto y la música están en estrecha conexión con
la acción litúrgica. Criterios para un uso adecuado de ellos
son: la belleza expresiva de la oración, la participación
unánime de la asamblea, y el carácter sagrado de la celebración.
Las
imágenes sagradas, presentes en nuestras iglesias y en nuestras
casas, están destinadas a despertar y alimentar nuestra fe en el
misterio de Cristo. A través del icono de Cristo y de sus obras
de salvación, es a él a quien adoramos. A través
de las sagradas imágenes de la Santísima Madre de Dios,
de los ángeles y de los santos, veneramos a quienes en ellas son
representados.
El domingo, "día del Señor", es el día
principal de la celebración de la Eucaristía porque es el
día de la Resurrección. Es el día de la Asamblea
litúrgica por excelencia, el día de la familia cristiana,
el día del gozo y de descanso del trabajo. El es "fundamento
y núcleo de todo el año litúrgico" (SC 106).
La Iglesia, "en el círculo del año desarrolla todo
el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta
la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa
esperanza y venida del Señor" (SC 102).
Haciendo memoria de los santos, en primer lugar de la santa Madre de Dios,
luego de los Apóstoles, los mártires y los otros santos,
en días fijos del año litúrgico, la Iglesia de la
tierra manifiesta que está unida a la liturgia del cielo; glorifica
a Cristo por haber realizado su salvación en sus miembros glorificados;
su ejemplo la estimula en el camino hacia el Padre.
Los fieles que celebran la Liturgia de las Horas se unen a Cristo, nuestro
Sumo Sacerdote, por la oración de los salmos, la meditación
de la Palabra de Dios, de los cánticos y de las bendiciones, a
fin de ser asociados a su oración incesante y universal que da
gloria al Padre e implora el don del Espíritu Santo sobre el mundo
entero.
Cristo es el verdadero Templo de Dios, "el lugar donde reside su
gloria"; por la gracia de Dios los cristianos son también
templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye
la Iglesia.
En su condición terrena, la Iglesia tiene necesidad de lugares
donde la comunidad pueda reunirse: nuestras iglesias visibles, lugares
santos, imágenes de la Ciudad santa, la Jerusalén celestial
hacia la cual caminamos como peregrinos.
En estos templos, la Iglesia celebra el culto público para gloria
de la Santísima Trinidad; en ellos escucha la Palabra de Dios y
canta sus alabanzas, eleva su oración y ofrece el Sacrificio de
Cristo, sacramentalmente presente en medio de la asamblea. Estas iglesias
son también lugares de recogimiento y de oración personal.
 
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