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CAPITULO
PRIMERO
EL
MISTERIO PASCUAL
EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA
Artículo 1: LA LITURGIA, OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD
I. EL PADRE, FUENTE Y FIN DE LA LITURGIA
"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él
antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en
su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus
hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito
de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos
agració en el Amado" (Ef 1,3-6).
Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el
Padre. Su bendición es a la vez palabra y don ("bene-dictio",
"eu-logia"). Aplicado al hombre, este término significa
la adoración y la entrega a su Creador en la acción de gracias.
Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda la
obra de Dios es bendición. Desde el poema litúrgico de la
primera creación hasta los cánticos de la Jerusalén
celestial, los autores inspirados anuncian el designio de salvación
como una inmensa bendición divina.
Desde el comienzo, Dios bendice a los seres vivos, especialmente al hombre
y la mujer. La alianza con Noé y con todos los seres animados renueva
esta bendición de fecundidad, a pesar del pecado del hombre por
el cual la tierra queda "maldita". Pero es a partir de Abraham
cuando la bendición divina penetra en la historia humana, que se
encaminaba hacia la muerte, para hacerla volver a la vida, a su fuente:
por la fe del "padre de los creyentes" que acoge la bendición
se inaugura la historia de la salvación.
Las bendiciones divinas se manifiestan en acontecimientos maravillosos
y salvadores: el nacimiento de Isaac, la salida de Egipto (Pascua y Exodo),
el don de la Tierra prometida, la elección de David, la Presencia
de Dios en el templo, el exilio purificador y el retorno de un "pequeño
resto". La Ley, los Profetas y los Salmos que tejen la liturgia del
Pueblo elegido recuerdan a la vez estas bendiciones divinas y responden
a ellas con las bendiciones de alabanza y de acción de gracias.
En la Liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente
revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la fuente
y el fin de todas las bendiciones de la Creación y de la Salvación;
en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de
sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el Don que
contiene todos los dones: el Espíritu Santo.
Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de amor a las
"bendiciones espirituales" con que el Padre nos enriquece, la
liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la
Iglesia, unida a su Señor y "bajo la acción el Espíritu
Santo" (Lc 10,21), bendice al Padre "por su Don inefable"
(2 Co 9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción
de gracias. Por otra parte, y hasta la consumación del designio
de Dios, la Iglesia no cesa de presentar al Padre "la ofrenda de
sus propios dones" y de implorar que el Espíritu Santo venga
sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los fieles y sobre el mundo
entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en la resurrección
de Cristo-Sacerdote y por el poder del Espíritu estas bendiciones
divinas den frutos de vida "para alabanza de la gloria de su gracia"
(Ef 1,6).
II. LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA
Cristo glorificado...
"Sentado a la derecha del Padre" y derramando el Espíritu
Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por
medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su
gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles
a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan
en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu
Santo.
En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente
su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba
con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual.
Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único
acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado,
resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una
vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real,
sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás
acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el
pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer
solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte,
y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres
participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos
y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de
la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.
...desde la Iglesia de los Apóstoles...
"Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, él
mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu
Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura,
anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos
ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido
al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de
salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos
en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica" (SC 6)
Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles,
les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21-23); se
convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu
Santo confían este poder a sus sucesores. Esta "sucesión
apostólica" estructura toda la vida litúrgica de la
Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del
Orden.
...está presente en la Liturgia terrena...
"Para llevar a cabo una obra tan grande" la dispensación
o comunicación de su obra de salvación- "Cristo está
siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos.
Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la
persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los
sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz', sino también,
sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente
con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza,
es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es El
mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está
presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo
que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos' (Mt 18,20)" (SC 7).
"Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente
glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo
a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor
y por El rinde culto al Padre Eterno" (SC 7)
...que participa en la Liturgia celestial.
"En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia
celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la
cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a
la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo
verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército
celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con
ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor
Jesucristo, hasta que se manifieste El, nuestra Vida, y nosotros nos manifestamos
con El en la gloria" (SC 8; cf. LG 50).
III. EL ESPIRITU SANTO Y LA IGLESIA EN LA LITURGIA
En la Liturgia, el Espíritu Santo es
el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las "obras
maestras de Dios" que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El
deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia
es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros
la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una
verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra
común del Espíritu Santo y de la Iglesia.
En esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el Espíritu
Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos de la Economía
de la salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor,
recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y
actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente,
el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la
misión de Cristo.
El Espíritu Santo prepara a recibir a Cristo
El Espíritu Santo realiza en la economía sacramental las
figuras de la Antigua Alianza. Puesto que la Iglesia de Cristo estaba
"preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y
en la Antigua Alianza" (LG 2), la Liturgia de la Iglesia conserva
como una parte integrante e irremplazable, haciéndolos suyos, algunos
elementos del culto de la Antigua Alianza:
- principalmente la lectura del Antiguo Testamento;
- la oración de los Salmos;
- y sobre todo la memoria de los acontecimientos salvíficos y de
las realidades significativas que encontraron su cumplimiento en el misterio
de Cristo (la Promesa y la Alianza; el Exodo y la Pascua, el Reino y el
Templo; el Exilio y el Retorno).
Sobre esta armonía de los dos Testamentos (cf DV 14-16) se articula
la catequesis pascual del Señor (cf Lc 24,13-49), y luego la de
los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone
de manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo
Testamento: el misterio de Cristo. Es llamada catequesis "tipológica",
porque revela la novedad de Cristo a partir de "figuras" (tipos)
que la anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de
la primera Alianza. Por esta relectura en el Espíritu de Verdad
a partir de Cristo, las figuras son explicadas (cf 2 Co 3, 14-16). Así,
el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la salvación por
el Bautismo (cf 1 P 3,21), y lo mismo la nube, y el paso del mar Rojo;
el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo (cf
1 Co 10,1-6); el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía
"el verdadero Pan del Cielo" (Jn 6,32).
Por eso la Iglesia, especialmente durante los tiempos de Adviento, Cuaresma
y sobre todo en la noche de Pascua, relee y revive todos estos acontecimientos
de la historia de la salvación en el "hoy" de su Liturgia.
Pero esto exige también que la catequesis ayude a los fieles a
abrirse a esta inteligencia "espiritual" de la Economía
de la salvación, tal como la Liturgia de la Iglesia la manifiesta
y nos la hace vivir.
Liturgia judía y liturgia cristiana. Un mejor conocimiento de la
fe y la vida religiosa del pueblo judío tal como son profesadas
y vividas aún hoy, puede ayudar a comprender mejor ciertos aspectos
de la Liturgia cristiana. Para los judíos y para los cristianos
la Sagrada Escritura es una parte esencial de sus respectivas liturgias:
para la proclamación de la Palabra de Dios, la respuesta a esta
Palabra, la adoración de alabanza y de intercesión por los
vivos y los difuntos, el recurso a la misericordia divina. La liturgia
de la Palabra, en su estructura propia, tiene su origen en la oración
judía. La oración de las Horas, y otros textos y formularios
litúrgicos tienen sus paralelos también en ella, igual que
las mismas fórmulas de nuestras oraciones más venerables,
por ejemplo, el Padre Nuestro. Las plegarias eucarísticas se inspiran
también en modelos de la tradición judía. La relación
entre liturgia judía y liturgia cristiana, pero también
la diferencia de sus contenidos, son particularmente visibles en las grandes
fiestas del año litúrgico como la Pascua. Los cristianos
y los judíos celebran la Pascua: Pascua de la historia, orientada
hacia el porvenir en los judíos; Pascua realizada en la muerte
y la resurrección de Cristo en los cristianos, aunque siempre en
espera de la consumación definitiva.
En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica,
especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos
es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica
recibe su unidad de la "comunión del Espíritu Santo"
que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo.
Esta reunión desborda las afinidades humanas, raciales, culturales
y sociales.
La Asamblea debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser
"un pueblo bien dispuesto". Esta preparación de los corazones
es la obra común del Espíritu Santo y de la Asamblea, en
particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende
a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión
a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de
las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos
de Vida nueva que está llamada a producir.
El Espíritu Santo recuerda el Misterio de Cristo
El Espíritu y la Iglesia cooperan en la manifestación de
Cristo y de su obra de salvación en la Liturgia. Principalmente
en la Eucaristía, y análogamente en los otros sacramentos,
la Liturgia es Memorial del Misterio de la salvación. El Espíritu
Santo es la memoria viva de la Iglesia (cf Jn 14,26).
La Palabra de Dios. El Espíritu Santo recuerda primeramente a la
asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de la salvación
dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y vivida:
La importancia de la Sagrada Escritura en la celebración de la
liturgia es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que
luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las
preces, oraciones e himnos litúrgicos están impregnados
de su aliento y su inspiración; de ella reciben su significado
las acciones y los signos (SC 24).
El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según
las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra
de Dios. A través de las palabras, las acciones y los símbolos
que constituyen la trama de una celebración, el Espíritu
Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con
Cristo, Palabra e Imagen del Padre, a fin de que puedan hacer pasar a
su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración.
"La fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se alimenta
en el corazón de los creyentes con la palabra de la salvación.
Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes"
(PO 4). El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza:
exige la respuesta de fe, como consentimiento y compromiso, con miras
a la Alianza entre Dios y su pueblo. Es también el Espíritu
Santo quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la
comunidad. La asamblea litúrgica es ante todo comunión en
la fe.
La Anámnesis. La celebración litúrgica se refiere
siempre a las intervenciones salvíficas de Dios en la historia.
"El plan de la revelación se realiza por obras y palabras
intrínsecamente ligadas; ... las palabras proclaman las obras y
explican su misterio" (DV 2). En la Liturgia de la Palabra, el Espíritu
Santo "recuerda" a la Asamblea todo lo que Cristo ha hecho por
nosotros. Según la naturaleza de las acciones litúrgicas
y las tradiciones rituales de las Iglesias, una celebración "hace
memoria" de las maravillas de Dios en una Anámnesis más
o menos desarrollada. El Espíritu Santo, que despierta así
la memoria de la Iglesia, suscita entonces la acción de gracias
y la alabanza (Doxologia).
El Espíritu Santo actualiza el Misterio de Cristo
La Liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que
nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio
pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las
que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del
Espíritu Santo que actualiza el único Misterio.
La epíclesis ("invocación sobre") es la intercesión
mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu
santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre
de Cristo y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos mismos
en ofrenda viva para Dios.
Junto con la Anámnesis, la Epíclesis es el centro de toda
celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía:
Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el
vino...en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe
y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento...Que
te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo,
de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu,
el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió
la carne humana (S. Juan Damasceno, f.o., IV, 13).
El poder transformador del Espíritu Santo en la Liturgia apresura
la venida del Reino y la consumación del Misterio de la salvación.
En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar la comunión
plena con la Trinidad Santa. Enviado por el Padre, que escucha la epíclesis
de la Iglesia, el Espíritu da la vida a los que lo acogen, y constituye
para ellos, ya desde ahora, "las arras" de su herencia (cf Ef
1,14; 2 Co 1,22).
La comunión del Espíritu Santo
La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción
litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su
Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del
Padre que da su fruto en los sarmientos (cf Jn 15,1-17; Ga 5,22). En la
Liturgia se realiza la cooperación más íntima entre
el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de Comunión
permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el
gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos
de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente
comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna (cf 1
Jn 1,3-7).
La Epíclesis es también oración por el pleno efecto
de la comunión de la Asamblea con el Misterio de Cristo. "La
gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la
comunión del Espíritu Santo" (2 Co 13,13) deben permanecer
siempre con nosotros y dar frutos más allá de la celebración
eucarística. La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe
el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda
viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo,
la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación
en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.
RESUMEN
En la liturgia de la Iglesia, Dios Padre es bendecido y adorado como la
fuente de todas las bendiciones de la Creación y de la Salvación,
con las que nos ha bendecido en su Hijo para darnos el Espíritu
de adopción filial.
La obra de Cristo en la Liturgia es sacramental porque su Misterio de
salvación se hace presente en ella por el poder de su Espíritu
Santo; porque su Cuerpo, que es la Iglesia, es como el sacramento (signo
e instrumento) en el cual el Espíritu Santo dispensa el Misterio
de la salvación; porque a través de sus acciones litúrgicas,
la Iglesia peregrina participa ya, como en primicias, en la Liturgia celestial.
La misión del Espíritu Santo en la Liturgia de la Iglesia
es la de preparar la Asamblea para el encuentro con Cristo; recordar y
manifestar a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes; hacer presente
y actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder transformador
y hacer fructificar el don de la comunión en la Iglesia.
 
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