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4: LOS FIELES DE CRISTO: JERARQUIA, LAICOS, VIDA CONSAGRADA
"Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo,
se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su modo
por esta razón de la función sacerdotal, profética
y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son
llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó
cumplir a la Iglesia en el mundo" (CIC, can. 204, 1; cf. LG 31).
"Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles
una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud
de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan
a la edificación del Cuerpo de Cristo" (CIC can. 208; cf.
LG 32).
Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los miembros
de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque "hay
en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión.
A los Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función
de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad.
Pero también los laicos, partícipes de la función
sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y
en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el
Pueblo de Dios" (AA 2). En fin, "en esos dos grupos [jerarquía
y laicos], hay fieles que por la profesión de los consejos evangélicos
... se consagran a Dios y contribuyen a la misión salvífica
de la Iglesia según la manera peculiar que les es propia"
(CIC can. 207, 2).
I. LA CONSTITUCION JERARQUICA
DE LA IGLESIA
Razón del ministerio eclesial
El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. El lo ha instituido,
le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad:
Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar
siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que está
ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean
la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que
todos los que son miembros del Pueblo de Dios...lleguen a la salvación
(LG 18).
"¿Cómo creerán en aquél a quien no han
oído? ¿cómo oirán sin que se les predique?
y ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rm
10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede
anunciarse a sí mismo el Evangelio. "La fe viene de la predicación"
(Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión
de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no
con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como
miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie
puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida.
Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte
de Cristo. De El los obispos y los presbíteros reciben la misión
y la facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi
Capitis, los diáconos las fuerzas para servir al pueblo de Dios
en la "diaconía" de la liturgia, de la palabra y de la
caridad, en comunión con el Obispo y su presbiterio. Este ministerio,
en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que
ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición
de la Iglesia lo llama "sacramento". El ministerio de la Iglesia
se confiere por medio de un sacramento específico.
El carácter de servicio del ministerio eclesial está intrínsecamente
ligado a la naturaleza sacramental. En efecto, enteramente dependiente
de Cristo que da misión y autoridad, los ministros son verdaderamente
"esclavos de Cristo" (Rm 1, 1), a imagen de Cristo que, libremente
ha tomado por nosotros "la forma de esclavo" (Flp 2, 7). Como
la palabra y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino
de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos se harán
libremente esclavos de todos (cf. 1 Co 9, 19).
De igual modo es propio de la naturaleza sacramental del ministerio eclesial
tener un carácter colegial . En efecto, desde el comienzo de su
ministerio, el Señor Jesús instituyó a los Doce,
"semilla del Nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía
sagrada" (AG 5). Elegidos juntos, también fueron enviados
juntos, y su unidad fraterna estará al servicio de la comunión
fraterna de todos los fieles; será como un reflejo y un testimonio
de la comunión de las Personas divinas (cf. Jn 17, 21-23). Por
eso, todo obispo ejerce su ministerio en el seno del colegio episcopal,
en comunión con el obispo de Roma, sucesor de San Pedro y jefe
del colegio; los presbíteros ejercen su ministerio en el seno del
presbiterio de la diócesis, bajo la dirección de su obispo.
Por último, es propio también de la naturaleza sacramental
del ministerio eclesial tener carácter personal. Cuando los ministros
de Cristo actúan en comunión, actúan siempre también
de manera personal. Cada uno ha sido llamado personalmente ("Tú
sígueme", Jn 21, 22;cf. Mt 4,19. 21; Jn 1,43) para ser, en
la misión común, testigo personal, que es personalmente
portador de la responsabilidad ante Aquél que da la misión,
que actúa "in persona Christi" y en favor de personas
: "Yo te bautizo en el nombre del Padre ..."; "Yo te perdono...".
Por lo tanto, en la Iglesia, el ministerio sacramental es un servicio
ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole personal y una
forma colegial. Esto se verifica en los vínculos entre el colegio
episcopal y su jefe, el sucesor de San Pedro, y en la relación
entre la responsabilidad pastoral del obispo en su Iglesia particular
y la común solicitud del colegio episcopal hacia la Iglesia Universal.
El colegio episcopal y su cabeza, el Papa
Cristo, al instituir a los Doce, "formó una especie de Colegio
o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de
él" (LG 19). "Así como, por disposición
del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman
un único Colegio apostólico, por análogas razones
están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor
de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles "(LG 22;
cf. CIC, can 330).
El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y
solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las
llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo
el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). "Está claro que también
el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió
la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22). Este oficio
pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los
cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado
del Papa.
El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, "es el principio
y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de
la muchedumbre de los fieles "(LG 23). "El Pontífice
Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función
de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema
y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad" (LG 22;
cf. CD 2. 9).
"El Colegio o cuerpo episcopal no tiene ninguna autoridad si no se
le considera junto con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como
Cabeza del mismo"". Como tal, este colegio es "también
sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia" que
"no se puede ejercer...a no ser con el consentimiento del Romano
Pontífice" (LG 22; cf. CIC, can. 336).
La potestad del Colegio de los Obispos sobre toda la Iglesia se ejerce
de modo solemne en el Concilio Ecuménico "(CIC can 337, 1).
"No existe concilio ecuménico si el sucesor de Pedro no lo
ha aprobado o al menos aceptado como tal "(LG 22).
"Este colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad
y la unidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido bajo una única
Cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios " (LG 22).
"Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento
visible de unidad en sus Iglesias particulares" (LG 23). Como tales
ejercen "su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo
de Dios que le ha sido confiada" (LG 23), asistidos por los presbíteros
y los diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal, cada
uno de ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. CD
3), que ejercen primeramente "dirigiendo bien su propia Iglesia,
como porción de la Iglesia universal", contribuyen eficazmente
"al Bien de todo el Cuerpo místico que es también el
Cuerpo de las Iglesias" (LG 23). Esta solicitud se extenderá
particularmente a los pobres (cf. Ga 2, 10), a los perseguidos por la
fe y a los misioneros que trabajan por toda la tierra.
Las Iglesias particulares vecinas y de cultura homogénea forman
provincias eclesiásticas o conjuntos más vastos llamados
patriarcados o regiones (cf. Canon de los Apóstoles 34). Los obispos
de estos territorios pueden reunirse en sínodos o concilios provinciales.
"De igual manera, hoy día, las Conferencias Episcopales pueden
prestar una ayuda múltiple y fecunda para que el afecto colegial
se traduzca concretamente en la práctica"" (LG 23).
La misión de enseñar
Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, "tienen
como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios" (PO 4),
según la orden del Señor (cf. Mc 16, 15). Son "los
predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo.
Son también los maestros auténticos, por estar dotados de
la autoridad de Cristo" (LG 25).
Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por los apóstoles,
Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su Iglesia una participación
en su propia infalibilidad. Por medio del "sentido sobrenatural de
la fe", el Pueblo de Dios "se une indefectiblemente a la fe",
bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia (cf. LG 12; DV 10).
La misión del Magisterio está ligada al carácter
definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo;
debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la
posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El
oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar
para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir
este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad
en materia de fe y de costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir
varias modalidades:
"El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de
esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro
supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama
por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral... La infalibilidad
prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando
ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro", sobre todo
en un Concilio ecuménico (LG 25; cf. Vaticano I: DS 3074). Cuando
la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe
aceptar "como revelado por Dios para ser creído" (DV
10) y como enseñanza de Cristo, "hay que aceptar sus definiciones
con la obediencia de la fe" (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo
el depósito de la Revelación divina (cf. LG 25).
La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los
apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor
de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda
la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin
pronunciarse de una "manera definitiva", proponen, en el ejercicio
del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor
inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres.
A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben "adherirse...con
espíritu de obediencia religiosa" (LG 25) que, aunque distinto
del asentimiento de la fe, es una prolongación de él.
La misión de santificar
El obispo "es el `administrador de la gracia del sumo sacerdocio'"
(LG 26), en particular en la Eucaristía que él mismo ofrece,
o cuya oblación asegura por medio de los presbíteros, sus
colaboradores. Porque la Eucaristía es el centro de la vida de
la Iglesia particular. El obispo y los presbíteros santifican la
Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de
la palabra y de los sacramentos. La santifican con su ejemplo, "no
tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey"
(1 P 5, 3). Así es como llegan "a la vida eterna junto con
el rebaño que les fue confiado"(LG 26).
La misión de gobernar
"Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias
particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos,
con sus consejos y con ejemplos, sino también con su autoridad
y potestad sagrada "(LG 27), que deben, no obstante, ejercer para
edificar con espíritu de servicio que es el de su Maestro (cf.
Lc 22, 26-27).
"Esta potestad, que desempeñan personalmente en nombre de
Cristo, es propia, ordinaria e inmediata. Su ejercicio, sin embargo, está
regulado en último término por la suprema autoridad de la
Iglesia "(LG 27). Pero no se debe considerar a los obispos como vicarios
del Papa, cuya autoridad ordinaria e inmediata sobre toda la Iglesia no
anula la de ellos, sino que, al contrario, la confirma y tutela. Esta
autoridad debe ejercerse en comunión con toda la Iglesia bajo la
guía del Papa.
El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión
pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo
"puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse
nunca a escuchar a sus súbditos, a a los que cuida como verdaderos
hijos ... Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como
la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre" (LG 27):
Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue) a su Padre, y al presbiterio
como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos
como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo
que atañe a la Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Smyrn.
8,1)
II. LOS FIELES LAICOS
"Por laicos se entiende aquí a todos
los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso
reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados
a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan
de las funciones de Cristo. Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan,
según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano
en la Iglesia y en el mundo" (LG 31).
La vocación de los laicos
"Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino
de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas
según Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar
y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente
unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo,
se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31).
La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando
se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de
la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales,
políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento normal
de la vida de la Iglesia:
Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada
de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de
la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada
vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino
de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra
bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en
comunión con él. Ellos son la Iglesia (Pío XII, discurso
20 Febrero 1946; citado por Juan Pablo II, CL 9).
Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del
apostolado en virtud del bautismo y de la confirmación y por eso
tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados
en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación
sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta
obligación es tanto más apremiante cuando sólo por
medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio
y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es
tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener
en la mayoría de las veces su plena eficacia (cf. LG 33).
La participación de los laicos en la misión sacerdotal de
Cristo
"Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu
Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir
siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto,
todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal
y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se
realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se
llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales
agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a
Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos
a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también
los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana,
consagran el mundo mismo a Dios" (LG 34; cf. LG 10).
De manera particular,los padres participan de la misión de santificación
"impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando
la educación cristiana de los hijos" (CIC, can. 835, 4).
Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos
de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito (cf.
CIC, can. 230, 1). "Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia
y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean
lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es
decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas,
administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según
las prescripciones del derecho" (CIC, can. 230, 3).
Su participación en la misión profética de Cristo
"Cristo,... realiza su función profética ... no sólo
a través de la jerarquía ... sino también por medio
de los laicos. El los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y
la gracia de la palabra" (LG 35).
Enseñar a alguien para traerlo a la fe es tarea de todo predicador
e incluso de todo creyente (Sto. Tomás de A., STh III, 71. 4 ad
3).
Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando,
con "el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida
y de la palabra". En los laicos, esta evangelización "adquiere
una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que
se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo" (LG 35):
Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero
apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto
a los no creyentes ... como a los fieles (AA 6; cf. AG 15).
Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también
pueden prestar su colaboración en la formación catequética
(cf. CIC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias
sagradas (cf. CIC,can. 229), en los medios de comunicación social
(cf. CIC, can 823, 1).
"Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de
su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores
sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia
y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad
de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores, habida
cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas"
(CIC, can. 212, 3).
Su participación en la misión real de Cristo
Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha comunicado
a sus discípulos el don de la libertad regia, "para que vencieran
en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida santa, al reino
del pecado" (LG 36).
El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por
las pasiones es dueño de sí mismo: Se puede llamar rey porque
es capaz de gobernar su propia persona; Es libre e independiente y no
se deja cautivar por una esclavitud culpable (San Ambrosio, Psal. 118,
14, 30: PL 15, 1403A).
"Los laicos, además, juntando también sus fuerzas,
han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma
que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean
conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir
la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán
de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas" (LG
36).
"Los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados
a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial,
para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy
diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera
concederles" (EN 73).
En la Iglesia, "los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho
en el ejercicio de la potestad de gobierno" (CIC, can. 129, 2). Así,
con su presencia en los Concilios particulares (can. 443, 4), los Sínodos
diocesanos (can. 463, 1 y 2), los Consejos pastorales (can. 511; 536);
en el ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la
colaboración en los Consejos de los asuntos económicos (can.
492, 1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos
(can. 1421, 2), etc.
Los fieles han de "aprender a distinguir cuidadosamente entre los
derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les
corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en
integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión
temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna
actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse
a la soberanía de Dios" (LG 36).
"Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus
dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la
Iglesia misma `según la medida del don de Cristo'" (LG 33).
III. LA VIDA CONSAGRADA
"El estado de vida que consiste en la profesión
de los consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura
de la Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión a su vida
y a su santidad" (LG 44).
Consejos evangélicos, vida consagrada
Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicid
ad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de la
caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes
asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación
de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la
obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida
estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la "vida
consagrada" a Dios (cf. LG 42-43; PC 1).
El estado de vida consagrada aparece por consiguiente como una de las
maneras de vivir una consagración "más íntima"
que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios
(cf. PC 5). En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo
la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca
a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la
perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y
anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro (cf. CIC, can. 573).
Un gran árbol, múltiples ramas
"El resultado ha sido una especie de árbol en el campo de
Dios, maravilloso y lleno de ramas, a partir de una semilla puesta por
Dios. Han crecido, en efecto, diversas formas de vida, solitaria o comunitaria,
y diversas familias religiosas que se desarrollan para el progreso de
sus miembros y para el bien de todo el Cuerpo de Cristo" (LG 43).
"Desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que intentaron,
con la práctica de los consejos evangélicos, seguir con
mayor libertad a Cristo e imitarlo con mayor precisión. Cada uno
a su manera, vivió entregado a Dios. Muchos, por inspiración
del Espíritu Santo, vivieron en la soledad o fundaron familias
religiosas, que la Iglesia reconoció y aprobó gustosa con
su autoridad" (PC 1).
Los obispos se esforzarán siempre en discernir los nuevos dones
de vida consagrada confiados por el Espíritu Santo a su Iglesia;
la aprobación de nuevas formas de vida consagrada está reservada
a la Sede Apostólica (cf. CIC, can. 605).
La vida eremítica
Sin profesar siempre públicamente los tres consejos evangélicos,
los ermitaños, "con un apartamiento más estricto del
mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia,
dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo"
(CIC, can. 603 1).
Los eremitas presentan a los demás ese aspecto interior del misterio
de la Iglesia que es la intimidad personal con Cristo. Oculta a los ojos
de los hombres, la vida del eremita es predicación silenciosa de
Aquél a quien ha entregado su vida, porque El es todo para él.
En este caso se trata de un llamamiento particular a encontrar en el desierto,
en el combate espiritual, la gloria del Crucificado.
Las vírgenes y las viudas consagradas
Desde los tiempos apostólicos, vírgenes (Cf. 1 Co 7, 34-36)
y viudas cristianas (Cf. Vita consecrata, 7) llamadas por el Señor
para consagrarse a El enteramente (cf. 1 Co 7, 34-36) con una libertad
mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu, han tomado la
decisión, aprobada por la Iglesia, de vivir en estado de virginidad
o de castidad perpetua "a causa del Reino de los cielos" (Mt
19, 12).
"Formulando el propósito santo de seguir más de cerca
a Cristo, [las vírgenes] son consagradas a Dios por el Obispo diocesano
según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos
con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia"
(CIC, can. 604, 1). Por medio este rito solemne ("Consecratio virginum",
"Consagración de vírgenes"), "la virgen es
constituida en persona consagrada" como "signo transcendente
del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen escatológica de esta
Esposa del Cielo y de la vida futura" (Ordo Cons. Virg., Praenot.
1).
"Semejante a otras formas de vida consagrada" (CIC, can. 604),
el orden de las vírgenes sitúa a la mujer que vive en el
mundo (o a la monja) en el ejercicio de la oración, de la penitencia,
del servicio a los hermanos y del trabajo apostólico, según
el estado y los carismas respectivos ofrecidos a cada una (OCV., Praenot.
2). Las vírgenes consagradas pueden asociarse para guardar su propósito
con mayor fidelidad (CIC, can. 604, 2).
La vida religiosa
Nacida en Oriente en los primeros siglos del cristianismo (cf. UR 15)
y vivida en los institutos canónicamente erigidos por la Iglesia
(cf. CIC, can. 573), la vida religiosa se distingue de las otras formas
de vida consagrada por el aspecto cultual, la profesión pública
de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común,
y por el testimonio dado de la unión de Cristo y de la Iglesia
(cf. CIC, can. 607).
La vida religiosa nace del misterio de la Iglesia. Es un don que la Iglesia
recibe de su Señor y que ofrece como un estado de vida estable
al fiel llamado por Dios a la profesión de los consejos. Así
la Iglesia puede a la vez manifestar a Cristo y reconocerse como Esposa
del Salvador. La vida religiosa está invitada a significar, bajo
estas diversas formas, la caridad misma de Dios, en el lenguaje de nuestro
tiempo.
Todos los religiosos, exentos o no (cf. CIC, can. 591), se encuentran
entre los colaboradores del obispo diocesano en su misión pastoral
(cf. CD 33-35). La implantación y la expansión misionera
de la Iglesia requieren la presencia de la vida religiosa en todas sus
formas "desde el período de implantación de la Iglesia"
(AG 18, 40). "La historia da testimonio de los grandes méritos
de las familias religiosas en la propagación de la fe y en la formación
de las nuevas iglesias: desde las antiguas Instituciones monásticas,
las Ordenes medievales y hasta las Congregaciones modernas" (Juan
Pablo II, RM 69).
Los institutos seculares
"Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el cual
los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la
caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre
todo desde dentro de él" (CIC can. 710).
Por medio de una "vida perfectamente y enteramente consagrada a [esta]
santificación" (Pío XII, const. ap. "Provida Mater"),
los miembros de estos institutos participan en la tarea de evangelización
de la Iglesia, "en el mundo y desde el mundo", donde su presencia
obra a la manera de un "fermento" (PC 11). Su "testimonio
de vida cristiana" mira a "ordenar según Dios las realidades
temporales y a penetrar el mundo con la fuerza del Evangelio". Mediante
vínculos sagrados, asumen los consejos evangélicos y observan
entre sí la comunión y la fraternidad propias de su "modo
de vida secular" (CIC, can. 713, 2).
Las sociedades de vida apostólica
Junto a las diversas formas de vida consagrada se encuentran "las
sociedades de vida apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos,
buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida
fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran
a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones.
Entre éstas, existen sociedades cuyos miembros abrazan los consejos
evangélicos mediante un vínculo determinado por las constituciones"
(CIC, can. 731, 1 y 2).
Consagración y misión: anunciar el Rey que viene
Aquel que por el bautismo fue consagrado a Dios, entregándose a
él como al sumamente amado, se consagra, de esta manera, aún
más íntimamente al servicio divino y se entrega al bien
de la Iglesia. Mediante el estado de consagración a Dios, la Iglesia
manifiesta a Cristo y muestra cómo el Espíritu Santo obra
en ella de modo admirable. Por tanto, los que profesan los consejos evangélicos
tienen como primera misión vivir su consagración. Pero "ya
que por su misma consagración se dedican al servicio de la Iglesia
están obligados a contribuir de modo especial a la tarea misionera,
según el modo propio de su instituto" (CIC 783; cf. RM 69).
En la Iglesia que es como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento
de la vida de Dios, la vida consagrada aparece como un signo particular
del misterio de la Redención. Seguir e imitar a Cristo "desde
más cerca", manifestar "más claramente" su
anonadamiento, es encontrarse "más profundamente" presente,
en el corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque
los que siguen este camino "más estrecho" estimulan con
su ejemplo a sus hermanos; les dan este testimonio admirable de "que
sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar
este mundo y ofrecerlo a Dios" (LG 31).
Sea público este testimonio, como en el estado religioso, o más
discreto, o incluso secreto, la venida de Cristo es siempre para todos
los consagrados el origen y la meta de su vida:
El Pueblo de Dios, en efecto, no tiene aquí una ciudad permanente,
sino que busca la futura. Por eso el estado religioso...manifiesta también
mucho mejor a todos los creyentes los bienes del cielo, ya presentes en
este mundo. También da testimonio de la vida nueva y eterna adquirida
por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección
futura y la gloria del Reino de los cielos (LG 44).
RESUMEN
"Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia
ministros sagrados, que en el derecho se denomi nan clérigos; los
demás se llaman laicos". Hay, por otra parte, fieles que perteneciendo
a uno de ambos grupos, por la profesión de los consejos evangélicos,
se consagran a Dios y sirven así a la misión de la Iglesia
(CIC, can. 207, 1, 2).
Para anunciar su fe y para implantar su Reino, Cristo envía a sus
apóstoles y a sus sucesores. El les da parte en su misión.
De El reciben el poder de obrar en su nombre.
El Señor hizo de San Pedro el fundamento visible de su Iglesia.
Le dio las llaves de ella. El obispo de la Iglesia de Roma, sucesor de
San Pedro, es la "cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo
y Pastor de la Iglesia universal en la tierra" (CIC, can. 331).
El
Papa "goza, por institución divina, de una potestad suprema,
plena, inmediata y universal para cuidar las almas" (CD 2).
Los obispos, instituidos por el Espíritu Santo, suceden a los apóstoles.
"Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento
visible de unidad en sus Iglesias particulares" (LG 23).
Los obispos, ayudados por los presbíteros, sus colaboradores, y
por los diáconos, los obispos tienen la misión de enseñar
auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la
Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores. A
su misión pertenece también el cuidado de todas las Iglesias,
con y bajo el Papa.
"Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio del mundo
y de los negocios temporales, Dios les llama a que movidos por el espíritu
cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento"
(AA 2).
Los laicos participan en el sacerdocio de Cristo: cada vez más
unidos a El, despliegan la gracia del Bautismo y la de la Confirmación
a través de todas las dimensiones de la vida personal, familiar,
social y eclesial y realizan así el llamamiento a la santidad dirigido
a todos los bautizados.
Gracias a su misión profética, los laicos, "están
llamados a ser testigos de Cristo en todas las cosas, también en
el interior de la sociedad humana" (GS 43, 4).
Debido a su misión regia, los laicos tienen el poder de arrancar
al pecado su dominio sobre sí mismos y sobre el mundo por medio
de su abnegación y santidad de vida (cf. LG 36).
La vida consagrada a Dios se caracteriza por la profesión pública
de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia en
un estado de vida estable reconocido por la Iglesia.
Entregado a Dios supremamente amado, aquél a quien el Bautismo
ya había destinado a El, se encuentra en el estado de vida consagrada,
más íntimamente comprometido en el servicio divino y dedicado
al bien de toda la Iglesia.
 
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