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Párrafo
3 LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA
"Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos
en el Credo que es una, santa, católica y apostólica"
(LG 8). Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí
(cf DS 2888), indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión.
La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu
Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica,
y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas
cualidades.
812 812 Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia posee estas propiedades
por su origen divino. Pero sus manifestaciones históricas son signos
que hablan también con claridad a la razón humana. Recuerda
el Concilio Vaticano I: "La Iglesia por sí misma es un grande
y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefutable de su misión
divina a causa de su admirable propagación, de su eximia santidad,
de su inagotable fecundidad en toda clase de bienes, de su unidad universal
y de su invicta estabilidad" (DS 3013).
I. LA IGLESIA ES UNA
"El sagrado Misterio de la Unidad de
la Iglesia" (UR 2)
La Iglesia es una debido a su origen: "El modelo y principio supremo
de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu
Santo, en la Trinidad de personas" (UR 2). La Iglesia es una debido
a su Fundador: "Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de
la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios...
restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo"
(GS 78, 3). La Iglesia es una debido a su "alma": "El Espíritu
Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia,
realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo
tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia"
(UR 2). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una:
¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo,
un solo Logos del universo y también un solo Espíritu Santo,
idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha
madre, y me gusta llamarla Iglesia (Clemente de Alejandría, paed.
1, 6, 42).
Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con una
gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios
y de la multiplicidad de las personas que los reciben. En la unidad del
Pueblo de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre
los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones
y modos de vida; "dentro de la comunión eclesial, existen
legítimamente las Iglesias particulares con sus propias tradiciones"
(LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no se opone a la unidad de
la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso de sus consecuencias amenazan
sin cesar el don de la unidad. También el apóstol debe exhortar
a "guardar la unidad del Espíritu con el vínculo de
la paz" (Ef 4, 3).
¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? "Por
encima de todo esto revestíos del amor, que es el vínculo
de la perfección" (Col 3, 14). Pero la unidad de la Iglesia
peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:
- la profesión de una misma fe recibida de los apóstoles;
- la celebración común del culto divino, sobre todo de los
sacramentos;
- la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que
conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2; LG 14;
CIC, can. 205).
"La única Iglesia de Cristo..., Nuestro Salvador, después
de su resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara.
Le encargó a él y a los demás apóstoles que
la extendieran y la gobernaran... Esta Iglesia, constituida y ordenada
en este mundo como una sociedad, subsiste en ["subsistit in"]
la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los
obispos en comunión con él" (LG 8).
El decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II explicita: "Solamente
por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general
de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios
de salvación. Creemos que el Señor confió todos los
bienes de la Nueva Alianza a un único colegio apostólico
presidido por Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra,
al cual deben incorporarse plenamente los que de algún modo pertenecen
ya al Pueblo de Dios" (UR 3).
Las heridas de la unidad
De hecho, "en esta una y única Iglesia de Dios, aparecieron
ya desde los primeros tiempos algunas escisiones que el apóstol
reprueba severamente como condenables; y en siglos posteriores surgieron
disensiones más amplias y comunidades no pequeñas se separaron
de la comunión plena con la Iglesia católica y, a veces,
no sin culpa de los hombres de ambas partes" (UR 3). Tales rupturas
que lesionan la unidad del Cuerpo de Cristo (se distingue la herejía,
la apostasía y el cisma [cf CIC can. 751]) no se producen sin el
pecado de los hombres:
Ubi peccata sunt, ibi est multitudo, ibi schismata, ibi haereses, ibi
discussiones. Ubi autem virtus, ibi singularitas, ibi unio, ex quo omnium
credentium erat cor unum et anima una ("Donde hay pecados, allí
hay desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde
hay virtud, allí hay unión, de donde resultaba que todos
los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma"
Orígenes, hom. in Ezech. 9, 1).
Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales rupturas "y
son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de
la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto
y amor fraternos... justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado
a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos
y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica
como hermanos en el Señor" (UR 3).
Además, "muchos elementos de santificación y de verdad"
(LG 8) existen fuera de los límites visibles de la Iglesia católica:
"la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza
y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los
elementos visibles" (UR 3; cf LG 15). El Espíritu de Cristo
se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación
cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado
a la Iglesia católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y
conducen a Él (cf UR 3) y de por sí impelen a "la unidad
católica" (LG 8).
Hacia la unidad
Aquella unidad "que Cristo concedió desde el principio a la
Iglesia... creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica
y esperamos que crezca hasta la consumación de los tiempos"
(UR 4). Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero
la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener, reforzar y perfeccionar
la unidad que Cristo quiere para ella. Por eso Cristo mismo rogó
en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al Padre por la unidad
de sus discípulos: "Que todos sean uno. Como tú, Padre,
en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21).
El deseo de volver a encontrar la unidad de todos los cristianos es un
don de Cristo y un llamamiento del Espíritu Santo (cf UR 1).
Para responder adecuadamente a este llamamiento se exige:
- una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor
a su vocación. Esta renovación es el alma del movimiento
hacia la unidad (UR 6);
- la conversión del corazón para "llevar una vida más
pura, según el Evangelio" (cf UR 7), porque la infidelidad
de los miembros al don de Cristo es la causa de las divisiones;
- la oración en común, porque "esta conversión
del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones privadas
y públicas por la unidad de los cristianos, deben considerarse
como el alma de todo el movimiento ecuménico, y pueden llamarse
con razón ecumenismo espiritual" (cf UR 8);
- el fraterno conocimiento recíproco (cf UR 9);
- la formación ecuménica de los fieles y especialmente de
los sacerdotes (cf UR 10);
- el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los
cristianos de diferentes Iglesias y comunidades (cf UR 4, 9, 11);
- la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de
servicio a los hombres (cf UR 12).
"La preocupación por el restablecimiento de la unión
atañe a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores"
(cf UR 5). Pero hay que ser "conocedor de que este santo propósito
de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única
Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana".
Por eso hay que poner toda la esperanza "en la oración de
Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, y en el
poder del Espíritu Santo" (UR 24).
II. LA IGLESIA ES SANTA
"La
fe confiesa que la Iglesia... no puede dejar de ser santa. En efecto,
Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu
se proclama 'el solo santo', amó a su Iglesia como a su esposa.
Él se entregó por ella para santificarla, la unió
a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del
Espíritu Santo para gloria de Dios" (LG 39). La Iglesia es,
pues, "el Pueblo santo de Dios" (LG 12), y sus miembros son
llamados "santos" (cf Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).
La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por
Él y con Él, ella también ha sido hecha santificadora.
Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir "la santificación
de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios" (SC 10).
En la Iglesia es en donde está depositada "la plenitud total
de los medios de salvación" (UR 3). Es en ella donde "conseguimos
la santidad por la gracia de Dios" (LG 48).
"La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera
santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). En sus miembros,
la santidad perfecta está todavía por alcanzar: "Todos
los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados
cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad,
cuyo modelo es el mismo Padre" (LG 11).
La caridad es el alma de la santidad a la que todos están llamados:
"dirige todos los medios de santificación, los informa y los
lleva a su fin" (LG 42):
Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por
diferentes miembros, el más necesario, el más noble de todos
no le faltaba, comprendí que la Iglesia tenía un corazón,
que este corazón estaba ARDIENDO DE AMOR. Comprendí que
el Amor solo hacía obrar a los miembros de la Iglesia, que si el
Amor llegara a apagarse, los Apóstoles ya no anunciarían
el Evangelio, los Mártires rehusarían verter su sangre...
Comprendí que EL AMOR ENCERRABA TODAS LAS VOCACIONES. QUE EL AMOR
ERA TODO, QUE ABARCABA TODOS LOS TIEMPOS Y TODOS LOS LUGARES... EN UNA
PALABRA, QUE ES ¡ETERNO! (Santa Teresa del Niño Jesús,
ms. autob. B 3v).
"Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció
el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la
Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre
necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión
y la renovación" (LG 8; cf UR 3; 6). Todos los miembros de
la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1 Jn
1, 8-10). En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra
mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos
(cf Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya
por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación:
La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque
ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente,
si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen
pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda
radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados,
teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo
y el don del Espíritu Santo (SPF 19).
Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que
esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la
fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu
de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles
proponiendo a los santos como modelos e intercesores (cf LG 40; 48-51).
"Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación
en las circunstancias más difíciles de la historia de la
Iglesia" (CL 16, 3). En efecto, "la santidad de la Iglesia es
el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica
y de su ímpetu misionero" (CL 17, 3).
"La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección,
sin mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía
en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos
a María" (LG 65): en ella, la Iglesia es ya enteramente santa.
III. LA IGLESIA ES CATOLICA
Qué quiere decir "católica"
La palabra "católica" significa "universal"
en el sentido de "según la totalidad" o "según
la integridad". La Iglesia es católica en un doble sentido:
Es católica porque Cristo está presente en ella. "Allí
donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica"
(San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8, 2). En ella subsiste la plenitud
del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf Ef 1, 22-23), lo que implica
que ella recibe de Él "la plenitud de los medios de salvación"
(AG 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa,
vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión
apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica
el día de Pentecostés (cf AG 4) y lo será siempre
hasta el día de la Parusía.
Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión
a la totalidad del género humano (cf Mt 28, 19):
Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este
pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través
de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios,
que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió
reunir a sus hijos dispersos... Este carácter de universalidad,
que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias
a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente
a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como
Cabeza, en la unidad de su Espíritu (LG 13).
Cada una de las Iglesias particulares es "católica"
"Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas
las legítimas comunidades locales de fieles, unidas a sus pastores.
Estas, en el Nuevo Testamento, reciben el nombre de Iglesias... En ellas
se reúnen los fieles por el anuncio del Evangelio de Cristo y se
celebra el misterio de la Cena del Señor... En estas comunidades,
aunque muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está
presente Cristo, quien con su poder constituye a la Iglesia una, santa,
católica y apostólica" (LG 26).
Se
entiende por Iglesia particular, que es en primer lugar la diócesis
(o la eparquía), una comunidad de fieles cristianos en comunión
en la fe y en los sacramentos con su obispo ordenado en la sucesión
apostólica (cf CD 11; CIC can. 368-369; CCEO, cán. 117,
§ 1. 178. 311, § 1. 312). Estas Iglesias particulares están
"formadas a imagen de la Iglesia Universal. En ellas y a partir de
ellas existe la Iglesia católica, una y única" (LG
23).
Las Iglesias particulares son plenamente católicas gracias a la
comunión con una de ellas: la Iglesia de Roma "que preside
en la caridad" (San Ignacio de Antioquía, Rom. 1, 1). "Porque
con esta Iglesia en razón de su origen más excelente debe
necesariamente acomodarse toda Iglesia, es decir, los fieles de todas
partes" (San Ireneo, haer. 3, 3, 2; citado por Cc. Vaticano I: DS
3057). "En efecto, desde la venida a nosotros del Verbo encarnado,
todas las Iglesias cristianas de todas partes han tenido y tienen a la
gran Iglesia que está aquí [en Roma] como única base
y fundamento porque, según las mismas promesas del Salvador, las
puertas del infierno no han prevalecido jamás contra ella"
(San Máximo el Confesor, opusc.).
"Guardémonos bien de concebir la Iglesia universal como la
suma o, si se puede decir, la federación más o menos anómala
de Iglesias particulares esencialmente diversas. En el pensamiento del
Señor es la Iglesia, universal por vocación y por misión,
la que, echando sus raíces en la variedad de terrenos culturales,
sociales, humanos, toma en cada parte del mundo aspectos, expresiones
externas diversas" (EN 62). La rica variedad de disciplinas eclesiásticas,
de ritos litúrgicos, de patrimonios teológicos y espirituales
propios de las Iglesias locales "con un mismo objetivo muestra muy
claramente la catolicidad de la Iglesia indivisa" (LG 23).
Quién pertenece a la Iglesia católica
"Todos los hombres, por tanto, están invitados a esta unidad
católica del Pueblo de Dios... A esta unidad pertenecen de diversas
maneras o a ella están destinados los católicos, los demás
cristianos e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación
por la gracia de Dios" (LG 13).
"Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia
aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente
su constitución y todos los medios de salvación establecidos
en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo,
que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante
los lazos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del gobierno
eclesiástico y de la comunión. No se salva, en cambio, el
que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la Iglesia,
pero está en el seno de la Iglesia con el 'cuerpo', pero no con
el 'corazón"' (LG 14).
"La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos los que
se honran con el nombre de cristianos a causa del bautismo, aunque no
profesan la fe en su integridad o no conserven la unidad de la comunión
bajo el sucesor de Pedro" (LG 15). "Los que creen en Cristo
y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta comunión,
aunque no perfecta, con la Iglesia católica" (UR 3). Con las
Iglesias ortodoxas, esta comunión es tan profunda "que le
falta muy poco para que alcance la plenitud que haría posible una
celebración común de la Eucaristía del Señor"
(Pablo VI, discurso 14 diciembre 1975; cf UR 13-18).
La Iglesia y los no cristianos
"Los que todavía no han recibido el Evangelio también
están ordenados al Pueblo de Dios de diversas maneras" (LG
16):
La relación de la Iglesia con el pueblo judío. La Iglesia,
Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, al escrutar su propio misterio, descubre
su vinculación con el pueblo judío (cf NA 4) "a quien
Dios ha hablado primero" (MR, Viernes Santo 13: oración universal
VI). A diferencia de otras religiones no cristianas la fe judía
ya es una respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza.
Pertenece al pueblo judío "la adopción filial, la gloria,
las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas;
de todo lo cual procede Cristo según la carne" (cf Rm 9, 4-5),
"porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables"
(Rm 11, 29).
Por otra parte, cuando se considera el futuro, el Pueblo de Dios de la
Antigua Alianza y el nuevo Pueblo de Dios tienden hacia fines análogos:
la espera de la venida (o el retorno) del Mesías; pues para unos,
es la espera de la vuelta del Mesías, muerto y resucitado, reconocido
como Señor e Hijo de Dios; para los otros, es la venida del Mesías
cuyos rasgos permanecen velados hasta el fin de los tiempos, espera que
está acompañada del drama de la ignorancia o del rechazo
de Cristo Jesús.
Las relaciones de la Iglesia con los musulmanes. "El designio de
salvación comprende también a los que reconocen al Creador.
Entre ellos están, ante todo, los musulmanes, que profesan tener
la fe de Abraham y adoran con nosotros al Dios único y misericordioso
que juzgará a los hombres al fin del mundo" (LG 16; cf NA
3).
El vínculo de la Iglesia con las religiones no cristianas es en
primer lugar el del origen y el del fin comunes del género humano:
Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo
origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre
la entera faz de la tierra; tienen también un único fin
último, Dios, cuya providencia, testimonio de bondad y designios
de salvación se extienden a todos hasta que los elegidos se unan
en la Ciudad Santa (NA 1).
La Iglesia reconoce en las otras religiones la búsqueda "todavía
en sombras y bajo imágenes", del Dios desconocido pero próximo
ya que es Él quien da a todos vida, el aliento y todas las cosas
y quiere que todos los hombres se salven. Así, la Iglesia aprecia
todo lo bueno y verdadero, que puede encontrarse en las diversas religiones,
"como una preparación al Evangelio y como un don de aquel
que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan la vida"
(LG 16; cf NA 2; EN 53).
Pero, en su comportamiento religioso, los hombres muestran también
límites y errores que desfiguran en ellos la imagen de Dios:
Con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el Maligno,
se pusieron a razonar como personas vacías y cambiaron el Dios
verdadero por un ídolo falso, sirviendo a las criaturas en vez
de al Creador. Otras veces, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo,
están expuestos a la desesperación más radical (LG
16).
El Padre quiso convocar a toda la humanidad en la Iglesia de su Hijo para
reunir de nuevo a todos sus hijos que el pecado había dispersado
y extraviado. La Iglesia es el lugar donde la humanidad debe volver a
encontrar su unidad y su salvación. Ella es el "mundo reconciliado"
(San Agustín, serm. 96, 7-9). Es, además, este barco que
"pleno dominicae crucis velo Sancti Spiritus flatu in hoc bene navigat
mundo" ("con su velamen que es la cruz de Cristo, empujado por
el Espíritu Santo, navega bien en este mundo") (San Ambrosio,
virg. 18, 188); según otra imagen estimada por los Padres de la
Iglesia, está prefigurada por el Arca de Noé que es la única
que salva del diluvio (cf 1 P 3, 20-21).
"Fuera de la Iglesia no hay salvación"
¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida
por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que
toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su
Cuerpo:
El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición,
enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación.
Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación
que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar
con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo,
confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que
entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían
salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo,
la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin
embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14).
Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen
a Cristo y a su Iglesia:
Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia,
pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con
la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través
de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación
eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).
"Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede
llevar a la fe, 'sin la que es imposible agradarle' (Hb 11, 6), a los
hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo,
a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar"
(AG 7).
La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia
El mandato misionero. "La Iglesia, enviada por Dios a las gentes
para ser 'sacramento universal de salvación', por exigencia íntima
de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza
por anunciar el Evangelio a todos los hombres" (AG 1): "Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20).
El origen la finalidad de la misión. El mandato misionero del Señor
tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima
Trinidad: "La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza,
misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la
misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre"
(AG 2). E;i fin último de la misión no es otro que hacer
participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre
y el Hijo en su Espíritu de amor (cf Juan Pablo II, RM 23).
El motivo de la misión. Del amor de Dios por todos los hombres
la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de
su impulso misionero: "porque el amor de Cristo nos apremia..."
(2 Co 5, 14; cf AA 6; RM 11). En efecto, "Dios quiere que todos los
hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1
Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento
de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen
a la moción del Espíritu de verdad están ya en el
camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta verdad ha
sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela.
Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe
ser misionera.
Los caminos de la misión. "El Espíritu Santo es en
verdad el protagonista de toda la misión eclesial" (RM 21).
Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión.
Ella "continúa y desarrolla en el curso de la historia la
misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres...
impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino
por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la
obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta
la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección"
(AG 5). Es así como la "sangre de los mártires es semilla
de cristianos" (Tertuliano, apol. 50).
Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también
"hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella
proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía
el Evangelio" (GS 43, 6). Sólo avanzando por el camino "de
la conversión y la renovación" (LG 8; cf 15) y "por
el estrecho sendero de Dios" (AG 1) es como el Pueblo de Dios puede
extender el reino de Cristo (cf RM 12-20). En efecto, "como Cristo
realizó la obra de la redención en la persecución,
también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino
para comunicar a los hombres los frutos de la salvación" (LG
8).
Por su propia misión, "la Iglesia... avanza junto con toda
la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe
como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo
y transformada en familia de Dios" (GS 40, 2). El esfuerzo misionero
exige entonces la paciencia. Comienza con el anuncio del Evangelio a los
pueblos y a los grupos que aún no creen en Cristo (cf RM 42-47),
continúa con el establecimiento de comunidades cristianas, "signo
de la presencia de Dios en el mundo" (AG lS), y en la fundación
de Iglesias locales (cf RM 48-49); se implica en un proceso de inculturación
para así encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos (cf
RM 52-54), en este proceso no faltarán también los fracasos.
"En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente
de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los incorpora a
la plenitud católica" (AG 6).
La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la unidad de
los cristianos (cf RM 50). En efecto, "las divisiones entre los cristianos
son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de
la catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a
ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo, separados
de su plena comunión. Incluso se hace más difícil
para la propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos
los aspectos en la realidad misma de la vida" (UR 4).
La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía
no aceptan el Evangelio (cf RM 55). Los creyentes pueden sacar provecho
para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor
"cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones,
como por una casi secreta presencia de Dios" (AG 9). Si ellos anuncian
la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar
y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y
los pueblos, y para purificarlos del error y del mal "para gloria
de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre" (AG
9).
IV. LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
La Iglesia es apostólica porque está
fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apóstoles"
(Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión
por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga
1, l; etc.).
- Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita
en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito,
las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).
- Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles
hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio
pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros
juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (AG
5):
Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los
santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre
por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo
dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).
La misión de los apóstoles
Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio,
"llamó a los que él quiso, y vinieron donde él.
Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos
a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus "enviados"
[es lo que significa la palabra griega "apostoloi"]. En ellos
continúa su propia misión: "Como el Padre me envió,
también yo os envío" (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18).
Por tanto su ministerio es la continuación de la misión
de Cristo: "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe",
dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).
Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como "el
Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn 5, 19.30), sino que todo
lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes
Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (cf Jn 15,
5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla.
Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados
por Dios como "ministros de una nueva alianza" (2 Co 3, 6),
"ministros de Dios" (2 Co 6, 4), "embajadores de Cristo"
(2 Co 5, 20), "servidores de Cristo y administradores de los misterios
de Dios" (1 Co 4, 1).
En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible:
ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y
los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente
de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta
el fin de los tiempos (cf Mt 28, 20). "Esta misión divina
confiada por Cristo a los apóstoles tiene que durar hasta el fin
del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio
de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon
de instituir... sucesores" (LG 20).
Los obispos sucesores de los apóstoles
"Para que continuase después de su muerte la misión
a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus
colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra
que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño
en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los
pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a
algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte,
otros hombres probados les sucedieran en el ministerio" (LG 20; cf
San Clemente Romano, Cor. 42; 44).
"Así como permanece el ministerio confiado personalmente por
el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a
sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los apóstoles
de apacentar la Iglesia, que debe ser elegido para siempre por el orden
sagrado de los obispos". Por eso, la Iglesia enseña que "por
institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles
como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el
que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió"
(LG 20).
El apostolado
Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través
de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión
de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en
cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros
de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío.
"La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también
vocación al apostolado". Se llama "apostolado" a
"toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a "propagar
el Reino de Cristo por toda la tierra" (AA 2).
"Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado
de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto
el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión
vital con Cristo (cf Jn 15, 5; AA 4). Según sean las vocaciones,
las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu
Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre
la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, "que es
como el alma de todo apostolado" (AA 3).
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad
profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado
al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino
de Dios" (cf Ap 19, 6), que ha venido en la persona de Cristo y que
crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados
hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos
los hombres rescatados por él, hechos en él "santos
e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" (Ef 1, 4), serán
reunidos como el único Pueblo de Dios, "la Esposa del Cordero"
(Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y
tiene la gloria de Dios" (Ap 21, 10-11); y "la muralla de la
ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce
apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14).
RESUMEN
La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace
de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo, vivificado
por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (cf
Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones.
La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo,
se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad
la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es "ex maculatis immaculata"
("inmaculada aunque compuesta de pecadores"). En los santos
brilla su santidad; en María es ya la enteramente santa.
La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en
sí y administra la plenitud de los medios de salvación;
es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca
todos los tiempos; "es, por su propia naturaleza, misionera"
(AG 2).
La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos
cimientos: "los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14);
es indestructible (cf Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad:
Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás apóstoles,
presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.
"La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo
que es una, santa, católica y apostólica... subsiste en
la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los
obispos en comunión con él. Sin duda, fuera de su estructura
visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y
de verdad " (LG 8).
 
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