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CAPITULO
TERCERO
CREO EN EL ESPIRITU SANTO
"Nadie puede decir: "¡Jesús
es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo"
(1 Co 12, 3). "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu
de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6). Este
conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para
entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído
por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros
la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que
tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica
íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia:
El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio
de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores
del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo;
pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad.
Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y,
sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del
Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu
Santo (San Ireneo, dem. 7).
El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos
despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: "que te
conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo"
(Jn 17, 3). No obstante, es el "último" en la revelación
de las personas de la Santísima Trinidad . San Gregorio Nacianceno,
"el Teólogo", explica esta progresión por medio
de la pedagogía de la "condescendencia" divina:
El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más
obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever
la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho
de ciudadanía entre nosotros y nos da una visión más
clara de sí mismo. En efecto, no era prudente, cuando todavía
no se confesaba la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la del
Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún admitida, añadir
el Espíritu Santo como un fardo suplementario si empleamos una
expresión un poco atrevida ... Así por avances y progresos
"de gloria en gloria", es como la luz de la Trinidad estalla
en resplandores cada vez más espléndidos (San Gregorio Nacianceno,
or. theol. 5, 26).
Creer en el Espíritu Santo es, por tanto, profesar que el Espíritu
Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad Santa, consubstancial
al Padre y al Hijo, "que con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración gloria" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).
Por eso se ha hablado del misterio divino del Espíritu Santo en
la "teología" trinitaria, en tanto que aquí no
se tratará del Espíritu Santo sino en la "Economía"
divina.
El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo
del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación.
Pero es en los "últimos tiempos", inaugurados con la
Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela
y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. Entonces,
este Designio Divino, que se consuma en Cristo, "primogénito"
y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el
Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la comunión de los
santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la
carne, la vida eterna.
Artículo 8 "CREO EN EL ESPIRITU SANTO"
"Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de
Dios" (1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela nos
hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a
sí mismo. El que "habló por los profetas" nos
hace oír la Palabra del Padre. Pero a él no le oímos.
No le conocemos sino en la obra mediante la cual nos revela al Verbo y
nos dispone a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de verdad
que nos "desvela" a Cristo "no habla de sí mismo"
(Jn 16, 13). Un ocultamiento tan discreto, propiamente divino, explica
por qué "el mundo no puede recibirle, porque no le ve ni le
conoce", mientras que los que creen en Cristo le conocen porque él
mora en ellos (Jn 14, 17).
La Iglesia, Comunión viviente en la fe de los apóstoles
que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu
Santo:
- en las Escrituras que El ha inspirado:
- en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos
siempre actuales;
- en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
- en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos,
en donde el Espíritu Santo nos pone en Comunión con Cristo;
- en la oración en la cual El intercede por nosotros;
- en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
- en los signos de vida apostólica y misionera;
- en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y continúa
la obra de la salvación.
I. LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU
Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu
de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial con el Padre
y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de
la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la
Santísima Trinidad vivificante, consubstancial e individible, la
fe de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas.
Cuando el Padre envía su Verbo, envía también su
aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu
Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien
se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu
Santo quien lo revela.
Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu
es su Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación
mana de esta plenitud (cf. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado
(Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu
a los que creen en él: El les comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22),
es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (cf. Jn 16, 14). La
misión conjunta y mutua se desplegará desde entonces en
los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión
del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y
hacerles vivir en él:
La noción de la unción sugiere ...que no hay ninguna distancia
entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que
entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón
ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato
el contacto del Hijo con el Espíritu... de tal modo que quien va
a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto
necesariamente con el óleo. En efecto, no hay parte alguna que
esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la
confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu
Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas
partes delante de los que se acercan por la fe (San Gregorio Niceno, Spir.
3, 1).
II. EL NOMBRE, LOS APELATIVOS
Y LOS SIMBOLOS DEL ESPIRITU SANTO
El nombre propio del Espíritu Santo
"Espíritu
Santo", tal es el nombre propio de Aquél que adoramos y glorificamos
con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del Señor
y lo profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos (cf. Mt 28, 19).
El término "Espíritu" traduce el término
hebreo "Ruah", que en su primera acepción significa soplo,
aire, viento. Jesús utiliza precisamente la imagen sensible del
viento para sugerir a Nicodemo la novedad transcendente del que es personalmente
el Soplo de Dios, el Espíritu divino (Jn 3, 5-8). Por otra parte,
Espíritu y Santo son atributos divinos comunes a las Tres Personas
divinas. Pero, uniendo ambos términos, la Escritura, la Liturgia
y el lenguaje teológico designan la persona inefable del Espíritu
Santo, sin equívoco posible con los demás empleos de los
términos "espíritu" y "santo".
Los apelativos del Espíritu Santo
Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo,
le llama el "Paráclito", literalmente "aquél
que es llamado junto a uno", "advocatus" (Jn 14, 16. 26;
15, 26; 16, 7). "Paráclito" se traduce habitualmente
por "Consolador", siendo Jesús el primer consolador (cf.
1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo "Espíritu
de Verdad" (Jn 16, 13).
Además de su nombre propio, que es el más empleado en el
libro de los Hechos y en las cartas de los apóstoles, en San Pablo
se encuentran los siguientes apelativos: el Espíritu de la promesa(Ga
3, 14; Ef 1, 13), el Espíritu de adopción (Rm 8, 15; Ga
4, 6), el Espíritu de Cristo (Rm 8, 11), el Espíritu del
Señor (2 Co 3, 17), el Espíritu de Dios (Rm 8, 9.14; 15,
19; 1 Co 6, 11; 7, 40), y en San Pedro, el Espíritu de gloria (1
P 4, 14).
Los símbolos del Espíritu Santo
El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del
Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación
del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental
eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de
nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal
significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da
en el Espíritu Santo. Pero "bautizados en un solo Espíritu",
también "hemos bebido de un solo Espíritu"(1 Co
12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el
Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como
de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14;
7, 38; Ex 17, 1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).
La unción. El simbolismo de la unción con el óleo
es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto
de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2
Co 1, 21). En la iniciación cristiana es el signo sacramental de
la Confirmación, llamada justamente en las Iglesias de Oriente
"Crismación". Pero para captar toda la fuerza que tiene,
es necesario volver a la Unción primera realizada por el Espíritu
Santo: la de Jesús. Cristo ["Mesías" en hebreo]
significa "Ungido" del Espíritu de Dios. En la Antigua
Alianza hubo "ungidos" del Señor (cf. Ex 30, 22-32),
de forma eminente el rey David (cf. 1 S 16, 13). Pero Jesús es
el Ungido de Dios de una manera única: La humanidad que el Hijo
asume está totalmente "ungida por el Espíritu Santo".
Jesús es constituido "Cristo" por el Espíritu
Santo (cf. Lc 4, 18-19; Is 61, 1). La Virgen María concibe a Cristo
del Espíritu Santo quien por medio del ángel lo anuncia
como Cristo en su nacimiento (cf. Lc 2,11) e impulsa a Simeón a
ir al Templo a ver al Cristo del Señor(cf. Lc 2, 26-27); es de
quien Cristo está lleno (cf. Lc 4, 1) y cuyo poder emana de Cristo
en sus curaciones y en sus acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; 8,
46). Es él en fin quien resucita a Jesús de entre los muertos
(cf. Rm 1, 4; 8, 11). Por tanto, constituido plenamente "Cristo"
en su Humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36), Jesús
distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta que "los santos"
constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo de Dios, "ese
Hombre perfecto ... que realiza la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13):
"el Cristo total" según la expresión de San Agustín.
El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad
de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía
transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías
que "surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha"
(Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el
sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del
Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que
precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías"
(Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que "bautizará en el
Espíritu Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu del
cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego sobre la
tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!"
(Lc 12, 49). Bajo la forma de lenguas "como de fuego", como
el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la
mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch
2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo
del fuego como uno de los más expresivos de la acción del
Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). "No
extingáis el Espíritu"(1 Te 5, 19).
La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones
del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento,
la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador,
tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con
Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18),
en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por
el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la
dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras
son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende
sobre la Virgen María y la cubre "con su sombra" para
que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña
de la Transfiguración es El quien "vino en una nube y cubrió
con su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías,
a Pedro, Santiago y Juan, y "se oyó una voz desde la nube
que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9,
34-35). Es, finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús
a los ojos" de los discípulos el día de la Ascensión
(Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria
el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).
El sello es un símbolo cercano al de la unción. En efecto,
es Cristo a quien "Dios ha marcado con su sello" (Jn 6, 27)
y el Padre nos marca también en él con su sello (2 Co 1,
22; Ef 1, 13; 4, 30). Como la imagen del sello ["sphragis"]
indica el carácter indeleble de la Unción del Espíritu
Santo en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del
Orden, esta imagen se ha utilizado en ciertas tradiciones teológicas
para expresar el "carácter" imborrable impreso por estos
tres sacramentos, los cuales no pueden ser reiterados.
La mano. Imponiendo las manos Jesús cura a los enfermos(cf. Mc
6, 5; 8, 23) y bendice a los niños (cf. Mc 10, 16).En su Nombre,
los Apóstoles harán lo mismo (cf. Mc 16, 18; Hch 5, 12;
14, 3). Más aún, mediante la imposición de manos
de los Apóstoles el Espíritu Santo nos es dado (cf. Hch
8, 17-19; 13, 3; 19, 6). En la carta a los Hebreos, la imposición
de las manos figura en el número de los "artículos
fundamentales" de su enseñanza (cf. Hb 6, 2). Este signo de
la efusión todopoderosa del Espíritu Santo, la Iglesia lo
ha conservado en sus epíclesis sacramentales.
El dedo. "Por el dedo de Dios expulso yo [Jesús] los demonios"
(Lc 11, 20). Si la Ley de Dios ha sido escrita en tablas de piedra "por
el dedo de Dios" (Ex 31, 18), la "carta de Cristo" entregada
a los Apóstoles "está escrita no con tinta, sino con
el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas
de carne del corazón" (2 Co 3, 3). El himno "Veni Creator"
invoca al Espíritu Santo como "digitus paternae dexterae"
("dedo de la diestra del Padre").
La paloma. Al final del diluvio (cuyo simbolismo se refiere al Bautismo),
la paloma soltada por Noé vuelve con una rama tierna de olivo en
el pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo(cf. Gn 8, 8-12).
Cuando Cristo sale del agua de su bautismo, el Espíritu Santo,
en forma de paloma, baja y se posa sobre él (cf. Mt 3, 16 par.).
El Espíritu desciende y reposa en el corazón purificado
de los bautizados. En algunos templos, la santa Reserva eucarística
se conserva en un receptáculo metálico en forma de paloma
(el columbarium), suspendido por encima del altar. El símbolo de
la paloma para sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la iconografía
cristiana.
III. EL ESPIRITU Y LA PALABRA DE DIOS
EN EL TIEMPO DE LAS PROMESAS
Desde el comienzo y hasta "la plenitud de los tiempos" (Ga 4,
4), la Misión conjunta del Verbo y del Espíritu del Padre
permanece oculta pero activa. El Espíritu de Dios preparaba entonces
el tiempo del Mesías, y ambos, sin estar todavía plenamente
revelados, ya han sido prometidos a fin de ser esperados y aceptados cuando
se manifiesten. Por eso, cuando la Iglesia lee el Antiguo Testamento (cf.
2 Co 3, 14), investiga en él (cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu,
"que habló por los profetas", quiere decirnos acerca
de Cristo.
Por "profetas", la fe de la Iglesia entiende aquí a todos
los que fueron inspirados por el Espíritu Santo en el vivo anuncio
y en la redacción de los Libros Santos, tanto del Antiguo como
del Nuevo Testamento. La tradición judía distingue la Ley
[los cinco primeros libros o Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos
los libros históricos y proféticos] y los Escritos [sobre
todo sapienciales, en particular los Salmos, cf. Lc 24, 44].
En la Creación
La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la
vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-21;
Ez 37, 10):
Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación
porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo ... A El se le da el
poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el
Padre por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario de maitines, domingos
del segundo modo).
"En cuanto al hombre, es con sus propias manos [es decir, el Hijo
y el Espíritu Santo] como Dios lo hizo ... y él dibujó
sobre la carne moldeada su propia forma, de modo que incluso lo que fuese
visible llevase la forma divina" (San Ireneo, dem. 11).
El Espíritu de la promesa
Desfigurado por el pecado y por la muerte, el hombre continua siendo "a
imagen de Dios", a imagen del Hijo, pero "privado de la Gloria
de Dios" (Rm 3, 23), privado de la "semejanza". La Promesa
hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al
final de la cual el Hijo mismo asumirá "la imagen" (cf.
Jn 1, 14; Flp 2, 7) y la restaurará en "la semejanza"
con el Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu "que
da la Vida".
Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una descendencia,
como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo (cf. Gn 18,
1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21). En ella serán
bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12, 3). Esta descendencia
será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien la efusión del Espíritu
Santo formará "la unidad de los hijos de Dios dispersos"
(cf. Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento (cf. Lc 1, 73),
Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32;Jn
3, 16) y al don del "Espíritu Santo de la Promesa, que es
prenda ... para redención del Pueblo de su posesión"
(Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).
En las Teofanías y en la Ley
Las Teofanías [manifestaciones de Dios] iluminan el camino de la
Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta
las visiones que inauguran la misión de los grandes profetas. La
tradición cristiana siempre ha reconocido que, en estas Teofanías,
el Verbo de Dios se dejaba ver y oír, a la vez revelado y "cubierto"
por la nube del Espíritu Santo.
Esta pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley
(cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30), que fue dada como un "pedagogo"
para conducir al Pueblo hacia Cristo (Ga 3, 24). Pero su impotencia para
salvar al hombre privado de la "semejanza" divina y el conocimiento
creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20) suscitan el deseo del
Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.
En el Reino y en el Exilio
La Ley, signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido regir
el corazón y las instituciones del Pueblo salido de la fe de Abraham.
"Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza,
... seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación
santa" (Ex 19,5-6; cf. 1 P 2, 9). Pero, después de David,
Israel sucumbe a la tentación de convertirse en un reino como las
demás naciones. Pues bien, el Reino objeto de la promesa hecha
a David (cf. 2 S 7; Sal 89; Lc 1, 32-33) será obra del Espíritu
Santo; pertenecerá a los pobres según el Espíritu.
El olvido de la Ley y la infidelidad a la Alianza llevan a la muerte:
el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en realidad fidelidad
misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración prometida,
pero según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo de Dios
sufriese esta purificación (cf. Lc 24, 26); el Exilio lleva ya
la sombra de la Cruz en el Designio de Dios, y el Resto de pobres que
vuelven del Exilio es una de la figuras más transparentes de la
Iglesia.
La espera del Mesías y de su Espíritu
"He aquí que yo lo renuevo"(Is 43, 19): dos líneas
proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías,
la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en
el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan
en la esperanza la "consolación de Israel" y "la
redención de Jerusalén" (cf. Lc 2, 25. 38).
Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que
a él se refieren. A continuación se describen aquellas en
que aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.
Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer
en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) ("cuando Isaías tuvo
la visión de la Gloria" de Cristo: Jn 12, 41), en particular
en Is 11, 1-2:
Saldrá un vástago del tronco de Jesé,
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el Espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo
(cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49,
1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos
cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican
así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar
a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra "condición
de esclavos" (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte,
puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.
Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este
pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
Los textos proféticos que se refieren directamente al envío
del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al
corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos
del "amor y de la fidelidad" (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37,
1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San
Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según
estas promesas, en los "últimos tiempos", el Espíritu
del Señor renovará el corazón de los hombres grabando
en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos
dispersos y divididos; transformará la primera creación
y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.
El Pueblo de los "pobres" (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is
49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados
a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de
los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran
obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el
tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad
de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu,
que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara
para el Señor "un pueblo bien dispuesto" (cf. Lc 1, 17).
IV. EL ESPIRITU DE CRISTO
EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS
Juan, Precursor, Profeta y Bautista
"Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6).
Juan fue "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su
madre" (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María
acababa de concebir del Espíritu Santo. La "visitación"
de María a Isabel se convirtió así en "visita
de Dios a su pueblo" (Lc 1, 68).
Juan es "Elías que debe venir" (Mt 17, 10-13): El fuego
del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como "precursor"]
del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo
culmina la obra de "preparar al Señor un pueblo bien dispuesto"
(Lc 1, 17).
Juan es "más que un profeta" (Lc 7, 26). En él,
el Espíritu Santo consuma el "hablar por los profetas".
Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cf.
Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel,
es la "voz" del Consolador que llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3).
Como lo hará el Espíritu de Verdad, "vino como testigo
para dar testimonio de la luz" (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con
respecto a Juan, el Espíritu colma así las "indagaciones
de los profetas" y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12):
"Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda
sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo
... Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios ...
He ahí el Cordero de Dios" (Jn 1, 33-36).
En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo,
lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la "semejanza"
divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y
del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).
"Alégrate, llena de gracia"
María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es
la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo
en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación
y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada
en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.
Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición
de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María
(cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la
Liturgia como el trono de la "Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que
el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
El Espíritu Santo preparó a María con su gracia .
Convenía que fuese "llena de gracia" la madre de Aquél
en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente"
(Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más
humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable
del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda
como la "Hija de Sión": "Alégrate" (cf.
So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es
la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de
la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico
al Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).
En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente
del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu
Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio
del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21;
Ga 4, 26-28).
En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre
hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía
definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad
de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y
a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).
En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a
poner en Comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor
benevolente de Dios" (cf. Lc 2, 14), y los humildes son siempre los
primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los
esposos de Caná y los primeros discípulos.
Al término de esta Misión del Espíritu, María
se convierte en la "Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes",
Madre del "Cristo total" (cf. Jn 19, 25-27). Así es como
ella está presente con los Doce, que "perseveraban en la oración,
con un mismo espíritu" (Hch 1, 14), en el amanecer de los
"últimos tiempos" que el Espíritu va a inaugurar
en la mañana de Pentecostés con la manifestación
de la Iglesia.
Cristo Jesús
Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud
de los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su
Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.
Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo
a la luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del
Hijo y del Espíritu Santo. Aquí se mencionará solamente
lo que se refiere a la promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús
y su don realizado por el Señor glorificado.
Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él
mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin
embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre,
cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo
(cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf. Jn
3, 5-8), a la Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan
en la fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos
les habla de él abiertamente a propósito de la oración
(cf. Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10,
19-20).
Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús
promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección
serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn
14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad,
el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la
oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre
de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque
él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá,
nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá
con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará
todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él;
nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo.
En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia
y de juicio.
Por
fin llega la Hora de Jesús (cf. Jn 13, 1; 17, 1): Jesús
entrega su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46; Jn 19,
30) en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo
que, "resucitado de los muertos por la Gloria del Padre" (Rm
6, 4), enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo
sobre ellos su aliento (cf. Jn 20, 22). A partir de esta hora, la misión
de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la
Iglesia: "Como el Padre me envió, también yo os envío"
(Jn 20, 21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-48; Hch 1, 8).
V. EL ESPIRITU Y LA IGLESIA
EN LOS ULTIMOS TIEMPOS
Pentecostés
El día de Pentecostés (al término de las siete semanas
pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu
Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud,
Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.
En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad.
Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto
a todos los que creen en El: en la humildad de la carne y en la fe, participan
ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida,
que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos
tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía
no consumado:
Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial,
hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque
ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de Vísperas de
Pentecostés; empleado también en las liturgias eucarísticas
después de la comunión)
El Espíritu Santo, El Don de Dios
"Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don,
contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado"
(Rm 5, 5).
Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado,
el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados.
La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que,
en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida
por el pecado.
El nos da entonces las "arras" o las "primicias" de
nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la Vida misma de la Santísima
Trinidad que es amar "como él nos ha amado" (cf. 1 Jn
4, 11-12). Este amor (la caridad de 1 Co 13) es el principio de la vida
nueva en Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una fuerza,
la del Espíritu Santo" (Hch 1, 8).
Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden
dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que
demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría,
paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga
5, 22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más
renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más "obramos
también según el Espíritu" (Ga 5, 25):
Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace
espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino
de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar
a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo
de la luz y de tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).
El Espíritu Santo y la Iglesia
La
misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia,
Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión
conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión
con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara
a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo.
Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre
su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente
el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos,
para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den "mucho
fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).
Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de
Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo
su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio,
para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima
Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):
Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu,
a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y
con Dios ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente
y que Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada
uno de nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva
por sí mismo a la unidad a aquellos que son distintos entre sí
... y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él . Y de
la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que
todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso
que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita
en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual
(San Cirilo de Alejandría, Jo 12).
Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es
Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para
alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos,
enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión
por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo
comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su
Cuerpo (esto será el objeto de la segunda parte del Catecismo).
Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los
Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo,
según el Espíritu (esto será el objeto de la tercera
parte del Catecismo).
"El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros
no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede
por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26). El Espíritu
Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración
(esto será el objeto de la cuarta parte del Catecismo).
RESUMEN
"La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo que clama:Abba, Padre" (Ga 4, 6).
Desde el comienzo y hasta de la consumación de los tiempos, cuando
Dios envía a su Hijo, envía siempre a su Espíritu:
la misión de ambos es conjunta e inseparable.
En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María
todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante
la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo
el Emmanuel, "Dios con nosotros" (Mt 1, 23).
El
Hijo de Dios es consagrado Cristo [Mesías] mediante la Unción
del Espíritu Santo en su Encarnación (cf. Sal 2, 6-7).
Por su Muerte y su Resurrección, Jesús es constituido Señor
y Cristo en la gloria (Hch 2, 36). De su plenitud derrama el Espíritu
Santo sobre los Apóstoles y la Iglesia.
El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros,
construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la
Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres.
 
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