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Artículo
12 "CREO EN LA VIDA ETERNA"
El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte
como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia
dice por última vez las palabras de perdón de la absolución
de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez
con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático
como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:
Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre
Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de
Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo,
que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada
esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María
Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los ángeles
y santos. ... Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus
manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra.
Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos
los ángeles y santos. ... Que puedas contemplar cara a cara a tu
Redentor... (OEx. "Commendatio animae").
I. EL JUICIO PARTICULAR
La muerte pone fin a la vida del hombre como
tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada
en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente
en la perspectiv a del encuentro final con Cristo en su segunda venida;
pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución
inmediata después de la muerte de cada uno con consecuencia de
sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf.
Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf.
Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co
5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del
alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.
Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución
eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través
de una purificación (cf. Cc de Lyon: DS 857-858; Cc de Florencia:
DS 1304-1306; Cc de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente
en la bienaventuranza del cielo (cf. Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan
XXII: DS 990), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Benedicto
XII: DS 1002).
A la tarde te examinarán en el amor (San Juan de la Cruz, dichos
64).
II. EL CIELO
Los que mueren en la gracia y la amistad de
Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con
Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual
es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):
Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición
general de Dios, las almas de todos los santos ... y de todos los demás
fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo en los
que no había nada que purificar cuando murieron;... o en caso de
que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas
después de la muerte ... aun antes de la reasunción de sus
cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo
del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están
y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso
celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles.
Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor
Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva
y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura (Benedicto XII:
DS 1000; cf. LG 49).
Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión
de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles
y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es
el fin último y la realización de las aspiraciones más
profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1,
23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en El", aún más,
tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad,
su propio nombre (cf. Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí
está la vida, allí está el reino (San Ambrosio, Luc.
10,121).
Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto"
el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión
de los frutos de la redención realizada por Cristo quien asocia
a su glorificación celestial a aquellos que han creído en
El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad
bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados
a El.
Estes misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos
los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda
representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes:
vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén
celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído
oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios
preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).
A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más
que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata
del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de
Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la visión
beatífica":
¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido
a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la
salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo,
el Señor tu Dios, ...gozar en el Reino de los cielos en compañía
de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad
alcanzada (San Cipriano, ep. 56,10,1).
En
la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con
alegría la voluntad de Dios con relación a los demás
hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con El "ellos
reinarán por los siglos de los siglos' (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).
III. LA PURIFICACION FINAL
O PURGATORIO
Los que mueren en la gracia y en la amistad
de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros
de su eterna salvación, sufren después de su muerte una
purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar
en la alegría del cielo.
La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos
que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia
ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en
los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820: 1580).
La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos
de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:
Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio,
existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que
es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra
el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este
siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que
algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo
futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).
Esta enseñanza se apoya también en la práctica de
la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por
eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor
de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12,
46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los
difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio
eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan
llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también
recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en
favor de los difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los
hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su Padre (cf. Jb
1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras
ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues,
en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por
ellos (San Juan Crisóstomo, hom. in 1 Cor 41, 5).
IV. EL INFIERNO
Salvo que elijamos libremente amarle no podemos
estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente
contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien
no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un
asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente
en él" (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor nos advierte que
estaremos separados de El si no omitimos socorrer las necesidades graves
de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25,
31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor
misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre
por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión
definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es
lo que se designa con la palabra "infierno".
Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego
que nunca se apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado
a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde
se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús
anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles
que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán
al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:"
¡Alejaos de Mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41).
La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y
su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden
a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí
sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76;
409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno
consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente
puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado
y a las que aspira.
Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia
a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad
con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su
destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante
a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha
es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y
son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la
puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son
los que la encuentran" (Mt 7, 13-14) :
Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según
el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así,
terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos
entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos
mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a
las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes'
(LG 48).
Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que
eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado
mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística
y en las plegari as diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia
de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a
la conversión" (2 P 3, 9):
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda
tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos
de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos
(MR Canon Romano 88)
V. EL JUICIO FINAL
La resurrección de todos los muertos,
"de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15), precederá
al Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén
en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán
para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación"
(Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado
de todos sus ángeles,... Serán congregadas delante de él
todas las naciones, y él separará a los unos de los otros,
como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas
a su derecha, y las cabras a su izquierda... E irán estos a un
castigo eterno, y los justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32.
46).
Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente
la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49).
El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias
lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida
terrena:
Todo el mal que hacen los malos se registra - y ellos no lo saben. El
día en que "Dios no se callará" (Sal 50, 3) ...
Se volverá hacia los malos: "Yo había colocado sobre
la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza,
gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre -pero en la tierra mis
miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo,
eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis
pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros
para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado
nada en sus manos, no poseéis nada en Mí" (San Agustín,
serm. 18, 4, 4).
El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo
el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo
El decidirá su advenimiento. Entonces, El pronunciará por
medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia.
Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación
y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos
los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido
todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará
que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por
sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct
8, 6).
El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios
da a los hombres todavía "el tiempo favorable, el tiempo de
salvación" (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete
para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza"
(Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que "vendrá para
ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído"
(2 Ts 1, 10).
VI. LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS
Y DE LA TIERRA NUEVA
Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará
a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán
para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo
será renovado:
La Iglesia ... sólo llegará a su perfección en la
gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la restauración universal
y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está
íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través
del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)
La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a
esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad
y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización
definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo
por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la
tierra" (Ef 1, 10).
En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial,
Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará
toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá
llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap
21, 4;cf. 21, 27).
Para el hombre esta consumación será la realización
final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la
creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento"
(LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad
de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa
del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado,
las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la
comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en
la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será
la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.
En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad
de destino del mundo material y del hombre:
Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación
de los hijos de Dios ... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre
de la corrupción ... Pues sabemos que la creación entera
gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella;
también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu,
nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro
cuerpo (Rm 8, 19-23).
Así pues, el universo visible también está destinado
a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su
primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al
servicio de los justos", participando en su glorificación
en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).
"Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de
la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo.
Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero
se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva
tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará
y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones
de los hombres"(GS 39, 1).
"No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino
más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra,
donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer
ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir
cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo,
sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar
mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39,
2).
"Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia,
tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor
y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios
de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al
Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será
entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:
La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu
Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales.
Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido
la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén,
catech. ill. 18, 29).
RESUMEN
Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución
eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.
"Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia
de Cristo... constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte,
la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección,
en el que estas almas se unirán con sus cuerpos" (SPF 28).
"Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y
María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial,
donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como El
es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso,
juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las
cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros
y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza"
(SPF 29).
Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente
purificados, aunque están seguros de su salvación eterna,
sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener
la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.
En virtud de la "comunión de los santos", la Iglesia
encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en
su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.
Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles
de la "triste y lamentable realidad de la muerte eterna" (DCG
69), llamada también "infierno".
La pena principal del infierno consiste en la separación eterna
de Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad
para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.
La Iglesia ruega para que nadie se pierda: "Jamás permitas,
Señor, que me separe de ti". Si bien es verdad que nadie puede
salvarse a sí mismo, también es cierto que "Dios quiere
que todos los hombres se salven" (1 Tm 2, 4) y que para El "todo
es posible" (Mt 19, 26).
"La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que todos
los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio
ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propias acciones (DS
859; cf. DS 1549).
Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud.
Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados
en cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado.
Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 28), en
la vida eterna.
"AMEN"
El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura (cf. Ap
22, 21), se termina con la palabra hebrea Amen. Se encuentra también
frecuentemente al final de las oraciones del Nuevo Testamento. Igualmente,
la Iglesia termina sus oraciones con un "Amen".
En hebreo, "Amén" pertenece a la misma raíz que
la palabra "creer". Esta raíz expresa la solidez, la
fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende por qué el "Amén"
puede expresar tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra
confianza en El.
En el profeta Isaías se encuentra la expresión "Dios
de verdad", literalmente "Dios del Amén", es decir,
el Dios fiel a sus promesas: "Quien desee ser bendecido en la tierra,
deseará serlo en el Dios del Amén" (Is 65, 16). Nuestro
Señor emplea con frecuencia el término "Amen"
(cf. Mt 6, 2. 5. 16), a veces en forma duplicada (cf. Jn 5, 19) para subrayar
la fiabilidad de su enseñanza, su Autoridad fundada en la Verdad
de Dios.
Así pues, el "Amén" final del Credo recoge y confirma
su primera palabra: "Creo". Creer es decir "Amén"
a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse
totalmente de El que es el Amén de amor infinito y de perfecta
fidelidad. La vida cristiana de cada día será también
el "Amén" al "Creo" de la Profesión
de fe de nuestro Bautismo:
Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él:
para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos
los días en tu fe (San Agustín, serm. 58, 11, 13: PL 38,399).
Jesucristo mismo es el "Amén" (Ap 3, 14). Es el "Amén"
definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro
"Amén" al Padre: "Todas las promesas hechas por
Dios han tenido su `sí' en él; y por eso decimos por él
'Amén' a la gloria de Dios" (2 Co 1, 20):
Por El, con El y en El,
A ti, Dios Padre omnipotente
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.
AMEN.
 
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