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Artículo
11 "CREO EN LA RESURRECCION DE LA CARNE"
El Credo cristiano -profesión de nuestra
fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción
creadora, salvadora y santificadora- culmina en la proclamación
de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la
vida eterna.
Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que
Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para
siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán
para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el
último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección
será obra de la Santísima Trinidad:
Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús
de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó
a Jesús de entre los muertos dará también la vida
a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros
(Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).
El término "carne" designa al hombre en su condición
de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección
de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá
solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos
mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.
Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos
un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección
de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer
en ella" (Tertuliano, res. 1.1):
¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección
de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó.
Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana
también vuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó de
entre los muertos como primicias de los que durmieron (1 Co 15, 12-14.
20).
I. LA RESURRECCION DE CRISTO
Y LA NUESTRA
Revelación progresiva de la Resurrección
La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por
Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los
muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en
un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del
cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente
su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza
a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires
Macabeos confiesan:
El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará
a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres
con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él
(2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13).
Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos contemporáneos del Señor
(cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña
firmemente. A los saduceos que la niegan responde: "Vosotros no conocéis
ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error"
(Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios
que "no es un Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12, 27).
Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección
a la fe en su propia persona: "Yo soy la resurrección y la
vida" (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará
en el último día a quienes hayan creído en él.
(cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf.
Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de
la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5,
21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección
que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único,
El habla como del "signo de Jonás" (Mt 12, 39), del signo
del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer
día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).
Ser testigo de Cristo es ser "testigo de
su Resurrección" (Hch 1, 22; cf. 4, 33), "haber comido
y bebido con El después de su Resurrección de entre los
muertos" (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección
está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado.
Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.
Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado
incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). "En
ningún punto la fe cristiana encue ntra más contradicción
que en la resurrección de la carne" (San Agustín, psal.
88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte,
la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual.
Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal
pueda resucitar a la vida eterna?
Cómo resucitan los muertos
¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma
y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras
que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo
glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros
cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por
la virtud de la Resurrección de Jesús.
¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto:"los
que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan
hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).
¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: "Mirad
mis manos y mis pies; soy yo mismo" (Lc 24, 39); pero El no volvió
a una vida terrenal. Del mismo modo, en El "todos resucitarán
con su propio cuerpo, que tienen ahora" (Cc de Letrán IV:
DS 801), pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de
gloria" (Flp 3, 21), en "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44):
Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con
qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras
no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que
va a brotar, sino un simple grano..., se siembra corrupción, resucita
incorrupción; ... los muertos resucitarán incorruptibles.
En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad;
y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42.
53).
Este "cómo" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro
entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación
en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración
de nuestro cuerpo por Cristo:
Así como el pan que viene de la tierra, después de haber
recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía,
constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros
cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles,
ya que tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo de Lyon,
haer. 4, 18, 4-5).
¿Cuándo? Sin duda en el "último día"
(Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); "al fin del mundo" (LG 48). En
efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente
asociada a la Parusía de Cristo:
El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel
y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron
en Cristo resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).
Resucitados con Cristo
Si es verdad que Cristo nos resucitará en "el último
día", también lo es, en cierto modo, que nosotros ya
hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo,
la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación
en la muerte y en la Resurrección de Cristo:
Sepultados con él en el bautismo, con él también
habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le
resucitó de entre los muertos... Así pues, si habéis
resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo
sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).
Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente
en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida
permanece "escondida con Cristo en Dios" (Col 3, 3) "Con
El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús"
(Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros
pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último
día también nos "manifestaremos con El llenos de gloria"
(Col 3, 4).
Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan
ya de la dignidad de ser "en Cristo"; donde se basa la exigencia
del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente
cuando sufre:
El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y
Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también
a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos
son miembros de Cristo?... No os pertenecéis... Glorificad, por
tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).
II. MORIR EN CRISTO JESUS
Para resucitar con Cristo, es necesario morir
con Cristo, es necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca
del Señor" (2 Co 5,8). En esta "partida" (Flp 1,23)
que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con
su cuerpo el día de la resurrección de los muertos (cf.
SPF 28).
La muerte
"Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza
su cumbre" (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural,
pero por la fe sabemos que realmente es "salario del pecado"
(Rm 6, 23;cf. Gn 2, 17). Y para los que mueren en la gracia de Cristo,
es una participación en la muerte del Señor para poder participar
también en su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11).
La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están
medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como
en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como
terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia
a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también
par hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado
para llevar a término nuestra vida:
Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, ... mientras
no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva
a Dios que es quien lo dio (Qo 12, 1. 7).
La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico
de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19;
Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de
la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa
del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza
mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria
a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia
del pecado (cf. Sb 2, 23-24). "La muerte temporal de la cual el hombre
se habría liberado si no hubiera pecado" (GS 18), es así
"el último enemigo" del hombre que debe ser vencido (cf.
1 Co 15, 26).
La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios,
sufrió también la muerte, propia de la condición
h umana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella (cf. Mc 14, 33-34;
Hb 5, 7-8), la asumió en un acto de sometimiento total y libre
a la voluntad del Padre.La obediencia de Jesús transformó
la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21).
El sentido de la muerte cristiana
Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. "Para
mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es
cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también
viviremos con él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la
muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano
está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir
una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física
consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra
incorporación a El en su acto redentor:
Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar
de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto por nosotros;
lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima ...Dejadme
recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre
(San Ignacio de Antioquía, Rom. 6, 1-2).
En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano
puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo:
"Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar
su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a
ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46):
Mi deseo terreno ha desaparecido; ... hay en mí un agua viva que
murmura y que dice desde dentro de mí "Ven al Padre"
(San Ignacio de Antioquía, Rom. 7, 2).
Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir (Santa Teresa de
Jesús, vida 1).
Yo no muero, entro en la vida (Santa Teresa del Niño Jesús,
verba).
La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14) se expresa
de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:
La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma;
y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión
eterna en el cielo.(MR, Prefacio de difuntos).
La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del
tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su
vida terrena según el designio divino y para decidir su último
destino. Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida
terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. "Está
establecido que los hombres mueran una sola vez" (Hb 9, 27). No hay
"reencarnación" después de la muerte.
La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ("De
la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor":
antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que
interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Ave María),
y a confiarnos a San José, Patrono de la buena muerte:
Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir.
Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor
sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás
aparejado, ¿cómo lo estarás mañana? (Imitación
de Cristo 1, 23, 1).
Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
(San Francisco de Asís, cant.)
RESUMEN
"Caro salutis est cardo" ("La carne es soporte de la salvación")
(Tertuliano, res., 8, 2). Creemos en Dios que es el creador de la carne;
creemos en el Verbo hecho carne para rescatar la carne; creemos en la
resurrección de la carne, perfección de la creación
y de la redención de la carne.
Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección
Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado
reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado
y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último
día.
"Creemos en la verdadera resurrección de esta carne que poseemos
ahora" (DS 854). No obstante, se siembra en el sepulcro un cuerpo
corruptible, resucita un cuerpo incorruptible (cf. 1 Co 15, 42), un "cuerpo
espiritual" (1 Co 15, 44).
Como consecuencia del pecado original, el hombre debe sufrir "la
muerte corporal, de la que el hombre se habría liberado, si no
hubiera pecado" (GS 18).
Jesús, el Hijo de Dios, sufrió libremente la muerte por
nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su
Padre. Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a
todos los hombres la posibilidad de la salvación.
 
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