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Artículo10
"CREO EN EL PERDON DE LOS PECADOS"
El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón
de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también
a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el
Espíritu Santo a su apóstoles, Cristo resucitado les confirió
su propio poder divino de perdonar los pecados: "Recibid el Espíritu
Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados;
a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20,
22-23).
(La IIª parte del Catecismo tratará explícitamente
del perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la
Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía.
Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).
I. UN SOLO BAUTISMO
PARA EL PERDON DE LOS PECADOS
Nuestro Señor vinculó el perdón
de los pecados a la fe y al Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad
la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado
se salvará" (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal
sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto
por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf.
Rm 4, 25), a fin de que "vivamos también una vida nueva"
(Rm 6, 4).
"En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de
Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan
completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente
nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas
por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas...
Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las
debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos
que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos
al mal" (Catech. R. 1, 11, 3).
En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién
será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida
del pecado? "Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder
de perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo
no fuese para ella el único medio de servirse de las llaves del
Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo; era necesario
que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso
si hubieran pecado hasta en el último momento de su vida"
(Catech. R. 1, 11, 4).
Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse
con Dios y con la Iglesia:
Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia "un bautismo
laborioso" (San Gregorio Nac., Or. 39. 17). Para los que han caído
después del Bautismo, es necesario para la salvación este
sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún
no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672).
II. EL PODER DE LAS LLAVES
Cristo, después de su Resurrección
envió a sus apóstoles a predicar "en su nombre la conversión
para perdón de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47).
Este "ministerio de la reconciliación" (2 Co 5, 18),
no lo cumplieron los apóstoles y sus sucesores anunciando solamente
a los hombres el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo
y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles
también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos
con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:
La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que
se realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de
Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es
donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir
con Cristo, cuya gracia nos ha salvado (San Agustín, serm. 214,
11).
No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar.
"No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con
confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero"
(Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere
que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón
a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).
La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la
fe en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho
a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los
pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores:
El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso:
quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había
hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).
Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles,
ni a los arcángeles... Dios sanciona allá arriba todo lo
que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo,
sac. 3, 5).
Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría
ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación
eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don (San
Agustín, serm. 213, 8).
RESUMEN
El Credo relaciona "el perdón de los pecados" con la
profesión de fe en el Espíritu Santo. En efecto, Cristo
resucitado confió a los apóstoles el poder de perdonar los
pecados cuando les dio el Espíritu Santo.
El Bautismo es el primero y principal sacramento para el perdón
de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y nos da el Espíritu
Santo.
Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el poder de perdonar los pecados
de los bautizados y ella lo ejerce de forma habitual en el sacramento
de la penitencia por medio de los obispos y de los presbíteros.
"En la remisión de los pecados, los sacerdotes y los sacramentos
son meros instrumentos de los que quiere servirse nuestro Señor
Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra salvación,
para borrar nuestras iniquidades y darnos la gracia de la justificación"
(Catech. R. 1, 11, 6).
 
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