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3 JESUCRISTO FUE SEPULTADO
"Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos"
(Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo
no solamente "muriese por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) sino
también que "gustase la muerte", es decir, que conociera
el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su
cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que él
expiró en la Cruz y el momento en que resucitó . Este estado
de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos.
Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en
la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de
Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación
de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1,
18-20).
El cuerpo de Cristo en el sepulcro
La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo real
entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado glorioso
de resucitado. Es la misma persona de "El que vive" que puede
decir: "estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los
siglos" (Ap 1, 18):
Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo,
según el orden necesario de la natur aleza pero los reunió
de nuevo, uno con otro, por medio de la Resurrección, a fin de
ser El mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida
deteniendo en él la descomposición de la naturaleza que
produce la muerte y resultando él mismo el principio de reunión
de las partes separadas (S. Gregorio Niceno, or. catech. 16).
Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte"
(Hch 3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha resucitado"
(Lc 24, 5-6), era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya
continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por
la muerte:
Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada
de la carne, la persona única no se encontró dividida en
dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma
razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte,
aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma
y única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).
"No dejarás que tu santo vea la corrupción"
La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a
su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la Persona
del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo
mortal como los demás porque "no era posible que la muerte
lo dominase" (Hch 2, 24) y por eso de Cristo se puede decir a la
vez: "Fue arrancado de la tierra de los vivos" (Is 53, 8); y:
"mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás
mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción"
(Hch 2,26-27; cf.Sal 16, 9-10). La Resurrección de Jesús
"al tercer día" (1Co 15, 4; Lc 24, 46; cf. Mt 12, 40;
Jon 2, 1; Os 6, 2) era el signo de ello, también porque se suponía
que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día
(cf. Jn 11, 39).
"Sepultados con Cristo ... "
El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa
eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con
Cristo para una nueva vida: "Fuimos, pues, con él sepultados
por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado
de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también
nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6,4; cf Col 2, 12; Ef 5, 26).
RESUMEN
Jesús gustó la muerte para bien de todos (cf. Hb 2, 9).
Es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que murió y fue
sepultado.
Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona
divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados
sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo
muerto de Cristo "no conoció la corrupción" (Hch
13,37).
 
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