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Párrafo
2 JESUS MURIO CRUCIFICADO
I. EL PROCESO DE JESUS
Divisiones de las autoridades judías
respecto a Jesús
Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no solamente el
fariseo Nicodemo (cf. Jn 7, 50) o el notable José de Arimatea eran
en secreto discípulos de Jesús (cf. Jn 19, 38-39), sino
que durante mucho tiempo hubo disensiones a propósito de El (cf.
Jn 9, 16-17; 10, 19-21) hasta el punto de que en la misma víspera
de su pasión, S. Juan pudo decir de ellos que "un buen número
creyó en él", aunque de una manera muy imperfecta (Jn
12, 42). Eso no tiene nada de extraño si se considera que al día
siguiente de Pentecostés "multitud de sacerdotes iban aceptando
la fe" (Hch 6, 7) y que "algunos de la secta de los Fariseos
... habían abrazado la fe" (Hch 15, 5) hasta el punto de que
Santiago puede decir a S. Pablo que "miles y miles de judíos
han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley" (Hch
21, 20).
Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes
en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19).
Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf.
Jn 9, 22). A los que temían que "todos creerían en
él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro
Lugar Santo y nuestra nación" (Jn 11, 48), el sumo sacerdote
Caifás les propuso profetizando: "Es mejor que muera uno solo
por el pueblo y no que perezca toda la nación" (Jn 11, 49-50).
El Sanedrín declaró a Jesús "reo de muerte"
(Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar
a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los
romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2) lo
que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de "sedición"
(Lc 23, 19). Son también las amenazas políticas las que
los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene
a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).
Los Judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús
Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las
narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea
cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el
Sanedrín, Pilato) lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir
la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén,
a pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y
de las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la conversión
después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4,
10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús
perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan
a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los Judíos de Jerusalén
e incluso de sus jefes. Y aún menos, apoyándose en el grito
del pueblo: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!"
(Mt 27, 25), que significa una fórmula de ratificación (cf.
Hch 5, 28; 18, 6), se podría ampliar esta responsabilidad a los
restantes judíos en el espacio y en el tiempo:
Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano
II: "Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado
indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni
a los judíos de hoy...no se ha de señalar a los judíos
como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la
Sagrada Escritura" (NA 4).
Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo
La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos
no ha olvidado jamás que "los pecadores mismos fueron los
autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó
el divino Redentor" (Catech. R. I, 5, 11; cf. Hb 12, 3). Teniendo
en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45;
Hch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad
más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad con la
que ellos con demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los
judíos:
Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan
recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han
hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz,
sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el
mal "crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen
a pública infamia (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro
crimen en este caso es mayor que el de los Judíos. Porque según
el testimonio del Apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían
crucificado jamás al Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8).
Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos
de El con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre El nuestras
manos criminales (Catech. R. 1, 5, 11).
Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien
con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía,
deleitándote en los vicios y en los pecados (S. Francisco de Asís,
admon. 5, 3).
II. LA MUERTE REDENTORA DE CRISTO
EN EL DESIGNIO DIVINO DE SALVACION
"Jesús entregado según
el preciso designio de Dios"
La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada
constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio
de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén
ya en su primer discurso de Pentecostés: "fue entregado según
el determinado designio y previo conocimiento de Dios" (Hch 2, 23).
Este lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado
a Jesús" (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de
un drama escrito de antemano por Dios.
Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad.
Por tanto establece su designio eterno de "predestinación"
incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia:
"Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra
tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio
Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2),
de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría,
habías predestinado" (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los
actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar
su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18).
"Muerto por nuestros pecados según las Escrituras"
Este designio divino de salvación a través de la muerte
del "Siervo, el Justo" (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había
sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención
universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud
del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión
de fe que dice haber "recibido" (1 Co 15, 3) que "Cristo
ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras" (ibidem:
cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora
de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente
(cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el
sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt
20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación
de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,
25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).
"Dios le hizo pecado por nosotros"
En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica
en el designio divino de salvación: "Habéis sido rescatados
de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco,
oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y
sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo
y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros"
(1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original,
están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al
enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2,
7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del
pecado (cf. Rm 8, 3), Dios "a quien no conoció pecado, le
hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de
Dios en él" (2 Co 5, 21).
Jesús no conoció la reprobación como si él
mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le
unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el
alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto
de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34;
Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores,
"Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó
por todos nosotros" (Rm 8, 32) para que fuéramos "reconciliados
con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 10).
Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal
Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio
sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito
por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros
hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió
a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,
10; cf. 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo
nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm
5, 8).
Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida
que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es
voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños"
(Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt
20, 28); este último término no es restrictivo: opone el
conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se
entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles
(cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos
los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá
hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (Cc Quiercy en el
año 853: DS 624).
III.
CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE
POR NUESTROS PECADOS
Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino
la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este
mundo, dice: ... He aquí que vengo ... para hacer, oh Dios, tu
voluntad ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la
oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo"
(Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo
acepta el designio divino de salvación en su misión redentora:
"Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar
a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús "por
los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la expresión
de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque
doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al Padre
y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).
Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda
la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su
Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación:
"¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado
a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me
ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18, 11). Y todavía
en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19,
30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).
"El cordero que quita el pecado del mundo"
Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía
de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló
a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del
mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que
Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio
al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes
(cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención
de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn
19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir
y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre
Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre
hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13,
1) porque "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos"
(Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se
hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación
de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó
libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres
que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente"
(Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando
él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida
Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí
mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20),
en "la noche en que fue entregado"(1 Co 11, 23). En la víspera
de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de
esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda
voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres:
"Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc
22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada
por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
La Eucaristía que instituyó en este momento será
el "memorial" (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye
a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf.
Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes
de la Nueva Alianza: "Por ellos me consagro a mí mismo para
que ellos sean también consagrados en la verdad" (Jn 17, 19;
cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).
La agonía de Getsemaní
El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en
la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación
de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26,
42) haciéndose "obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8;
cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre mío, si es posible,
que pase de mí este cáliz .." (Mt 26, 39). Expresa
así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana.
Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna;
además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta
de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12);
pero sobre todo está asumida por la persona divina del "Príncipe
de la Vida" (Hch 3, 15), de "el que vive" (Ap 1, 18; cf.
Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad
del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar
nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero" (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo
La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo
la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36)
por medio del "cordero que quita el pecado del mundo" (Jn 1,
29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25)
que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole
con El por "la sangre derramada por muchos para remisión de
los pecados" (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).
Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos
los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre:
es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf.
Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que,
libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18)
a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar
nuestra desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia
"Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos
pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos
serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta
la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del
Siervo doliente que "se dio a sí mismo en expiación",
"cuando llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará
y cuyas culpas soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara
por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc
de Trento: DS 1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
El "amor hasta el extremo"(Jn 13, 1) es el que confiere su valor
de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción
al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda
de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia
al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron"
(2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba
en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres
y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona
divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas
humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible
su sacrificio redentor por todos.
"Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justif icationem
meruit" ("Por su sacratísima pasión en el madero
de la cruz nos mereció la justificación")enseña
el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando el carácter único
del sacrificio de Cristo como "causa de salvación eterna"
(Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: "O crux, ave, spes
unica" ("Salve, oh cruz, única esperanza", himno
"Vexilla Regis").
Nuestra participación en el sacrificio de Cristo
La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador
entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona
divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre"
(GS 22, 2), él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la
forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual"
(GS 22, 5). El llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a
seguirle" (Mt 16, 24) porque él "sufrió por nosotros
dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21).
El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos
mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19;
Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más
íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf.
Lc 2, 35):
Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo
(Sta. Rosa de Lima, vida)
RESUMEN
"Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras"(1
Co 15, 3).
Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios hacia
nosotros porque "El nos amó y nos envió a su Hijo como
propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). "En
Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Co 5, 19).
Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación.
Este don lo significa y lo realiza por anticipado durante la última
cena: "Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros"
(Lc 22, 19).
La redención de Cristo consiste en que él "ha venido
a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28), es decir "a
amar a los suyos hasta el extremo" (Jn 13, 1) para que ellos fuesen
"rescatados de la conducta necia heredada de sus padres" (1
P 1, 18).
Por su obediencia amorosa a su Padre, "hasta la muerte de cruz"
(Flp 2, 8) Jesús cumplió la misión expiatoria (cf.
Is 53, 10) del Siervo doliente que "justifica a muchos cargando con
las culpas de ellos". (Is 53, 11; cf. Rm 5, 19).
 
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