| |
Artículo
4 "JESUCRISTO PADEDIO BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,FUE
CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO"
El Misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección de Cristo está
en el centro de la Buena Nueva que los Apóstole s, y la Iglesia
a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador
de Dios se ha cumplido de "una vez por todas" (Hb 9, 26) por
la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.
La Iglesia permanece fiel a "la interpretación de todas las
Escrituras" dada por Jesús mismo, tanto antes como después
de su Pascua: "¿No era necesario que Cristo padeciera eso
y entrara así en su gloria?" (Lc 24, 26-27, 44-45). Los padecimientos
de Jesús han tomado una forma histórica concreta por el
hecho de haber sido "reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes
y los escribas" (Mc 8, 31), que lo "entregaron a los gentiles,
para burlarse de él, azotarle y crucificarle" (Mt 20, 19).
Por lo tanto, la fe puede escrutar las circunstancias de la muerte de
Jesús, que han sido transmitidas fielmente por los Evangelios (cf.
DV 19) e iluminadas por otras fuentes históricas, a fin de comprender
mejor el sentido de la Redención.
Párrafo 1 JESUS E ISRAEL
Desde los comienzos del ministerio público de Jesús, fariseos
y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se pusieron
de acuerdo para perderle (cf. Mc 3, 6). Por algunas de sus obras (expulsión
de demonios, cf. Mt 12, 24; perdón de los pecados, cf. Mc 2, 7;
curaciones en sábado, cf. 3, 1-6; interpretación original
de los preceptos de pureza de la Ley, cf. Mc 7, 14-23; familiaridad con
los publicanos y los pecadores públicos, (cf. Mc 2, 14-17), Jesús
apareció a algunos malintencionados sospechoso de posesión
diabólica (cf. Mc 3, 22; Jn 8, 48; 10, 20). Se le acusa de blasfemo
(cf. Mc 2, 7; Jn 5,18; 10, 33) y de falso profetismo (cf. Jn 7, 12; 7,
52), crímenes religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte
a pedradas (cf. Jn 8, 59; 10, 31).
Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, pues,
un "signo de contradicción" (Lc 2, 34) para las autoridades
religiosas de Jerusalén, aquellas a las que el Evangelio de S.
Juan denomina con frecuencia "los Judíos" (cf. Jn 1,
19; 2, 18; 5, 10; 7, 13; 9, 22; 18, 12; 19, 38; 20, 19), más incluso
que a la generalidad del pueblo de Dios (cf. Jn 7, 48-49). Ciertamente,
sus relaciones con los fariseos no fueron solamente polémicas.
Fueron unos fariseos los que le previnieron del peligro que corría
(cf. Lc 13, 31). Jesús alaba a alguno de ellos como al escriba
de Mc 12, 34 y come varias veces en casa de fariseos (cf. Lc 7, 36; 14,
1). Jesús confirma doctrinas sostenidas por esta élite religiosa
del pueblo de Dios: la resurrección de los muertos (cf. Mt 22,
23-34; Lc 20, 39), las formas de piedad (limosna, ayuno y oración,
cf. Mt 6, 18) y la costumbre de dirigirse a Dios como Padre, carácter
central del mandamiento de amor a Dios y al prójimo (cf. Mc 12,
28-34).
A los ojos de muchos en Israel, Jesús parece actuar contra las
instituciones esenciales del Pueblo elegido:
- Contra el sometimiento a la Ley en la integridad de sus preceptos escritos,
y, para los fariseos, su interpretación por la tradición
oral.
- Contra el carácter central del Templo de Jerusalén como
lugar santo donde Dios habita de una manera privilegiada.
- Contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre
puede compartir.
I. JESUS Y LA LEY
Al comienzo del Sermón de la montaña,
Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por
Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la
luz de la gracia de la Nueva Alianza:
"No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas.
No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro:
el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o un ápice
de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno
de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres,
será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe
y los enseñe, ese será grande en el Reino de los cielos"
(Mt 5, 17-19).
Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande
en el Reino de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola
en su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias
palabras. Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente (cf.
Jn 8, 46). Los judíos, según su propia confesión,
jamás han podido cumplir jamás la Ley en su totalidad, sin
violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13, 38-41; 15, 10).
Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel
piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley. En efecto,
la Ley constituye un todo y, como recuerda Santiago, "quien observa
toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace reo de todos"
(St 2, 10; cf. Ga 3, 10; 5, 3).
Este principio de integridad en la observancia de la Ley, no sólo
en su letra sino también en su espíritu, era apreciado por
los fariseos. Al subrayarlo para Israel, muchos judíos del tiempo
de Jesús fueron conducidos a un celo religioso extremo (cf. Rm
10, 2), el cual, si no quería convertirse en una casuística
"hipócrita" (cf. Mt 15, 3-7; Lc 11, 39-54) no podía
más que preparar al pueblo a esta intervención inaudita
de Dios que será la ejecución perfecta de la Ley por el
único Justo en lugar de todos los pecadores (cf. Is 53, 11; Hb
9, 15).
El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino obra del divino
Legislador que nació sometido a la Ley en la persona del Hijo (cf
Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de piedra
sino "en el fondo del corazón" (Jr 31, 33) del Siervo,
quien, por "aportar fielmente el derecho" (Is 42, 3), se ha
convertido en "la Alianza del pueblo" (Is 42, 6). Jesús
cumplió la Ley hasta tomar sobre sí mismo "la maldición
de la Ley" (Ga 3, 13) en la que habían incurrido los que no
"practican todos los preceptos de la Ley" (Ga 3, 10) porque,
ha intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de
la Primera Alianza" (Hb 9, 15).
Jesús fue considerado por los Judíos y sus jefes espirituales
como un "rabbi" (cf. Jn 11, 28; 3, 2; Mt 22, 23-24, 34-36).
Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación
rabínica de la Ley (cf. Mt 12, 5; 9, 12; Mc 2, 23-27; Lc 6, 6-9;
Jn 7, 22-23). Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos
que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer
su interpretación entre los suyos, sino que "enseñaba
como quien tiene autoridad y no como sus escribas" (Mt 7, 28-29).
La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar
a Moisés la Ley escrita, es la que en él se hace oír
de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1). Esa palabra
no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación
definitiva: "Habéis oído también que se dijo
a los antepasados ... pero yo os digo" (Mt 5, 33-34). Con esta misma
autoridad divina, desaprueba ciertas "tradiciones humanas" (Mc
7, 8) de los fariseos que "anulan la Palabra de Dios" (Mc 7,
13).
Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza
de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando
su sentido "pedagógico" (cf. Ga 3, 24) por medio de una
interpretación divina: "Todo lo que de fuera entra en el hombre
no puede hacerle impuro ... -así declaraba puros todos los alimentos-
... Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque
de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas"
(Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación
definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que
no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada
por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10,
25. 37-38; 12, 37). Esto ocurre, en particular, respecto al problema del
sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos
(cf. Mt 2,25-27; Jn 7, 22-24), que el descanso del sábado no se
quebranta por el servicio de Dios (cf. Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo
(cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que realizan sus curaciones.
II. JESUS Y EL TEMPLO
Como los profetas anteriores a él, Jesús
profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén.
Fue presentado en él por José y María cuarenta días
después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años,
decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se
debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida
oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión
de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado
por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas
judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23).
Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el
encuentro con Dios. El Templo era para él la casa de su Padre,
una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya
convertido en un mercado (Mt 21, 13). Si expulsa a los mercaderes del
Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: "no hagáis
de la Casa de mi Padre una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron
de que estaba escrito: 'El celo por tu Casa me devorará' (Sal 69,
10)" (Jn 2, 16-17). Después de su Resurrección, los
Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cf.
Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21; etc.).
Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión,
la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará
piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una
señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia
Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc 13, 35). Pero esta profecía pudo ser deformada
por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf.
Mc 14, 57-58) y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado
en la cruz (cf. Mt 27, 39-40).
Lejos de haber sido hostil al Templo (cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17, 14;
Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su enseñanza (cf. Jn 18,
20), Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose
con Pedro (cf. Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento
de su futura Iglesia (cf. Mt 16, 18). Aún más, se identificó
con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre
los hombres (cf. Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso su muerte corporal (cf.
Jn 2, 18-22) anuncia la destrucción del Templo que señalará
la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación:"Llega
la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis
al Padre"(Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-24; Mt 27, 51; Hb 9, 11; Ap 21,
22).
III.
JESUS Y LA FE DE ISRAEL
Si la Ley y el Templo pudieron ser ocasión
de "contradicción" (cf. Lc 2, 34) entre Jesús
y las autoridades religiosas de Israel, la razón está en
que Jesús, para la redención de los pecados -obra divina
por excelencia- acepta ser verdadera piedra de escándalo para aquellas
autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).
Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos
y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos
(cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los "que se tenían
por justos y despreciaban a los demás" (Lc 18, 9; cf. Jn 7,
49; 9, 34), Jesús afirmó: "No he venido a llamar a
conversión a justos, sino a pecadores" (Lc 5, 32). Fue más
lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el
pecado una realidad universal (cf. Jn 8, 33-36), los que pretenden no
tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí
mismos (cf. Jn 9, 40-41).
Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su
conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo
con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar
entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2),
los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero
es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a
las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente
asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados sino
sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús
blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn
5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela
el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).
Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar
una exigencia tan absoluta como ésta: "El que no está
conmigo está contra mí" (Mt 12, 30); lo mismo cuando
dice que él es "más que Jonás ... más
que Salomón" (Mt 12, 41-42), "más que el Templo"
(Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al
Mesías su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes
que naciese Abraham, Yo soy" (Jn 8, 58); e incluso: "El Padre
y yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30).
Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén
creer en él en virtud de las obras de su Padre que el realizaba
(Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa
muerte a sí mismo para un nuevo "nacimiento de lo alto"
(Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia
de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las
promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio
del sanhedrín al estimar que Jesús merecía la muerte
como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así
tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34;Hch 3, 17-18) como por
el "endurecimiento" (Mc 3, 5;Rm 11, 25) de la "incredulidad"
(Rm 11, 20).
RESUMEN
Jesús no abolió la Ley del Sinaí, sino que la perfeccionó
(cf. Mt 5, 17-19) de tal modo (cf. Jn 8, 46) que reveló su hondo
sentido (cf. Mt 5, 33) y satisfizo por las transgresiones contra ella
(cf. Hb 9, 15).
Jesús veneró el Templo subiendo a él en peregrinación
en las fiestas judías y amó con gran celo esa morada de
Dios entre los hombres. El Templo prefigura su Misterio. Anunciando la
destrucción del templo anuncia su propia muerte y la entrada en
una nueva edad de la historia de la salvación, donde su cuerpo
será el Templo definitivo.
Jesús realizó obras como el perdón de los pecados
que lo revelaron como Dios Salvador (cf. Jn 5, 16-18). Algunos judíos
que no le reconocían como Dios hecho hombre (cf. Jn 1, 14) veían
en él a "un hombre que se hace Dios" (Jn 10, 33), y lo
juzgaron como un blasfemo.
 
|
|