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3 LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO
Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de la Fe no habla más
que de los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento)
y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura,
descenso a los infiernos, resurrección, ascensión). No dice
nada explícitamente de los misterios de la vida oculta y pública
de Jesús, pero los artículos de la fe referente a la Encarnación
y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena de Cristo.
"Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio
hasta el día en que ... fue llevado al cielo" (Hch 1, 1-2)
hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua.
La Catequesis, según las circunstancias, debe presentar toda la
riqueza de los Misterios de Jesús. Aquí basta indicar algunos
elementos comunes a todos los Misteri os de la vida de Cristo (I), para
esbozar a continuación los principales misterios de la vida oculta
(II) y pública (III) de Jesús.
I. TODA LA VIDA DE CRISTO ES UN MISTERIO
Muchas de las cosas respecto a Jesús
que interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi
nada se dice sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la
vida pública no se narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito
en los Evangelios lo ha sido "para que creáis que Jesús
es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida
en su nombre" (Jn 20, 31).
Los Evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo
de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla
con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron
ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena.
Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de
su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su resurrección
(cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio.
A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado
que "en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente"
(Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el "sacramento",
es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación
que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce
al misterio invisible de su filiación divina y de su misión
redentora.
Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús
Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y
sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar.
Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al Padre"
(Jn 14, 9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle"
(Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho para cumplir la voluntad
del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos "manifestó el amor que nos
tiene" (1 Jn 4,9) con los menores rasgos de sus misterios.
Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención
nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14;
1 P 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida
de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre
nos enriquece con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde
repara nuestra insumisión mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51);
en su palabra que purifica a sus oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones
y en sus exorcismos, por las cuales "él tomó nuestras
flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8, 17; cf.
Is 53, 4); en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica
(cf. Rm 4, 25).
Toda la vida de Cristo es Misterio de Recapitulación. Todo lo que
Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad restablecer
al hombre caído en su vocación primera:
Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí
mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia
historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en
Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos
en Cristo Jesús (S. Ireneo, haer. 3, 18, 1). Por lo demás,
esta es la razón por la cual Cristo ha vivido todas las edades
de la vida humana, devolviendo así a todos los hombres la comunión
con Dios (ibid. 3,18,7; cf. 2, 22, 4).
Nuestra comunión en los Misterios de Jesús
Toda la riqueza de Cristo "es para todo hombre y constituye el bien
de cada uno" (RH 11). Cristo no vivió su vida para sí
mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por nosotros
los hombres y por nuestra salvación" hasta su muerte "por
nuestros pecados" (1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra
justificación (Rom 4,25). Todavía ahora, es "nuestro
abogado cerca del Padre" (1 Jn 2, 1), "estando siempre vivo
para interceder en nuestro favor" (Hb 7, 25). Con todo lo que vivió
y sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece presente
para siempre "ante el acatamiento de Dios en favor nuestro"
(Hb 9, 24).
Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5;
Flp 2, 5): él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos
invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento,
nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración
atrae a la oración (cf. Lc 11, 1); con su pobreza, llama a aceptar
libremente la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).
Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en El y que El
lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación se
ha unido en cierto modo con todo hombre"(GS 22, 2). Estamos llamados
a no ser más que una sola cosa con él; nos hace comulgar
en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que él vivió en su
carne por nosotros y como modelo nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús,
y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros
y en toda su Iglesia ... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer
participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda
su Iglesia por las gracias que él quiere comunicarnos y por los
efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por
este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn.)
II. LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA
Y DE LA VIDA OCULTA DE JESUS
Los preparativos
La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso
que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras
y símbolos de la "Primera Alianza"(Hb 9,15), todo lo
hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas
que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón
de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.
San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor,
enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). "Profeta del Altísimo"
(Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que
es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1,
22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida
de Cristo y encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo"
(Jn 3, 29) a quien señala como "el Cordero de Dios que quita
el pecado del mundo" (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús "con
el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), da testimonio
de él mediante su predicación, su bautismo de conversión
y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).
Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta
espera del Mesías: participando en la larga preparación
de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo
de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio
del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso
que El crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).
El Misterio de Navidad
Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia
pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos
del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo
(cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:
La Virgen da hoy a luz al Eterno
Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores le alaban
Y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios eterno!
(Kontakion, de Romanos el Melódico)
"Hacerse niño" con relación a Dios es la condición
para entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse
(cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es
necesario "nacer de lo alto" (Jn 3,7), "nacer de Dios"
(Jn 1, 13) para "hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12). El Misterio
de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo "toma forma"
en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el Misterio de este "admirable
intercambio":
O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando
cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón,
nos da parte en su divinidad (LH, antífona de la octava de Navidad).
Los Misterios de la Infancia de Jesús
La Circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento
(cf. Lc 2, 21) es señal de su inserción en la descendencia
de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cf.
Ga 4, 4) y de su consagración al culto de Israel en el que participará
durante toda su vida. Este signo prefigura "la circuncisión
en Cristo" que es el Bautismo (Col 2, 11-13).
La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías
de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús
en el Jordán y las bodas de Caná (cf. LH Antífona
del Magnificat de las segundas vísperas de Epifanía), la
Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos "magos"
venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos "magos", representantes
de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias
de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva
de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para
"rendir homenaje al rey de los Judíos" (Mt 2, 2) muestra
que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David
(cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones (cf.
Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir
a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino
volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo
de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en
el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que
"la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas"(S.
León Magno, serm.23 ) y adquiere la "israelitica dignitas"
(MR, Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura).
La Presentación de Jesús en el templo (cf.Lc 2, 22-39) lo
muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf.
Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de
Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición
bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido
como el Mesías tan esperado, "luz de las naciones" y
"gloria de Israel", pero también "signo de contradicción".
La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación,
perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación
que Dios ha preparado "ante todos los pueblos".
La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13-18) manifiestan
la oposición de las tinieblas a la luz: "Vino a su Casa, y
los suyos no lo recibieron"(Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará
bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él
(cf. Jn 15, 20). Su vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el Exodo
(cf. Os 11, 1) y presenta a Jesús como el liberador definitivo.
Los misterios de la vida oculta de Jesús
Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición
de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente
importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida
a la ley de Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo este período
se nos dice que Jesús estaba "sometido" a sus padres
y que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante
Dios y los hombres" (Lc 2, 51-52).
Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple
con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de
su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana
de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba
la sumisión del Jueves Santo: "No se haga mi voluntad ..."(Lc
22, 42). La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta inaugurada
ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán
había destruido (cf. Rm 5, 19).
La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con
Jesús a través de los caminos más ordinarios de la
vida humana:
Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús:
la escuela del Evangelio ...Una lección de silencio ante todo.
Que nazca en nosotros la estima del silencio, esta condición del
espíritu admirable e inestimable ... Una lección de vida
familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión
de amor, su austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable
... Una lección de trabajo. Nazaret, oh casa del "Hijo del
Carpintero", aquí es donde querríamos comprender y
celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano ...; cómo
querríamos, en fin, saludar aquí a todos los trabajadores
del mundo entero y enseñarles su gran modelo, su hermano divino
(Pablo VI, discurso 5 enero 1964 en Nazaret).
El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el único
suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos
de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su
consagración total a una misión derivada de su filiación
divina: "¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi
Padre?" María y José "no comprendieron" esta
palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba cuidadosamente
todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos los años
en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida
ordinaria.
III. LOS MISTERIOS DE LA VIDA PUBLICA DE JESUS
El Bautismo de Jesús
El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es
su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba
"un bautismo de conversión para el perdón de los pecados"
(Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3,
10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32)
viene a hacerse bautizar por él. "Entonces aparece Jesús".
El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces
el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús,
y la voz del cielo proclama que él es "mi Hijo amado"
(Mt 3, 13-17). Es la manifestación ("Epifanía")
de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.
El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la
inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar
entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya "el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29); anticipa ya el "bautismo"
de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a "cumplir
toda justicia" (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad
de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión
de nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde
la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22;
Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde
su concepción viene a "posarse" sobre él (Jn 1,
32-33; cf. Is 11, 2). De él manará este Espíritu
para toda la humanidad. En su bautismo, "se abrieron los cielos"
(Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas
fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu
como preludio de la nueva creación.
Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús
que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar
en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender
al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y
del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre
y "vivir una vida nueva" (Rm 6, 4):
Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él;
descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos
con él para ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc.
Or. 40, 9).
Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después
del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros
desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos
a ser hijos de Dios. (S. Hilario, Mat 2).
Las Tentaciones de Jesús
Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto
inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado
por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí
sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los
ángeles le servían (cf. Mc 1, 12-13). Al final de este tiempo,
Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud
filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan
las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en
el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado"
(Lc 4, 13).
Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento
misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció
fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación.
Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel:
al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta
años por el desierto (cf. Sal 95, 10), Cristo se revela como el
Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús
es vencedor del diablo; él ha "atado al hombre fuerte"
para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria
de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la
victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al
Padre.
La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de
ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone
Satanás y a la que los hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren atribuir.
Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor nuestro:
"Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras
flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado"
(Hb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta
días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.
"El Reino de Dios está cerca"
"Después que Juan fue preso, marchó Jesús a
Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido
y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la
Buena Nueva" (Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para hacer la voluntad
del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos" (LG
3). Pues bien, la voluntad del Padre es "elevar a los hombres a la
participación de la vida divina" (LG 2). Lo hace reuniendo
a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la
Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el comienzo de este
Reino" (LG 5).
Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres
como "familia de Dios". Los convoca en torno a él por
su palabra, por sus señales que manifiestan el reino de Dios, por
el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará
la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte
en la Cruz y su Resurrección. "Cuando yo sea levantado de
la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). A
esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf.
LG 3).
El anuncio del Reino de Dios
Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado
en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico
está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf.
Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra
de Jesús:
La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los
que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo
han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma,
germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).
El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los
que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado
para "anunciar la Buena Nueva a los pobres" (Lc 4, 18; cf. 7,
22). Los declara bienaventurados porque de "ellos es el Reino de
los cielos" (Mt 5, 3); a los "pequeños" es a quienes
el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios
y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz
comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt
21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9,
58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases
y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en
su Reino (cf. Mt 25, 31-46).
Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No he
venido a llamar a justos sino a pecadores" (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1,
15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar
en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia
sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa
"alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta"
(Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de
su propia vida "para remisión de los pecados" (Mt 26,
28).
Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas,
rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio
de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también
una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo
todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf.
Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre:
¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf.
Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt
25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están
secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso
entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para
"conocer los Misterios del Reino de los cielos" (Mt 13, 11).
Para los que están "fuera" (Mc 4, 11), la enseñanza
de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).
Los signos del Reino de Dios
Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros,
prodigios y signos" (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está
presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías
anunciado (cf, Lc 7, 18-23).
Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha
enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn
10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf.
Mc 5, 25-34; 10, 52; etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en
Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian
que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero también
pueden ser "ocasión de escándalo" (Mt 11, 6).
No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A
pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos
(cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios
(cf. Mc 3, 22).
Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn
6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte
(cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos;
no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf.
LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud
más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo
en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres
humanas.
Ç La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás
(cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso
yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt
12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio
de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús
sobre "el príncipe de este mundo" (Jn 12, 31). Por la
Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios:
"Regnavit a ligno Deus" ("Dios reinó desde el madero
de la Cruz", himno "Vexilla Regis").
"Las llaves del Reino"
Ç Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió
unos hombres en número de doce para estar con él y participar
en su misión (cf. Mc 3, 13-19); les hizo partícipes de su
autoridad "y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar"
(Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre permanecen asociados al Reino
de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia:
Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso
para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi
Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de
Israel (Lc 22, 29-30).
En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer lugar (cf.
Mc 3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co 15, 5). Jesús le confía
una misión única. Gracias a una revelación del Padre
, Pedro había confesado: "Tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios vivo". Entonces Nuestro Señor le declaró: "Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas
del Hades no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18). Cristo,
"Piedra viva" (1 P 2, 4), asegura a su Iglesia, edificada sobre
Pedro la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la
fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia.
Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento
y de confirmar en ella a sus hermanos (cf. Lc 22, 32).
Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A
ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en
la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra
quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 19). El poder de las
llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia.
Jesús, "el Buen Pastor" (Jn 10, 11) confirmó este
encargo después de su resurrección:"Apacienta mis ovejas"
(Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar" significa la autoridad
para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones
disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad
a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt 18, 18)
y particularmente por el de Pedro, el único a quien él confió
explícitamente las llaves del Reino.
Una visión anticipada del Reino: La Transfiguración.
A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es
el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro "comenzó a mostrar
a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén,
y sufrir ... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día"
(Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio (cf. Mt 16, 22-23), los
otros no lo comprendieron mejor (cf. Mt 17, 23; Lc 9, 45). En este contexto
se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de
Jesús (cf. Mt 17, 1-8 par.: 2 P 1, 16-18), sobre una montaña,
ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El
rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la
luz, Moisés y Elías aparecieron y le "hablaban de su
partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén" (Lc 9, 31).
Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que
decía: "Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle" (Lc
9, 35).
Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así
la confesión de Pedro. Muestra también que para "entrar
en su gloria" (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén.
Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en
la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos
del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es
la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo
de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu
Santo: "Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine,
Spiritus in nube clara" ("Apareció toda la Trinidad:
el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube
luminosa" (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2):
Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en
que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado Tu Gloria,
oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen
que Tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú
eres verdaderamente la irradiación del Padre (Liturgia bizantina,
Kontakion de la Fiesta de la Transfiguración,)
En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en
el de la Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús
"fue manifestado el misterio de la primera regeneración":
nuestro bautismo; la Transfiguración "es es sacramento de
la segunda regeneración": nuestra propia resurrección
(Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2). Desde ahora nosotros participamos
en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo
que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración
nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo
"el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un
cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda
también que "es necesario que pasemos por muchas tribulaciones
para entrar en el Reino de Dios" (Hch 14, 22):
Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo
en la montaña (cf. Lc 9, 33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para
después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende
para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado
y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan
desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando;
la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte
a sufrir? (S. Agustín, serm. 78, 6).
La subida de Jesús a Jerusalén
"Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él
se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén" (Lc 9,
51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía
a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido
el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8,
31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: "No
cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13, 33).
Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido
muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en
llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: "¡Cuántas
veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus
pollos bajo las alas y no habéis querido!" (Mt 23, 37b). Cuando
está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa
una vez más el deseo de su corazón:" ¡Si también
tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora
está oculto a tus ojos" (Lc 19, 41-42).
La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús
rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn
6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica
en la ciudad de "David, su Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11).
Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna"
quiere decir "¡sálvanos!", "Danos la salvación!").
Pues bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su
ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija
de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia,
sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por
eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños
(cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le
aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc
19, 38; 2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el
nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia
en el "Sanctus" de la liturgia eucarística para introducir
al memorial de la Pascua del Señor.
La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del
Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua
de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el
domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.
RESUMEN
"La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio,
sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección
por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio
en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección,
son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación"
(CT 9).
Los discípulos de Cristo deben asemejarse a él hasta que
él crezca y se forme en ellos (cf. Ga 4, 19). "Por eso somos
integrados en los misterios de su vida: con él estamos identificados,
muertos y resucitados hasta que reinemos con él (LG 7).
Pastor o mago, nadie puede alcanzar a Dios aquí abajo sino arrodillándose
ante el pesebre de Belén y adorando a Dios escondido en la debilidad
de un niño.
Por su sumisión a María y a José, así como
por su humilde trabajo durante largos años en Nazaret, Jesús
nos da el ejemplo de la santidad en la vida cotidiana de la familia y
del trabajo.
Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús
es el "Siervo" enteramente consagrado a la obra redentora que
llevará a cabo en el "bautismo" de su pasión.
La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde Mesías
que triunfa de Satanás mediante su total adhesión al designio
de salvación querido por el Padre.
El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. "Se
manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia
de Cristo" (LG 5). La Iglesia es el germen y el comienzo de este
Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro.
La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la
fe de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la
subida a un "monte alto" prepara la subida al Calvario. Cristo,
Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en
los sacramentos: "la esperanza de la gloria" (Col 1, 27) (cf.
S. León Magno, serm. 51, 3).
Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente
que allí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción
de los pecadores (cf. Hb 12,3).
La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del
Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños
y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua
de su Muerte y de su Resurrección.
 
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