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Párrafo
2 "... CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO, NACIO DE SANTA
MARIA VIRGEN"
I. CONCEBIDO POR OBRA Y
GRACIA DEL ESPIRITU SANTO...
La anunciación a María inaugura
la plenitud de "los tiempos"(Gal 4, 4), es decir el cumplimiento
de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir
a aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de la
divinidad" (Col 2, 9). La respuesta divina a su "¿Cómo
será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34)
se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu
Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).
La misión del Espíritu Santo está siempre unida y
ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El Espíritu Santo fue
enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla
por obra divina, él que es "el Señor que da la vida",
haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada
de la suya.
El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno
de la Virgen María es "Cristo", es decir, el ungido por
el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio
de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar
sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf.
Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos
(cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará
"cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y
con poder" (Hch 10, 38).
II .. NACIDO DE LA VIRGEN MARIA
Lo que la fe católica cree acerca de
María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña
sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.
La predestinación de María
"Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle
un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una
criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser
la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret
en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José,
de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc
1, 26-27):
El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento
de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación
para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así
también otra mujer contribuyera a la vida (LG 56; cf. 61).
A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María
fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio
de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa
de una descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15)
y la de ser la Madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud
de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf.
Gn 18, 10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo
que era tenido por impotente y débil (cf. 1 Co 1, 27) para mostrar
la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1), Débora,
Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María "sobresale
entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él
con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa
Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa,
se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación"
(LG 55).
La Inmaculada Concepción
Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios
con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56).
El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda
como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar
el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso
que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María
"llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida
desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada
Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:
... la bienaventurada Virgen María fue preservada
inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su
concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente,
en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género
humano (DS 2803).
Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que
ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción"
(LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la
manera más sublime en atención a los méritos de su
Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que
a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de
la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia,
en el amor (cf. Ef 1, 4).
Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la
Toda Santa" ("Panagia"), la celebran como inmune de toda
mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha
una nueva criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María
ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
"Hágase en mí según tu palabra ..."
Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo"
sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (cf.
Lc 1, 28-37), María respondió por "la obediencia de
la fe" (Rm 1, 5), segura de que "nada hay imposible para Dios":
"He aquí la esclava del Señor: hágase en mí
según tu palabra" (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento
a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús
y , aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación,
sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí
misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en
su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de
la Redención (cf. LG 56):
Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por su obediencia fue causa
de la salvación propia y de la de todo el género humano".
Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron
con él en afirmar "el nudo de la desobediencia de Eva lo desató
la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su
falta de fe lo desató la Virgen María por su fe". Comparándola
con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes' y afirman con
mayor frecuencia: "la muerte vino por Eva, la vida por María".
(LG. 56).
La maternidad divina de María
Llamada en los Evangelios "la Madre de Jesús"(Jn 2, 1;
19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso
del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde
antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél
que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo,
y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es
otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima
Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre
de Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).
La virginidad de María
Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha
confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María
únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también
el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque
semine ex Spiritu Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503),
esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los
Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente
el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis
firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente
de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios
según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente
de una virgen, ...Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne
bajo Poncio Pilato ... padeció verdaderamente, como también
resucitó verdaderamente" (Smyrn. 1-2).
Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan
la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda
comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): "Lo
concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel
a José a propósito de María, su desposada (Mt 1,
20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha
por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen concebirá
y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la traducción
griega de Mt 1, 23).
A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S.
Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción
virginal de María. También se ha podido plantear si no se
trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas
sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: La fe
en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición,
burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos
y paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32, 69;
entre otros); no ha tenido su origen en la mitología pagana ni
en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este
misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo
que reúne entre sí los misterios" (DS 3016), dentro
del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta
su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo:
"El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de
María y su parto, así como la muerte del Señor: tres
misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios" (Eph.
19, 1;cf. 1 Co 2, 8).
María, la "siempre Virgen"
La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado
a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María
(cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS
291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos
de disminuir consagró la integridad virginal" de su madre
(LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la "Aeiparthenos",
la "siempre-virgen" (cf. LG 52).
A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas
de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia
siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de
la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos
de Jesús" (Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula
de Cristo (cf. Mt 27, 56) que se designa de manera significativa como
"la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos
de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo
Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16;29, 15; etc.).
Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad
espiritual de María se extiende (cf. Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a
todos los hombres a los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo,
al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29),
es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora
con amor de madre" (LG 63).
La maternidad virginal de María en el designio de Dios
La
mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir
las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico,
quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto
a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación
por María de esta misión para con los hombres.
La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios
en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más
que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). "La naturaleza humana que ha tomado
no le ha alejado jamás de su Padre ...; consubstancial con su Padre
en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestras humanidad, pero
propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas" (Cc. Friul en el
año 796: DS 619).
Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno
de la Virgen María porque El es el Nuevo Adán (cf. 1 Co
15, 45) que inaugura la nueva creación: "El primer hombre,
salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" (1 Co
15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción, está
llena del Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu
sin medida" (Jn 3, 34). De "su plenitud", cabeza de la
humanidad redimida (cf Col 1, 18), "hemos recibido todos gracia por
gracia" (Jn 1, 16).
Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción
virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu
Santo por la fe "¿Cómo será eso?" (Lc 1,
34;cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina no nace "de
la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios"
(Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada
al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación
humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a cabo perfectamente
en la maternidad virginal de María.
María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe "no
adulterada por duda alguna" (LG 63) y de su entrega total a la voluntad
de Dios (cf. 1 Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre
del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo
carnem Christi" ("Más bienaventurada es María
al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo"
(S. Agustín, virg. 3).
María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la
más perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): "La
Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya
que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva
e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos
de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura
la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).
RESUMEN
De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María
para ser la Madre de su Hijo. Ella, "llena de gracia", es "el
fruto excelente de la redención" (SC 103); desde el primer
instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha
del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a
lo largo de toda su vida.
María es verdaderamente "Madre de Dios" porque es la
madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo.
María "fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir,
Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre"
(S. Agustín, serm. 186, 1): Ella, con todo su ser, es "la
esclava del Señor" (Lc 1, 38).
La Virgen María "colaboró por su fe y obediencia libres
a la salvación de los hombres" (LG 56). Ella pronunció
su "fiat" "loco totius humanae naturae" ("ocupando
el lugar de toda la naturaleza humana") (Santo Tomás, s.th.
3, 30, 1 ): Por su obediencia, Ella se convirtió en la nueva Eva,
madre de los vivientes.
 
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