| |
Artículo
3 "JESUCRISTO FUE CONCEBIDO
POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO Y NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN"
Párrafo 1 EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE
I. PORQUE EL VERBO SE HIZO CARNE
Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos
co nfesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó
de María la Virgen y se hizo hombre".
El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con
Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación
por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10)."El Padre envió a
su Hijo para ser salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). "El se manifestó
para quitar los pecados" (1 Jn 3, 5):
Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida;
muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del
bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas,
hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos
un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No
tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían
conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza
humana para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan
miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).
El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así
el amor de Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos
tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que
vivamos por medio de él" (1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó
Dio s al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea
en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).
El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad
sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí ... "(Mt 11, 29).
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por
mí" (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración,
ordena: "Escuchadle" (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto,
el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos
los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). Este amor
tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc
8, 34).
El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la
naturaleza divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es la razón
por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre:
Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir
así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios"
(S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre
para hacernos Dios" (S. Atanasio, Inc., 54, 3). "Unigenitus
Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram
assumpsit, ut homines deos faceret factus homo" ("El Hijo Unigénito
de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió
nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera
dioses a los hombres") (Santo Tomás de A., opusc 57 in festo
Corp. Chr., 1).
II.
LA ENCARNACIÓN
Volviendo a tomar la frase de San Juan ("El
Verbo se encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama "Encarnación"
al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para
llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por
S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:
Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual,
siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser
igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición
de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en
su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo
hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp 2, 5-8; cf. LH, cántico
de vísperas del sábado).
La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:
Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste
sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos
y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He
aquí que vengo ... a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7,
citando Sal 40, 7-9 LXX).
La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo
distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en esto el
Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo,
venido en carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción
de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta "el gran misterio
de la piedad": "El ha sido manifestado en la carne" (1
Tm 3, 16).
III.
VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
El acontecimiento único y totalmente
singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo
sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla
confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre
sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante
los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.
Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo
que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época
apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación
del Hijo de Dios, "venido en la carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn
7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo
de Samosata, en un concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo
es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer concilio
ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su
Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no creado, de la misma
substancia ['homoousios'] que el Padre" y condenó a Arrio
que afirmaba que "el Hijo de Dios salió de la nada" (DS
130) y que sería "de una substancia distinta de la del Padre"
(DS 126).
La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana
junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de
Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso,
en el año 431, confesaron que "el Verbo, al unirse en su persona
a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre" (DS 250).
La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina
del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción.
Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que
María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante
la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre de
Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina,
sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un
alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo
nació según la carne" (DS 251).
Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado
de existir como tal en Cristo al ser asumida por su persona divina de
Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico,
en Calcedonia, confesó en el año 451:
Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos
unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor
nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad;
verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional
y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial
con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros,
excepto en el pecado' (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los
siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación,
nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre
de Dios, según la humanidad.Se
ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único
en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división,
sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo
queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades
de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una
sola persona (DS 301-302).
Después del concilio de Calcedonia, algunos concibieron la naturaleza
humana de Cristo como una especie de sujeto personal. Contra éstos,
el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553
confesó a propósito de Cristo: "No hay más que
una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor Jesucristo,
uno de la Trinidad" (DS 424). Por tanto, todo en la humanidad de
Jesucristo debe ser atribuído a su persona divina como a su propio
sujeto (cf. ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente los milagros sino también
los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: "El que ha sido
crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero
Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad"
(DS 432).
La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero
Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha
hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:
"Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit" ("Permaneció
en lo que era y asumió lo que no era"), canta la liturgia
romana (LH, antífona de laudes del primero de enero; cf. S. León
Magno, serm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama
y canta: "Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado
por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre
Virgen María, sin mutación te has hecho hombre, y has sido
crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte,
que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo
Espíritu, sálvanos! (Tropario "O monoghenis").
IV. COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS
Puesto que en la unión misteriosa de
la Encarnación "la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida"
(GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos,
la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia
y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido
que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo
pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido.
Todo lo que es y hace en ella pertenece a "uno de la Trinidad".
El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal
de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo
expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14,
9-10):
El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre,
pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre,
amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María,
se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros,
excepto en el pecado (GS 22, 2).
El alma y el conocimiento humano de Cristo
Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había sustituído
al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó
que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana
(cf. DS 149).
Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada
de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía
ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones
históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso
el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar "en sabiduría,
en estatura y en gracia" (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello
que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf.
Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso ... correspondía a la realidad
de su anonadamiento voluntario en "la condición de esclavo"
(Flp 2, 7).
Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo
de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. S. Gregorio Magno,
ep 10,39: DS 475). "La naturaleza humana del Hijo de Dios, no por
ella m isma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba
en ella todo lo que conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor,
qu. dub. 66 ). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento
íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su
Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su
conocimiento humano, demostraba también la penetración divina
que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los
hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).
Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona
del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud
de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar
(cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar
en este campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar no tener misión
de revelarlo (cf. Hch 1, 7).
La voluntad humana de Cristo
De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto concilio ecuménico
(Cc. de Constantinopla III en el año 681) que Cristo posee dos
voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas,
sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia
al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con
el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf.
DS 556-559). La voluntad humana de Cristo "sigue a su voluntad divina
sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando
subordinada a esta voluntad omnipotente" (DS 556).
El verdadero cuerpo de Cristo
Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo
de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649:
DS 504). Por eso se puede "pintar la faz humana de Jesús (Ga
3,2). El séptimo Concilio ecuménico (Cc. de Nicea II, en
el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima
su representación en imágenes sagradas.
Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús,
Dios "que era invisible en su naturaleza se hace visible" (Prefacio
de Navidad). En efecto, las particularidades individuales del cuerpo de
Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos
los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados
en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera
su imagen, "venera a la persona representada en ella" (Cc. Nicea
II: DS 601).
El Corazón del Verbo encarnado
Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos
ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado
por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó
a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos
con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón
de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación
(cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del
amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a
todos los hombres" (Pio XII, Enc."Haurietis aquas": DS
3924; cf. DS 3812).
RESUMEN
En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la
Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del Padre, se
hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza
humana.
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de su Persona
divina; por esta razón él es el único Mediador entre
Dios y los hombres.
Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas,
sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.
Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, tien e una inteligencia
y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia
y a su voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu
Santo.
La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión
de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona
del Verbo.
 
|
|