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Artículo
2 "Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR"
I.
JESUS
Jesús quiere decir en hebreo: "Dios
salva". En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel
le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez
su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que "¿Quién
puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"(Mc 2, 7), es él
quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre "salvará
a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula
así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.
En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar
a Israel de "la casa de servidumbre" (Dt 5, 6) haciéndole
salir de Egipto. El lo salva además de su pecado. Puesto que el
pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo
el es quien puede absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel
tomando cada vez más conciencia de la universalidad del pecado,
ya no podrá buscar la salvación más que en la invocación
del Nombre de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).
El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está
presente en la persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre
para la redención universal y definitiva de los pecados. El es
el Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn
3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos
porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (cf.
Rm 10, 6-13) de tal forma que "no hay bajo el cielo otro nombre dado
a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12;
cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por
el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando
había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la
sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio
era el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89;
Hb 9, 5). Cuando San Pablo dice de Jesús que "Dios lo exhibió
como instrumento de propiciación por su propia sangre" (Rm
3, 25) significa que en su humanidad "estaba Dios reconciliando al
mundo consigo" (2 Co 5, 19).
La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador
(cf. Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús
es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del "Nombre que
está sobre todo nombre" (Flp 2, 9). Los espíritus malignos
temen su Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos
de Jesús hacen milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden
al Padre en su Nombre, él se lo concede (Jn 15, 16).
El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria
cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula
"Per Dominum Nostrum Jesum Christum..." ("Por Nuestro Señor
Jesucristo..."). El "Avemaría" culmina en "y
bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". La oración
del corazón, en uso en oriente, llamada "oración a
Jesús" dice: "Jesucristo, Hijo de Dios, Señor
ten piedad de mí, pecador". Numerosos cristianos mueren, como
Santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra:
"Jesús".
II. CRISTO
Cristo viene de la traducción griega del término hebreo
"Mesías" que quiere decir "ungido". No pasa
a ser nombre propio de Jesús sino porque él cumple perfectamente
la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel
eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una
misión que habían recibido de él. Este era el caso
de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes
(cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R
19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías
que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf.
Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por
el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y
sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf.
Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica
de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús
como el del Mesías prometido a Israel: "Os ha nacido hoy,
en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor"
(Lc 2, 11). Desde el principio él es "a quien el Padre ha
santificado y enviado al mundo"(Jn 10, 36), concebido como "santo"
(Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado
por Dios para "tomar consigo a María su esposa" encinta
"del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo"
(Mt 1, 20) para que Jesús "llamado Cristo" nazca de la
esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt
1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).
La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su
misión divina. "Por otra parte eso es lo que significa su
mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobre entendido
El que ha ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con la
que ha sido ungido: El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido,
es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción"
(S. Ireneo de Lyon, haer. 3, 18, 3). Su eterna consagración mesiánica
fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo
por Juan cuando "Dios le ungió con el Espíritu Santo
y con poder"(Hch 10, 38) "para que él fuese manifestado
a Israel" (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras
lo dieron a conocer como "el santo de Dios" (Mc 1, 24; Jn 6,
69; Hch 3, 14).
Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían
su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del
mesiánico "hijo de David" prometido por Dios a Israel
(cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús
aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho
(cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus
contemporáneos lo comprendían según una concepción
demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf.
Jn 6, 15; Lc 24, 21).
Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía
como el Mesías anunciándole la próxima pasión
del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico
contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente
del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo" (Jn 3, 13; cf.
Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo
sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf. Is
53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no
se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19,
19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección
su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante
el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel
que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien
vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 36).
III.
HIJO UNICO DE DIOS
Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un
título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo
elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los
hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14;
Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece
entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular.
Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado "hijo de Dios"
(cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica necesariamente, según
el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los
que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel
(cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf.
Lc 23, 47).
No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como "el
Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16) porque este le responde
con solemnidad "no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre,
sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16, 17). Paralelamente
Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino
de Damasco: "Cuando Aquél que me separó desde el seno
de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí
a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles..." (Ga 1,15-16).
"Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas:
que él era el Hijo de Dios" (Hch 9, 20). Este será,
desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica
(cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la
Iglesia (cf. Mt 16, 18).
Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación
divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó
entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores:
"Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?", Jesús
ha respondido: "Vosotros lo decís: yo soy" (Lc 22, 70;
cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, El se designó como el
"Hijo" que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es
distinto de los "siervos" que Dios envió antes a su pueblo
(cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24,
36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos,
no diciendo jamás "nuestro Padre" (cf. Mt 5, 48; 6, 8;
7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles "vosotros, pues, orad así:
Padre Nuestro" (Mt 6, 9); y subrayó esta distinción:
"Mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20, 17).
Los Evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración
de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su "Hijo amado"
(Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como "el
Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 16) y afirma mediante este título
su preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en "el Nombre
del Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana
aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús
en la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc
15, 39), porque solamente en el misterio pascual donde el creyente puede
alcanzar el sentido pleno del título "Hijo de Dios".
Después de su Resurrección, su filiación divina aparece
en el poder de su humanidad glorificada: "Constituido Hijo de Dios
con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección
de entre los muertos" (Rm 1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles
podrán confesar "Hemos visto su gloria, gloria que recibe
del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad "(Jn
1, 14).
IV. SEÑOR
En la traducción griega de los libros
del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló
a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por "Kyrios"
["Señor"]. Señor se convierte desde entonces en
el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios
de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título
"Señor" para el Padre, pero lo emplea también,
y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo
como Dios (cf. 1 Co 2,8).
El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando
discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46;
cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera
explícita al dirigirse a sus apóstoles (cf. Jn 13, 13).
A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la
naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte
y el pecado, demostraban su soberanía divina.
Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a
Jesús llamándole "Señor". Este título
expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús
y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30;
15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa
el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2,
11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración:
"Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Entonces
toma una connotación de amor y de afecto que quedará como
propio de la tradición cristiana: "¡Es el Señor!"
(Jn 21, 7).
Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las
primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf.
Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre
convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5,
13) porque el es de "condición divina" (Flp 2, 6) y el
Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo
de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10, 9;1
Co 12, 3; Flp 2,11).
Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío
de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa
también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal,
de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios
Padre y al Señor Jesucristo: César no es el "Señor"
(cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). " La Iglesia cree.. que la clave, el
centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor
y Maestro" (GS 10, 2; cf. 45, 2).
La oración cristiana está marcada por el título "Señor",
ya sea en la invitación a la oración "el Señor
esté con vosotros", o en su conclusión "por Jesucristo
nuestro Señor" o incluso en la exclamación llena de
confianza y de esperanza: "Maran atha" ("¡el Señor
viene!") o "Maran atha" ("¡Ven, Señor!")
(1 Co 16, 22): "¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!"
(Ap 22, 20).
RESUMEN
El nombre de Jesús significa "Dios salva". El niño
nacido de la Virgen María se llama "Jesús" "porque
él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21);
"No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros
debamos salvarnos" ((...) Hch 4, 12).
El nombre de Cristo significa "Ungido", "Mesías".
Jesús es el Cristo porque "Dios le ungió con el Espíritu
Santo y con poder" (Hch 10, 38). Era "el que ha de venir"
(Lc 7, 19), el objeto de "la esperanza de Israel"(Hch 28, 20).
El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y
eterna de Jesucristo con Dios su Padre: el es el Hijo único del
Padre (cf. Jn 1, 14. 18; 3, 16. 18) y él mismo es Dios (cf. Jn
1, 1). Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo
de Dios (cf. Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23).
El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar
o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad "Nadie
puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por
influjo del Espíritu Santo"(1 Co 12, 3).
 
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