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CAPITULO
SEGUNDO
CREO
EN JESUCRISTO,
HIJO UNICO DE DIOS
La Buena Nueva: Dios ha enviado
a su Hijo
"Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a
su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que
se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación
adoptiva" (Ga 4, 4-5). He aquí "la Buena Nueva de Jesucristo,
Hijo de Dios" (Mc 1, 1): Dios ha visitado a su pueblo (cf. Lc 1,
68), ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia (cf.
Lc 1, 55); lo ha hecho más allá de toda expectativa: El
ha enviado a su "Hijo amado" (Mc 1, 11).
Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío
de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el
Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto
crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante
el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre,
que ha "salido de Dios" (Jn 13, 3), "bajó del cielo"
(Jn 3, 13; 6, 33), "ha venido en carne" (1 Jn 4, 2), porque
"la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos
visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno
de gracia y de verdad... Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia
por gracia" (Jn 1, 14. 16).
Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por
el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús:
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16).
Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro, Cristo ha construido
su Iglesia (cf. Mt 16, 18; San León Magno, serm. 4, 3;51, 1;62,
2;83, 3).
"Anunciar... la inescrutable riqueza
de Cristo" (Ef 3, 8)
La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo
para llevar a la fe en el. Desde el principio, los primeros discípulos
ardieron en deseos de anunciar a Cristo: "No podemos nosotros dejar
de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Y ellos
mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría
de su comunión con Cristo:
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo
que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras
manos acerca de la Palabra de vida, -pues la Vida se manifestó,
y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna,
que estaba con el Padre y se nos manifestó- lo que hemos visto
y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis
en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión
con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro
gozo sea completo (1 Jn 1, 1-4).
En el centro de la catequesis: Cristo
"En el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona,
la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre, que ha sufrido
y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con
nosotros... Catequizar es ... descubrir en la Persona de Cristo el designio
eterno de Dios... Se trata de procurar comprender el significado de los
gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por El mismo"
(CT 5). El fin de la catequesis: "conducir a la comunión con
Jesucristo: sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu
y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad".
(ibid.).
"En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado
e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a El; el único
que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en
que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca...
Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa
palabra de Jesús: 'Mi doctrina no es mía, sino del que me
ha enviado' (Jn 7, 16)" (ibid., 6)
El que está llamado a "enseñar a Cristo" debe
por tanto, ante todo, buscar esta "ganancia sublime que es el conocimiento
de Cristo"; es necesario "aceptar perder todas las cosas ...
para ganar a Cristo, y ser hallado en él" y "conocerle
a él, el poder de su resurrección y la comunión en
sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando
de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Flp 3,
8-11).
De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo,
de "evangelizar", y de llevar a otros al "sí"
de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad
de conocer siempre mejor esta fe. Con este fin, siguiendo el orden del
Símbolo de la fe, presentaremos en primer lugar los principales
títulos de Jesús: Cristo, Hijo de Dios, Señor (Artículo
2). El Símbolo confiesa a continuación los principales misterios
de la vida de Cristo: los de su encarnación (Artículo 3),
los de su Pascua (Artículos 4 y 5), y, por último, los de
su glorificación (Artículos 6 y 7).
 
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