¡Sí
podemos ser santos!
Para alcanzar la santidad, ¿se necesita algún don o cualidades
especiales? ¿es posible lograrlo sin ser sacerdote o religiosa?
¿es hacer cosas extraordinarias o que pueden parecer raras actualmente?
Conoce las respuestas.
El realismo
humano de la santidad
La santidad
es hoy una palabra enigmática. No siempre lo fue, pero una época
de ambigüedad de valores como la nuestra presenta el concepto mismo
de santidad como una quimera. Y cuando con el lenguaje que hoy utilizamos
nos enfrentamos con esa palabra, no sabemos qué hacer con ella.
Análoga
perplejidad sentimos con el concepto de santo. Fuera de los altares
de las Iglesias, al Santo no sabemos dónde colocarlo. Esto es
en parte consecuencia de la crisis de modelos que caracteriza nuestra
cultura. Al héroe se le reconoce vigencia sólo en la literatura.
Y al santo, en la penumbra inofensiva de los templos. Pero en la vida,
es decir, en nuestra realidad inmediata, ambos viven sólo como
sombras irreales, como arquetipos más cercanos al mito que al
modelo de quien se puede aprender o a quien se debe imitar.
Esto plantea
varios problemas, pero ante todo uno: ¿cómo nos hacemos
una idea de lo que es un santo? O dicho de otro modo, ¿de dónde
proviene la idea que la mayoría de personas tiene de la santidad?
Probablemente
la primera noción de la santidad nos ha llegado a través
de las artes plásticas: la iconografía y la imaginería
religiosa, de la que, por cierto, nuestra región es particularmente
rica. Y en segundo lugar a través de la literatura en su género
hagiográfico y apologético. Ninguna de esas artes, me
parece, hace honor a lo que fueron las vidas de los santos.
El santo
- la santa - que aparece en la mayor parte de la iconografía
y de la imaginería católica responde sobre todo - y esto
parece lógico -a los criterios del simbolismo plástico
que trata de representarlos en un momento paradigmático de su
existencia. El arte - en primer lugar el barroco - hace abstracción
de lo habitual, lo cotidiano que es, precisamente, lo que ocupa la mayor
parte del tiempo y de las energías espirituales y humanas de
una persona. Y se concentra en lo episódico y grandioso, quizás
porque en el arte lo excepcional parece ofrecer más posibilidades
expresivas que lo cotidiano.
Esto ha hecho
que la imagen plástica de la santidad aparezca frecuentemente
en un contexto de circunstancias excepcionales dando así la impresión
de que son las únicas capaces de encuadrar la vida del santo.
Naturalmente
hay algo de verdadero en ese modo de representar la santidad, pero la
grandiosidad no tiene nada que ver con circunstancias extraordinarias
sino con la realidad misma de la santidad. El santo no es alguien que
descubre un ideal humano y dedica sus energías a realizarlo.
El santo es quien percibe un proyecto personal divino y al no poner
obstáculos para que se realice lo hace suyo. A aquel proyecto
divino la teología católica lo llama justamente vocación
porque se trata de una verdadera llamada a una realidad que supera completamente
a la persona humana. Si alguien puede aspirar a la santidad no es porque
se vea capaz de alcanzarla sino - sigue diciendo la teología
católica - porque su naturaleza humana ha sido elevada por la
gracia a algo - la unión con Dios - que no sólo es superior
a lo que el hombre o la mujer puede esperar sino incluso de lo que en
sus más altos sueños es capaz de concebir el corazón
humano. El Beato Escrivá recoge en pocas palabras esta aparente
paradoja: "Es más asequible ser santo que sabio, pero es
más fácil ser sabio que santo" (Camino 282). Recordado
este principio, el tema sobre el que reflexionar es si aquella llamada
al proyecto divino está sólo reservada a personas excepcionales
o si sólo puede ser realizado a través de circunstancias
no menos excepcionales.
En el caso
concreto del santo o la santa mártir, las artes plásticas
repiten en mil formas la ocasión violenta en la que ocurrió
- normalmente entre grandes sufrimientos - la afirmación de fe
con que se clausuró la vida en el tiempo de aquel o aquella mártir.
Pero esta reiteración del sufrimiento podría quizás
desfigurar la realidad de la santidad porque tiene el riesgo de confundir
el efecto con la causa. No es que el mártir sea santo por haber
sufrido en grado intolerable, sino que fue santo por haber hecho suyo
aquel proyecto divino aceptando verse privado del bien de su vida. S.
Agustín formula magistralmente la distinción entre la
violencia que sufre el mártir y el hecho por el que la Iglesia
lo considera santo: "Martires non facit pena, sed causa".
La razón por la que la Iglesia considera santo al mártir
no está en su sufrimiento sino en la causa y el motivo que lo
hizo enfrentarse con las circunstancias de su martirio. Por esto, el
mártir de la religión católica no es un amante
del dolor, ni de la muerte, ni desdeña la existencia, que por
otra parte ama apasionadamente. No es, en definitiva, un suicida. Es
una persona que aún rehuyendo del dolor y la amenaza de perder
su vida, somete ese temor a una razón superior aún a costa
del sacrificio supremo. Basta leer por ejemplo lo que Tomás Moro
escribió desde su prisión en la Torre de Londres antes
de su ejecución para confirmar lo que digo.
Este modo
de representar la santidad ha dado un gran número de excepcionales
obras artísticas. Pero permanece la duda de si ese éxito
artístico no ha contribuido a situar la meta de la santidad en
confines que la alejan de las aspiraciones del cristiano de a pie. Porque
la santidad así representada resulta adecuada para poquísimas
personas cuya vida estaría marcada por los rasgos de lo extraordinario,
lo inusitado, incluso lo raro.
Al menos
dos son los peligros de esta representación artística
y literaria de la santidad. Por una parte confunde la dificultad con
la virtud. O mejor, sugiere que la virtud es materia que se ejercita
sólo en momentos estelares y dramáticos de la existencia.
Y por otra parte sugiere que una vida normal - sobre todo con aquella
normalidad hecha de lo cotidiano, repetitivo, habitual y sin relieve
estético o histórico - no tiene relevancia moral. El resultado
es la división entre la llamada que recibe el ser humano y el
sendero que uno sigue en el itinerario habitual e irrelevante de la
propia existencia. Parece como si seguir el ideal alejara necesariamente
de la realidad. Si así fuera, ideal de la vida y realidad cotidiana
no se encontrarían nunca. Y el resultado sería aquel desdén
por lo cotidiano que llamamos irresponsabilidad.
Un texto
del Beato Escrivá de Balaguer describe magistralmente esta situación:
"Pienso que causan mucho mal a los cristianos esas biografías
de santos en las que no se habla más que de cosas extraordinarias,
de milagros llamativos..., y no nos relatan nada de la vida interior
de aquella persona, que fue - como tú y como yo - una criatura
con defectos, con miserias. No nos cuentan sus luchas, ni sus derrotas,
ni sus victorias. No se nos dice que, a veces, ¡trepidaban!; no
se nos enseña que eran hombres o mujeres de carne y hueso. Parecen
seres de otro planeta. Y no es así. Las vidas de los santos -
lo que deberían recoger las verdaderas biografías - han
sido como la tuya, como la mía. Eran borriquitos de Dios, que
luchaban, trabajaban, sufrían, vencían ... y eran vencidos;
pero entonces se alzaban rápidamente y continuaban la pelea.
Personas que se fijaban en el detalle, con amor...Éste es el
camino, y no hay otro, para alcanzar la santidad. (Mientras nos hablaba
en el camino, pag. 27-28). La audacia de esta formulación es
sorprendente.
La misma
idea aparece en el magisterio de Juan Pablo II. Por ejemplo cuando en
el documento de clausura del Jubileo del año 2000 afirma que
"el ideal de perfección no se ha de confundir como si implicara
una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos
genios de la santidad". Por esto, añade el Papa, "agradezco
al Señor que me haya concedido beatificar y canonizar en estos
años tantos cristianos y, entre ellos, a muchos laicos que se
han santificado en las condiciones más ordinarias de la vida"
(Novo millennio ineunte, 31)
Será
el mismo Juan Pablo II quien canonizará el próximo 6 de
Octubre a Josemaría Escrivá de Balaguer. El Magisterio
infalible de la Iglesia confirma, al Canonizar, que la persona canonizada
- en este caso el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer
- goza de la visión Beatífica y que, en cuanto Santo Fundador,
aquella senda abierta por él en la historia humana, es itinerario
cristiano seguro para otros. En los santos Fundadores, la llamada a
la santidad no es sólo una exigencia que se agota en la biografía
personal sino que se convierte en una misión por desarrollar
en el mundo. "El no consideró su vida y su obra sólo
como una vocación para sí mismo sino también como
una tarea que se dirigía a los otros. Aquello en lo que se resumió
su vida fue en devolver a la idea de la santidad humana la universalidad
que siempre debió tener pero que circunstancias en las que ahora
no podemos entrar habían reducido a tarea de excepción,
para personas excepcionales, en circunstancias vitales excepcionales
y conseguida a través de hechos excepcionales. Rescatar el ideal
de la santidad del marco de esa excepcionalidad fue, me parece, la revolución
que el Beato Escrivá de Balaguer cumplió en la Iglesia
de nuestro tiempo.
* * *
Que ser santo sea una meta para todos los cristianos no ha sido un pensamiento
común en los escritos de numerosos autores espirituales al menos
de los de los últimos diez o doce siglos. Cuando ese pensamiento
aparece en algunos de aquellos escritos es para afirmar su posibilidad
teórica pero añadiendo que se trata de algo excepcional
para quien vive su vida en las circunstancias normales de la sociedad.
En esos escritos
es aún menos común la idea de que las realidades que hoy
llamamos "civiles" y que el lenguaje frecuente de los escritos
espirituales llama "mundo" - es decir, todo lo que constituye
la profesión, la familia, las relaciones sociales etc. - no sólo
pueden ser el escenario de la santidad sino que son sobre todo el medio,
el instrumento y la materia de esa santidad. Por el contrario se afirma
que "a pesar de" esas circunstancias humanas el ideal cristiano
podía ser posible. Que esas mismas circunstancias fueran precisamente
el lugar y la ocasión del encuentro con Dios no era, ni de lejos,
tenido en seria consideración.
"La
palabra santo - escribe el Cardenal Josef Ratzinger - ha sufrido en
el curso del tiempo una peligrosa restricción, operante todavía
hoy. Pensamos en los santos representados en los altares, en milagros
y en virtudes heroicas, y sabemos que se trata de algo reservado a pocos
elegidos, entre los que nosotros no podemos contarnos. Dejamos la santidad
a esos pocos desconocidos y nos limitamos a ser como somos. Josemaría
Escrivá ha sacudido a las personas de esa apatía espiritual"
(J. Ratzinger, Homilía, 19-V-1992)
Si, como
dice Ratzinger, la palabra "santo" ha sufrido con el tiempo
una peligrosa restricción, con el Beato Escrivá ese concepto
recupera su amplitud original. Para él, la santidad es el ideal
en el que toma forma la llamada divina a cada ser humano aunque a veces
él mismo lo ignore. Un ideal no para excepciones sino para todos.
Pero es un ideal concreto, realizable, identificable, asequible. Ciertamente,
la santidad es un ideal propuesto por Dios al hombre y hecho posible
por su gracia. Por eso es un ideal que debe desvincularse del idealismo
y de la utopía pues no pertenece a un mundo de ideas atrayentes
pero inasequibles sino a la realidad cristiana de cada momento. Y uno
de los elementos de la fuerza del mensaje de Josemaría Escrivá
consiste en la claridad con que avisa de las evasiones y las excusas
que apartan al ser humano del sano realismo. Sobre todo cuando de lo
que se trata es de realizar aquel proyecto y no sólo de admirarlo.
Un texto
de Josemaría Escrivá nos puede ilustrar esta verdad: "(...)
debéis comprender ahora - con una nueva claridad - que Dios os
llama a servirle "en y desde" las tareas civiles, materiales,
seculares de la vida humana; en un laboratorio, en el quirófano
de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en
la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia
y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día.
Sabedlo bien: hay "un algo" santo, divino, escondido en las
situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir"
Y continúa con esta afirmación audaz: " (...)o sabemos
encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos
nunca" (Conversaciones, 114)
Estas palabras
marcan con precisión el lugar, el marco, en donde buscar e intentar
realizar el ideal de la santidad cristiana. Ese lugar, para quien vive
en el ámbito de la sociedad, no es otro que el de la vida ordinaria.
Naturalmente las consecuencias de esta afirmación son numerosas.
Pero la primera, sin embargo, es la de repensar y ver ese marco inmenso
de la realidad del mundo a la luz de su idea original en la creación
que nos narra el Génesis: "Y Dios vio - dice el Génesis
- que cuanto había hecho era muy bueno" (Génesis,
I, 31). La primera razón del optimismo cristiano no es ni la
ingenuidad ni siquiera la confianza en las propias capacidades intelectuales
o morales sino la convicción de esa bondad original del cosmos
que salió del Creador y de Él conserva la huella.
Es este quizás
el primer nivel de realismo en el que introduce la enseñanza
de Escrivá de Balaguer: identificar en la vida ordinaria el lugar
de la santidad cristiana.
Pero aún
para quien vive instalado en el mundo y en sintonía con él
hay espacio en el que se pueda vivir de irrealidad y de utopía.
Es aquella situación en la que se imagina una circunstancia personal
ideal que contrasta con las circunstancias reales - de carácter,
de posición, de medios económicos, de representación
social - en las que cada ser humano se encuentra. Un texto de Josemaría
Escrivá refleja magistralmente esta situación. "Es
fácil - escribe - que la imaginación se desate y busque
un refugio en la fantasía que, alejando de la realidad, acaba
adormeciendo la voluntad. Es lo que repetidas veces he llamado la "mística
ojalatera", hecha de ensueños vanos y de falsos idealismos:
¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esa
profesión, ojalá tuviera más salud, o menos años,
o más tiempo! (Conversaciones, 88)
Esta frase
del Beato Escrivá que se ha hecho ya clásica en la literatura
ascética contemporánea, no es sólo una llamada
vigorosa al realismo. Es, sobre todo, el fundamento primero y más
sólido del itinerario ascético que puede conducir a la
santidad. La representación estética del santo a que me
refería antes, va en una dirección opuesta a lo que aquí
se apunta. El "deber ser", es decir, aquella meta a la que
apuntan el hombre o la mujer para construir lo mejor de ellos mismos,
puede ser imaginada como una serie de circunstancias distintas a las
del aquí y ahora que determinan la vida.
Esa situación
podría ser descrita así: se es sensible al ideal de la
mejora moral; se conoce incluso en qué aspectos y dimensiones
aquella mejora podría afectar a la propia vida. Se siente la
fascinación de la virtud. Y hasta se reconoce la llamada a una
amistad mayor con Dios que es la nota característica de la santidad.
Pero al mismo tiempo se demora la respuesta , la determinación
para decidir, esperando un cambio de circunstancias - que pueden ser
de trabajo o familiares o de salud o de carácter - porque las
circunstancias que definen el momento biográfico actual no parecen
adecuadas para la realización del propio ideal, es decir, de
la santidad.
Uno de los
obstáculos mayores - y más frecuentes - que el ser humano
invoca para ser mejor es el de no encontrarse en las circunstancias
adecuadas para intentarlo. El Beato Escrivá describe esa situación
como la mística del ojalá mis circunstancias fueran distintas.
En su enseñanza esta falacia es denunciada con decisión
y claridad. El aquí y el ahora de la propia existencia es la
ocasión para intentar ser mejor. Y no un conjunto de circunstancias
ideales imaginadas y tan irreales como la posible vida que se podría
construir pero que, de hecho, no se construirá nunca.
Naturalmente
en todo esto cabría una objeción que es preciso afrontar.
Y es sencillamente que el mundo que hoy y ahora se nos presenta ya no
es como salió de las manos de Dios en su acto creador. Omisiones,
errores y debilidades humanas han cambiado el aspecto de esa realidad.
A veces de tal manera que parece irreconocible. Junto a la tensión
hacia Dios coexiste la tendencia a alejarse de El. ¿Cómo
es posible que vida ordinaria y circunstancias personales puedan ser
materia de mejora humana cuando esas mismas circunstancias han perdido
la inocencia original que tuvieron al salir de las manos de Dios? Y
aquí la reflexión tiene que entrar en una valoración
realista de nuestro paisaje cultural. Y sin pretensión de un
análisis exhaustivo parece obvio que vivimos en una época
que se acostumbra a la normalidad de ser extraña a Dios; en donde
a Dios se le invita a salir de la vida ordinaria para confinarlo dentro
de los muros de una Iglesia, en algún rincón lejano de
la propia conciencia o en las páginas de libros sobre historia
de las religiones. Si se acepta a Dios es sólo como un Dios periférico.
Periférico precisamente a las circunstancias ordinarias de la
vida que se convierten así en espacios neutros entre los que
discurre una existencia máximamente acomodaticia y mínimamente
exigente. Se crea así una cultura de la ausencia de trascendencia
en la que el ser humano vive la desolación de quien ha sido desposeído
de la raíz de su existencia.
Incluso hablar
de Dios resulta a veces problemático. El lenguaje hoy nace y
se elabora en los sectores de la innovación técnica y
económica, y en los espacios de entretenimiento de los medios
de comunicación. Con ese lenguaje reducido, es difícil
hablar de Dios y de los grandes temas del hombre porque las palabras
resultan inadecuadas, carentes. Hablando ese lenguaje con los presupuestos
que aquellos conceptos implican, el tema de Dios simplemente desaparece
de la escena.
Parecería
que en tal contexto, las opciones son sólo dos: o mimetizarse
en ese paisaje cultural adoptando sus modos aún con riesgo de
disolver en él la propia identidad, o construirse un ecosistema
propio con las características del ghetto aún a costa
de reducir dramáticamente las capacidades personales de interacción
con la cultura y con los demás. Para el Beato Escrivá
es preciso superar ambas opciones porque ninguna de las dos se corresponde
con lo que es la esencia del Cristianismo.
Para entender
cómo esto es posible repito el siguiente texto, ya citado, de
una de sus homilías más conocidas: "Sabedlo bien:
hay "un algo" santo, divino, escondido en las situaciones
más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir".
Y continúa: "No hay otro camino ( ...): o sabemos encontrar
en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.
Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a
la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble
y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas,
haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo
con Jesucristo". (Conversaciones, 114)
Es la audaz
formulación con que el Fundador del Opus Dei responde a aquella
consideración minimalista del ser humano relativamente difundida
en algunas parcelas del pensamiento contemporáneo. Sobre todo
en la cultura que se propone como una forma de teorización sobre
la lejanía - o incluso la ausencia - de Dios. Aquí, en
las palabras del Beato Escrivá, la cercanía de Dios no
se mide con términos espaciales - metros, kilómetros,
años luz, etc. - sino que se funda sobre las categorías
del ser: allí donde el ser humano vive su vida, en todas las
circunstancias de su quehacer ordinario, hay "un algo divino",
que es como un abismo de trascendencia escondida que hay que descubrir.
El tema de
fondo que aquí aparece no es ya el del lugar en donde se realiza
- o puede realizarse - la santidad, ni el realismo con el que se viven
las circunstancias que configuran el hoy y el ahora, sino concretamente
el de cómo realizar el ideal cristiano en un mundo que es como
es y con unas circunstancias personales que son las que son.
En las páginas
de muchas de sus obras - Camino, Surco, Forja - y en toda su enseñanza
el Beato Escrivá enseña cómo buscar y descubrir
ese "algo divino" que está ya en la vida ordinaria.
Diría que para él la santidad está precisamente
en mantener esa actitud de búsqueda de lo divino en todas las
ocasiones humanas. Esa sería la tarea de quien se toma en serio
el ideal cristiano.
La búsqueda
de lo divino en lo ordinario no es un nuevo trabajo que se añade
a lo que cada día hay que hacer, sino un nuevo modo de relacionarse
con las cosas y con las personas. Lo que se descubre es precisamente
el cuadro en el que cada tarea y ocupación - desde la más
relevante a la más insignificante - encuentra su lugar. No es
una nueva fatiga que se añade a lo que ya se hace sino lo que
da proporción y sentido a lo que se hace. Desaparece, en la enseñanza
de Escrivá, el dilema de quien, hombre o mujer, se encuentra
con una vocación secular, laical, una de cuyas características
más evidentes es la de enfrentarse cada día con una agenda
llena de deberes que cumplir en un periodo de tiempo que no supera las
24 horas del ciclo solar. ¿Cómo añadir a ese programa
ya lleno la nueva tarea de la santidad?
El dilema
queda resuelto si la realización del ideal cristiano y la del
ideal profesional no apuntan, como tensiones divergentes, hacia direcciones
opuestas. En una de sus homilías el Beato Escrivá enseña
a superar esa disyuntiva que podría angustiar el centro del alma
humana: "Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos
obreros que venían junto a mí por los años treinta,
que tenían que saber "materializar" la vida espiritual.
Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente
entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la
vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta
y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas
realidades terrenas.
¡Que
no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos
ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay
una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa
es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de
Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles
y materiales." (Conversaciones 114)
Este extraordinario
párrafo clarifica la idea contenida en la cita anterior que hablaba
de "espiritualizar" las situaciones que parecen más
vulgares. En aparente contradicción el Beato Escrivá afirma
ahora la necesidad de "materializar" la vida espiritual. En
realidad lo que nos hace ver es que el único modo de espiritualizar
la realidad y devolverle su sentido original, es "materializando"
la santidad en y con las mismas realidades ordinarias. Esta materialización
es necesaria porque la persona humana está instalada en un cuerpo,
se relaciona con las cosas y con los demás desde y con su corporeidad.
Por lo tanto ha de "materializar" - es decir, concretar en
realidades y en acciones temporales - hasta sus deseos más espirituales.
De nuevo el realismo del Beato Escrivá nos aleja de un angelismo
deshumanizante en el que parecen vivir aquellas representaciones artísticas
a que me refería al principio de estas consideraciones. El fundamento
último de esta enseñanza está en la figura de Cristo
con quien Dios irrumpe en la historia de los hombres no como idea o
como inspiración sino asumiendo en El la humanidad y haciéndose,
Dios mismo, hombre. De este modo, todo lo que es humanamente noble,
en virtud de la Encarnación, queda divinizado. Por eso Escrivá
audazmente y con una aparente paradoja dice que "a ese Dios invisible
lo encontramos en las cosas más visibles y materiales".
Este ir más allá de las percepciones cotidianas es lo
que da a la vida del cristiano el sereno realismo de quien ve el mundo
como es y no como parece ser.
* * *
Superado
el dilema de la división interior entre actividades humanas y
participación divina, el obrar humano puede adquirir una dimensión
trascendente insospechada. En palabras del Beato Escrivá: "Trabajar
así es oración. Estudiar así es oración.
Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo:
todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar
ese trato continuo con El, de la mañana a la noche. Todo trabajo
honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración,
es apostolado". ( Es Cristo que pasa, 10). Con estas palabras llegamos
al centro mismo del cambio que la santidad introduce en la naturaleza
de las cosas materiales y las convierte en realidades con trascendencia.
Si todo puede y debe llevar a Dios, las pequeñas o grandes peripecias
de los hombres dejan de ser intrascendentes y todo proyecto humano puede
convertirse en un modo de relacionarse con Dios es decir, literalmente
en oración. Si el trabajo es instrumento de santidad, la acción
misma del trabajo vibra de eternidad. Naturalmente, con esta consideración
se impone revisar aquella alternativa - vida contemplativa y vida activa
- que parecía separar radicalmente la una de la otra.
Es ahora
necesario mencionar un aspecto al que por falta de tiempo sólo
haré una referencia aunque se trata de algo esencial en la enseñanza
del Beato Escrivá. Aquella búsqueda del "algo"
santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que
toca a cada cristiano descubrir, no es consecuencia sólo de un
esfuerzo humano. Si hay en eso algo heroico es consecuencia de una cooperación
estrecha entre el ser humano y la acción divina que no puede
tener lugar más que en el ámbito sacramental. Es la acción
de la gracia que el hombre recibe con los Sacramentos lo que hace posible,
en frase del Beato Escrivá abrirse "los caminos divinos
de la tierra" y mantener la orientación de búsqueda
de lo divino en la actividad continua de la vida ordinaria. No es posible,
en la enseñanza de Escrivá de Balaguer, perseverar en
esa búsqueda sólo con el esfuerzo humano. La religión
católica - como una vez oí decir a Juan Pablo II - es
la religión del permanecer en Dios. Pero esa permanencia sólo
es posible si el trabajo del hombre y la acción de Dios operan
juntas. Esto explicaría la insistencia del Beato Escrivá
en el recurso inexcusable a aquella realidad de la gracia divina que
son los Sacramentos. El santo siempre ha tenido conciencia tanto de
las posibilidades de la naturaleza humana como de sus límites.
Precisamente porque conoce a lo que está destinado, tiene la
audacia de proyectarse hacia la santidad. Y porque conoce sus límites
naturales, lo espera todo de la iniciativa divina. La suprema audacia
del Beato Escrivá en su vida y en lo que con su enseñanza
propone a otros, es sólo comparable a su confianza en que la
acción de la gracia de Dios es indispensable para todo, incluso
para proponerse ser mejor. El camino que él siguió y enseña
es, literalmente, un camino sacramental.
* * *
En el siglo
XX hemos asistido a la clarificación del papel del cristiano
común en la Iglesia. Un elemento fundamental de esa obra de clarificación
es la conciencia de su llamada a la plenitud de la vida cristiana en
y desde las circunstancias de su vida en el contexto de las actividades
corrientes. Documentos decisivos del Concilio Vaticano II que se clausuró
en 1965 recogen ya esa ampliación de la teología del laicado.
Y la aportación del Beato Escrivá a esa nueva conciencia,
desde que en 1928 fundara el Opus Dei, ha sido inmensa.
Volviendo
por un momento, antes de terminar, a aquellas imágenes de santos
que mencioné al inicio, creo que se podría afirmar lo
siguiente: cuando se ha conocido a un santo, cuando nuestra vida se
ha cruzado con la suya, uno tiene que modificar la idea que tenía
de la santidad y que quizás había formado en la contemplación
de aquellas imágenes.
La tiene
que cambiar porque, posiblemente, a aquella idea de la santidad faltaba
realismo, consistencia, proporción. Se había quizás
buscado en aquellas representaciones señales de lo extraordinario
y, si se encontraron, pudo parecer que en aquello que era completamente
distinto del orden de lo natural radicaba fundamentalmente la santidad.
Como la santidad tiene que ver con Dios, podría parecer que no
tuviera nada que ver con la realidad material y con lo humano.
El Beato
Escrivá, por el contrario, nos hace ver que el santo se mueve
en este mundo no de sombras y de apariencias sino de realidades humanas
y concretas en que ese "algo divino" está ya ahí
esperando que el hombre sepa encontrarlo. Ese mundo real es precisamente
la materia que se ofrece al cristiano para ser santo. La misma materia
con la que cada uno de nosotros se enfrenta cada día en la propia
existencia cotidiana que podría estar llena, en todos sus momentos,
de trascendencia
Joaquín
Navarro-Valls
Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede.
Conferencia pronunciada en Cartagena, 6-VI-2002
Tomado
de encuentra.com
