La
santidad de vida en el diario existir
Por P. Alberto Gutiérrez
Cuando yo
era niño casi no me gustaba entrar a las iglesias que estaban
llenas de santos porque me parecía que estaban tristes o que
le dolía algo y evidentemente que para un niño esa imagen
de tristeza o dolor no era algo que le atraía para nada. También
observaba que algunos santos estaban como si su mente estuviera ida,
como si vivieran distraídos o al borde de un ataque de epilepsia.
Eso tampoco me gustaba.
Ya en la
adolescencia escuché a alguien decir que todos los cristianos
debíamos ser santos. Les confieso que no me gustó mucho
la idea porque no me parecía bien el que yo debía tener
una vida triste, llena de dolor o que tuviera que parecer una especie
de lunático.
Como yo en
aquella época, hay mucha gente que tiene una idea muy equivocada
de la santidad el día de hoy.
En esta meditación
intentaré hacerles ver que la santidad es realmente algo muy
importante: buscaré esclarecer en qué consiste la santidad,
dar algunas pistas para vivirla y establecer la razón por la
cual todos debemos buscar ser santos, si queremos alcanzar la salvación,
si queremos alcanzar la plenitud de nuestra vida. En una palabra les
diré que el ideal de todo cristiano es ser santo.
Primero aclaremos
que aquellas imágenes de santos "raros" no corresponden
a la vida verdadera de aquellas personas cuya imagen vemos en los altares.
Además le doy gracias a Dios que hoy las imágenes van
buscando hacerse con aspecto más cercano a nosotros.
Si nos ponemos
a estudiar la vida de los santos nos daremos cuenta de que comparten
algunos rasgos comunes: todos experimentaron una gran alegría
de vivir, eran muy entusiastas, llenos de energía interior y
estaban dispuestos a todo por ser personas muy coherentes con sus convicciones.
Eran personas que conocían muy bien la realidad y tenían
muy bien puestos los pies sobre la tierra y su corazón en el
cielo. Eran personas muy amables, bondadosas, amigables y atractivas.
Poseía una personalidad magnética. Eran humildes, sencillos
y con un gran espíritu de servicio. Sabían compartir y
eran personas muy maduras. Pero lo que más lo distinguía
era su profundo amor a Dios y al prójimo, que las hacia personas
dispuestas a sufrir si era necesario, pero sin perder la alegría
del corazón.
Ya desde
aquí podemos decir que exactamente lo contrario de la santidad
es la tristeza, la amargura, la desesperación, la falta de entusiasmo
y de energía; la incoherencia, la hipocresía, la maldad
del corazón, la dureza de sentimientos, el irrealismo y el egoísmo.
Este imagen
de santidad sí que es muy atractiva ya que ¿quién
no quiere ser una persona alegre, contenta de vivir, positiva, servicial,
amable, sincera, comprometida con su realidad y llena de vigor espiritual?
Se necesitaría ser muy necio o estar mal para no querer ser así.
La Iglesia
nos enseña que todos los cristianos estamos llamados a ser santos.
Y ¿qué quiere decir esto?
En primer
lugar tengamos en cuenta que desde el momento de haber sido bautizados
Dios nos ha llamado a ser sus hijos y a vivir entre nosotros como hermanos.
El nos ha constituido en discípulos de su Hijo Jesucristo que
nos enseña el camino para ser hijos auténticos de Dios
y hermanos entre nosotros ¡Estamos llamados a ser divinizados!
Leemos en 2 Pedro 1, 4: "y también nos ha otorgado valiosas
y sublimes promesas, para que evitando la corrupción que las
pasiones han introducido en el mundo, se hagan partícipes de
la naturaleza divina". Los cristianos, "nacidos de Dios"
(Jn 1,12-13) tenemos como Padre a Dios.
Incluso somos
hermanos de Jesús por ése mismo bautismo, y por ende,
si todos somos hijos de un mismo Padre - que es Dios - y todos somos
hermanos de Jesús, todos somos hermanos entre nosotros. Y esto
no es una alegoría, es –permítaseme decirlo así
– ontológicamente un hecho, es una realidad que afecta
nuestro ser, nuestra naturaleza.
Hoy, afortunadamente,
“existe una mentalidad favorable a la fraternidad. Estamos viviendo
una situación de contrastes tan llamativos de vida y de muerte,
de abundancia y de miseria, de libertad y de esclavitud, que se apela
a la fraternidad como salvación. Todavía se cree en la
fraternidad como el rayo de esperanza en una sociedad que buscar solución
y se la ve como la que hoy tiene fuerza de convocatoria”.
Sin embargo
no haya auténtica fraternidad donde no hay filiación;
la fraternidad de los hombres, para ser real, necesita una filiación
que sea de todos y real, no metafórica. Ahora bien, el que somos
hijos del Dios es una realidad y esto es lo que posibilita que nosotros
los hombres que somos de derecho (por gracia) hermanos vivamos de hecho
como hermanos.
Es sólo
viviendo en Cristo (ver primer tema) como el hombre puede llegar a vivir
como verdadero hijo del Dios y hermanos de los hombres (ver segundo
tema). Y en esto, precisamente, consiste la santidad. Es santo el que
tiene por ideal llegar a vivir como un auténtico hijo de Dios
y un gran hermano de los hombres. Y renunciar a este ideal significa
renunciar a vivir verdaderamente.
Ahora veamos
que el ideal de la santidad significa llevar una vida santa, y si hablamos
de vida, es inevitable pensar que lo que está vivo está
llamado a crecer, ya que el crecimiento y la maduración es una
nota esencial de la vida. La vida sin crecimiento es una contradicción.
El cristiano
"está en Cristo" (2Cor 5,17), es "un hombre en
Cristo" (2 Cor 12,2) por la participación de la Pascua,
y "vive en Cristo" (1 Cor 1,9; 1Jn 4,9).
Ahora bien,
esto no significa de ninguna manera una realidad estancada, estacionada,
estática. Si hay algo dinámico, verdaderamente dinámico,
es precisamente la vida cristiana ya que tiene unos horizontes ilimitados:
el cristiano está siempre en camino, siempre creciendo, siempre
renovándose, siempre en revisión y en búsqueda
de mayor perfección de vida. La vida nueva que le dio Jesús
lo impulsa, lo lleva actuar desde dentro, porque lleva en su naturaleza
la expansión hacia la consumación total en Dios después
de la muerte.
Así
que la santidad personal es un ideal que todos los días hay que
estar trabajando, hay que está renovando, mientras la vida dure.
La santidad que se vive en cada momento de la existencia siempre estará
en referencia con la plenitud a la que está constitutivamente
orienta: "sed perfectos como mi padre es perfecto" (Mt 5,
48).
Aquí
ya podemos llegar a una primera conclusión: el crecimiento de
la vida cristiana es una realidad que se nos impone moralmente los bautizados;
es decir, estamos obligados a atenderla. No es posible ser cristiano
y no querer crecer en santidad.
Atender la
santidad la podemos simplificar en un ejemplo: la vida cristiana es
como una mesa de tres patas que necesita de las tres para sostenerse.
Una pata consistiría en la vida de piedad (oración y sacramentos);
otra pata se refiere a la vida de estudio (meditación de la palabra
de Dios, cursos, enseñanza cristiana, etc.); y la última
pata se refiere a la vida de acción (testimonio de vida en lo
cotidiano, apostolado, etc.).
Adviértase
que dicho crecimiento debe ser integral. Debes poder decir : "soy
una criatura nueva en Cristo y debo ir transformándome en mi
totalidad de manera gradual: toda mi persona - mi sentimientos, mi voluntad,
mis pensamientos, mis criterios, hasta mi inconsciente. Todo debe quedar
bajo el influjo de Cristo. Si soy hijo de Dios y hermano de Cristo,
debo luchar por ser cada día más coherente en mi manera
de pensar, de sentir y de actuar”.
Es unidos
a Cristo que nos sentimos impulsados a vivir de manera coherente en
todas las dimensiones y circunstancias de nuestra vida. No se tratara
de querer ser bueno para alcanzar a Cristo, sino de vivir unidos a Cristo
para ser buenos.
Otro aspecto
que no se debe descuidar en la vida de santidad es que resulta imposible
crecer espiritualmente en un individualismo cerrado. La vida cristiana
exige vivirla en comunidad, crecer con los demás, apoyarse unos
a otros y brindar mi apoyo a los que están junto a mí.
Es una vida compartida, solidaria, comunicada y comunitaria.
Ser santo,
además, implica no sentirse santo, sino reconocer mi condición
de pecador para que, con ayuda de la gracia, me decida vivir inspirado
en el ideal de santidad.
Soy un luchador,
alguien que se está esforzando, está caminando. Al respecto
es completamente equivocada la idea de aquellas personas que exigen
a quien va a la iglesia que sea perfecto. Me he topado muy seguido con
personas que critican a quienes se acercan a Dios diciéndoles
frases hirientes como la siguiente: "¡Uy mira cómo
te portas y eso que vas a la iglesia!". O hay otros que quieren
justificar su descuido, su ausencia de las cosas de Dios remachando
alguna conducta equivocada en aquel familiar o amigo que si se acerca
a Dios. Esto contiene un sutil pero poderoso mecanismo psicológico
de defensa. Algo así como: “Tu, que vas a la Iglesia debes
portarte 100 % bien, mientras que yo, que no voy a la Iglesia tengo
derecho a portarme mal”.
Quizás
lo que muchos no hemos alcanzado a entender es que la gente no va a
la Iglesia porque es buena sino porque está luchando para serlo.
Y luchar por ser mejor con medios legítimos es un derecho que
todo ser humano tiene. Es como si a un estudiante de medicina se le
exigiera ser un perfecto médico durante su época de aprendizaje.
Esto sería incoherente y falto de respeto y realismo.
El cristiano,
en su afán de ser santo, está siempre en actitud humilde
de conversión, de cambio. Él sabe que siempre habrá
algo qué transformar, qué mejorar. Y se sabe frágil
y susceptible de caídas y retrocesos. Pero eso no lo desanima
ya que es consciente de contar siempre con Cristo. Su lema es: "el
peregrino está expuesto al polvo del camino".
Es de suma
importancia poner bien en claro que quien quiere emprender la vida de
santidad, es decir, quién quiere crecer en su vida cristiana
debe aceptar el esfuerzo y la lucha constantes. Debe rechazar la mediocridad,
la superficialidad, el simplismo y la comodidad. En la tradición
cristiana existe una palabra que nos habla del esfuerzo indispensable
en la búsqueda de la perfección cristiana. Dicha palabra
es "ascesis" que significa ejercicio, disciplina, esfuerzo
continuo.
En la fe
significa el conjunto de esfuerzos mediante los cuales se quiere progresar
en la vida moral y religiosa; y refiriéndose la vida cristiana,
incluye todos los esfuerzos orientados a obtener la perfección
cristiana.
Ahora, no
es posible hablar de un ideal, de un proyecto, de una meta como es la
santidad sin plantear el cómo llegar a realizar dicho ideal.
Por eso es imprescindible hablar de los medios concretos de santificación
o corremos el riesgo de que todo quede en puras palabras o en un ideal
irrealizable; y si algo nos ha enseñado el cristianismo es a
llevar a cabo la palabra de Dios, a ponerla en práctica para
acreditarle el valor que tiene. Sobre los medios los invitó revisar
los dos primeros temas en donde se plantea esto de manera clara.
Deseo finalizar
esta reflexión volviendo al principio. Allí se dijo que
ser santo es ser alegre, lo cual no implica la negación de la
visita del sufrimiento y el dolor, que son parte de la vida del hombre.
Sólo que nunca será lo mismo sufrir con Cristo que sufrir
sólo, ya que con Cristo el sufrimiento adquiere un rico significado
(me permite ser solidario con la salvación del mundo) mientras
que el sufrimiento sin Cristo es abatimiento, desolación, fracaso
y capitulación.
Ser santo,
en una palabra es el deseo de vivir plenamente la vida humana que Dios
nos dio para poder alcanzarlo a Él de manera total.
Preguntas:
Hoy una sola
pregunta:
La verdad,
¿Quieres o no quieres ser santo?
(Te recomiendo
que en un lugar apartado de todo ruido y distracción medites
una media hora en dicha pregunta)
