¿Por
qué la Iglesia celebra a los Santos?
LA
VENERACION A LOS SANTOS Y BEATOS
( Directorio sobre la piedad popular
y la liturgia Cap VI)
Algunos
principios
208.
Con sus raíces en la Sagrada Escritura (cfr. Hech 7,54-60; Ap
6,9-11; 7,9-17) y atestiguado con certeza desde la primera mitad del
siglo II, el culto de los Santos, en especial de los mártires,
es un hecho eclesial antiquísimo. La Iglesia, tanto en Oriente
como en Occidente, siempre ha venerado a los Santos y cuando, sobre
todo en la época en que surgió el protestantismo, se pusieron
objeciones contra algunos aspectos tradicionales de este culto, lo ha
defendido con ardor, ha ilustrado sus fundamentos teológicos
así como su relación con la doctrina de la fe, ha regulado
la praxis cultual, tanto en las expresiones litúrgicas como en
las populares, y ha subrayado el valor ejemplar del testimonio de estos
insignes discípulos y discípulas del Señor, para
una vida auténticamente cristiana.
209.
La Constitución Sacrosanctum Concilium, en el capítulo
dedicado al Año litúrgico, explica claramente el hecho
eclesial y el significado de la veneración de los Santos y Beatos:
"la Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de
los Mártires y de los demás Santos, que llegados a la
perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado
la salvación eterna, cantan la perfecta alabanza a Dios en el
cielo e interceden por nosotros. Porque al celebrar el tránsito
de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio
pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo,
propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo
al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios
divinos".
210.
Una comprensión adecuada de la doctrina de la Iglesia sobre los
Santos sólo es posible dentro del ámbito más amplio
de los artículos de la fe relacionados con dicha doctrina:
-
la "Iglesia, una, santa, católica y apostólica",
santa por la presencia en ella de "Jesucristo, el cual, con el
Padre y el Espíritu Santo es proclamado el solo santo";
por la actuación incesante del Espíritu de santidad; porque
está dotada de medios de santificación. La Iglesia, pues,
aunque comprende en sí a pecadores, está "ya en la
tierra adornada de una verdadera, si bien imperfecta, santidad";
es el "pueblo santo de Dios", cuyos miembros, según
el testimonio de las Escrituras son llamados "santos" (cfr.
Hech 9.13; 1 Cor 6,1; 16,1).
-
La "comunión de los santos", por la que la Iglesia
del cielo, la que tiende a la purificación final "en el
estado llamado Purgatorio" y la que peregrina sobre la tierra,
están en comunión "en la misma caridad de Dios y
del prójimo"; de hecho, todos los que son de Cristo, al
tener su Espíritu, forman una sola Iglesia y están unidos
en Él.
-
La doctrina de la única mediación de Cristo (cfr. 1 Tim
2,5), que no excluye otras mediaciones subordinadas, las cuales se realizan
y ejercen dentro de la absoluta mediación de Cristo.
211.
La doctrina de la Iglesia y su Liturgia proponen a los Santos y Beatos,
que contemplan ya "claramente a Dios uno y trino" como:
-
testigos históricos de la vocación universal a la santidad;
ellos, fruto eminente de la redención de Cristo, son prueba y
testimonio de que Dios, en todos los tiempos y de todos los pueblos,
en las más variadas condiciones socio-culturales y en los diversos
estados de vida, llama a sus hijos a alcanzar la plenitud de la madurez
en Cristo (cfr. Ef 4,13; Col 1,28);
-
discípulos insignes del Señor y, por tanto, modelos de
vida evangélica; en los procesos de canonización la Iglesia
reconoce la heroicidad de sus virtudes y consiguientemente los propone
como modelos a imitar;
-
ciudadanos de la Jerusalén del cielo, que cantan sin cesar la
gloria y la misericordia de Dios; en ellos ya se ha cumplido el paso
pascual de este mundo al Padre;
-
intercesores y amigos de los fieles todavía peregrinos en la
tierra, porque los Santos, aunque participan de la bienaventuranza de
Dios, conocen los afanes de sus hermanos y hermanas y acompañan
su camino con la oración y protección;
-
patronos de Iglesias locales, de las cuales con frecuencia fueron fundadores
(san Eusebio de Vercelli) o Pastores ilustres (san Ambrosio de Milán);
de naciones: apóstoles de su conversión a la fe cristiana
(santo Tomás y san Bartolomé para la India), o expresión
de su identidad nacional (san Patricio para Irlanda); de agrupaciones
profesionales (san Omobono para los sastres); en circunstancias especiales
en el momento del parto (santa Ana, san Ramón Nonato),
de la muerte (san José) y para obtener gracias específicas
(santa Lucía para la conservación de la vista), etc.
Todo
esto la Iglesia lo confiesa cuando, con agradecimiento a Dios Padre,
proclama: "Nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión
y la participación en su destino".
212.
Finalmente, es preciso recordar que el objetivo último de la
veneración a los Santos es la gloria de Dios y la santificación
del hombre, mediante una vida plenamente conforme a la voluntad divina
y la imitación de las virtudes de aquellos que fueron discípulos
eminentes del Señor.
Por
esto, en la catequesis y en otros momentos de transmisión de
la doctrina se debe enseñar a los fieles que: nuestra relación
con los Santos hay que entenderla a la luz de la fe, no debe oscurecer:
"el culto latréutico, dado a Dios Padre mediante Cristo
en el Espíritu, sino que lo intensifica"; "el auténtico
culto a los santos no consiste tanto en la multiplicidad de los actos
exteriores cuanto en la intensidad de un amor práctico",
que se traduce en un compromiso de vida cristiana.
Los
Santos Ángeles
213.
Con el claro y sobrio lenguaje de la catequesis, la Iglesia enseña
que "la existencia de seres espirituales, no corporales, que la
Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad
de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad
de la Tradición".
Según
la Escritura, los Ángeles son mensajeros de Dios, "poderosos
ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra"
(Sal 103,20), al servicio de su plan de salvación, "enviados
para servir a los que deben heredar la salvación" (Heb 1,14).
214.
Los fieles no ignoran los numerosos episodios de la Antigua y de la
Nueva Alianza en los que intervienen la santos Ángeles; saben
que los Ángeles cierran las puertas del paraíso terrenal
(cfr. Gn 3,24), salvan a Agar y a su hijo Ismael (cfr. Gn 21,17), detienen
la mano de Abraham cuando estaba a punto de sacrificar a Isaac (cfr.
Gn 22,11), anuncian nacimientos prodigiosos (cfr. Jue 13,3-7), guardan
los caminos del justo (cfr. Sal 91,11), alaban sin cesar al Señor
(cfr. Is 6,1-4) y presentan a Dios las oraciones de los Santos (cfr.
Ap 8,3-4). Recuerdan también la intervención de un Ángel
a favor del profeta Elías, fugitivo y extenuado (1 Re 19,4-8),
de Azarías y de sus compañeros arrojados al horno (cfr.
Dn 3,49-50), de Daniel encerrado en el foso de los leones (cfr. Dn 6,23);
les resulta familiar la historia de Tobías, en la que Rafael,
"uno de los siete Ángeles que están siempre dispuestos
a entrar en la presencia de la majestad del Señor" (Tob
12,15), realiza múltiples servicios a favor de Tobí, de
su hijo Tobías y de Sara, su mujer.
Los
fieles saben también que no son pocos los episodios de la vida
de Jesús en los que los Ángeles tienen una función
particular: el Ángel Gabriel anuncia a María que concebirá
y dará a luz al Hijo del Altísimo (cfr. Lc 1,26-38) y
de manera semejante, un Ángel revela a José el origen
sobrenatural de la maternidad de la Virgen (cfr. Mt 1,18-25); los Ángeles
llevan a los pastores de Belén la alegre noticia del nacimiento
del Salvador (cfr. Lc 2,8-14); el "Ángel del Señor"
protege la vida del niño Jesús amenazado por Herodes (cfr.
Mt 2,13-20); los Ángeles asisten a Jesús en el desierto
(cfr. Mt 4,11) y lo confortan en la agonía (cfr. Lc 22,43), anuncian
a las mujeres que se habían dirigido a la tumba de Cristo que
"ha resucitado" (cfr. Mc 16,1-8) e intervienen en la Ascensión,
para revelar su sentido a los discípulos y para anunciar que
"Jesús... volverá un día del mismo modo que
le habéis visto ahora subir al cielo" (Hech 1,11).
A
los fieles no se les oculta la importancia de la advertencia de Jesús,
de no despreciar a uno solo de los pequeños que creen en Él,
"porque sus Ángeles en el cielo ven siempre el rostro del
Padre" (Mt 18,10), y de las consoladoras palabras según
las cuales "hay alegría entre los Ángeles de Dios
por un solo pecador que se convierte" (Lc 15,10). Finalmente, saben
que "el Hijo del hombre vendrá en su gloria con todos sus
Ángeles" (Mt 25,31) para juzgar a los vivos y a los muertos
y llevar la historia a su consumación.
215.
La Iglesia, que en sus inicios fue protegida y defendida por el ministerio
de los Ángeles (cfr. Hech 5,17-20; 12,6-11) y continuamente experimenta
su "ayuda misteriosa y poderosa", venera a esto espíritus
celestes y pide con confianza su intercesión.
Durante el Año litúrgico, la Iglesia conmemora la participación
de los Ángeles en los acontecimientos de la salvación
y celebra su memoria en unas fechas determinadas: el 29 de Septiembre
la de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, el 2 de Octubre
la de los Ángeles Custodios; les dedica una Misa votiva, cuyo
prefacio proclama que "la gloria de Dios resplandece en los Ángeles";
en la celebración de los misterios divinos, se asocia al canto
de los Ángeles para proclamar la gloria de Dios, tres veces santo
(cfr. Is 6,3) e invoca su asistencia para que la ofrenda eucarística
"sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo"; ante
ellos celebra el oficio de alabanza (cfr. Sal 137,1); al ministerio
de los Ángeles confía las oraciones de los fieles (cfr.
Ap 5,8; 8,3), el dolor de los penitentes, la defensa de los inocentes
contra los ataques del Maligno; implora a Dios para que mande, al final
de la jornada a sus Ángeles a custodiar a los que oran en paz;
ruega para que los espíritus celestes vengan en ayuda de los
agonizantes y, en el rito de las exequias, suplica para que los Ángeles
acompañen al paraíso el alma del difunto y guarden su
sepulcro.
216.
A lo largo de los siglos, los fieles han traducido en expresiones de
piedad las convicciones de fe respecto al ministerio de los Ángeles:
los han tomado como patronos de ciudades y protectores de agrupaciones;
en su honor han levantado santuarios famosos, como Mont-Saint-Michel
en Normandía, san Michele della Chiusa en Piamonte y san Michele
al Gargano en Puglia, y han establecido días festivos; han compuesto
himnos y ejercicios de piedad.
En
particular, la piedad popular ha desarrollado la devoción al
Ángel Custodio. Ya san Basilio Magno (+379) enseñaba que
"todo fiel tiene a su lado un Ángel como protector y pastor,
para llevarlo a la vida". Esta antigua doctrina se fue consolidando
poco a poco desde sus fundamentos bíblicos y patrísticos,
y dio origen a diversas expresiones de piedad, hasta encontrar en san
Bernardo de Claraval (+1153) un gran maestro y un apóstol insigne
de la devoción a los Ángeles Custodios. Para él
son demostración de que "el cielo no descuida nada que pueda
ayudarnos", por lo cual pone "a nuestro lado estos espíritus
celestes para que nos protejan, nos instruyan y nos guíen".
La
devoción a los Ángeles Custodios da lugar también
a un estilo de vida caracterizado por:
-
devoto agradecimiento a Dios, que ha puesto al servicio de los hombres
espíritus de tan gran santidad y dignidad;
-
actitud de compostura y piedad, motivada por la conciencia de estar
constantemente en presencia de los santos Ángeles;
-
serena confianza, incluso al afrontar situaciones difíciles,
porque el Señor guía y asiste al fiel en el camino de
la justicia también mediante el ministerio de los Ángeles.
Entre
las oraciones al Ángel Custodio está particularmente extendida
la oración Angele Dei, que en muchas familias forma parte de
las oraciones de la mañana y de la tarde, y que en muchos lugares
se une también al rezo del Ángelus.
217.
La piedad popular a los santos Ángeles, legítima y saludable,
sin embargo puede dar lugar a desviaciones, como por ejemplo:
-
si, como a veces sucede, se forma en el espíritu de los fieles
una idea errónea pensando que el mundo y la vida están
sometidos a tensiones demiúrgicas, a la lucha incesante entre
espíritus buenos y malos, entre Ángeles y demonios, en
la cual el hombre resulta arrollado por poderes superiores a él,
ante los que no puede hacer nada; esta concepción, en cuanto
elimina la responsabilidad del fiel, no se corresponde con la auténtica
visión evangélica de la lucha contra el Maligno, que exige
del discípulo de Cristo un compromiso moral, una opción
por el Evangelio, humildad y oración;
-
si las situaciones cotidianas de la vida se interpretan de una manera
esquemática y simplista, casi infantil, atribuyendo al Maligno
incluso las pequeñas contradicciones, y por el contrario, al
Ángel Custodio los éxitos y logros, todo lo cual tiene
poco o nada que ver con el progreso del hombre en su camino para alcanzar
la madurez en Cristo. También hay que rechazar el uso de dar
a los Ángeles nombres particulares, excepto Miguel, Gabriel y
Rafael, que aparecen en la Escritura.
San
José
218.
Dios, en su providente sabiduría, para realizar el plan de la
salvación, asignó a José de Nazaret, "hombre
justo" (cfr. Mt 1,19), esposo de la Virgen María (cfr. ibid.;
Lc 1,27), una misión particularmente importante: introducir legalmente
a Jesús en la estirpe de David de la cual, según la promesa
(2 Sam 7,5-16; 1 Cro 17,11-14), debía nacer el Mesías
Salvador, y hacer de padre y protector para Él.
En
virtud de esta misión, san José interviene activamente
en los misterios de la infancia del Salvador: recibió de Dios
la revelación del origen divino de la maternidad de María
(cfr. Mt 1,20-21) y fue testigo privilegiado del nacimiento de Cristo
en Belén (cfr. Lc 2,6-7), de la adoración de los pastores
(cfr. Lc 2,15-16) y del homenaje de los Magos venidos de Oriente (cfr.
Mt 2,11); cumplió con su deber religioso respecto al Niño,
al introducirlo mediante la circuncisión en la alianza de Abraham
(cfr. Lc 2,21) y al imponerle el nombre de Jesús (cfr. Mt 1,21);
según lo prescrito en la Ley, presentó al Niño
en el Templo, lo rescató con la ofrenda de los pobres (cfr. Lc
2,22-24; Ex 13,2.12-13) y, lleno de asombro, escuchó el cántico
profético de Simeón (cfr. Lc 2,25-33); protegió
a la Madre y al Hijo durante la persecución de Herodes, refugiándose
en Egipto (cfr. Mt 2,13-23); se dirigía todos los años
a Jerusalén con la Madre y el Niño, para la fiesta de
Pascua, y sufrió, turbado, la pérdida de Jesús,
a sus doce años, en el Templo (cfr. Lc 2,43-50); vivió
en la casa de Nazaret, ejerciendo su autoridad paterna sobre Jesús,
que le estaba sometido (cfr. Lc 2,51), instruyéndolo en la Ley
y en la profesión de carpintero.
219.
A lo largo de los siglos, especialmente en los tiempos más recientes,
la reflexión eclesial ha puesto de manifiesto las virtudes de
san José, entre las que destacan: la fe, que en él se
traduce en adhesión plena y valerosa al designio salvífico
de Dios; obediencia solícita y silenciosa ante las manifestaciones
de su voluntad; amor y observancia fiel de la Ley, piedad sincera, fortaleza
en las pruebas; el amor virginal a María, el debido ejercicio
de la paternidad, el trabajo escondido.
220.
La piedad popular comprende la validez y la universalidad del patrocinio
de san José, "a cuya atenta custodia Dios quiso confiar
los comienzos de nuestra redención" y "sus tesoros
más preciados". Al patrocinio de san José se confían:
toda la Iglesia, que el beato Pío IX quiso poner bajo la especial
protección del santo Patriarca; los que se consagran a Dios eligiendo
el celibato por el Reino de los cielos (cfr. Mt 19,12): estos "en
san José tienen...un modelo y un defensor de la integridad virginal";
los obreros y los artesanos, de los cuales el humilde carpintero de
Nazaret se considera un especial modelo; los moribundos, porque, según
una piadosa tradición, san José fue asistido por Jesús
y María, en la hora de su tránsito .
221.
La Liturgia, al celebrar los misterios de la vida del Salvador, sobre
todo los de su nacimiento e infancia, recuerda con frecuencia la figura
y el papel de san José: en el tiempo de Adviento; en el tiempo
de Navidad, especialmente en la fiesta de la Sagrada Familia; en la
solemnidad del 19 de Marzo; en la memoria del 1º de Mayo.
El
nombre de san José aparece en el Communicantes del Canon Romano
y en las Letanías de los Santos. En la Recomendación de
los moribundos se sugiere la invocación al santo Patriarca y,
en la misma circunstancia, la comunidad ora para que el alma del difunto,
que ha partido ya de este mundo, encuentre su morada "en la paz
de la santa Jerusalén, con la Virgen María, Madre de Dios,
con san José, con todos los Ángeles y los Santos".
222.
También en la piedad popular la veneración de san José
tiene un amplio espacio: en numerosas expresiones de genuino folclore;
en la costumbre, establecida al menos desde el siglo XVII, de dedicar
los miércoles al culto de san José, costumbre sobre la
que se desarrollan algunos ejercicios de piedad como los Siete miércoles
en su honor; en las jaculatorias que brotan de los labios de los fieles;en
oraciones, como la compuesta por el Papa León XIII, Ad te, beate
Ioseph, que no pocos fieles recitan diariamente; en las Letanías
de san José, aprobadas por san Pío X; en el ejercicio
de piedad de la corona de los Siete dolores y los siete gozos de san
José.
223.
El hecho de que la solemnidad de san José (19 de Marzo) caiga
en Cuaresma, en la que la Iglesia se dedica totalmente a la preparación
bautismal y a la memoria de la Pasión del Señor, provoca
ciertas dificultades de armonización entre la Liturgia y la piedad
popular. Por lo tanto, las prácticas tradicionales del "mes
de San José" se deben poner en sintonía con el tiempo
litúrgico. La renovación litúrgica ha conseguido
que el significado del periodo cuaresmal sea más profundo en
los fieles. Con las debidas adaptaciones en las expresiones de la piedad
popular, se debe favorecer y difundir la devoción a san José,
teniendo siempre presente "el insigne ejemplo... que va más
allá de los diversos estados de vida y se propone a toda la comunidad
cristiana, sea cual sea la condición y tareas de cada fiel".
San
Juan Bautista
224.
En la frontera entre el Antiguo y el Nuevo Testamento descuella la figura
de Juan, hijo de Zacarías y de Isabel, ambos "justos ante
Dios" (Lc 1,6), uno de los más grandes personajes de la
historia de la salvación. Todavía en el vientre de su
madre, Juan reconoció al Salvador, también escondido en
el vientre de la Virgen María (cfr. Lc 1,39-45); su nacimiento
estuvo marcado por grandes prodigios (cfr. Lc 1,57-66); creció
en el desierto, llevando una vida austera y penitente (cfr. Lc 1,80;
Mt 3,4); "profeta del Altísimo" (Lc 1,76) descendió
sobre él la palabra de Dios (cfr. Lc 3,2); "recorrió
toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión
para el perdón de los pecados" (Lc 3,3); como nuevo Elías,
humilde y fuerte, preparó al Señor un pueblo bien dispuesto
(cfr. Lc 1,17); según el plan de Dios, bautizó, en las
aguas del Jordán, al mismo Salvador del mundo (cfr. Mt 3,13-16);
a sus discípulos les señaló que Jesús era
el "Cordero de Dios" (Jn 1,29), el "Hijo de Dios"
(Jn 1,34), el Esposo de la nueva comunidad mesiánica (cfr. Jn
3,28-30); por su heroico testimonio de la verdad (cfr. Jn 5,33) fue
encarcelado por Herodes, que le hizo decapitar (cfr. Mc 6,14-29), convirtiéndose
así en precursor del Señor en la muerte violenta, como
lo había sido en su nacimiento prodigioso y en la predicación
profética. Jesús hizo un grandioso elogio de él,
proclamando que "entre los nacidos de mujer no hay uno más
grande que Juan" (Lc 7,28).
225.
Desde la antigüedad, el culto a san Juan ha estado presente en
el mundo cristiano, donde pronto adquirió también connotaciones
populares. Además de las celebraciones del día de su muerte
(29 de Agosto), como sucede normalmente para todos los santos, sólo
de san Juan Bautista, como de Cristo y de la Virgen María, se
celebra solemnemente su nacimiento (24 de Junio).
Por
la parte que tuvo en el bautismo de Jesús, se le han dedicado
muchos baptisterios y su figura de bautista está junto a muchas
fuentes bautismales; a causa de su dura prisión y de su muerte
violenta, es patrono de los que padecen en las cárceles, condenados
a muerte o a duros castigos, debido a la fe.
Con
toda probabilidad, la fecha del nacimiento de san Juan (24 de Junio)
fue establecida dependiendo de la concepción de Cristo (25 de
Marzo) y de su nacimiento (25 de Diciembre): según el signo que
dio el Ángel Gabriel, cuando María concibió al
Salvador, la madre del Precursor estaba ya en el sexto mes del embarazo
(cfr. Lc 1,26.30). En cualquier caso, la solemnidad del 24 de Junio
está ligada al ciclo solar, en el hemisferio norte. Se celebra
cuando el sol, dirigiéndose hacia el sur del zodiaco, comienza
a descender: hecho que resulta un símbolo de la figura de Juan,
que refiriéndose a Cristo, había declarado: "Él
debe crecer y yo en cambio tengo que disminuir" (Jn 3,30).
La
misión de Juan, venido para dar testimonio de la luz (cfr. Jn
1,7), ha dado origen o un sentido cristiano a las hogueras que se encienden
la noche del 23 de Junio: la Iglesia las bendice, implorando que los
fieles, superadas las tinieblas del mundo, alcancen a Dios, "luz
indefectible".
El
culto tributado a Santos y Beatos
226.
El influjo recíproco entre Liturgia y piedad popular resulta
particularmente intenso en las manifestaciones de culto tributadas a
los Santos y a los Beatos. Por lo tanto, parece oportuno recordar, de
manera sintética, las principales formas de veneración
que la Iglesia rinde a los Santos en la Liturgia: estas deben iluminar
y guiar la piedad popular.
La
celebración de los Santos
227.
La celebración de una fiesta en honor de un Santo a los
Beatos se les aplica, servatis servandis, lo que se dice de los Santos
- es sin duda una expresión eminente del culto que les tributa
la comunidad eclesial: conlleva, en muchos casos, la celebración
de la Eucaristía. La fijación del "día de
la fiesta" es un hecho cultual relevante, a veces complejo, porque
concurren factores históricos, litúrgicos y culturales,
no siempre fáciles de armonizar.
En
la Iglesia de Roma, y en otras Iglesias locales, las celebraciones de
las memorias de los mártires en el aniversario del día
de su pasión, esto es, de su máxima asimilación
a Cristo y de su nacimiento para el cielo, más tarde también
la celebración del conditor Ecclesiae, de los Obispos que la
habían regido y de otros insignes confesores de la fe, así
como el aniversario de la dedicación de la iglesia catedral,
dieron lugar a la formación paulatina de calendarios locales,
donde se registraban el lugar y la fecha de la muerte de cada uno de
los Santos o bien de grupos de ellos.
De
los calendarios particulares surgieron pronto los martirologios generales,
como el Martirologio siríaco (siglo V), el Martyrologium Hieronymianum
(siglo VI), el de San Beda (siglo VIII), de Lyon (siglo IX), de Usuardo
(siglo IX), de Adón (siglo IX).
El
14 de Enero de 1584, Gregorio XIII promulgó la edición
típica del Martyrologium Romanum, destinada al uso litúrgico.
Juan Pablo II ha promulgado la primera edición típica
del mismo después del Concilio Vaticano II, que, remitiéndose
a la tradición romana e incorporando los datos de varios martirologios
históricos, recoge los nombres de muchos Santos y Beatos, y constituye
un testimonio extraordinariamente rico de la multiforme santidad que
el Espíritu del Señor suscita en la Iglesia de todos los
tiempos y de todos los lugares.
228.
La historia del Calendario Romano, que indica el día y el grado
de las celebraciones en honor de los Santos está estrechamente
vinculada con la historia del Martirologio.
Actualmente
el Calendario Romano General solamente contiene, conforme a la norma
indicada por el Concilio Vaticano II, las memorias de "Santos de
importancia realmente universal", dejando a los calendarios particulares,
sean nacionales, regionales, diocesanos, de familias religiosas, la
indicación de las memorias de otros Santos.
Es
conveniente recordar la razón de la reducción del número
de las celebraciones de los Santos y tenerla presente oportunamente
en la praxis pastoral: se han reducido para que "las fiestas de
los santos no prevalezcan sobre los misterios de la salvación".
A lo largo de los siglos, "por el aumento de las vigilias, de las
fiestas religiosas, de sus celebraciones durante octavas y de las diversas
inserciones dentro del Año litúrgico, los fieles han puesto
en práctica, algunas veces, peculiares ejercicios de piedad de
tal modo que sus mentes se han visto apartadas en cierta manera de los
principales misterios de la divina Redención".
229.
Desde la reflexión sobre los hechos que han determinado el origen,
desarrollo y las diversas revisiones del Calendario Romano General,
se siguen algunas indicaciones de indudable utilidad pastoral:
-
es necesario instruir a los fieles sobre la relación entre las
fiestas de los Santos y la celebración del misterio de Cristo.
Las fiestas de los Santos, reconducidas a su razón de ser más
profunda, iluminan realizaciones concretas del designio salvífico
de Dios y "proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores";
las fiestas de los miembros, los Santos, son en definitiva fiestas de
la Cabeza, Cristo;
-
es conveniente que los fieles se acostumbren a discernir el valor y
el significado de las fiestas de los Santos y Santas que han tenido
una misión especial en la historia de la salvación y una
relación peculiar con el Señor Jesús, como san
Juan Bautista (24 de Junio), san José (19 de Marzo), san Pedro
y san Pablo (29 de Junio), los restantes Apóstoles y Evangelistas,
santa María Magdalena (22 de Julio) y Marta de Betania (29 de
Julio), san Esteban (26 de Diciembre);
-
es oportuno exhortar a los fieles a que prefieran las fiestas de los
santos que han tenido una misión de gracia respecto a la Iglesia
particular, como los Patronos o los que han anunciado por primera vez
la Buena Nueva a la antigua comunidad;
-
es útil, finalmente, que se explique a los fieles el criterio
de "universalidad" de los Santos inscritos en el Calendario
General, así como el sentido del grado de su celebración
litúrgica: solemnidad, fiesta y memoria (obligatoria o libre).
El
día de la fiesta
230.
El día de la fiesta del Santo tiene una gran importancia, tanto
desde el punto de vista de la Liturgia como de la piedad popular. En
un breve e idéntico espacio de tiempo, concurren numerosas expresiones
cultuales, tanto litúrgicas como populares, no sin riesgo de
conflicto, para configurar el "día del Santo".
Los
eventuales conflictos se deben resolver a la luz de las normas del Misal
Romano y del Calendario Romano General, en lo referente al grado de
la celebración del Santo o del Beato, establecido según
su relación con la comunidad cristiana (Patrono principal del
lugar, Título de la iglesia, Fundador de una familia religiosa
o su Patrono principal); también sobre las condiciones que se
han de respetar, en el cado de un eventual traslado de la fiesta al
domingo, y sobre la celebración de las fiestas de los Santos
en tiempos determinados del Año litúrgico.
Estas
normas se deben observar no sólo como una forma de respeto a
la autoridad litúrgica de la Sede Apostólica, sino sobre
todo como expresión de respeto al misterio de Cristo y de coherencia
con el espíritu de la Liturgia.
En
particular es necesario evitar que las razones que han determinado el
traslado de las fechas de algunas fiestas de Santos y Beatos
por ejemplo, de la Cuaresma al Tiempo ordinario -, se relativicen en
la praxis pastoral: celebrar en el ámbito litúrgico la
fiesta de un Santo según la nueva fecha y continuar celebrándola
según la fecha anterior en el ámbito de la piedad popular,
no sólo atenta contra la armonía entre Liturgia y piedad
popular, sino que da lugar a una duplicidad que produce confusión
y desorientación.
231.
Es necesario que la fiesta del Santo se prepare y se celebre con atención
y cuidado, desde el punto de vista litúrgico y pastoral.
Esto
conlleva, ante todo, una presentación correcta de la finalidad
pastoral del culto a los Santos, es decir, la glorificación de
Dios, "admirable en sus Santos", y el compromiso de llevar
una vida conforme a la enseñanza y ejemplo de Cristo, de cuyo
cuerpo místico los Santos son miembros eminentes.
Es
preciso, también, que se presente correctamente la figura del
Santo. Según la tendencia de nuestra época, esta presentación
no se detendrá tanto en los elementos legendarios, que quizá
envuelven la vida del Santo, ni en su poder taumatúrgico, cuanto
en el valor de su personalidad cristiana, en la grandeza de su santidad,
en la eficacia de su testimonio evangélico, en el carisma personal
con el que enriqueció la vida de la Iglesia.
232.
El "día del Santo" tiene un gran valor antropológico:
es día de fiesta. Y la fiesta, como es sabido, responde a una
necesidad vital del hombre, hunde sus raíces en la aspiración
a la trascendencia. A través de las manifestaciones de alegría
y de júbilo, la fiesta es una afirmación del valor de
la vida y de la creación. En cuanto interrumpe la monotonía
de lo cotidiano, de las formas convencionales, del sometimiento a la
necesidad de ganancia, la fiesta es expresión de libertad integral,
de tensión hacia la felicidad plena, de exaltación de
la pura gratuidad. En cuanto testimonio cultural, destaca el genio peculiar
de un pueblo, sus valores característicos, las expresiones más
auténticas de su folclore. En cuanto momento de socialización,
la fiesta es una ocasión de acrecentar las relaciones familiares
y de abrirse a nuevas relaciones comunitarias.
233.
Sin embargo, no son pocos los elementos que amenazan la autenticidad
de la "fiesta del Santo" tanto desde el punto de vista religioso
como antropológico.
Desde
el punto de vista religioso, la "fiesta del Santo" o "fiesta
patronal" de una parroquia, donde se ha vaciado del contenido específicamente
cristiano que tenía en su origen - el honor dado a Cristo en
uno de sus miembros - se convierte en una manifestación meramente
social o folclórica y, en el mejor de los casos, en una ocasión
propicia de encuentro y diálogo entre los miembros de una misma
comunidad.
Desde
un punto de vista antropológico hay que notar que no raras veces
sucede que individuos o grupos, creyendo que "hacen fiesta",
en realidad, por los comportamientos que adoptan se alejan de su auténtico
significado. La fiesta, ante todo, es la participación del hombre
en el dominio de Dios sobre la creación y sobre su activo "reposo",
no ocio estéril; es manifestación de una alegría
sencilla y comunicativa, no sed desmesurada de placer egoísta;
es expresión de verdadera libertad, no búsqueda de formas
de diversión ambiguas, que dan lugar a nuevas y sutiles formas
de esclavitud. Se puede afirmar con seguridad: la trasgresión
de la norma ética no solo contradice la ley del Señor,
sino que daña la base antropológica de la fiesta.
En
la celebración de la Eucaristía
234.
El día de la fiesta de un Santo o de un Beato no es la única
forma en la que este se hace presente en la Liturgia. La celebración
de la Eucaristía constituye el momento singular de comunión
con los Santos del cielo.
En
la Liturgia de la Palabra, las lecturas del Antiguo Testamento nos presentan
con frecuencia la figura de los grandes patriarcas, de los profetas
y de otras personas insignes por sus virtudes y por el amor a la ley
del Señor. Las lecturas del Nuevo Testamento, a menudo, tienen
por protagonistas a los Apóstoles y a otros Santos y Santas que
gozaron de la familiaridad y amistad del Señor. Además,
la vida de algunos Santos refleja hasta tal punto determinadas páginas
del Evangelio, que su simple proclamación nos recuerda ya su
figura.
La
relación constante entre Sagrada Escritura y hagiografía
cristiana ha dado lugar, en el ámbito mismo de la celebración
eucarística, a la formación de un conjunto de Comunes,
en los que se proponen de manera orgánica las páginas
bíblicas que iluminan la vida de los Santos. Se ha notado respecto
a esta estrecha relación, que la Sagrada Escritura orienta y
marca el camino de los Santos a la plenitud de la caridad y éstos,
a su vez, son exégesis viva de la Palabra.
En
la Liturgia eucarística, los Santos son mencionados en diversos
momentos. En la ofrenda del sacrificio se recuerdan "los dones
del justo Abel, el sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe, y
la oblación pura de tu Sumo Sacerdote Melquisedec". Y la
misma plegaria eucarística se convierte en el momento y el espacio
para expresar nuestra comunión con los Santos, para venerar su
memoria y para pedir su intercesión, por lo que: "en comunión
con toda la Iglesia, veneramos ante todo la memoria de la gloriosa siempre
Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor,
la de su esposo, San José, la de los santos Apóstoles
y Mártires: Pedro y Pablo, Andrés...y de todos los Santos;
por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección".
En
las Letanías de los Santos
235.
Con el canto de las Letanías de los Santos, estructura litúrgica
ágil, sencilla, popular, atestiguada en Roma desde los inicios
del siglo VII, la Iglesia invoca a los Santos en algunas grandes celebraciones
sacramentales y en otros momentos en los que su plegaria se hace más
ferviente: en la Vigilia pascual, antes de bendecir la fuente bautismal;
en la celebración del bautismo; en la ordenación episcopal,
presbiteral y diaconal; en el rito de la consagración de las
vírgenes y en la profesión religiosa; en la dedicación
de la iglesia y del altar; en las rogativas, en las misas estacionales
y en las procesiones penitenciales; cuando quiere alejar al Maligno
mediante los exorcismos y cuando confía a los moribundos a la
misericordia de Dios.
Las
Letanías de los Santos, que contienen elementos procedentes de
la tradición litúrgica junto con otros de origen popular,
son expresión de la confianza de la Iglesia en la intercesión
de los Santos y de su experiencia de la comunión de vida entre
la Iglesia de la Jerusalén celeste y la Iglesia todavía
peregrina en la ciudad terrena. Los nombres de los Beatos, que están
inscritos en los Calendarios litúrgicos de las diócesis
e Institutos religiosos, pueden ser invocados en las Letanías
de los Santos. Obviamente no se pueden introducir en las Letanías
los nombres de personas cuyo culto no se reconoce.
Las
reliquias de los Santos
236.
El Concilio Vaticano II recuerda que "de acuerdo con la tradición,
la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus
reliquias auténticas". La expresión "reliquias
de los Santos" indica ante todo el cuerpo - o partes notables del
mismo - de aquellos que, viviendo ya en la patria celestial, fueron
en esta tierra, por la santidad heroica de su vida, miembros insignes
del Cuerpo místico de Cristo y templos vivos del Espíritu
Santo (cfr. 1 Cor 3,16; 6,19; 2 Cor 6,16). En segundo lugar, objetos
que pertenecieron a los Santos: utensilios, vestidos, manuscritos y
objetos que han estado en contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros,
como estampas, telas de lino, y también imágenes veneradas.
237.
El Misal Romano, renovado, confirma la validez del "uso de colocar
bajo el altar, que se va a dedicar, las reliquias de los Santos, aunque
no sean mártires". Puestas bajo el altar, las reliquias
indican que el sacrificio de los miembros tiene su origen y sentido
en el sacrificio de la Cabeza, y son una expresión simbólica
de la comunión en el único sacrificio de Cristo de toda
la Iglesia, llamada a dar testimonio, incluso con su sangre, de la propia
fidelidad a su esposo y Señor.
A
esta expresión cultual, eminentemente litúrgica, se unen
otras muchas de índole popular. A los fieles les gustan las reliquias.
Pero una pastoral correcta sobre la veneración que se les debe,
no descuidará:
-
asegurar su autenticidad; en el caso que ésta sea dudosa, las
reliquias, con la debida prudencia, se deberán retirar de la
veneración de los fieles;
-
impedir el excesivo fraccionamiento de las reliquias, que no se corresponde
con el respeto debido al cuerpo; las normas litúrgicas advierten
que las reliquias deben ser de "un tamaño tal que se puedan
reconocer como partes del cuerpo humano";
-
advertir a los fieles para que no caigan en la manía de coleccionar
reliquias; esto en el pasado ha tenido consecuencias lamentables;
-
vigilar para que se evite todo fraude, forma de comercio y degeneración
supersticiosa.
Las
diversas formas de devoción popular a las reliquias de los Santos,
como el beso de las reliquias, adorno con luces y flores, bendición
impartida con las mismas, sacarlas en procesión, sin excluir
la costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más
valor a sus súplicas para obtener la curación, se deben
realizar con gran dignidad y por un auténtico impulso de fe.
En cualquier caso, se evitará exponer las reliquias de los Santos
sobre la mesa del altar: ésta se reserva al Cuerpo y Sangre del
Rey de los mártires.
Las
imágenes sagradas
238.
Fue especialmente el Concilio Niceno II, "siguiendo la doctrina
divinamente inspirada de nuestros Santos Padres y la tradición
de la Iglesia Católica", el que defendió con fuerza
la veneración de las imágenes sagradas: "definimos,
con todo rigor e insistencia que, a semejanza de la figura de la cruz
preciosa y vivificadora, las venerables y santas imágenes, ya
pintadas, ya en mosaico o en cualquier otro material adecuado, deben
ser expuestas en las santas iglesias de Dios, sobre los diferentes vasos
sagrados, en los ornamentos, en las paredes, en cuadros, en las casas
y en las calles; tanto de la imagen del Señor Dios y Salvador
nuestro Jesucristo, como de la inmaculada Señora nuestra, la
santa Madre de Dios, de los santos Ángeles, de todos los Santos
y justos".
Los
Santos Padres encontraron en el misterio de Cristo Verbo encarnado,
"imagen del Dios invisible" (Col 1,15), el fundamento del
culto que se rinde a las imágenes sagradas: "ha sido la
santa encarnación del Hijo de Dios la que ha inaugurado una nueva
economía de las imágenes".
239.
La veneración de las imágenes, sean pinturas, esculturas,
bajorrelieves u otras representaciones, además de ser un hecho
litúrgico significativo, constituyen un elemento relevante de
la piedad popular: los fieles rezan ante ellas, tanto en las iglesias
como en sus hogares. Las adornan con flores, luces, piedras preciosas;
las saludan con formas diversas de religiosa veneración, las
llevan en procesión, cuelgan de ellas exvotos como signo de agradecimiento;
las ponen en nichos y templetes, en el campo o en las calles.
Sin
embargo, la veneración de las imágenes, si no se apoya
en una concepción teológica adecuada, puede dar lugar
a desviaciones. Es necesario, por tanto, que se explique a los fieles
la doctrina de la Iglesia, sancionada en los concilios ecuménicos
y en el Catecismo de la Iglesia Católica, sobre el culto a las
imágenes sagradas.
240.
Según la enseñanza de la Iglesia, las imágenes
sagradas son:
-
traducción iconográfica del mensaje evangélico,
en el que imagen y palabra revelada se iluminan mutuamente; la tradición
eclesial exige que las imágenes "estén de acuerdo
con la letra del mensaje evangélico";
-
signos santos, que como todos los signos litúrgicos, tienen a
Cristo como último referente; las imágenes de los Santos,
de hecho, "representan a Cristo, que es glorificado en ellos";
-
memoria de los hermanos Santos "que continúan participando
en la historia de la salvación del mundo y a los que estamos
unidos, sobre todo en la celebración sacramental";
-
ayuda en la oración: la contemplación de las imágenes
sagradas facilita la súplica y mueve a dar gloria a Dios por
los prodigios de gracia realizados en sus Santos;
-
estímulo para su imitación, porque "cuanto más
frecuentemente se detienen los ojos en estas imágenes, tanto
más se aviva y crece en quien lo contempla, el recuerdo y el
deseo de los que allí están representados"; el fiel
tiende a imprimir en su corazón lo que contempla con los ojos:
una "imagen verdadera del hombre nuevo", transformado en Cristo
mediante la acción del Espíritu y por la fidelidad a la
propia vocación;
-
una forma de catequesis, puesto que "a través de la historia
de los misterios de nuestra redención, expresada en las pinturas
y de otras maneras, el pueblo es instruido y confirmado en la fe, recibiendo
los medios para recordar y meditar asiduamente los artículos
de fe".
241.
Es necesario, sobre todo, que los fieles adviertan que el culto cristiano
de las imágenes es algo que dice relación a otra realidad.
La imagen no se venera por ella misma, sino por lo que representa. Por
eso a las imágenes "se les debe tributar el honor y la veneración
debida, no porque se crea que en ellas hay cierta divinidad o poder
que justifique este culto o porque se deba pedir alguna cosa a estas
imágenes o poner en ellas la confianza, como hacían antiguamente
los paganos, que ponían su esperanza en los ídolos, sino
porque el honor que se les tributa se refiere a las personas que representan".
242.
A la luz de estas enseñanzas, los fieles evitarán caer
en un error que a veces se da: establecer comparaciones entre imágenes
sagradas. El hecho de que algunas imágenes sean objeto de una
veneración particular, hasta el punto de convertirse en símbolo
de la identidad religiosa y cultural de un pueblo, de una ciudad o de
un grupo, se debe explicar a la luz del acontecimiento de gracia que
ha dado lugar a dicho culto y a los factores histórico-sociales
que han concurrido para que se estableciera: es lógico que el
pueblo haga referencia, con frecuencia y con gusto, a dicho acontecimiento;
así fortalece su fe, glorifica a Dios, protege su propia identidad
cultural, eleva con confianza súplicas incesantes que el Señor,
según su palabra (cfr. Mt 7,7; Lc 11,9; Mc 11,24), está
dispuesto a escuchar; así aumenta el amor, se dilata la esperanza
y crece la vida espiritual del pueblo cristiano.
243.
Las imágenes sagradas, por su misma naturaleza, pertenecen tanto
a la esfera de los signos sagrados como a la del arte. En estas, "que
con frecuencia son obras de arte llenas de una intensa religiosidad,
aparece el reflejo de la belleza que viene de Dios y a Dios conduce".
Sin embargo, la función principal de la imagen sagrada no es
procurar el deleite estético, sino introducir en el Misterio.
A veces la dimensión estética se pone en primer lugar
y la imagen resulta más un "tema", que un elemento
transmisor de un mensaje espiritual.
En
Occidente la producción iconográfica, muy variada en su
tipología, no está reglamentada, como en Oriente, por
cánones sagrados vigentes durante siglos. Esto no significa que
la Iglesia latina haya descuidado la atención a la producción
iconográfica: más de una vez ha prohibido exponer en las
iglesias imágenes contrarias a la fe, indecorosas, que podían
dar lugar a errores en los fieles, o que son expresiones de un carácter
abstracto descarnado y deshumanizador; algunas imágenes son ejemplo
de un humanismo antropocéntrico, más que de auténtica
espiritualidad. También se debe reprobar la tendencia a eliminar
las imágenes de los lugares sagrados, con grave daño para
la piedad de los fieles.
A
la piedad popular le agradan las imágenes, que llevan las huellas
de la propia cultura; las representaciones realistas, los personajes
fácilmente identificables, las representaciones en las que se
reconocen momentos de la vida del hombre: el nacimiento, el sufrimiento,
las bodas, el trabajo, la muerte. Sin embargo, se ha de evitar que el
arte religioso popular caiga en reproducciones decadentes: hay correlación
entre la iconografía y el arte para la Liturgia, el arte cristiano,
según las épocas culturales.
244.
Por su significado cultual, la Iglesia bendice las imágenes de
los Santos, sobre todo las que están destinadas a la veneración
pública, y pide que, iluminados por el ejemplo de los Santos,
"caminemos tras las huellas del Señor, hasta que se forme
en nosotros el hombre perfecto según la medida de la plenitud
en Cristo". Así también, la Iglesia ha emanado algunas
normas sobre la colocación de las imágenes en los edificios
y en los espacios sagrados, que se deben observar diligentemente; sobre
el altar no se deben colocar ni estatuas ni imágenes de los Santos;
ni siquiera las reliquias, expuestas a la veneración de los fieles,
se deben poner sobre la mesa del altar. Corresponde al Ordinario vigilar
que no se expongan a la veneración pública imágenes
indignas, que induzcan a error o a prácticas supersticiosas.
Las
procesiones
245.
En la procesión, expresión cultual de carácter
universal y de múltiples valores religiosos y sociales, la relación
entre Liturgia y piedad popular adquiere un particular relieve. La Iglesia,
inspirándose en los modelos bíblicos (cfr. Ex 14,8-31;
2 Sam 6,12-19; 1 Cor 15,25-16,3), ha establecido algunas procesiones
litúrgicas, que presentan una variada tipología:
-
algunas evocan acontecimientos salvíficos referidos al mismo
Cristo; entre estas, la procesión del 2 de Febrero, conmemorativa
de la presentación del Señor en el Templo (cfr. Lc 2,22-38);
la del Domingo de Ramos, que evoca la entrada mesiánica de Jesús
en Jerusalén (cfr. Mt 21,1-10; Mc 11,1-11; Lc 19,28-38; Jn 12,12-16);
la de la Vigilia pascual, memoria litúrgica del "paso"
de Cristo de las tinieblas del sepulcro a la gloria de la Resurrección,
síntesis y superación de todos los éxodos del antiguo
Israel y premisa de los "pasos" sacramentales que realiza
el discípulo de Cristo, sobre todo en el rito bautismal y en
la celebración de las exequias;
-
otras son votivas, como la procesión eucarística en la
solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor: el santísimo
Sacramento pasando por la ciudad de los hombres suscita en los fieles
expresiones de amor agradecido, exige de ellos fe-adoración y
es fuente de bendición y de gracia (cfr. Hech 10,38); la procesión
de las rogativas, cuya fecha la establece actualmente la Conferencia
de Obispos de cada país, que son una súplica pública
de la bendición de Dios sobre los campos y sobre el trabajo del
hombre, y tienen también un carácter penitencial; la procesión
al cementerio el 2 de Noviembre, Conmemoración de los fieles
difuntos;
-
otras son necesarias para el desarrollo de algunas acciones litúrgicas,
como: las procesiones con ocasión de las estaciones cuaresmales,
en las que la comunidad cultual se dirige desde el lugar establecido
para la collecta a la iglesia de la statio; la procesión para
recibir en la iglesia parroquial el crisma y los santos óleos,
bendecidos el Jueves Santo en la Misa crismal; la procesión para
la adoración de la Cruz en la celebración litúrgica
del Viernes Santo; la procesión de las Vísperas bautismales
en el día de Pascua, durante la cual "mientras se cantan
los salmos se va a la fuente bautismal"; las "procesiones"
que en la celebración de la Eucaristía acompañan
algunos momentos, como la entrada del celebrante y los ministros, la
proclamación del Evangelio, la presentación de ofrendas,
la comunión del Cuerpo y Sangre del Señor; la procesión
para llevar el Viático a los enfermos, en aquellos lugares en
que todavía está en vigor la costumbre; el cortejo fúnebre,
que acompaña el cuerpo del difunto de la casa a la Iglesia y
de esta al cementerio; la procesión con ocasión del traslado
de reliquias.
246.
La piedad popular, sobre todo a partir de la Edad Media, ha dado amplio
espacio a las procesiones votivas, que en la época barroca han
alcanzado su apogeo: para honrar a los Santos patronos de una ciudad
o corporación se llevan procesionalmente las reliquias, o una
estatua o efigie, por las calles de la ciudad.
En
sus formas genuinas, las procesiones son manifestaciones de la fe del
pueblo, que tienen con frecuencia connotaciones culturales capaces de
despertar el sentimiento religioso de los fieles. Pero desde el punto
de vista de la fe cristiana, las "procesiones votivas de los Santos",
como otros ejercicios de piedad, están expuestas a algunos riesgos
y peligros: que prevalezcan las devociones sobre los sacramentos, que
quedan relegados a un segundo lugar, y de las manifestaciones exteriores
sobre las disposiciones interiores; el considerar las procesiones como
el momento culminante de la fiesta; que se configure el cristianismo,
a los ojos de los fieles que carecen de una instrucción adecuada,
como una "religión de Santos"; la degeneración
de la misma procesión que, de testimonio de fe acaba convirtiéndose
en mero espectáculo o en un acto folclórico.
247.
Para que la procesión conserve su carácter genuino de
manifestación de fe, es necesario que los fieles sean instruidos
en su naturaleza, desde un punto de vista teológico, litúrgico
y antropológico.
Desde
el punto de vista teológico se deberá destacar que la
procesión es un signo de la condición de la Iglesia, pueblo
de Dios en camino que, con Cristo y detrás de Cristo, consciente
de no tener en este mundo una morada permanente (cfr. Heb 13,14), marcha
por los caminos de la ciudad terrena hacia la Jerusalén celestial;
es también signo del testimonio de fe que la comunidad cristiana
debe dar de su Señor, en medio de la sociedad civil; es signo,
finalmente, de la tarea misionera de la Iglesia, que desde los comienzos,
según el mandato del Señor (cfr. Mt 28,19-20), está
en marcha para anunciar por las calles del mundo el Evangelio de la
salvación.
Desde
el punto de vista litúrgico se deberán orientar las procesiones,
incluso aquellas de carácter más popular, hacia la celebración
de la Liturgia: presentando el recorrido de iglesia a iglesia como camino
de la comunidad que vive en el mundo hacia la comunidad que habita en
el cielo; procurando que se desarrollen con presidencia eclesiástica,
para evitar manifestaciones irrespetuosas o degeneradas; estableciendo
un momento inicial de oración, en el cual no falte la proclamación
de la Palabra de Dios; valorando el canto, preferiblemente de salmos
y las aportaciones de instrumentos musicales; sugiriendo llevar en las
manos, durante el recorrido, cirios o lámparas encendidas; disponiendo
las estaciones, que, al alternarse con los momentos de marcha, dan la
imagen del camino de la vida; concluyendo la procesión con una
oración doxológica a Dios, fuente de toda santidad, y
con la bendición impartida por el Obispo, presbítero o
diácono.
Finalmente,
desde un punto de vista antropológico se deberá poner
de manifiesto el significado de la procesión como "camino
recorrido juntos": participando en el mismo clima de oración,
unidos en el canto, dirigidos a la única meta, los fieles se
sienten solidarios unos con otros, determinados a concretar en el camino
de la vida los compromisos cristianos madurados en el recorrido procesional.
