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En
el amor en pareja, el amor y el desamor son una constante que
no siempre es fácil de entender.
Todo amor auténtico encierra una aspiración de absoluto.
El amor humano es una de las formas más excelsas de amistad,
con una importante connotación sexual. El amor verdadero
implica tratar a la otra persona de forma casi excepcional. Cuando,
con el paso del tiempo, se produce la erosión inevitable
de la convivencia diaria, se observan descuidos y adocenamientos,
es el momento de reaccionar.
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Si queremos
que este amor ilumine de verdad nuestras vidas, hay que lograr que permanezca
atento, fino, generoso, siempre dispuesto a lo mejor. Así es
el amor que propongo.
El
amor inteligente está integrado por los siguientes elementos
imprescindibles: corazón, cabeza y espiritualidad. Hay que ser
cuidadoso para lograr que sea un proyecto total, que envuelva a las
personas y las empuje a aspirar a lo mejor. Entonces sí puede
comprenderse que el amor es el motor del universo, lo que le da sentido
a todo.
Con amor
lo difícil se suaviza, y los reveses propios de la existencia
se superan con más facilidad. Un amor inspirado en lo mejor que
el hombre tiene y puede tener sí merece la pena.
Hoy en
día vemos con bastante frecuencia amores intrascendentes, livianos,
pobres, con escasos argumentos, y lo que me parece más grave,
amores que desconocen la grandeza, la profundidad y la complejidad de
las relaciones. Se trata de verdaderos monumentos a la superficialidad,
que a la larga llevarán a la ruptura. Al fallar la base, cuando
vienen los reveses o contrariedades todo se derrumba, porque no hay
unos cimientos mínima-mente sólidos capaces de sostener
tal empresa emocional.
Con la
esfinge de la palabra amor se acuñan muchas monedas falsas, como
por ejemplo decir que hacer el amor es lo mismo que tener relaciones
sexuales. Semejante error, muy extendido y divulgado en los últimos
años, tiene unas consecuencias muy concretas, pero quizá
la más negativa es la visión «zoológica»
del amor, esto es, la reducción del amor a sexo. Los que vayan
por ese camino lo van a tener muy difícil a la hora de establecer
una pareja sólida, firme, estable, duradera.
Insisto
en que una cosa es enamorarse, emborracharse de alguien, quedarse prendado
de ella, y otra muy distinta mantener ese amor con fuerza suficiente
a medida que pasa el tiempo. Cuando uno está conquistando, está
entrando en lo más íntimo de la otra persona y, a la vez,
descubriendo lo que uno mismo lleva dentro.
Sí
la amistad es donación y confidencia, nos permite conocer a alguien
por dentro y entusiasmarnos con aquello de lo que es portador, lo que
anuncian sus palabras, sus gestos y sus actitudes. Se realiza un trabajo
de exploración recíproca, de captación total, de
expedición privada que busca el porqué de la conducta.
Entre
belleza exterior y belleza interior se establece un puente por el que
circulan los sentimientos, apoyados cada vez más en la inteligencia
y en la espiritualidad.
Todo
el proceso de enamoramiento está envuelto en un halo de misterio:
fascinación y sorpresa, ilusión y deseo de lo mejor. Se
produce un trasvase de ideas, conceptos y puntos de vista, y se tiene
la impresión de que se conoce a la otra persona de toda la vida.
Las
dificultades que el compromiso mutuo implica se superan con comprensión
y esfuerzo. Los enamorados se juegan la vida y se embarcan en una aventura,
porque cuando el amor es auténtico uno quiere vivir con la persona
elegida para siempre. Es como decirle: «Tú no morirás
nunca para mí, eres mi vida.»
El amor
no es egoísta. Su única referencia es el otro. El amor
acaba con la vida en soledad. Como dice Platón en El banquete,
«el amor es deseo de engendrar en la belleza». Y el poeta
cordobés Ibn Hazm, autor de El collar de la paloma, puntualiza:
«Dime.
Si tu amor se desarma, ¿qué harías? Respondió
y dijo: Amaríale para no morir, puesto que el desamor es
muerte y el amor es vida... Pero ¿qué cosa es el
amor? Muerte de quien vive y vida de quien muere. Dolencia rebelde,
cuya medicina está en sí misma, si sabemos tratarla; pero
una dolencia deliciosa y un mal apetecible, al extremo de que quien
se ve libre de él reniega de su salud y el que lo padece no quiere
sanar.»
Este
bello texto refuerza la idea de que amar es vivir en el otro, desde
él y para él. Por eso el amor es libertad y prisión.
Fuente:
Enrique Rojas, El amor inteligente. Temas de hoy. Madrid (20a. Ed.)
