El MATRIMONIO COMO VOCACION DIVINA
Y CAMINO DE SANTIDAD
 

 

 

La vocación a la vida cristiana se hace concreta en diferentes estados y condiciones de vida. Podemos encontrar una primera gran distinción en la forma de vivir la vida cristiana, ya en el celibato ya en el matrimonio.

Cabe reiterar con toda claridad que tanto en una forma como la otra son caminos legítimos y muy necesarios para que los hijos de la Iglesia puedan cumplir el designio de Dios en esta terrena peregrinación, según el llamado personal de cada cual.

Estas dos realidades, el sacramento del matrimonio y el celibato por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y quien concede, a quien en cada caso llama, la gracia indispensable para vivir en ese estado conforme a su designio. Escribiendo a los Corintios, precisamente sobre estos temas del matrimonio y el celibato por el Reino, San Pablo enseña: «cada uno ha recibido de Dios su propio don: unos de un modo y otros de otro»(1 Corintios 7,7). Así pues, la estima del celibato por el Reino y la estima por el sentido cristiano del matrimonio son inseparables para el hijo del la Iglesia. A tal punto es esto verdad que denigrar uno es afectar seriamente a ambos, y valorar uno es también apreciar al otro. Cada cual es camino adecuado para quien ha sido llamado a él. Es pues asunto de vocación divina.

"Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí" (Juan 17, 21-23). Cristo nos ofrece perspectivas inaccesibles a la razón humana, sugiere cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza muestra que el ser humano, que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrarse plenamente sino en la sincera donación de sí mismo. Lo fundamental es que el ser humano no está hecho para encerrarse en sí mismo en un individualismo fatal. Así, tenemos que el ser humano es menos persona y se posee menos cuando se cierra en forma egoísta sobre sí que cuando se abre al encuentro con otros seres humanos, en un dinamismo que sigue el impulso análogo a la aspiración del encuentro definitivo con el Tú divino.

La donación de sí por el amor y el servicio, de la que es capaz el ser humano y que lleva a la comunión de las personas, en unos casos pide un tú específico al que se dirija la entrega personal y ser acogida por este tú específico. La modalidad de la donación de sí en el matrimonio responde a este dinamismo. Yendo más allá de un mero aglomeramiento de dos individualidades, el matrimonio es un proceso íntimo de integración personal en el amor mutuo de los cónyuges. Se trata de un tipo especial de amistad entre el hombre y la mujer que se donan recíprocamente el uno al otro con la explícita intención de hacer permanente esa donación y se ponen uno a disposición del otro en respeto profundo, reconocimiento de lo singular e individualmente valioso del tú al que se donan, y lo expresan en una concreción espiritual y corporal construyendo un nosotros de amor como pareja, conformada por un hombre y una mujer abiertos a traer nuevas personas al mundo como fruto concreto de su amor.

El dinamismo santificador del sacramento del matrimonio llega al esposo y a la esposa en su experiencia de donación y entrega en el amor y el servicio, experimentando la fuerza del amor divino que los mueve a acercarse más y más al Señor, así como entre sí, madurando como personas, poseyéndose cada vez más, siendo cada vez más libres y creciendo en el amor a Dios y entre sí, y sobreabundando en amor hacia sus hijos, tornándose la familia un cenáculo de amor. Un santuario de la vida y de los rostros del amor humano que en él se viven, en el que en la medida de la fidelidad cristiana de los esposos y la vida en el Señor de los hijos, se sienten impulsados los miembros de la familia al anuncio de la Buena Nueva que viven en el hogar. Obviamente esto sucede en la medida en que se acepta la gracia amorosa que el Espíritu derrama en los corazones y se ponen los medios correspondientes para cooperar con el designio divino. No pocas veces el ideal descrito, sin embargo, no es alcanzado, pues las personas que no avanzan por el camino de su felicidad no llegan a comprender que la vocación matrimonial es un camino de vida cristiana que lleva todas las exigencias que el seguimiento del Señor Jesús implica.

"Jesucristo es la Nueva Alianza, en Él el matrimonio adquiere su verdadera dimensión. Por su Encarnación y por su vida en familia con María y José en el hogar de Nazaret se constituye en modelo de toda familia. El amor de los esposos por Cristo llega a ser como Él: total, exclusivo, fiel y fecundo. A partir de Cristo y por su voluntad, proclamada por el Apóstol, el matrimonio no sólo vuelve a la perfección primera sino que se enriquece con nuevos contenidos(Efesios 5, 25-33). El matrimonio cristiano es un sacramento en el que el amor humano es santificante y comunica la vida divina por la obra de Cristo, un sacramento en el que los esposos significan y realizan el amor de Cristo y de su Iglesia, amor que pasa por el camino de la cruz, de las limitaciones, del perdón y de los defectos para llegar al gozo de la resurrección" (Santo Domingo 213. Puebla 585.).

Así pues, el matrimonio cristiano es un ideal muy hermoso en el que el mismo amor del esposo y la esposa, puesto ante todos de manifiesto en la alianza sacramental, expresa como público símbolo el amor de un hombre y una mujer que han aceptado el Plan divino, tornándose testimonio de la presencia pascual del Señor, y que se comprometen establemente a donarse a sí mismos y constituir una comunidad de amor, una Iglesia doméstica en la que se forja una parte irremplazable del destino de la humanidad y en la que se concreta una nueva frontera del proceso de la Nueva Evangelización. (Puebla 583 Santo Domingo 210).

Preguntas para reflexionar en forma individual y luego compartirlas con su pareja. Si se cree prudente después se pueden comentar con el grupo:

¿Sabia que para unirse en matrimonio se tiene que tener vocación? y ¿ por qué?
¿Cómo puede ser el matrimonio camino de santidad?
¿Cómo puede mi matrimonio ser una verdadera comunidad de vida y amor?
¿Qué necesito hacer yo, y qué necesita hacer mi cónyuge para que nuestro matrimonio sea un camino de santidad?