Renacentista, Música, música
que se desarrolla en Europa durante el periodo conocido como renacimiento,
que en términos musicales se extiende, aproximadamente, desde
el año 1400 hasta el 1600.
En
1477 el teórico Johannes Tinctoris habló de la reciente
aparición de un nuevo arte en la música, cuya fuente
y origen eran el compositor inglés John Dunstable y el borgoñón
Guillaume Dufay. Martin Le Franc, en su poema Le champion des dames
(1440-1442), también hablaba de un nuevo estilo adoptado
por Dufay y su contemporáneo, Gilles Binchois, según
el ejemplo de Dunstable, mediante las técnicas llamadas de
la "continencia inglesa" que se distinguía por
un uso más delicado de las consonancias y, en consecuencia,
por el uso de unas técnicas matemáticas moderadas,
características de la música antigua en la alta edad
media. Dunstable y Dufay ciertamente explotaron los procedimientos
constructivos medievales -ambos escribieron motetes isorrítmicos-
pero lo hicieron a través de una nueva estructura musical
definida por la armonía en triadas con una clara articulación
en torno a los centros tonales y con unos fines expresivos nuevos.
Con
la generación de compositores posteriores a Dufay, especialmente
los flamencos Johannes Ockeghem y Jacob Obrecht, los principios
constructivos medievales del cantus firmus (en los cuales se oye
una melodía preexistente en la parte de movimiento lento
del tenor) se convirtieron en una alternativa dentro de un abanico
más amplio de técnicas compositivas. En lugar de ello,
el estilo más característico de la música renacentista
es la polifonía imitativa, en la que todas las voces se mueven
a la misma velocidad y comparten el desarrollo de los motivos mediante
la combinación de puntos de imitación, de una manera
que más tarde se conocería como fuga. La Misa Pange
lingua de Josquin des Prez, quizá el mayor compositor del
alto renacimiento, tomaba el canto llano no como un cantus firmus
de notas prolongadas, sino como una fuente de ideas melódicas.
Esta nueva manera de concebir y controlar el espacio musical fue
acogida con entusiasmo por la generación posterior a Josquin
y alcanzó su expresión culminante en la música
sagrada de Giovanni Pierluigi da Palestrina -su Misa de beata virgine
basada en un canto llano (publicada en 1570) emplea la misma técnica-,
hecho que se prolongó con un creciente sentido del arcaísmo
a lo largo de los siglos XVII y XVIII.
Es
tema de debate en qué medida los nuevos estilos polifónicos
de los siglos XV y XVI forman parte o no de un movimiento cultural
más amplio de revitalización artística denominado
renacimiento. Ello, a su vez, depende de cómo se defina el
renacimiento y la cronología y geografía de este fenómeno
cultural. La cuestión geográfica es importante: el
ímpetu del renacimiento musical provino en gran medida de
los compositores del norte que estudiaban en Borgoña, al
norte de Francia y en Flandes. Aunque muchos (como es el caso de
Dufay y Josquin) emigraron a Italia, sus obras respiran un aire
diferente del estilo italiano. Y si bien existen ciertos paralelismos
entre el nuevo sentido de la profundidad y el control del espacio
musical en la polifonía imitativa y el desarrollo de la perspectiva
en la pintura de la época, o entre la nueva expresividad
de este estilo y los aspectos emocionales más humanos y directos
de las artes del renacimiento, en general, la música no tiene
lo que a menudo se ha considerado la característica definitoria
del renacimiento, esto es, el retorno consciente a los modelos clásicos
y su reinterpretación.
Esto
se debe al hecho de que no se conservaban ejemplos de música
griega o romana antigua que imitar. Ciertamente los músicos
del renacimiento conocían el famoso poder de la música
en la mitología clásica -Orfeo se convirtió
en una especie de ídolo- y tenían acceso a textos
griegos que trataban tanto de teoría musical como de la riqueza
ética y retórica de la música. Algunos teóricos
del siglo XVI especialmente el romano Nicola Vicentino y el florentino
Vincenzo Galilei incluso soñaron con recrear los antiguos
modos y géneros de la Grecia clásica, desarrollando
nuevas teorías sobre el cromatismo y los sistemas de afinación.
También existen evidencias de estilos improvisados de componer
música (por ejemplo, en los círculos neoplatónicos
que rodeaban al filósofo Marsilio Ficino a finales del siglo
XV en Florencia igualmente ligados al movimiento humanista). Pero
éstos solían considerarse experimentos inútiles,
ya que para la mayoría de los músicos, la antigüedad
clásica era sobre todo un ideal al que ellos sólo
podían aspirar.
Las
complejas interacciones entre la composición y la interpretación,
así como la función de la improvisación, dificultan
la definición de una música específicamente
renacentista basándose solamente en criterios estilísticos.
Una de las posibles soluciones sería centrarse en los nuevos
contextos y funciones a los que servía. La iglesia continuó
necesitando música para la liturgia diaria y las prácticas
devocionales. El impulso creativo era tan fuerte que podía
resistir incluso los movimientos reformistas más extremistas
(protestantes o católicos) del siglo XVI, que expresaban
los temores sobre exceso de sensualidad y la distracción
espiritual, temas tratados por San Agustín en relación
con el arte musical. Pero las nuevas demandas seglares de la sociedad
renacentista expandieron de forma significativa las fronteras para
los músicos de la época. El lugar largo tiempo conservado
de los músicos dentro de lo ceremonial se vio acentuado por
la política del espectáculo que abrazaron las cortes
renacentistas, ninguna de las cuales podía permitirse prescindir
de un grupo de cantantes e instrumentistas profesionales; los grandes
entretenimientos teatrales conocidos como intermedios así
lo atestiguan. También lo certifica la función emergente
del cortés como una figura educada y refinada de gusto que
aseguraba un lugar fundamental a la música vocal y de danza
en el entretenimiento de la nobleza, utilizando las artes para articular
y mostrar la cohesión y distinción social de una elite.
Ejemplo de ello es el manual de buenas maneras de Baldassare Castiglione,
Il libro del cortigiano (1528). Entre tanto, las clases mercantiles
burguesas crearon un nuevo mercado dirigido a la música para
voces y/o instrumento(s) de consumo popular.
Todo
ello tuvo un efecto significativo sobre las posibilidades de trabajo
así como en la determinación del rango artístico
del músico de talento, quien cada vez más fue capaz
de reclamar una posición social y económica, y con
ello elevarse sobre la clase de los artesanos manuales. Compositores
como Des Prez o, más tarde, Adrian Willaert (director musical
en San Marcos en Venecia, desde 1527 a 1562) se convirtieron en
"dioses de la música". Sorprende la creciente nobleza
de los músicos (así como de otros artistas) en esta
época, ya que los compositores e intérpretes sacaron
partido de las rutas comerciales y de las alianzas políticas
para afianzar sus carreras. El distinguido madrigalista Luca Marenzio
fue uno de los numerosos compositores que viajaron desde Italia
a Polonia, mientras que muchos compositores españoles y portugueses
se establecieron en el Nuevo Mundo. Es más, el invento de
la imprenta musical a manos de Ottaviano Petrucci alrededor de 1500
y los desarrollos técnicos subsiguientes, como el método
de impresión de ejemplares desarrollado por Pierre Attaingnant
en París a mediados de 1520, crearon un modo barato y efectivo
de propagar la música con objeto lucrativo. Resultado de
ello es el nacimiento de una industria musical masiva, con grandes
imprentas en París, Venecia (Antonio Gardano y Girolamo Scotto),
Amberes (la dinastía Phalèse) y, más tarde,
en Londres (Thomas East), que crearon y definieron un mercado para
sus productos. La impresión cambió drásticamente
las fronteras intelectuales y geográficas, cosa que en gran
medida se debió al hecho de que permitía la transmisión
fiable de los textos originales a una escala nunca antes posible
dentro de la tradición del manuscrito.
El impacto también fue claro en el terreno de la música
misma, tanto por la emergencia del lenguaje musical internacional
de la polifonía imitativa cuyo pionero fue Josquin des Prez,
como por los géneros que definían las actividades
de los músicos de la época: géneros litúrgicos,
motetes, canciones sobre textos en lenguas vernáculas (los
madrigales italianos e ingleses, las chansons francesas, el Lied
alemán, el villancico español) y música para
uno o más instrumentos (laúd, clavicémbalo,
flautas dulces, violas) tanto en las formas abstractas como en las
de danza. Dichos géneros interactuaban de formas muy complejas,
ejemplo de ello son las llamadas misas de parodia que reelaboraban
partes musicales sagradas, profanas e incluso instrumentales ya
existentes. Pero, al mismo tiempo, todos estos géneros y
sus estilos asociados produjeron unas historias propias, siguiendo
caminos separados aunque relacionados a medida que los compositores
utilizaban el poder de la imprenta para conservar y comprender su
pasado y así crear un futuro propio.
Tantas
facilidades de éxito dan como resultado la masificación
y codificación de estilos y géneros. Pero los compositores
que no eran capaces o no deseaban hacer más cómoda
su producción musical aún podían confiar en
los gustos refinados de mecenas, que a su vez a menudo ansiaban
utilizar unos estilos musicales distintivos sólo aptos para
iniciados. El concepto de musica reservata para un entorno especial
(por ejemplo, la tremendamente expresiva Lagrime di San Pietro,
escrita para el duque de Bavaria por Orlando di Lasso), o la musica
segreta (secreta) creada por los intérpretes virtuosos de
la corte del duque Alfonso II d'Este en Ferrara, son ejemplos muy
apreciados y van más allá de la forma convencional
de escribir música en el día a día.
Incluso
dentro del amplio contexto internacional, las diferentes variantes
reflejan unas circunstancias regionales específicas; comparemos
en la segunda mitad del siglo XVI la serena polifonía equilibrada
del italiano Giovanni da Palestrina, con la sensualidad mística
del español Tomás Luis de Victoria o con el esplendor
ceremonial de los venecianos Andrea y Giovanni Gabrieli. Dichas
variantes se hicieron más significativas a medida que avanzamos
hacia el norte de los Alpes. William Byrd en Inglaterra se asoció
con el italiano Alfonso Ferrabosco el Viejo y con el alemán
Heinrich Schütz, y estudió en Venecia tanto con Gabrieli
como, posteriormente, con Claudio Monteverdi. Pero sus respectivos
estilos poseen un cierto regusto local. De hecho, Inglaterra quedó
aislada de la corriente principal europea tanto por motivos religiosos
como geográficos lo que dio lugar a unos estilos y géneros
exclusivos de ese país: la antífona versada (anthem),
el madrigal inglés y el aria para laúd.
Una
vez más, ello trajo aparejado el problema cronológico.
Parecía ingenuo esperar que todas las artes en todos los
lugares se movieran al unísono en el mismo sentido, si bien
los defensores del Zeitgeist (el espíritu tiempo) persiguieran
como elemento determinante de la actividad cultural humana a estas
comparaciones cronológicas, geográficas e interdisciplinarias.
En Italia, las presiones revisionistas del Concilio de Trento y
de la Contrarreforma, a la que la iglesia católica consideraba
una respuesta efectiva al desafío del protestantismo, da
como resultado el ascenso de las obras de Palestrina al rango de
canónicas. Por otra parte, las crecientes demandas para que
la música expresara e hiciera aflorar las pasiones del alma
atenuaron el equilibrio clásico propio del estilo renacentista.
El intenso cromatismo erótico de los madrigales de finales
del siglo XVI -por ejemplo las obras de Carlo Gesualdo, como Dolcissima
mia vita- pueden poseer impecables credenciales humanistas, pero
sugieren un estilo que se colapsa bajo la presión de las
crecientes demandas. Tanto si uno trata o no dichas tendencias manieristas
como indicativos de un nuevo periodo estilístico, como si
se las considera una tendencia finisecular del renacimiento, los
valores estaban cambiando y no siempre para mejor.
La
polifonía imitativa del renacimiento se enriqueció
con la aparición en Florencia de un nuevo estilo declamatorio,
más expresivo y dramático, para voz solista y bajo
continuo. Ejemplo de ello son las canciones Le nuove musiche (1602)
de Giulio Caccini y la primera ópera completa que ha llegado
hasta nuestros días, Euridice (1600) de Jacopo Peri. Los
florentinos pensaban reformar un estilo contrapuntístico
considerado por definición incapaz de expresar un texto y
hacer aflorar las emociones. Generalmente solían invocar
el modelo de la tragedia griega para justificar sus nuevos experimentos.
Resulta irónico y característico de esta época
compleja, que una actividad tan unida a la esencia del renacimiento
como el volver la mirada a la antigüedad clásica, haya
llevado de forma tan directa a la destrucción del estilo
musical renacentista y a la aparición de técnicas
que, correcta o incorrectamente, suelen definirse como rasgos del
barroco por su alcance e intenciones.
Pero
si tomamos en cuenta los estilos improvisativos y las prácticas
interpretativas del siglo XVI (canción solista, combinaciones
ad-hoc de voces e instrumentos y ornamentos virtuosos no escritos,
entre otras), la nueva música florentina y el recitativo
operístico tienen unas raíces evidentes tanto en el
pasado reciente como lejano. Se podría pensar eso quizá
del más importante compositor de la época, Claudio
Monteverdi. El introito de las vísperas Deus in adjutorium
(1610), de Monteverdi, parece totalmente barroco en su esplendor
sonoro, sus fuertes ritmos y la vibrante mezcla de voces e instrumentos.
Pero, también aquí, las técnicas renacentistas
(entre ellas, la organización en torno a un cantus firmus)
y las prácticas interpretativas tuvieron su efecto.