Clasicismo
(música), lenguaje musical desarrollado por Joseph Haydn, Wolfgang
Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven, que se caracteriza por un perfecto
equilibrio entre forma y contenido musical. El término clásico
se aplica a la música de Haydn y Mozart incluso desde los últimos
años del siglo XVIII. Poco después de la muerte de Mozart
en 1791, su primer biógrafo observó que sus óperas,
conciertos, cuartetos y otras obras eran dignas de alabanza dado que
podían escucharse una y otra vez sin que llegaran a cansar. Incluso
antes de 1800 se reconocía ya que las obras de Mozart serían
objeto de un estudio continuado, por analogía con las obras maestras
del arte griego y romano. Durante el clasicismo, el objetivo era la
universalidad del lenguaje musical, tal como ya señaló
el teórico Johann Joachim Quantz en 1752: "
Una música
que es aceptada y reconocida como buena no sólo por un país
sino por muchos pueblos
debe, dado que se basa tanto en la razón
como en el sentimiento del sonido, ir más allá de toda
discusión y ser considerada la mejor". Si bien el estilo
clásico trascendió de forma efectiva los límites
nacionales, sus más célebres exponentes estaban asociados
al nombre de la ciudad de Viena.
Los
autores contemporáneos han recalcado que esta música debería
agradar a todo oyente sensible y estar libre de cualquier tipo de complicación
técnica innecesaria. Pero, por su poder de mover y estimular,
debería evolucionar más allá del mero entretenimiento.
Esta música es el reflejo de la emergencia de la clase media
a una posición de influencia durante el Siglo de las Luces. La
filosofía, la ciencia, la literatura y las bellas artes comenzaron
entonces a tener en cuenta al público general, en lugar de a
un selecto grupo de expertos. La música se vio afectada de un
modo similar y nacieron los mecenazgos y el público musical moderno.
El compositor alemán Carl Philipp Emanuel Bach señaló
intencionadamente un mercado de amateurs y connoisseurs en el título
de una de sus colecciones de música para teclado. Las aptitudes
complementarias del conocimiento y el buen gusto eran cualidades de
la música de Mozart, especialmente elogiadas en una carta que
Haydn dirigió a su padre, Leopold Mozart.
Ya
en 1814 el escritor Ernst Theodor Amadeus Hoffmann reconoció
la originalidad e integridad del lenguaje y observó que el nuevo
arte de Haydn, Mozart y Beethoven tuvo sus orígenes a mediados
del siglo XVIII. Uno de los estilos más influyentes a partir
de la década de 1720 fue el rococó (o estilo galante),
cultivado principalmente en Francia. El llamado estilo expresivo (empfindsamer
stil) surgió algo más tarde, y estuvo básicamente
asociado a los compositores alemanes. Ambos estilos se desarrollaron
a partir de la práctica difundida en el barroco de poner el mayor
interés melódico en las voces exteriores. La importancia
de la voz del bajo disminuyó de forma radical, dado que su papel
quedó relegado al de mero soporte de la línea melódica
principal en la voz superior. Rococó fue un término utilizado,
en un principio, para designar los elaborados ornamentos de decoración
e interiorismo cultivados en Francia durante el periodo de la Regencia.
Galante era el término popularmente utilizado para indicar lo
moderno, inteligente y sofisticado. En la música, el estilo del
rococó siguió perteneciendo a la aristocracia, mientras
que el estilo expresivo lo era esencialmente de la clase media, transformando
los afectos del barroco en sentimientos individuales. Ambos lenguajes
fueron absorbidos más adelante dentro del estilo clásico.
Los
cambios en el lenguaje musical se centraron en los nuevos enfoques de
la melodía y la armonía. Durante el periodo del barroco
el carácter básico (affekt) de un movimiento siempre era
consistente. Tenía un único tema declarado al comienzo,
y luego, en lugar de la cadencia habitual era desarrollado y articulado
por medio de la repetición secuencial de frases. Los compositores
preclásicos mantuvieron la estructura basada en tonalidades relativas,
pero comenzaron a introducir un grado mucho mayor de contraste dentro
de los movimientos. La continuidad de los compositores del barroco fue
reemplazada por frases más articuladas, que por primera vez crearon
un nuevo problema de fluidez. El material melódico a menudo se
basaba en acordes y se caracterizaba por una renovada simplicidad. El
vocabulario armónico y tonal de los compositores del barroco
fue rechazado y el ritmo armónico se hizo más lento: las
progresiones convencionales a menudo soportaban una gran actividad dentro
de la estructura.
Los
nuevos lenguajes establecieron una gama de géneros musicales.
En la música para teclado, el compositor francés François
Couperin fue un ejemplo de estilo galante, y cultivó piezas de
género descriptivo así como piezas para clavicordio llamadas
ordres, cuyos movimientos de danza suelen tener títulos estrambóticos.
De las muchas danzas del barroco, sólo el minué ha conservado
su lugar en la música de cámara y en orquesta clásica.
Era característico del rococó, con sus refinados pasos
y gestos pequeños, pero demostró ser capaz de un desarrollo
sofisticado a manos de Haydn y Mozart. El periodo del clasicismo fue
testigo de un cambio radical en el papel de los instrumentos de teclado,
a medida que iba desapareciendo de forma gradual la función del
bajo continuo. Un hecho simbólico fue la decadencia de la sonata
a trío, una de las formas instrumentales básicas del barroco.
Ello dio pie al cuarteto de cuerda, cuya espectacular difusión
fue uno los mayores logros de Haydn.
Durante
el periodo barroco, los instrumentos de tecla sólo desempeñaron
un papel importante en las sonatas para dos, tres o más instrumentos,
pero en la primera mitad del siglo XVIII surgió la sonata para
solista, que luego llegó a conquistar la importante posición
que aún conserva. Uno de los compositores que más contribuyó
a este género fue el italiano Domenico Scarlatti, cuyas sonatas
para virtuosos muestran un importante entendimiento del idioma musical
y del enfoque experimental, tanto en las progresiones armónicas
como en la estructura musical. A menudo introducía contrastes
temáticos que podrían considerarse como un rasgo de progreso.
Si la ligereza de sentimiento de Scarlatti lo conecta con el rococó,
C. P. E. Bach es la quintaesencia del Empfindsamkeit (en alemán,
'sentimentalismo'). Fue él quien declaró que los objetivos
principales de la música son los sentimientos y por ello era
necesario que el músico tocase con el corazón y se viera
comprometido emocionalmente. La expresión de Bach sobre las sutiles
sombras de la emoción se asocia con el interés por la
calidad vocal con que dota a sus sonatas y fantasías. La exteriorización
de sentimientos y el culto a las lágrimas y sonrisas tiene relación
con el movimiento literario conocido como Sturm und Drang (tormenta
e impulso), que tomo el nombre de una obra teatral de 1776 escrita por
Federico Maximiliano von Klinger. La importancia de la libertad personal
del artista representada en este movimiento previo al romanticismo se
tradujo en la música en una gran intensidad emocional y en un
arranque de pasión que caracterizan algunas de las piezas de
la música para teclado del propio C. F. E. Bach. También
afectó a una parte de la música instrumental y para orquesta
del joven Haydn, quien reconoció libremente su deuda con el viejo
compositor.
Italia
era una fuerza vital en el periodo del clasicismo y fue allí
donde brotaron las primeras semillas para el desarrollo de la sinfonía.
La obertura de ópera se estableció en Italia alrededor
de 1700 pero no fue hasta mucho más tarde cuando sus tres secciones
fueron separadas del teatro para ser interpretadas aparte. Los primeros
compositores italianos de sinfonías fueron Guiseppe Tartini y
Giovanni Battista Sammartini. Sin embargo, pronto se impuso el predominio
alemán en ese campo, especialmente en Mannheim, donde se hizo
famosa la orquesta dirigida por Johann Stamitz bajo el patrocinio del
elector Karl Theodor por su disciplinada precisión, que causó
una gran impresión en Mozart. La escuela de Mannheim combinó
el lirismo italianizante con la fuerza dramática de recursos
instrumentales tales como el crescendo y el tremolo. El desarrollo de
la orquesta clásica también se debe a compositores austriacos
como Georg Mathias Monn y Georg Christoph Wagenseil, cuyo eclecticismo
moderó la simplicidad del nuevo estilo y mantuvo los instintos
de la experiencia contrapuntística. Las bien documentadas distinciones
de los estilos nacionales a mediados del siglo XVII, dieron pie a una
perspectiva verdaderamente internacional durante la época de
Haydn y Mozart. Johann Christian Bach, hijo menor de Johann Sebastian
Bach, tras estudiar en Alemania e Italia, comenzó con éxito
una carrera como compositor e intérprete en Londres después
de haber sido organista de la catedral de Milán. La gracia, elegancia
y a veces melancolía de su lenguaje musical muestran la influencia
inmediata del joven Mozart.
En
el terreno de la ópera, el surgimiento de la comedia demostró
su importante influencia a lo largo del siglo. Los intermedios cómicos,
que se representaban entre los actos de las óperas serias, introdujeron
personajes insólitos y pequeñas conspiraciones extraídas
de las situaciones de la vida real. La ópera buffa pronto se
independizó en obras como La criada patrona (1733) de Giovanni
Battista Pergolesi. El género comenzó a adquirir una enorme
influencia, que no perdió hasta las tres colaboraciones de Mozart
con el libretista Lorenzo da Ponte: Las bodas de Fígaro (1786),
Don Giovanni (1787), y Così fan Tutte (1790). Christoph Willibald
Gluck vio en la ópera seria el balance de varios elementos que
contribuían en conjunto al drama. Invocando la razón y
el buen gusto, describió así el virtuosismo vocal o los
ritornelli orquestales interminables: "
siempre me he esforzado
en mi música por destacar el texto de una manera simple y natural,
en lugar de hacerlo por medio de la expresión y la declamación
adecuada". La insistencia de Gluck de que toda ópera debía
poseer un significado ético y expresar las emociones humanas,
le han convertido en una figura destacada del clasicismo. Pero, a finales
del siglo XVIII, la enorme influencia de la ópera seria italiana
decaería, y los últimos exponentes de su refinada elegancia
fueron compositores como Johann Adolf Hasse y Niccolò Jommelli.
Más
que cualquier otro compositor, Haydn logró sintetizar durante
la década de 1770 los lenguajes anteriores, combinando lo aprendido
y lo accesible, lo cómico y lo serio. Entre los elementos más
importantes del principio del clasicismo está la articulación
de formas a gran escala y el empleo de la modulación entre la
tensión y el relajamiento, que cultivaron tanto Haydn como Mozart.
Si bien la interacción de forma y contenido implica una variedad
de proporciones tonales dentro de cada movimiento individual, algunos
elementos de la relación entre materia y tonalidad han dado lugar
a la aparición del término, a veces confuso, de forma
sonata. Se trata en este caso del desarrollo de la estructura binaria
del barroco que puede verse, sobre todo, en los primeros movimientos
de las obras clásicas y en otros casos. El término "principio
de la sonata" describe de manera más adecuada un procedimiento
que refleja el lenguaje musical natural de la época y que podía
fácilmente combinarse con otros elementos como el rondó
e incluso la fuga. El desarrollo de los motivos de Haydn a partir de
su material, suele contrastar con la vena italianizante de la lírica
de Mozart, incluso aunque los contornos de sus respectivas formas musicales
se parezcan en lo superficial.
La
universalidad alcanzada por Haydn se vio reforzada en su música
por ciertos toques de folclore, uno de los medios con los que pretendió
responder a las expectativas de su público. Sus doce sinfonías
Londres (nº 93-104, 1791-1795) ilustran con efectividad el alcance
de su estilo orquestal de la madurez. Mozart también fue consciente
de la necesidad de ser accesible, pero al mismo tiempo estaba motivado,
en la década de 1780, para acometer un fructífero estudio
de los complejos procedimientos de J. S. Bach. El contrapunto siguió
existiendo a partir de entonces no sólo en contextos sinfónicos
como la sinfonía nº 41 en do mayor Júpiter (1788),
sino también en géneros menos obvios como los conciertos
para piano. También supuso la profundización de las posibilidades
dramáticas de la música de Mozart para el teatro, sobre
todo en el trazado de personajes individuales dentro de conjuntos. Sus
finales operísticos demuestran una organización magistral
de las estructuras tonales a gran escala. El lenguaje musical de Mozart
reconcilia influencias opuestas y la yuxtaposición instintiva
de elementos italianos y vieneses queda especialmente reflejada en sus
grandiosos logros en la ópera seria, la ópera buffa y
en el singspiel alemán. En la música religiosa de este
periodo se puede observar un enfoque menos integrador, que coloca las
arias de estilo italiano de ópera seria muy cerca de elaboradas
fugas corales.
La
retórica tuvo una influencia significativa sobre la composición
musical de esa época. Las pequeñas dificultades que ponían
los compositores clásicos en sus intentos expresivos confieren
hoy en día un significado más real a la interpretación.
Algunas ideas sobre las reglas no escritas de la época y las
muchas analogías con la oratoria tienen su origen en los tratados
de Quantz (1752), Leopold Mozart (1756), C. P. E. Bach (1753, 1762),
Daniel Gottlob Türk (1789) y otros.
En
cuanto a la música española no se puede pasar por alto
la estancia en la península del gran compositor italiano Domenico
Scarlatti en el periodo inmediato anterior al clasicismo. En esa época
de tránsito Scarlatti fue a Lisboa como maestro de capilla de
Juan V de Portugal y maestro de la infanta María Teresa Bárbara
para la que escribió la mayor parte de sus 550 sonatas. Scarlatti
pasó luego a España como profesor de música de
Fernando VI y de su esposa Bárbara de Braganza.
Otro
compositor italiano, Luigi Boccherini, se trasladó a Madrid en
1769 con el nombramiento de compositor y virtuoso de cámara del
infante Don Luis. Juan Crisóstomo de Arriaga, que nació
en Bilbao en 1806, fue discípulo suyo, así como de François
Joseph Pétis y de Pierre Baillot. Arriaga escribió tres
cuartetos para instrumentos de cuerda, una obertura y sinfonía
para gran orquesta, un Stabat Mater, una salve, una misa, romanzas y
cantatas y también la escena bíblica Agar y las óperas
Nada y mucho (1819) y Los esclavos felices (1820).
En
el panorama musical español sobresale el músico valenciano
Vicente Martín y Soler. Estrenó con mucho éxito
en Italia donde se le conocía como Martini lo Spagnolo. Más
tarde en Viena llegó a competir con Mozart. Martín y Soler
es autor de Una cosa rara, o sea belleza y honestidad, obra de la que
el compositor austriaco recoge un fragmento en el Don Giovanni. También
es autor de El árbol de Diana y de otras óperas. También
contemporáneos de Mozart fueron el padre Antonio Soler, Antonio
Eximeno, Juan Andrés y Esteban Arteaga, Blas de la Serna y Jacinto
Valledor.
Es
discutible hasta qué punto el estilo clásico sobrevivió
durante el siglo XIX. La música de Beethoven está muy
estructurada y, en ese sentido, es clásica, pero con un concepto
más extendido de la estructura armónica. Por otra parte,
la facilidad de comunicación dejó de ser prioritaria en
su música de madurez. El impacto de la Revolución Francesa
tuvo una influencia extramusical más propia del romanticismo.
El declive en la productividad y el aumento de la conciencia de sí
mismo, alejan a Beethoven de Haydn y de Mozart. El compositor vienés
Franz Schubert contuvo su impulso lírico con excursiones de amplio
juego armónico dentro de enormes estructuras enormes, como sus
sonatas para piano tardías y la sinfonía en do mayor,
La grande (nº 9, 1825). Sin embargo, dentro de los lieder de Schubert,
la importancia clásica por la forma se trastoca en imaginación
intuitiva, más característica del romanticismo. Si bien
las estructuras clásicas mantuvieron una posición importante
durante el siglo XIX, fueron las formas, más que los principios,
los que han sobrevivido en la obra de muchos compositores románticos.