Benigna
Carrillo Alday, M.Sp.S.
INTRODUCCION
Estamos
viviendo una etapa muy importante en la vida de la Iglesia. Han pasado
30 años de la promulgación de la Constitución "Sacrosanctum
Concilium", primer fruto del Concilio Vaticano II, que se propuso
como finalidad "acrecentar de día en día entre los
fieles la y vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro
tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover
aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo
y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de
la Iglesia" (SC 1); y en el no. 2: "por eso la liturgia robustece
también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo".
Este
llamado de la iglesia a la renovación de la liturgia ha tenido
gran repercusión en el
pueblo de Dios, en los diferentes aspectos de la liturgia. Aquí
enfocaremos solamente lo que se refiere al canto litúrgico.
Es
entusiasmante saber que el canto puede contribuir poderosamente a "la
gloria de Dios y santificación de los fieles" (SC 112; MS
4); este entusiasmo se ha hecho patente a través de la enorme
producción de cantos para celebrar la Eucaristía. Este
hecho denota la vitalidad de la Iglesia. Qué triste hubiera sido
si, ante la posibilidad de contribuir a la renovación de la liturgia
por medio de la música, el pueblo de Dios hubiera permanecido
indiferente.
La
Iglesia como Madre y maestra, ha dirigido a sus hijos a sus sabias orientaciones
en relación a las características que debe tener este
nuevo canto litúrgico (SC cap. VI; MS y otros documentos más).
Este
sencillo trabajo quiere aportar solamente algunos aspectos muy concretos
que podrán servir al joven compositor, que se siente llamado
a ofrecer a Dios y a la Iglesia el don que de él ha recibido:
la música.
Estamos
ante un panorama hermoso: el Espíritu de Dios suscita en su Iglesia
numerosos movimientos juveniles, que son atraídos hacia una nueva
oración de alabanza, bella, aún no lo conocen, a que se
integren en el pueblo de Dios. Son momentos de encuentros juveniles
en los que el canto es evangelizador y medio de oración con diferentes
expresiones o manifestaciones externas. Hay en torno a estos grupos
un gran florecimiento de composiciones de cantos con temas vocacionales
o de encuentros con Cristo, que nacen llenos de gozo y espontaneidad
juvenil; manifiestan una Iglesia vivificada por la presencia del Espíritu
Santo, que los suscita, ya que proclaman a JESUS como Señor y
a Dios como Padre.
Los
textos de algunos de estos cantos no son precisamente bíblicos
o litúrgicos, pero hablan de la experiencia de la fe, en el encuentro
con Cristo Jesús. Además, como no nacieron para la celebración
de la liturgia, carecen de características que la iglesia pide
para el canto litúrgico.
Esto
propicia una falta de claridad que en algunas ocasiones crea tensión
entre algunas personas que quieren introducirlos sin más en la
liturgia y otras que defienden celosamente el canto litúrgico
como algo totalmente diferente.
Esta
expresión musical debe tener su lugar dentro de la vida de la
Iglesia; es una riqueza, es necesaria, no debe sofocarse, ya que evangeliza,
cristianiza y llega a ámbitos más extensos que la celebración
litúrgica; podríamos decir que la prepara y la prolonga.
Habiendo
valorado suficientemente este canto espontáneo de la juventud,
hablaremos del canto litúrgico.
Querido
joven compositor:
No
pienses que la liturgia va a frenar o a limpiar tu creatividad; al contrario,
el exigirte más, pone ante ti un reto que te invita a superar,
a dar un paso más hacia la profundidad de tu fe y de tu creación
musical, ya que te da la oportunidad de participar con tu canto en la
CELEBRACION DEL MISTERIO: la intervención salvadora de Dios en
el aquí y ahora, por medio de la ACCION LITURGICA.
Yo
creo que esto entusiasma, joven compositor, que posees un verdadero
talento musical y que no quieres conformarte con seguir repitiendo o
copiando, por inercia o falta de esfuerzo los cantos que se usan, que
están de moda, pero que al no tener fundamento, como toda moda,
caen sin haber dejado nada.
Te
invito a examinar algunas características que debe tener un canto
para que sea realmente litúrgico.
I.
INTIMAMENTE UNIDO A LA ACCION LITURGICA
El
no. 112 de SC, nos dice que "el canto sagrado constituye una parte
necesaria o integral de la liturgia solemne".
a)
Debes, tener por consiguiente un amplio conocimiento de lo que es la
liturgia de la iglesia; saber el contenido, el significado, el sentido
de cada parte de la celebración, para que tu canto se adecúe
perfectamente bien en cada momento, con sus características propias.
El Concilio recomienda vivamente que los compositores tengan formación
litúrgica (SC 115).
b)
Tu canto debe propiciar la participación activa de toda la asamblea.
Esto despliega ante ti maravillosas posibilidades, ya que puedes combinar
a la vez música muy elaborada que cante el coro o solistas, con
partes más sencilla en las que puedan unirse todos los participante
de la celebración.
Seguramente
has experimentado la belleza y la fuerza expresiva que tiene el que
todo un pueblo de Dios reunido, aclame y cante a su Señor, y
no sólo un pequeño grupo.
c)
Los diferentes tiempos del Año Litúrgico te dan la oportunidad
de dar a tu canto una gran variedad de expresión. No es los mismo
un canto de Adviento, que uno de Navidad, o de Cuaresma o de Pascua
y Pentecostés. Así como los ornamentos del sacerdote cambian
de color, que perciben los ojos, tu canto debe cambiar de color que
perciban los oídos. No sólo el texto, sino la música
misma, debe hacer sentir el acontecimiento que celebra la Iglesia. Esto
supone que debes adentrarte muy profundamente en la contemplación
del misterio de Dios. Y aún cuando se use el mismo texto, por
ejemplo, el Aleluya, suena distinto un aleluya navideño que un
aleluya pascual. No caigamos en la rutina de todo el año, esto
es falta de sensibilidad, pero también falta de esfuerzo.
II.
FIDELIDAD A LA PALABRA
Te
pide el Concilio que para componer tus cantos tomes principalmente la
misma Palabra de Dios (SC 121), porque esta Palabra tiene vida en sí
misma y la comunica, ya que en la Sagrada Escritura el mismo Dios habla
y nos da su Palabra, que es Cristo el Señor, vivo y presente
entre nosotros. Juntamente con toda la Iglesia, los músicos estamos
comprometidos con el anuncio de la Buena Nueva que es el Señor
Jesús. Tu canto no debe anunciar otra cosa que a Cristo, el Hijo
de Dios y de María.
Es
verdad que no siempre es posible que todo el canto sea literalmente
la Palabra de Dios, por eso el Concilio nos da la oportunidad de componer
letras, pero con la condición de que estén de acuerdo
con la doctrina católica (SC 121). Si además del don de
la música, el Señor te dio el don de la poesía
¡te felicito!, pues tiene la capacidad de comentar con propiedad
y belleza los contenidos de la fe.
Si
en la actualidad hay pobreza musical en muchos cantos, igual pobreza
o mayor aún la hay en las letras de los cantos y con mayor trascendencia,
pues la palabra es la que transmite el concepto, la que debe contener
la verdad; y qué irresponsabilidad al transmitir, no la Palabra
de Dios, sino palabrillas desabridas y aún con errores de fe.
Dice un autor: "Dime lo que cantas y te diré lo que crees".
Siéntete,
pues, responsable del inapreciable don que el Señor te da al
entregarte su Palabra. Si en verdad crees esto: ¿cómo
debes tomar la Palabra?
a)
Primero con grande fe, respeto y amor; llevarla a la oración,
para que el Espíritu te descubra su profundidad y te haga captar
su mensaje. Es en este primer momento donde se inicia el nacimiento
de tu canto. Al captar la hondura de lo que se te revela, tendrás
la intuición de la música que debe acompañar esa
Palabra. Después seguirán otros pasos más técnicos,
pero muy necesarios.
b)
Recita en voz alta el texto que quieres musicalizar. Descubre el ritmo
literario que tiene, localiza los acentos de las palabras, declámalo,
disfrútalo.
c)
Traduce en melodía todos estos elementos que ya tienes y no olvides
lo siguiente: la melodía es servidora de la palabra, se une a
ella para elevarla, para revestirla de belleza y ayudar a que llegue
más fácilmente más cálidamente a los que
la escuchan. Debe ser como un pedestal donde la luz brille más
alto.
d) No destroces la Palabra, es un tesoro que tienes en tus manos. Me
preguntarás cómo puedes destrozarla . Por ejemplo, cuando,
sin tenerla en cuenta, piensas primero en hacer música; pones
melodía, ritmo, instrumentación, efectos y demás,
y después metes la palabra para acomodarla a lo que prefabricado
por ti, y que lógicamente ni va de acuerdo con su sentido, cuando
las palabras se acentúan más al ser cantadas, cuando no
corresponde su sentido al estilo de música que pusiste.
Este
error en la actualidad es muy frecuente. Hay cierta obsesión
por repetir ritmos muy usados, muy desgastados, más bailables
que cantables; posiblemente en un primer momento tengan aceptación,
pero no sirven realmente a la palabra. Hay muchos cantos que aprietan
literalmente las palabras para que quepan en un esquema rítmico
o lógicamente no se oye ni se capta lo que se está cantando,
porque no hay declamación, no hay anuncio, no hay evangelio;
hay sólo un ruido sin sentido.
Pedirás
seguramente que te dé un modelo para captar más claramente
lo que te digo. Sí, si hay un modelo: el canto gregoriano. Examina
en que forma toma la palabra, cómo la declama, la eleva y le
da profundidad, cómo la introduce con suavidad y belleza en el
interior de quien lo canta o lo escucha. Por eso ha sido alimento espiritual
de la iglesia durante tantos siglos, y aún ahora el Concilio
nos lo propone en primer lugar (SC 116). Escucha el canto gregoriano,
estúdialo, cántalo, sumérgete en su profundidad,
y saca de ese manantial, sin copiarlo servilmente, inspiración
para tu propio canto.
III.
FIDELIDAD AL ESPIRITU
Seguramente
habrás captado ya la presencia del Espíritu al hablar
de la Palabra, y así es; siempre están unidos Palabra
y Espíritu. Sólo por el Espíritu podemos acoger
la Palabra. Sin embargo, voy a hablarte ahora del Espíritu en
su relación que tiene con la música. Al hablar de esto,
hablamos de lo inefable, de lo que nuestra razón no puede comprender;
entonces debes saber que lo que te digo es como un balbuceo bastante
impreciso; pero conviene que así sea. No se puede precisar lo
que no se puede comprender con la razón.
a)
El Espíritu de Dios tiene como nombre Ruah en hebreo, Pneuma
en griego, Spiritus en latín; y los tres nombres significan lo
mismo: VIENTO, SOPLO DE VIDA.
En
el libro de la Sabiduría (1,7) se nos dice de este Viento de
Yahveh, que: "él, que todo lo abarca, posee la ciencia de
la voz", (según la traducción latina) y en el Salmo
(33,6), se nos habla del Espíritu Creador, como la Voz del Señor,
el soplo de su boca, que juntamente con la Palabra, hacen brotar los
cielos y la tierra, que glorifican y cantan a Yahveh (Sal 103; 104 y
muchos más).
En
tu canto, unes la palabra al soplo de tu boca para que por tu voz que
canta, la palabra se haga sonora y pueda ser escuchada.
Por
la fe y por la gracia la palabra y el Espíritu habitan en d,
y es "el mismo Espíritu el que une a ti con gemidos inefables
"(Rom 8,26) para expresar tu alabanza a Dios.
b)
Otra relación íntima entre Espíritu y música
la encontramos muy frecuentemente en los Salmos: el gozo, la alegría.
El salmista se siente lleno de gozo, de la alegría de Dios, y
de allí brota su canto: "¡Gritad de gozo a Dios, nuestra
fuerza, aclamad al Dios de Jacob!, ¡Entonad la salmodia, tocad
el tamboril, la melodiosa cítara y el arpa...!" (Sal 81,2-3);
"Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el
Dios vivo...Dichosos los que te alaban por siempre" (84,3-5) "¡Venid,
cantemos gozosos a Yahveh!" (95,1). Y muchísimos más.
El
gozo espiritual es fruto del Espíritu Santo; entonces el manantial
de donde brota tu canto lleno de alegría que alaba a Dios, es
el mismo Espíritu Santo.
c)
También en los Salmos encontramos la relación que hay
entre el amor y el canto "Quiero cantar el amor y la justicia,
para ti, Yahveh, salmodiare" (101,1); "A punto está
mi corazón, oh Dios, voy a cantar, voy a salmodiar ¡despierta,
gloria mía!... ¡despertad cítara y arpa! ¡a
la aurora he de despertara (108,2); "Sácianos de tu amor
a la mañana, que exultemos y cantemos toda nuestra vida"
(90,14). Y otros muchos más. San Agustín también
nos dice: "Es propio del que ama el cantar".
Y
el Espíritu Santo es el Amor personal de Dios.
Entonces,
tu canto es amor, es gozo que se expresa en el viento de tu voz, impulsado
por el que es AMOR, GOZO, VIENTO. Tu canto es inspirado por él.
IV.
LA INSPIRACION
La
inspiración es como el toque del Espíritu en tu interior
en el que te revela intuitivamente algo del Misterio de Dios, para que
luego tú lo traduzcas, lo exprese externamente, por medio de
tu canto. Lo pone en ti como semilla, que tú tienes que hacer
fructificar.
No
es fácil el paso de la inspiración, captada por intuición,
hacia la concretización en la forma externa. Necesitas hacer
despliegue de energía; es el momento de tu colaboración
personal, de la creación artística. Lo anterior es regalo,
es don, es carisma; este segundo paso es esfuerzo sincero por ser al
don, ser fiel a lo intuido por inspiración.
En
este despliegue de energía, debes ser exigente contigo mismo,
no traicionar el don con tu falta de esfuerzo. Debe haber adecuación
entre lo que intuiste y lo que expresas.
Para
esto necesitas un estudio serio de la música. Debes hacerte ayudar
por maestros que te enseñen la técnica de la composición,
y esto supone un trabajo arduo. Muchos se detiene aquí; prefieren
improvisar líricamente. Claro que hay genios que pueden hacerlo;
lo malo es que algunos creen que son genios y no lo son en realidad,
el resultado es una triste mediocridad.
El
estudio serio de la música te va a dar posibilidades infinitas
en la forma de expresar tu canto, y así podrás moverte
con seguridad y libertad, sin temor. No caerás en cantinelas
somnolientas y repetitivas, sino que darás a tu canto, una gran
variedad de expresión, de acuerdo siempre a la Palabra.
V.
CONCLUSIONES
Aportarás
a la Iglesia un canto nuevo, lleno de belleza y de vigor y, a la vez,
lleno de delicadeza y finura, que de todo esto tiene el Espíritu;
es viento impetuoso y también brisa suave...; será tu
canto, a la vez expresión de tu fe y de tu cultura, pues la Iglesia
quiere que surja en cada pueblo una alabanza a Dios inculturada (Cfr.
Sto. Domingo 13.29.35). Así colaborarás eficazmente a
la ambición del Concilio, hacer que "la liturgia robustezca
admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo" (SC 2).
Es
posible que tú no seas precisamente compositor, pero eres encargado
del coro de parroquia o de tu comunidad, o simplemente te interesa la
música en relación con la liturgia; te sugiero que para
seleccionar los cantos tomes en cuenta estos criterios y estas bases
que, teniendo como fundamento las enseñanzas de la iglesia, aquí
te propongo. Te serán útiles.