A
continuación mencionaré algunos aspectos prácticos
que tal vez por ser tan sencillos aparentan no ser sustanciales, pero
que, cuando los respetamos y los ejecutamos con perfección
dan a la salmodia ese toque de expresión que la hace ser notablemente
bella.
a) El fraseo.
Este
es un elemento clave para la entonación de los salmos. Al hablar
de fraseo nos referimos a la compenetración de la voz con la
melodía y a la fluidez y expresión con la que se cantan
los textos.
El
ritmo de la salmodia exige omitir las puntuaciones; al salmodiar no
se respetan las pausas que haríamos normalmente en la simple
lectura, como son las comas y los puntos; la única excepción
son los dos puntos y seguido. (6)
Por tratarse de una lectura melódica, la expresión de
los textos depende en gran medida de la entonación. Para ello
nos sirve el fraseo.
La
salmodia no debe ejecutarse con una pulsación rítmica
absoluta, ni tampoco de manera plana, sino que existen variaciones
en el tiempo y en la dinámica del canto. Cuando salmodiamos
hemos de pensar en la importancia que tiene la correcta transmisión
del texto, no solamente en cuanto a pronunciación y dicción,
sino en expresividad. Por ello hay que evitar salmodiar como si estuviésemos
leyendo palabra por palabra, en vez de entonar frases completas.
El
fraseo que seguimos en la salmodia es más sencillo que el que
se realiza en el canto gregoriano; este se desarrolla en cada estico
de la estrofa y a la vez en cada estrofa del salmo.
En
los esticos se desarrolla un pequeño fraseo, siendo la palabra
importante aquella en donde comienzan las flexiones melódicas,
para dar la resolución o descanso en la nota final.
El
fraseo grande se ejecuta en todo la estrofa, siendo la palabra
culminante, es decir, aquella en donde la melodía cobra
mayor énfasis alcanzando su desarrollo completo, la que se
encuentra justo en la mitad de la melodía, al iniciar las flexiones.
Ejemplo:
Aunque durante el desarrollo del fraseo se ha de mantener un ritmo
estable, en los finales debe disminuirse el tiempo y el volumen.
b) La dinámica.
Ésta
se ocupa precisamente de las variaciones en la sonoridad, es decir,
los matices que pueden darse en cuanto la intensidad del sonido.
Las
reglas que se siguen para la dinámica obedecen a la importancia
de resaltar la palabra cantada; éstas son: respetar
y marcar los acentos –que aún sin exagerarlos se deben
hacer sentir–; cuidar de no acentuar nunca las sílabas
finales, sino disminuir el volumen; en cada estico –y en cada
estrofa– debe haber un ligero balanceo dinámico de
crescendo–diminuendo, el cuál desarrolla su mayor
intensidad en la palabra importante, tal como lo explicamos en el
fraseo. (7)
c) La respiración.
Aún
sin ser un aspecto tan esencial como sucede en el gregoriano –en
donde el cantor debe ser capaz de entonar textos demasiado extensos
con una sola aspiración de aire– no por ello deja de
ser un elemento importante.
La respiración al cantar debe hacerse lo más relajada
que sea posible, de una manera natural, al igual que se respira cuando
se está hablando. La correcta respiración consta de
tres pasos: aspiración –que se dirige hacia la región
del abdomen–, retención y espiración del aire.
El cantor debe aprender a regular la espiración de aire, de
modo que sea capaz de entonar los salmos con suficiente claridad y
soltura. Es recomendable hacer las aspiraciones al finalizar cada
fraseo y, si se tiene la suficiente capacidad pulmonar, es aún
mejor hacerlas después de cada fraseo grande.
d) Sílabas, diptongos y sinalefas.
Hemos explicado ya que la salmodia es un canto que se ejecuta con
ritmo libre, y que para ello se asigna una sílaba a cada pulsación.
También hemos comentado que lo importante en la expresión
de un salmo entonado es el texto, por lo cual cada palabra debe pronunciarse
correctamente.
Esto
nos obliga a poner especial esmero en la separación
de las sílabas al salmodiar: dar a cada sílaba
exactamente una pulsación, sobre todo a aquellas en donde se
encuentran dos vocales juntas.
Ejemplo:
Espere Israel
en el Señor
ahora y por siempre. |
Ejecución:
Es–pe–re
Is–ra–el
en el Se–ñor,
a–ho–ra
y por siem–pre. |
En
el caso de los diptongos (dos vocales continuas dentro
de una misma sílaba) y de las sinalefas (dos
vocales continuas de palabras distintas), es necesario separar las
vocales, de lo contrario al entonar el texto se escuchará “embarrado”;
ahora bien, no siempre será posible separar todas las vocales,
especialmente en los diptongos, pues recordemos que la expresión
del texto dependerá en gran medida de la melodía que
se utilice. Lo importante será que el texto se entienda y se
escuche bien.
Ejemplo:
Recordando
su santa alianza
y el juramento que hizo a nuestro
padre Abraham |
Ejecución:
Re–cor–dan–do
su san–ta – a–li–an–za
y–el ju–ra–men–to
que–hi–zo–a nues–tro
pa–dre A–bra–ham |
Otro
ejemplo:
Gloria
al Padre y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora
y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. |
Ejecución:
Glo–ria
– al Pa–dre–y–al
Hi–jo–y–al Es–pí–ri–tu
Santo.
Co–mo–e–ra–en
el prin–ci–pio,– a–ho–ra–y
siem–pre,
por los si–glos de los si–glos. A–mén.
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(6)
Este es uno de los dos casos en que se puede hacer una pausa durante
la entonación de los textos. Cf. Para
Ti salmodiaré
comentario no. 7 del Capítulo 7.
(7) Por regla general la palabra importante de cada estico será
la penúltima que expresa alguna idea, es decir, en donde inicia
el movimiento melódico. Cf. Para
Ti salmodiaré,
criterio sobre el paso del recitativo a las flexiones, Pág.
117.