Para concluir esta sección, veremos algunas situaciones muy prácticas
en cuanto a la función del salmista; muchas de éstas serán
de sentido común, sin embargo no está por demás
comentarlas.
- Antes de la celebración el salmista debe saber claramente que
textos le corresponden, sin dejar nada a la improvisación.
-
Si se prepara una breve monición para el salmo, ayudará
mucho a que los fieles comprendan el sentido espiritual del mismo.
- Para evitar
improvisaciones, el salmista debe tener tiempo suficiente para leer,
meditar, orar y ensayar el salmo.
-
La comunicación con el organista o instrumentista es muy importante.
Tener ambos –salmista y músico– al menos un ensayo
previo a la celebración es fundamental para evitar confusiones
bochornosas. El músico debe tener una copia o partitura del salmo
que acompañará, si es que se ha musicalizado.
-
A menos que no haya quien lea las lecturas podrá hacerlo el salmista.
Pero su función es solamente la de cantar el salmo, pues lo otro
diluye y desfigura su ministerio.
-
Cuando el salmista proclama el salmo ha de procurar ser el primero en
meditarlo, aunque ya lo haya hecho antes. De preferencia mantenga siempre
la vista en el ambón, aunque sepa el salmo de memoria. Con esta
actitud se invita más a los fieles a orar y meditar que cuando
se recorre todo el lugar con la vista, como si estuviera lanzando una
mirada dominante y retadora.
-
Es obvio que nunca debe decirse “todos” para indicar a los
fieles en qué momento deben intervenir con el canto del responsorio.
Esto sería poco menos que un insulto para ellos.
-
La respuesta es cantada por la asamblea una vez que el salmista la ha
entonado, después de ello el salmista solamente canta las estrofas
del salmo; debe permanecer en el ambón hasta que termina la última
respuesta de la asamblea. Retirarse antes también parecería
una ofensa, pues mientras se canta el salmo se establece un diálogo
entre ambos.
Próximamente:
6. El Salmo responsorial