El
salmo responsorial, llamado también gradual, dado que es una
parte integrante de la liturgia de la Palabra, tiene gran importancia
litúrgica y pastoral. Dios mismo es quien habla a su Iglesia
en los salmos y ésta, a su vez, los convierte en oración.
(1)
El salmo
responsorial cantado favorece la percepción del sentido espiritual
y la meditación del mismo, pues, mientras la asamblea va repitiendo
la respuesta, va profundizando en el sentimiento que expresa, ya sea
de alegría, gratitud, confianza o súplica. Esta forma
de salmodiar establece además un diálogo entre la comunidad
y el salmista.
La Instrucción
General del Misal Romano y la Ordenación de las Lecturas de la
Misa nos presentan las normas que hemos de observar para el salmo responsorial:
(2)
El salmista
o cantor, desde el ambón proclama el salmo y la asamblea intercala
la respuesta de preferencia, a menos que se cante en forma directa sin
estribillo (tractus).
Existen tres formas, a saber,
de ejecutar el salmo:
a) Forma ideal.
El salmista entona el salmo
y la asamblea canta la respuesta. En esta forma todo el salmo es cantado.
b) Formas válidas.
El lector
proclama el salmo y la asamblea canta la respuesta intercalada; o bien,
el salmo es cantado en forma directa, sin repuesta, y lo cantan todos
los fieles (3) o el salmista
solo.
c) Forma aceptable.
El lector
proclama el salmo y la asamblea recita la respuesta. En esta forma todo
el salmo es recitado, sin canto.
La forma
óptima será siempre el salmo responsorial cantado.
Un salmo
que se queda solo en palabras mecánicamente recitadas, cuando
su naturaleza misma invita a una actitud poética y musical, no
puede considerarse mas que una oración a medias. El canto le
puede dar una plenitud expresiva que engloba el sentimiento interior
del salmista y su capacidad estética.
Sin embargo
hemos de decir que la forma directa o tractus ayuda mucho a la meditación
de la Palabra, sobre todo si el salmo se recita sin interrupción;
todos escuchan al solista en una actitud meditativa que ayuda a una
oración más profunda. Esta forma se recomienda especialmente
en aquellos salmos de carácter personal, así como los
históricos o sapienciales; tal es el caso de los salmos 48, 77,
100 y 138, entre muchos otros.
En ocasiones
la atención de la asamblea se puede centrar más en el
contenido del salmo cuando este es bien proclamado por el lector, de
manera pausada, con voz expresiva y amable. Si aún se le añade
un suave fondo musical se tendrá un recurso excelente para la
meditación.
En todo caso será mejor hacer una buena proclamación del
salmo leído que cantarlo mal.
La forma
directa también ofrece la posibilidad de que toda la asamblea
cante el salmo, si éste se ha adaptado a manera de himno y todos
lo conocen. Hay muchos salmos que se han musicalizado y ayudan enormemente
a la elevación de los corazones, además de que promueven
la participación activa de los fieles.
Cuando no
se canta el salmo, búsquese la proclamación más
adecuada del mismo para la meditación. (4)
En conclusión:
Hay quienes ejecutan el salmo
de manera admirable; hay quienes lo ejecutan de manera simple, y hay
quienes simplemente lo ejecutan... (5)
-----------------------------------------------------
(1) Cf. O.L.M. Prenotandos 19.
(2) Cf. I.G.M.R. 36; O.L.M. Prenotandos 12,20–22.
(3) En este caso, cuando el salmo es cantado por todos, es apropiado
utilizar la forma llamada “himno”. Cf. Capítulo 10.
(4) O.L.M. Prenotandos 22.
(5) En el sentido fuerte del verbo “ejecutar”.