Desde sus
orígenes, y siguiendo los ejemplos de Jesús que oraba
con los salmos, (1) la Iglesia
los adoptó y los introdujo a su liturgia. Así lo atestiguan
numerosos escritos históricos que narran cómo los cristianos
“se reunían y pasaban toda la noche cantando himnos a su
Dios”.
Los Padres
del desierto pasaban largas horas “rumiando” los poemas
sagrados y compenetrando su espíritu al ritmo de la salmodia,
llegando así a tener momentos arrobamiento. (2)
Y se dice que luchaban esforzadamente contra las distracciones durante
la salmodia, aunque en el fondo lo entendían como un distraerse
en Dios. (3)
San Ambrosio,
por su parte, cuenta el entusiasmo que en Milán suscitaban los
salmos:
El salmo
es el canto de la tarde y de la mañana. El apóstol manda
a las mujeres callar en la Iglesia, pero ellas tienen el derecho de
cantar los salmos. Son el himno de todas las edades; oíd a
los viejos, a los jóvenes, a las vírgenes y a las más
encantadoras niñas modular al unísono aquellos cánticos
y dulces cantos. Los niños desean saberlos; y aquellos que
generalmente no quieren aprender les es grato tenerlos en la mente.
¡Qué fatiga cuesta el obtener el silencio durante las
lecturas! Pero si se entona el salmo, el silencio se hace oír
por sí solo, todos lo cantan sin tumulto. Es el himno de la
concordia, ya que la armonía de un pueblo que canta unido es
el vínculo de los corazones ¿Quién se negará
a perdonar a aquél que en la Iglesia une su voz a la suya?
(4)
En especial,
la salmodia responsorial es la más antigua heredada por la Iglesia
de la sinagoga judía. Ésta se conservó hasta el
siglo IV y más tarde fue desplazada por la antifónica.
El salmo 135 es un ejemplo de la forma responsorial, donde encontramos
en cada versículo la respuesta: porque es eterna su misericordia.
(5)
En el introito
(6) permaneció el salmo
responsorial, aunque de manera atrofiada: se decía el estribillo,
luego el “Gloria” y nuevamente el estribillo, con lo cual
el salmo quedó reducido a casi nada y la mayoría de las
veces el estribillo no era adecuado, pues solo se tomaba el primer versículo
del salmo.
En cuanto
a la forma antifónica, es aún en nuestros días
muy usual, pero conviene hacer una aclaración sobre este término.
La palabra “antífona” viene del griego y significa
“contrapuesto”. Esta palabra, como muchas otras, ha sufrido
evolución y actualmente la empleamos para designar un versículo
en el que se condensa el contenido del salmo y que a veces sirve también
de responsorio.
Originalmente
se utilizaba esta palabra para designar el canto alternado –o
contrapuesto– de dos coros. Pero también esta forma tuvo
su evolución: en occidente antiguamente consistía en cantar
a dos voces paralelas, en octavas, según la costumbre oriental.
A partir
de Milán se difundió rápidamente el estilo de dos
coros, según narra san Agustín. Cuando en lo más
duro de la hostilidad entre arrianos y ortodoxos, la emperatriz Justina,
favorable a los primeros quería que Ambrosio le entregara la
Catedral; éste junto con un gran número de fieles se encerraron
dentro de ella día y noche, para no entregarla; y para mantener
el ánimo entre los feligreses, organizó el obispo unas
vigilias, de las que nos han quedado excelentes sermones y en las que
se introdujo con gran éxito el canto de los salmos al estilo
antifónico:
“No
hacía mucho –de su conversión– que la Iglesia
de Milán había empezado a celebrar este género
de consolación y exhortación con gran entusiasmo de
los hermanos que cantaban con las voces y los corazones. Es a saber
desde hacía poco más de un año cuando Justina,
madre del emperador Valentiniano, todavía niño, persiguió
por causa de la herejía a la que había sido seducida
por los arrianos a tu santo varón Ambrosio. Velaba la piadosa
plebe en la Iglesia, dispuesta a morir por su obispo, tu siervo. Entonces
fue cuando se instituyó que cantasen himnos y salmos, según
la costumbre oriental, para que el pueblo no se consumiese por el
tedio de la tristeza”. (7)
El historiador
eclesiástico Sócrates escribe que san Ignacio de Antioquía
“habiendo oído a los ángeles cantar alternativamente
himnos en honor a la Trinidad, estableció en la Iglesia de Antioquía
esta manera de cantar”. (8)
La forma
antifónica siguió evolucionando hasta llegar a ser algo
muy parecido a la forma responsorial, ya que para poder salmodiar a
dos coros era necesario que el pueblo tuviera los manuscritos del salterio
–los cuales no había–, o bien, que los supiera de
memoria –lo cual se daba solo en los monjes y el clero–,
(9) por tanto, se prepararon
frases breves tomadas del mismo salmo que se iba a cantar, dotándolas
de una melodía sencilla, para que todo el pueblo pudiera participar.
Así
se comenzó a emplear nuevamente la forma responsorial; únicamente
el solista o el coro cantaba las estrofas del salmo. Finalmente terminó
llamándosele a esta pequeña frase “antífona”.
Esta forma volvió, no obstante, a sufrir otra deformación,
pues el salmo se alargaba mucho y las melodías se tornaron muy
complicadas, así que se terminó por cantar la antífona
sólo al principio y al final del salmo. Más aún,
solamente se daba la entonación, se cantaba todo el salmo y hasta
el final se decía la antífona.
Otra forma
es el tractus o directo, en el que se canta el salmo
directamente sin responsorio ni alteraciones. San Benito y Casiano recomendaban
hacerlo sobre todo en comunidades pequeñas.
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(1) Cf. Mt 26,30; Mc 15,34;
Lc 23,46.
(2) Juan Casiano. Colaciones, p. 496-498.
(3) Le vi permanecer mucho tiempo en la plegaria (al Abad Antonio),
y con tal ardor que a menudo los primeros rayos del sol naciente le
sorprendían en su éxtasis. Y una de esas ocasiones le
oí exclamar en el fervor de su espíritu: “Oh sol,
¿porqué vienes a turbarme? Te levantas tan temprano únicamente
para arrancarme las claridades de la verdadera luz” Ibid. p. 451-452.
(4) In Psalmos XII, 9.
(5) Como este, hay otros salmos en los que se intercala una frase o
responsorio después de cada estrofa o fragmento, por ejemplo
los salmos 45,66 y 106. Esto nos enseña que la forma responsorial
era común en la salmodia judía; de allí pasó
a la Iglesia.
(6) El “introito” comenzó siendo una frase fija con
la que comenzaba la celebración de la Eucaristía, tomada
del salmo 94: “introito in altare Deo”; con el tiempo se
dio este nombre a todo el rito inicial.
(7) San Agustín. Confesiones IX, 7, 15.
(8) Historia eclesiástica VI, 8.
(9) El ideal, en otro tiempo común para las personas consagradas
a Dios era saberse el salterio de memoria. San Jerónimo cuenta
que su primer maestro fue un padre del desierto que le hizo aprender
a golpes el salterio. Hubo un tiempo en que al clero se le exigía
este conocimiento.