3. CUALIDADES Y VIRTUDES DEL SALMISTA

 
 

Desde tiempos de la primitiva comunidad cristiana el salmista fue considerado una figura entrañable. Por medio de él, el pueblo encontró el pedagogo de la plegaria y del diálogo con Dios dentro de la celebración.

Ahora bien, este ministerio debe llevar a consolidar la recuperación del salmo responsorial, con todo su valor y contenido, como encuentro con Dios en la liturgia de la Iglesia.

El ministerio del salmista y su misma espiritualidad constituyen una gran riqueza que todavía está por descubrirse. En este apartado estudiaremos los rasgos más característicos que deben distinguirle.

Proclamar musicalmente un texto poético es tarea delicada, como vemos que se desprende de este pasaje de san Atanasio: “el lector hace resonar la lectura del salmo con tan reducida inflexión de la voz, que está más cerca de la pronunciación que del canto”. (1)

Ejecutar el salmo responsorial supone que haya un solista que sepa cantilar las estrofas, o al menos proclamarlas poéticamente, con voz comunicativa y ritmo que permita la sintonía de la asamblea.

Para ejercer la función de salmista se requieren personas dotadas del arte de salmodiar –entiéndase la entonación– y de una buena pronunciación y dicción.

Estas características, indispensables para el salmista, van más con relación a las cualidades técnicas. Pero hay otros rasgos que son a nivel interior, o bien, digamos que atañen al carácter más que a los dones, y que son más importantes y decisivos en el ser del salmista. A estos rasgos le llamaremos virtudes:

En primer lugar, el salmista ha de ser un hombre o una mujer de oración. Ante todo es alguien que ha tenido una fuerte experiencia de Dios, y que al salmodiar no hace sino transmitir un mensaje vivo, basado en tal experiencia.

En este sentido no se trata solamente de hacer poesía, sino de hacer vida lo que se proclama, o mejor dicho, de proclamar lo que ya se vive.

Otra virtud indispensable del salmista es la alabanza.

La alabanza no es algo más en la vida del salmista, sino parte de él, es un elemento propio de su ser, de modo que sin él no podría considerarse salmista.

Ser hombre o mujer de alabanza significa tener siempre un motivo por el cual agradecer, admirar y contemplar a Dios.

El que alaba puede descubrir a Dios en todo. Para él, el cielo, las aves, los árboles y toda la creación son una invitación a la alabanza divina, porque en ella ha descubierto a Dios. El verdadero salmista no puede perder su capacidad de asombro ante las maravillas del Creador; este es el espíritu del salmista bíblico.

Pero su alabanza no se limita a contemplar las maravillas de la creación, pues, aún en medio del dolor, de la desgracia y la contradicción puede encontrar a Dios y darle gracias; por eso podrá decir: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca”. (2)

Otra virtud indispensable del salmista es ser y saberse siervo de la Palabra. Ambos aspectos son parte de la misma virtud, pues se puede ser siervo de la Palabra, pero no ser consciente de ello; a fin de cuentas la Palabra de Dios se transmite, cualquiera que sea la motivación que anime a ello y eso es lo que importa, según el pensamiento de san Pablo.
Se puede decir que la virtud consiste en ser consciente de que se es servidor de la Palabra, y nunca olvidarse de ello. El salmista debe dejarse “tocar” por la Palabra que luego proclamará. No se apoya en su técnica, que además no es mucha, sino en la experiencia que ha tenido al escuchar y acoger las palabras divinas. (3)

No es un protagonista espectacular, sino animador y pedagogo, consciente de su capacidad y de sus limitaciones; su principal labor es la de “empaparse” de la Palabra y transmitirla a los fieles con la fuerza espiritual que obtiene en el trato personal con Dios.

Sin duda los fieles serán más edificados cuando escuchan cantar a un salmista que ha pasado buenos momentos en la búsqueda de Dios –mediante su Palabra– concretamente en el salmo que proclama.

El salmista además debe ser humilde. Esta es una virtud en la cual se apoyan todas las demás. Lo importante de su ministerio es, como hemos dicho, la Palabra que transmite y que toca los corazones de la asamblea; la voz, la melodía y la técnica que utiliza son elementos que ayudan a la proclamación, pero no ocupan el papel protagónico en la salmodia.

Cuando el salmista es consciente de ello no tendrá de que jactarse, aunque posea una voz privilegiada y tenga cualidades artísticas, porque sabe que estos aspectos son algo secundario.

Cuando falta la humildad se está a un paso de la presunción y de la soberbia. Santo Tomás explicaba que existen tres motivaciones para quienes toman parte en las funciones sagradas:

a) cantar para excitar la devoción propia y del pueblo,
b) cantar por ostentación,
c) cantar para provocar placer.

San Agustín prefería no escuchar a quienes cantaban para sí mismos.

Cuando, en cambio, se canta para excitar la devoción, tanto cantores como oyentes se fijan más en las palabras que en el canto y resultan éstas más sabrosas al espíritu que la simple plegaria hablada, pues así se despiertan los afectos del corazón.

Recordemos que la Iglesia solo admite en su Liturgia el canto y la música que responden plenamente al fin general de la misma Liturgia, que consiste en la gloria de Dios y la edificación de los fieles. (4)

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(1) Citado por san Agustín. Cf. Confesiones X, 33,49-50
(2) Sal 33,2
(3) Cf. Flp 1,15-18

(4) Pío X. M.P. 112; Cf. M.S. 4.