Desde tiempos
de la primitiva comunidad cristiana el salmista fue considerado una
figura entrañable. Por medio de él, el pueblo encontró
el pedagogo de la plegaria y del diálogo con Dios dentro de la
celebración.
Ahora bien, este ministerio debe llevar a consolidar la recuperación
del salmo responsorial, con todo su valor y contenido, como encuentro
con Dios en la liturgia de la Iglesia.
El ministerio del salmista y su misma espiritualidad constituyen una
gran riqueza que todavía está por descubrirse. En este
apartado estudiaremos los rasgos más característicos que
deben distinguirle.
Proclamar
musicalmente un texto poético es tarea delicada, como vemos que
se desprende de este pasaje de san Atanasio: “el lector hace
resonar la lectura del salmo con tan reducida inflexión de la
voz, que está más cerca de la pronunciación que
del canto”. (1)
Ejecutar
el salmo responsorial supone que haya un solista que sepa cantilar las
estrofas, o al menos proclamarlas poéticamente, con voz comunicativa
y ritmo que permita la sintonía de la asamblea.
Para ejercer
la función de salmista se requieren personas dotadas del arte
de salmodiar –entiéndase la entonación– y
de una buena pronunciación y dicción.
Estas características,
indispensables para el salmista, van más con relación
a las cualidades técnicas. Pero hay otros rasgos que
son a nivel interior, o bien, digamos que atañen al carácter
más que a los dones, y que son más
importantes y decisivos en el ser del salmista. A estos rasgos le llamaremos
virtudes:
En primer lugar, el salmista ha de ser un hombre o una mujer de oración.
Ante todo es alguien que ha tenido una fuerte experiencia de Dios, y
que al salmodiar no hace sino transmitir un mensaje vivo, basado en
tal experiencia.
En este sentido no se trata solamente de hacer poesía, sino de
hacer vida lo que se proclama, o mejor dicho, de proclamar lo que ya
se vive.
Otra virtud
indispensable del salmista es la alabanza.
La alabanza
no es algo más en la vida del salmista, sino parte de él,
es un elemento propio de su ser, de modo que sin él no podría
considerarse salmista.
Ser hombre o mujer de alabanza significa tener siempre un motivo por
el cual agradecer, admirar y contemplar a Dios.
El que alaba
puede descubrir a Dios en todo. Para él, el cielo, las aves,
los árboles y toda la creación son una invitación
a la alabanza divina, porque en ella ha descubierto a Dios. El verdadero
salmista no puede perder su capacidad de asombro ante las maravillas
del Creador; este es el espíritu del salmista bíblico.
Pero su alabanza
no se limita a contemplar las maravillas de la creación, pues,
aún en medio del dolor, de la desgracia y la contradicción
puede encontrar a Dios y darle gracias; por eso podrá decir:
“Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está
siempre en mi boca”. (2)
Otra virtud
indispensable del salmista es ser y saberse siervo de la Palabra.
Ambos aspectos son parte de la misma virtud, pues se puede ser siervo
de la Palabra, pero no ser consciente de ello; a fin de cuentas la Palabra
de Dios se transmite, cualquiera que sea la motivación que anime
a ello y eso es lo que importa, según el pensamiento de san Pablo.
Se puede decir que la virtud consiste en ser consciente de que se es
servidor de la Palabra, y nunca olvidarse de ello. El salmista debe
dejarse “tocar” por la Palabra que luego proclamará.
No se apoya en su técnica, que además no es mucha, sino
en la experiencia que ha tenido al escuchar y acoger las palabras divinas.
(3)
No es un
protagonista espectacular, sino animador y pedagogo, consciente de su
capacidad y de sus limitaciones; su principal labor es la de “empaparse”
de la Palabra y transmitirla a los fieles con la fuerza espiritual que
obtiene en el trato personal con Dios.
Sin duda
los fieles serán más edificados cuando escuchan cantar
a un salmista que ha pasado buenos momentos en la búsqueda de
Dios –mediante su Palabra– concretamente en el salmo que
proclama.
El salmista
además debe ser humilde. Esta es una virtud
en la cual se apoyan todas las demás. Lo importante de su ministerio
es, como hemos dicho, la Palabra que transmite y que toca los corazones
de la asamblea; la voz, la melodía y la técnica que utiliza
son elementos que ayudan a la proclamación, pero no ocupan el
papel protagónico en la salmodia.
Cuando el salmista es consciente de ello no tendrá de que jactarse,
aunque posea una voz privilegiada y tenga cualidades artísticas,
porque sabe que estos aspectos son algo secundario.
Cuando falta
la humildad se está a un paso de la presunción y de la
soberbia. Santo Tomás explicaba que existen tres motivaciones
para quienes toman parte en las funciones sagradas:
a) cantar
para excitar la devoción propia y del pueblo,
b) cantar por ostentación,
c) cantar para provocar placer.
San Agustín
prefería no escuchar a quienes cantaban para sí mismos.
Cuando, en
cambio, se canta para excitar la devoción, tanto cantores como
oyentes se fijan más en las palabras que en el canto y resultan
éstas más sabrosas al espíritu que la simple plegaria
hablada, pues así se despiertan los afectos del corazón.
Recordemos
que la Iglesia solo admite en su Liturgia el canto y la música
que responden plenamente al fin general de la misma Liturgia, que consiste
en la gloria de Dios y la edificación de los fieles. (4)
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(1)
Citado por san Agustín. Cf. Confesiones X, 33,49-50
(2)
Sal 33,2
(3) Cf. Flp 1,15-18
(4) Pío X. M.P. 112;
Cf. M.S. 4.