La forma
responsorial es una de las aportaciones de la música hebrea,
que hoy en día es tan común entre nosotros, incluso en
la música profana y comercial.
El responsorio
es la parte que conocemos como estribillo –o equivocadamente
como coro–, es decir, la parte de un canto que se repite
entre cada estrofa del mismo.
El salmo
surgió como un rito musical autónomo ya desde los tiempos
de las sinagogas judías, precisamente por ser diferente a los
demás textos de la Sagrada Escritura, en el sentido de que exige
una lectura melódica especial. (1)
El salmo
es una pieza lírica y poético–musical que se desarrolló
con una estructura muy simple formada de dos elementos: el tono
salmódico, para cantilar el salmo, y la respuesta
cantada.
Esta forma
se usaba ya desde antes de Cristo, en la salmodia sinagogal, y parece
ser que hasta el siglo IV fue la más generalizada también
entre los cristianos. El motivo es muy sencillo: “el pueblo no
tiene libros donde leer los salmos”.
San Juan
Crisóstomo, que deseaba la participación activa de los
fieles, decía que: “como el pueblo no conoce el salmo entero,
se ha establecido que él cante un versículo adaptado que
contenga una verdad sublime”. (2)
El salmo
responsorial fue uno de los ritos que más nutrieron la espiritualidad
cristiana; sin embargo, con el paso del tiempo y la influencia de otro
estilo de canto proveniente de Siria y Asia Menor, se fue perdiendo,
hasta desaparecer por completo.
El Concilio
Vaticano II ha hecho posible su recuperación, según su
propósito de restablecer de acuerdo con la primitiva norma
de los santos padres, algunas cosas que habían desaparecido a
causa del tiempo. (3)
Sin embargo,
aún siendo el salmo responsorial uno de los ritos restablecidos
por la reforma litúrgica, esto es todavía algo lejano
a ser una realidad plena en los distintos grupos eclesiales, acaso por
la escasa valoración del mismo.
(1)
Cf. Capítulo 1: el ritmo en los salmos.
(2) En otra ocasión exhortaba a los fieles diciendo: “Tú
haces un pacto con Dios, tú firmas un pacto con Él sin
tinta ni papel. Tu voz proclama lo que amas... no cantemos las respuestas
con rutina, sino tomémoslas como bastón de viaje; las
repuestas que tú has cantado no una vez, ni dos, ni tres, sino
muchas veces, recuérdalas con interés y entonces serán
para ti de gran consuelo”. San Juan Crisóstomo. Comentario
al salmo 41, p. 55, 156-166.
(3) Cf. S.C. 50; I.G.M.R. 6
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