Durante la Audiencia general de este miércoles, el Papa Juan
Pablo II continuó con sus comentarios a los salmos y cánticos
de la Liturgia de la Horas, abordando el Salmo 150,
que, según dijo, invita a los fieles a rezar a Dios de
forma “bella y digna”.
El Salmo,
que cierra el elenco de los Salmos y que la Iglesia reza en las Laudes
del domingo de la IV semana del salterio, fue definido por el Santo
Padre como “un texto de admirable sencillez y transparencia”,
ante el cual “solamente debemos dejarnos atraer del llamamiento
insistente a alabar al Señor”.
El salmo,
dijo el Papa, nos pide que alabemos a Dios “en su santuario”
y “en el firmamento de su potencia”. Dios es por lo tanto
“distinto de nuestro horizonte” y sin embargo “cercano
a nosotros”.
“Entre
tierra y cielo –prosiguió Juan Pablo II- se establece,
por lo tanto, casi un canal de comunicación
en el que se encuentran la acción del Señor y el canto
de alabanza de los fieles. La liturgia une los dos santuarios, el templo
terrenal y el cielo infinito, Dios y el ser humano,
el tiempo y la eternidad”.
“Es
necesario descubrir y vivir constantemente la belleza de la oración
y de la liturgia. Es necesario rezar a Dios no solo con fórmulas
teológicamente exactas, sino además de forma bella
y digna”.
“A
este propósito, la comunidad cristiana debe hacer un examen de
conciencia para que la belleza de la música y del canto
regrese cada vez más a la liturgia. Es necesario purificar
el culto de caídas de estilo, de formas descuidadas de expresión,
de músicas y textos anodinos y poco conformes a la grandeza del
acto que se celebra”.
Juan Pablo
II dijo que “el salmo 150 es un himno de fiesta,
un gran 'aleluya' cantado al Señor. Todo ser humano está
invitado a unirse a esta canción de alabanza. Todos los hombres
y mujeres están llamados a cantar un himno de gratitud al Creador
por el don de su existencia”.
El Papa recordó
que “San Agustín considera los diversos instrumentos
musicales como símbolos que representan a los santos: el
pueblo santo de Dios son las trompetas, los címbalos, los tímpanos,
las cuerdas, las flautas, todos los instrumentos que producen una armonía
de bellos sonidos”.
“Cada
espíritu que alaba al Señor es una voz que se
eleva en un himno: esta es la música más agradable para
nuestro Creador”, concluyó el Pontífice.