INTRODUCCIÓN
En el contexto de este I
Congreso, al dirigir la palabra a todos los participantes, quiero invitarlos
a recorrer un camino seguro y fácil para encontrarse con la profundidad
y la verdad esplendorosa del misterio de la personalidad femenina, a
través de la contemplación de la Virgen María,
cuya personalidad femenina fue totalmente asumida y consagrada por Dios,
haciendo así de ella el espejo, la medida y el modelo de toda
mujer en todo tiempo y lugar. Su misión de ser la Madre de Dios,
preparada a su vez por las misiones de tantas mujeres santas de la Sagrada
Escritura, ofrece también luz a la misión de la mujer
de hoy y, por reflejo e iluminación, a la misión del mismo
hombre de quien es la ayuda adecuada pensada y querida por Dios desde
la creación
Con ello queremos volver,
junto con Jesús, al comienzo de la creación, en donde
podemos ver que Dios crea al ser humano, hombre y mujer, con igual dignidad
personal, con bellas diferencias complementarias físicas, morales
y espirituales, dotados de la vocación y capacidad fundamental
de amar a través de la donación de sí mismos. Todo
ello con el fin de iluminar con la luz del proyecto de Dios nuestra
vida de hoy, en la que hombres y mujeres debemos descubrir que estamos
llamados a la comunión.
1. MARÍA, EL ESPEJO
DE LA MUJER
La dignidad, vocación
y misión de la mujer se encuentra en la Sagrada Escritura, que
es Palabra de Dios.
El misterio de lo femenino
es muy rico. Una de las formas como la misma Biblia la presenta es como
la "neguevah", "aquella a quien Dios creó, como
al varón, 'a su propia imagen'. 'Neguevah', literalmente 'la
abierta', que se interpreta como espacio para acoger, como el útero
para alojar la vida. Pero además, como una feliz coincidencia,
el nombre 'neguevah' tiene una raíz común con el verbo
'decir', por consiguiente, la que crea espacio para la aparición
de la palabra. Esta correlación pronto se convierte en invitación
a la diaconía de la comunicación, servicio propiamente
femenino: en cada mujer se encarna un verbo, una buena nueva para ser
ofrecida al mundo."
La Virgen María refuerza
esta imagen. Ella aparece fuertemente unida a la palabra, su vida adquiere
sentido a la luz de esta palabra así como en el compromiso que
brota de y frente a ella: "Dijo María: "He aquí
la esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra."" (Lc 1, 38). Jesús mismo confirmaría
esta unión entre María y la Palabra: "Alzó
la voz una mujer de entre la gente y dijo: "¡Dichoso el seno
que te llevó y los pechos que te criaron" Pero Él
dijo: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios
y la ponen en práctica" (Lc 11, 27).
De la respuesta que la Virgen
da al Ángel, el Papa comenta: "Nunca en la historia del
hombre tanto dependió, como entonces, del consentimiento de la
criatura humana." Con su aceptación comienza la nueva y
definitiva Alianza de Dios con la humanidad: "Esta Alianza tiene
su comienzo con una mujer, la "mujer", en la Anunciación
de Nazaret."
En el dinamismo propio del
desarrollo de la historia de la salvación, aunque existen mujeres
concretas a las que Dios se dirige, como Eva, Sara y la Virgen María,
sin embargo, aparece clara una alusión a la misión de
la mujer en general: "La importancia de la cooperación de
la mujer en la venida de Cristo se manifiesta en la iniciativa de Dios
que, mediante el ángel, comunica a la Virgen de Nazaret su plan
de Salvación, para que pueda cooperar con él de modo constante
y libre, dando su propio consentimiento generoso. Aquí se realiza
el modelo más alto de colaboración responsable de la mujer
en la redención del hombre -de todo el hombre-, que constituye
la referencia trascendente para toda la afirmación sobre el papel
de la mujer en la historia.
María, realizando
esa forma de cooperación tan sublime, indica también el
estilo mediante el cual la mujer debe cumplir concretamente su misión.
Ante el anuncio del ángel, la Virgen no manifiesta una actitud
de reivindicación orgullosa, ni busca satisfacer ambiciones personales.
San Lucas nos la presenta como una persona que sólo deseaba brindar
su humilde servicio con total y confiada disponibilidad al plan divino
de salvación. Este es el sentido de la respuesta: "He aquí
la esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra" (Lc 1, 38)."
El Espíritu Santo,
que estuvo presente y actuando en la respuesta de María y en
la realización del misterio de la Encarnación, es el mismo
que hoy impulsa a la mujer a descubrir su vocación y su misión,
la grandeza de su dignidad, de sus deberes y derechos, de sus responsabilidades
hacia sí misma, hacia el hombre, hacia la familia, hacia la sociedad
y hacia la Iglesia. En este sentido: "María es "nuevo
principio" de la dignidad y vocación de la mujer, de todas
y cada una de las mujeres." En ella cada mujer puede contemplarse
a sí misma como en un espejo limpio y claro.
La mujer, por la acción
del Espíritu, es la aliada de Dios, quien desea realizar en su
favor y por su medio las maravillas que canta la Virgen en su Cántico.
Hoy pues, la mujer debe ser
por naturaleza la que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica.
Su búsqueda y unión con Dios en este momento de la historia
es particularmente necesaria para toda la humanidad.
2. MARÍA, MEDIDA DE
LA MUJER.
El encuentro de la Virgen
con Dios se traduce en un dinamismo de servicio. Una vez que el ángel
la dejó: "Por aquellos días María se puso
en camino y fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá"
(Lc 1, 39), y se estuvo tres meses ayudando a su prima Isabel.
En las bodas de Caná,
ella se nos presenta como la servidora y la protectora de los esposos.
Por ella Jesús realiza su primer signo, manifiesta su gloria
y sus discípulos creyeron en él (cfr. Jn 2, 11).
Después de la Ascensión
de Jesús, María acompaña a la comunidad de los
once apóstoles, quienes se reunían de común acuerdo
para orar en su compañía, junto con algunas otras mujeres.
Su presencia, como la de:
"Las mujeres santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora,
Ana, Judit y Ester conservaron viva la esperanza de la salvación
de Israel. De ellas la figura más pura es María (cf. Lc
1, 38)."
Por eso hoy también
podemos decir y podemos esperar que la presencia y participación
de la mujer debe animar la vida de nuestras familias, de nuestra sociedad
y de la Iglesia y conservar viva la esperanza de la salvación.
La participación de
la mujer en el mundo de la cultura es muy necesaria: "...ya que
el basto y múltiple mundo del pensamiento y del arte tiene más
necesidad que nunca de su "genio". No se trata de una afirmación
gratuita. La actividad cultural implica a la persona humana en su integridad,
con las sensibilidades complementarias del hombre y de la mujer."
Hay que revalorar prioritariamente
su lugar en la familia, pero también su participación
en el campo de la economía y del trabajo, así como en
los terrenos de la educación, la participación política,
en la preservación de la paz. De modo especial, vemos como la
misma Iglesia se enriquece con una participación más rica
de la mujer en la vida eclesial: "Cristo, que, aunque eligió
a sus apóstoles entre los hombres -elección que sigue
siendo normativa también para sus sucesores-, no dejó
de valorar también a las mujeres para la causa de su Reino; más
aún, quiso que fueran las primeras testigos y heraldos de su
resurrección. En efecto, numerosas son las mujeres que han destacado
en la historia de la Iglesia por su santidad y su eficaz genialidad.
Y la Iglesia siente cada vez más la urgencia de que se las valore
más aún. En la multiplicidad de los diferentes dones complementarios
que enriquecen la vida eclesial, son muchas e importantes las posibilidades
que se les abren. Precisamente el Sínodo sobre los laicos de
1987 se hizo intérprete de esa realidad, pidiendo que las "las
mujeres participen en la vida de la Iglesia sin ninguna discriminación,
incluso en las consultas y en la toma de decisiones" (Propositio
47; cf. Christifideles laici, 51)... ¿Quién puede imaginar
qué grandes beneficios recibirá la pastoral, qué
nueva belleza tendrá el rostro de la Iglesia, cuando el genio
femenino actúe plenamente en los diversos ámbitos de su
vida?"
Éste es un momento
muy importante para la mujer creyente en el seno de la Iglesia: "Pero
llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer
se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo
una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora.
Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación
tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden
ayudar tanto a que la humanidad no decaiga."
Como María, la respuesta
de la mujer hoy es muy importante, una respuesta en forma de servicio
y de fidelidad al proyecto de Dios, perseverando en el camino del Evangelio
y de la Iglesia, pues las mismas mujeres "fueron las primeras mensajeras
de la Resurrección de Cristo para los propios apóstoles
(cfr. Lc 24, 9-10)." Así ellas, con la fuerza de su fe en
Dios, están llamadas a anunciar la nueva vida en Cristo a nuestra
generación.
María es la medida
del amor, de la entrega, de la fidelidad, de la audacia y valentía,
de la confianza total y del abandono en Dios, de la ternura y de la
amabilidad. Ella es la medida de la esperanza en la adversidad como
cuando tuvo a su hijo en la más completa pobreza, lo tuvo que
defender de quienes lo querían matar huyendo a Egipto o cuando
lo recibió muerto en sus brazos al pie de la cruz pero confiando
y esperando en su Resurrección.
Ella como mujer perfecta,
enseña hoy a toda mujer cuál es la estatura que debe tener:
la de Cristo su hijo (cfr. Ef 3, 16-19). María misma conduce
al hombre y a la mujer a Cristo. ¿No es acaso ésta la
medida del actuar de la mujer de hoy? Conducir a su familia, a su comunidad,
a la sociedad entera, al mundo del trabajo, de la educación,
de la política, de la cultura, de lo social, hacia Cristo. Su
acción de mujer, hoy, no puede ser más que en la dimensión
de la pascua, es decir, tiene que morir para poder dar vida, tiene que
dar el paso de la cultura de la muerte a la cultura de la vida en todas
sus expresiones, tiene que pasar de una inclinación a la comodidad
y a la ley del menor esfuerzo, a un espíritu de verdadero sacrificio
y entrega generosa. Dios, la Iglesia y el mundo, necesitan de la mujer
de hoy, como María en la Anunciación, su respuesta libre:
la creación entera espera expectante su SÍ a Dios, quien
desde su Amor está dispuesto a realizar las maravillas de la
salvación a favor de todos.
3. MARÍA, MODELO DE
LA MUJER.
La mujer: "Pone de relieve
eso que es fundamental en la Iglesia, o mejor aún, lo que se
encuentra en lo más profundo de la Iglesia, el valor más
íntimo, el más grande: el amor. La mujer, como dice también
el Santo Padre..., es en cierto sentido más capaz de amor que
los hombres... la sensibilidad, la personalidad, el carácter
propio de la mujer consiste en ser capaz de amar de manera especial.
Y esto porque también es capaz de sufrir más. Vemos, por
ejemplo, que la mujer se sacrifica por la maternidad, lo sabe hacer
con amor. Puede ser que la mujer tenga que aportar esto a la Iglesia
que, quizá, en algunos casos le puede faltar".
Por la fuerza de este amor,
puede llegar a sacrificarse hasta el heroísmo en la educación
en la fe y en los valores a sus hijos, con particular atención
a las niñas y adolescentes, como la madre de aquellos siete hermanos
que murieron por defender su fe y los valores de su pueblo; de ella
dice la Escritura: "sufría con valor porque tenía
la esperanza puesta en el Señor" (2Mac 7, 20).
Precisamente la Virgen es
modelo en este sentido. Ella, "... avanzó también
... en la peregrinación de la fe, -educó a Jesús
en los valores y tradiciones del pueblo judío-, y mantuvo fielmente
su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio
divino, se mantuvo erguida (cfr. Jn 19, 25), sufriendo profundamente
con su Unigénito y asociándose con entrañas de
madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación
de la víctima que ella misma había engendrado; y. Finalmente,
fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como
madre al discípulo con estas palabras: Mujer, he ahí a
tu hijo (cfr. Jn 19, 26-27)."
Frente al misterio del dolor
o de lo que no alcanzaba a comprender, frente a lo que no era fácil,
"María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las
meditaba en su corazón" (Lc 2, 19.51).
Y la verdad es que el camino
del amor, frecuentemente unido al del dolor y del sufrimiento, no es
fácil ni de entender ni de aceptar. Pero esta situación
se vuelve más dramática cuando ya no se quiere recorrer
este camino, pues "la mujer no puede encontrarse a sí misma
si no es dando amor a los demás." "La dignidad de la
mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su
femineidad y también con el amor que, a su vez, ella da."
En este sentido, "la fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual,
se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial
el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado
por Dios a todos y a cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere
especialmente a la mujer -sobre todo en razón de su femineidad-
y ello decide principalmente su vocación."
Pero esta fuerza moral de
la mujer, en el mundo pluricultural de hoy, se encuentra con tantas
corrientes de pensamiento o de vida que se adueñan de los medios
de comunicación para proponer estilos de vida, ya no sólo
diferentes, sino incluso contrarios a la vida cristiana y a la naturaleza
de la misma mujer. No es raro que ella sea a veces el objeto o la bandera
de algunas de estas corrientes, ofreciéndole liberarla de ataduras
"tradicionales" que en realidad contradicen su dignidad, vocación
y misión de mujer. No le será fácil convencer al
mundo de que la verdad profunda de la personalidad femenina se encuentra
en aceptar el proyecto de Dios para ella.
Pero, ¿acaso fue fácil
para los hombres y mujeres afrontar desde su fe la libertad sexual de
Atenas, de Corinto o de Roma? ¿Acaso fue fácil introducir
la santidad del matrimonio en el mundo pagano de Oriente y de Occidente?
¿Acaso fue fácil convertir y santificar a quienes detentaban
toda la fuerza del poder y de la riqueza hasta el punto en que acabaran
ocupando un puesto en el santoral? ¿Acaso eran favorables los
esquemas culturales de entonces? Matamoros, Tamaulipas, México
y el mundo entero necesitan mujeres que sean como María, mujeres
de Dios. Sólo en esta dimensión se puede hablar de una
esperanza para el mundo.
"Hagan lo que Él
les diga" (Jn 2, 5), dijo la madre de Jesús a los que servían
en las bodas de Caná. La intervención de María
consigue el primer milagro de Jesús. Hoy también la mujer
creyente debe intervenir en la historia para conseguir de Dios el milagro
de la salvación. Hoy el mundo se ha quedado sin el vino del amor,
de la alegría, de la paz, de la fraternidad, etc. ¿No
es acaso el momento en que la mujer se acerque confiadamente a Jesús
y decirle: "no tienen vino"?
En el mundo de hoy se habla
de una tolerancia pero cuando ésta se vuelve tolerancia hacia
el mal que destruye al hombre y a la mujer, deja de ser tolerancia y
se vuelve pecado social por la complicidad con el mal mismo. En los
momentos de crisis de un pueblo, cuando el mismo hombre pierde el rumbo
o la fe en Dios, ¿no es acaso por medio de una mujer como Dios
ha salvado al mundo? Cuando Israel estaba amenazado como pueblo, ¿no
fue acaso la Reina Ester la que salvó a su pueblo? Cuando había
la amenaza de una destrucción militar, ¿no fue acaso por
medio de Judit como Dios le devolvió al pueblo la firmeza de
su fe y los salvó por la mano de una mujer? Cuando llegó
la plenitud de los tiempos, ¿no fue acaso por medio de una mujer,
de María, que dio comienzo la Alianza definitiva y eterna? Cuando
ahora vemos con preocupación que nuestro mundo vive temeroso
y apartado de Dios, cuando varias amenazas se ciernen sobre la misma
mujer y el hombre, ¿no es acaso el momento que Dios mismo ha
puesto en la historia para que la mujer intervenga con la fuerza de
su fe, de su esperanza y de su amor?.
Nada las separa a ustedes,
mujeres de hoy, de todas aquellas santas mujeres de la Sagrada Escritura
que valientemente dieron un sí a Dios. María es el punto
de unión entre ellas y ustedes. Sus vidas ponen de manifiesto
que ninguna limitación humana, sea de orden físico, psicológico,
social, político o cultural puede desafiar el plan de Dios. En
la gracia femenina, en la belleza femenina, en la responsabilidad femenina,
herencia de sus antepasadas, ha llegado la hora de que ustedes animen
una vasta empresa de comunión-mujer en estrecha colaboración
participativa con sus compañeros de jornada pues, a ambos, hombre
y mujer Dios nos entregó la historia, la vida y la Redención,
para que la mujer, trabajando no como el hombre sino con el hombre,
caminemos hasta aquel día en que: "Ya no hay judío
ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes
son uno en Cristo Jesús (Ga 3, 28).