La mujer revela el rostro de Dios
La
mujer es para la iglesia la fuente de la vida y del amor, y a ella quiere
dirigir ahora y siempre su mirada con especial fuerza e intensidad.
En 1988, con motivo de la Año Santo Mariano, el Papa Juan Pablo
II escribió la espléndida Carta Apostólica titulada
"Mulieris dignitatem" (Sobre la dignidad de la mujer), que
es todo un canto a la mujer, a quien Dios ha confiado el hombre y quien
hace realidad el primado del amor y la entrega. Posteriormente, el Papa
Woytyla, en 1995, escribió otra bellísima Carta a las
mujeres y sobre su relación con los sacerdotes.
Antes,
el Papa Pablo VI, en 1976, había afirmado: "en el cristianismo,
más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde
los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo
Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos...
Es evidente que la mujer está llamada a formar parte de esta
estructura viva y operante del cristianismo de un modo tan prominente
que acaso no se haya puesto todavía de evidencia en todas sus
virtualidades".
El
Concilio Vaticano II, entre los mensajes que dirigió a los distintos
colectivos humanos con motivo de su clausura en diciembre de 1965, escribió
también una Carta a las mujeres. Allí se lee: "Llega
la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se
cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una
influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por
eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación
tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del evangelio pueden
ayudar tanto a que la humanidad no decaiga".
Jesucristo
y la mujer
Jesucristo conversa y transforma a la samaritana y a la mujer adúltera
y realiza milagros sobre viudas y enfermas. Al pie de la cruz tan sólo
estaban tres mujeres y un hombre. Las mujeres fueron los primeros testigos
del sepulcro vacío, signo de la Resurrección. Una mujer
-María Magdalena- fue la primera persona que vio a Jesucristo
Resucitado y el primer apóstol de su resurrección.
Y
es que no podía ser menos: la iglesia sabe bien del papel fundamental
que jugó una mujer -María de Nazaret- en la historia de
la salvación. La Biblia está cuajada de escenas y acontecimientos
protagonizados por mujeres, "mujeres fuertes", y la misma
historia de la Iglesia es un recorrido fecundo e irrefutable para cantar
los loores de la mujer y su misión en el mundo y en la iglesia
como nos ponen de evidencia mujeres tan extraordinarias como Teresa
de Jesús, Clara de Asís, Edith Stein, Teresa de Calcuta,
Teresita de Lisieux, Brígida de Suecia, Catalina de Siena, Isabel
la Católica, Juana de Arco, María Micaela del Santísimo
Sacramento, Teresa de Jornet e Ibars, Mª Luisa Marillac, María
Rafols, Rosa María Molas, Paula Montal, la madre Santa Mónica
o las esposas María de la Cabeza o María Corsini, ...
¿Marginada en la Iglesia?
Con
todo, no cabe ninguna duda de que en determinados ambientes se considera
que la iglesia margina a la mujer, especialmente, al considerar preceptivo
el celibato para los sacerdotes y al no acceder a su ordenación
sacerdotal.
Lo
cierto es que sería difícil de imaginar la acción
y la fecundidad de la iglesia de hoy sin la mujer: ellas son el 75%
del total de consagrados que hay en toda la iglesia; ellas están
en la vanguardia de la marginación y de la pobreza, de la misión
y la catequesis, de los hospitales y asilos, de los colegios y residencias.
Nuestros templos y asambleas eclesiales están casi siempre más
llenas de mujeres que de hombres, y nuestros voluntariados de cualquier
índole y condición se puebla más de ellas que de
ellos. Ellas son más valientes y generosas.¿Y esto, todo
esto no es ser iglesia y servir a la iglesia y a la humanidad? ¿Quién
fue más María de Nazareth ó María Magdalena
o los apóstoles? ¡Qué más da! Es más
importante quien más ama y quien más sirve. En el fondo,
pues, es problema de poder y no de servicio el que puede llevar a la
acusación de marginación de la mujer en la iglesia.
"Hoy
-afirmaba el Papa hace unos- en algunos ambientes el hecho de que la
mujer no pueda ser ordenada sacerdote se interpreta como una forma de
discriminación. Pero, ¿es realmente así? La cuestión
podría plantearse en estos términos, si el sacerdocio
jerárquico conllevara una situación social de privilegio,
caracterizada por el ejercicio del poder. Pero no es así: el
sacerdocio ministerial, en el plan de Cristo, no es expresión
de dominio sino de servicio". La mujer tiene, pues, su propio,
específico e imprescindible papel en la Iglesia, que como afirma
el Papa es "el amor que recibe por su feminiedad y también
el amor que, a su vez, ella da"... porque "la mujer no puede
encontrarse a sí misma sino es dando amor a los demás".
Por ello, es el mismo Papa Juan Pablo II, quien, en su Carta Apostólica
"Mulieris dignitatem", da gracias "por todas y cada una
de las mujeres: por las madres, las hermanas, las esposas; las mujeres
consagradas a Dios por la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos
y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona;
por las mujeres que velan por el ser humano en la familia; por las mujeres
que trabajan profesionalmente; por las mujeres que cargan a veces con
una gran responsabilidad social; por las mujeres <perfectas> y
<débiles>. Por todas ellas, tal como salieron del corazón
de Dios en toda la belleza y la riqueza de su femineidad".