ROMA, 8 mar 98 (ZENIT)
En
el mundo rico de Occidente se acusa a la Iglesia de ser una institución
"machista", que discrimina a las mujeres, que las considera
todavía "como fuente de pecado", y que sufre de "sexofobia".
En
realidad, mirando tanto a la historia como al Magisterio, no hay institución
que haya hecho más que la Iglesia en favor de "la otra mitad
del cielo". La dignidad y el genio femeninos son expresiones sinceras
y significativas del Papa Juan Pablo II, quien no pierde ocasión
para recordar, subrayar y apoyar el papel fundamental de la mujer en
la sociedad civil.
De
la carta apostólica "Mulieris dignitatem" a la "Carta
a los sacerdotes de 1995", de los Ángelus a la vigilia de
la conferencia de las Naciones Unidas de Pekín y al Mensaje de
la trigésima jornada de las comunicaciones sociales, el Papa
siempre se ha dirigido al "genio femenino". Por este motivo,
el 8 de marzo, que ve en todo el mundo la celebración de la Jornada
de la Mujer, encuentra una Iglesia más comprometida que nunca
en la lucha contra las discriminaciones, la intolerancia y las injusticias
que caracterizan la vida femenina en gran parte del planeta.
Si
bien el movimiento feminista inicia con la modernidad y se consolida
sobre todo con el elemento reivindicativo de la igualdad de derechos
civiles, el movimiento cristiano de emancipación femenina tiene
raíces mucho más antiguas. Éste inicia con la decisión
de una mujer romana Lidia que, contra las convenciones sociales, abrió
la puerta a un extranjero, el apóstol Pablo. Es una historia
que continúa a través de los siglos con figuras legendarias.
Así santa Clara escapó de casa para entrar en un convento
y alcanzar a Francisco de Asís, modelando el carisma franciscano
sobre las exigencias de una feminidad de nuevo encontrada en unión
con Cristo y traducida en el "privilegio de la pobreza". Una
enseñanza antigua, pero que todavía resulta actualísima
si pensamos en la actividad de la Madre Teresa de Calcuta.
Hay
tantas mujeres valientes y audaces, que han dado vida a centenares de
congregaciones religiosas, muchas de la cuales están empeñadas
en importantes tareas sociales. Vale la pena recordar que el primer
asilo para hijos de obreros lo fundaron en París el año
1884 las "Hermanas de la sabiduría".
Respecto
a las batallas civiles, Christine de Pizan, una mujer distinguida que
vivía en la corte real de Francia, ya a finales del siglo XIV
escribía ensayos para confutar los prejuicios machistas sobre
la subordinación de las mujeres. Su pensamiento se fundaba en
la Sagrada Escritura: hacía referencia a las figuras femeninas
de la Biblia y a la interpretación igualitaria del segundo capítulo
del Génesis.
Podríamos
hablar del gran compromiso de la Iglesia por el derecho a la instrucción
de las mujeres, una batalla que todavía no se ha ganado en gran
parte del mundo. Fue Mary Wollstonecraft, católica inglesa, una
de las primeras en pedir al gobierno un nuevo sistema de educación
para las mujeres. Criticó ásperamente a Jacques Rousseau,
quien pensaba que las mujeres habían nacido sólo para
complacer a los hombres. Incluso desafió al gobierno revolucionario
francés proponiendo que las mujeres compartiesen con los hombres
la responsabilidad del poder.
A
pesar de que en muchos países el derecho a la educación
de las mujeres no sea reconocido, en las escuelas católicas de
todo el mundo se educan más de veintiún millones de jóvenes.
El papel intelectual de la mujer en la Iglesia cuenta con el testimonio
de Teresa de Ávila, Catalina de Siena y Teresa de Lisieux, todas
ellas proclamadas Doctoras de la Iglesia.
Incluso
en el campo sindical las mujeres católicas han aportado su testimonio.
Es de señalar la contribución de la americana Dorothy
Day, animadora del sindicato católico americano. Ella misma viajó
por todos los Estados Unidos al lado de los camioneros durante las duras
luchas sindicales. Varias veces encarcelada, la señora Day estaba
convencida de que la acción sindical debía mover tanto
a los trabajadores como a los empresarios hacia objetivos de justicia
social.