Discurso del Papa
a las obreras de la fábrica textil "Uniontex" de Lodz
Vocación, dignidad y promoción social de la mujer
a la luz del Evangelio del trabajo y de los principios de la ética
cristiana
Queridas
hermanas y hermanos compatriotas:
El pan,
fruto de la tierra y del trabajo del hombre
1.
"Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto
de la tierra y del trabajo del hombre, que hemos recibido de tu generosidad".
Conocemos bien estas palabras. Se recitan en el ofertorio de la Santa
Misa. Ellas me acompañan, desde el primer momento, a lo largo
de mi entero peregrinaje por la tierra patria. Pues están particularmente
ligadas a la Eucaristía, y mi estancia en Polonia guarda esta
vez estrecha relación con el Congreso Eucarístico nacional.
La Eucaristía
está orgánicamente unida al trabajo de las manos humanas,
como lo evidencien las palabras del ofertorio. Llevamos al altar el
pan, y este pan - fruto de la tierra - es al mismo tiempo fruto del
trabajo de las manos del hombre. El hombre trabaja "por el pan".
El pan, por tanto, expresa y simboliza, al mismo tiempo, todo trabajo
humano, en cualquier lugar y modo en que se realice.
Las
transformaciones sociales
2. El pan, como expresión y símbolo del trabajo humano,
adquiere especial elocuencia aquí, en la Lodz polaca que, en
un breve arco de tiempo, de pequeña aldea que era, se ha transformado
en una gran ciudad con casi un millón de habitantes. Es el centro
polaco de la industria textil.
La vida
de este centro industrial y de sus habitantes ha estado marcada desde
el principio por numerosos conflictos y tensiones económicas
y sociales. Estas tensiones y conflictos fueron muy dolorosos, como
ha recordado en su discurso, en el Castillo de Varsovia, el Presidente
del Consejo de Estado. No obstante los esfuerzos e iniciativas de diversa
naturaleza, tomados por la población de Lodz en el arco de casi
doscientos años, continúan sintiéndose vivamente.
todavía hoy, los problemas referentes a la industria - hoy ya
no textil -, así como al ambiente natural e urbanístico
(la ecología, las condiciones de alojamiento y las sanitarias,
la ocupación y las cuestiones sociales), lo mismo que al desarrollo
de las necesidades espirituales y materiales en esta grande y multiforme
aglomeración de trabajo físico y mental, marcado por tantos
difíciles procesos de transformaciones sociales.
Os manifiesto
mi alegría con motivo de poder encontrarme hoy, aquí,
en vuestra ciudad, con el mundo del trabajo representado - precisamente
aquí, en Lodz - prevalentemente por las mujeres. Añado
que se trata de un acontecimiento sin precedentes. Durante mis visitas
en Italia o en otros países, aunque muchas veces haya tenido
encuentros con el mundo del trabajo, sin embargo nunca me había
sucedido hallarme en una fábrica donde trabajan sobre todo mujeres.
Cordialmente, y con el profundo respeto que la mujer merece, saludo
a todas las trabajadoras textiles de Lodz, aquí reunidas, y,
en vosotras, a todas las mujeres de la tierra polaca que trabajan profesionalmente
y que se encuentran en situaciones diversas de vida. Lo hago al inicio
del Año Mariano, mientras la Iglesia en todo el mundo mira con
particular esperanza a la Mujer elegido por Dios para ser la Madre del
Redentor del mundo.
El
trabajo de la mujer
3. Las fuentes de la fe y de la cultura cristiana -y en especial la
Sagrada Escritura- anuncian la Buena Noticia sobre la vocación
del hombre, que Dios desde el principio "creó hombre y mujer"
(cf. Gén 1, 27), poniendo en sus manos el futuro del género
humano. A ambos ha confiado esta tierra como patria temporal, a ambos
ha encomendado dominarla. Y estas palabras del libro del Génesis
tratan juntamente del origen y de la dignidad propias del trabajo humano.
Trabajo, tanto del hombre como de la mujer.
Además,
ya en el Antiguo Testamento, encontramos la descripción, más
aún, la alabanza del trabajo de la mujer, de una "mujer
perfecta", como se expresa el autor del libro de los Proverbios
(cf. Prov 31, 10). Se trata del trabajo ante todo en el ámbito
de la casa, un trabajo que, en las condiciones materiales de entonces,
estaba estrechamente ligado a una empresa de tipo familiar y era la
principal forma de trabajo de la mujer.
La civilización
moderna ha traído consigo la ruptura de esta antigua unión
entre la casa y la empresa laboral. Los grandes talleres de trabajo
industrial obligan, inicialmente a los hombres y, en consecuencia, también
a las mujeres, a dejar la casa para buscar los medios del sustento familiar
fuera de ella. A veces cerca de la vivienda, a voces lejos, a decenas
de kilómetros, en las fábricas u otros establecimientos.
A esto
hay que añadir las fatigas del trabajo mismo, causadas por molestas
condiciones de alojamiento o por las difíciles condiciones, que
bien conocemos, en que las mujeres desempeñan su profesión,
cosa que no deja de repercutir negativamente en su estado de salud,
y en el de la prole. En esta ciudad - por lo que conozco -, no todos
los establecimientos industriales pertenecen a la categoría de
los "establecimientos del trabajo protegido". Y no todas las
mujeres trabajadoras se encuentran bajo la tutela del "servicio
sanitario industrial". Es de desearos, pues, a vosotras, mujeres,
y a todos los responsables de la organización del trabajo profesional,
que estas iniciativas válidas puedan extenderse pronto al entero
mundo del trabajo.
Al hablar
de todos estos problemas, no quiero dar a entender que no aprecio todo
lo que se ha hecho en Polonia y lo que se hace continuamente en este
campo, pero las necesidades del hombre crecen sin cesar y es necesario
salir a su encuentro. Si hablo, pues, de cuestiones difíciles,
lo hago sólo porque siento el verdadero bien de mis compatriotas
y de la patria. Deseo que la vida humana en todas partes, en el mundo
entero y aquí, entre nosotros, sea cada vez más digna
del hombre.
El
corazón de la comunidad familiar
4. La separación entre casa y ambiente de trabajo constituye
problema para un hombre, pero mucho más para una mujer.
No se
puede juzgar a priori si la situación de lejanía de la
casa o de la familia durante muchas horas al día lleve consigo
más daño que provecho desde el punto de vista del bien
de la comunidad familiar, y especialmente de la educación de
los hijos, sin embargo, es un problema que, tanto en los casos singulares
como a nivel social, debe ser analizado y resuelto con gran sentido
de responsabilidad.
Efectivamente,
entra en juego esa jerarquía fundamental de valores y de tareas
que va indisolublemente unida al bien del hombre. Por tanto, si es justo
el principio "ante todo, no el hombre para el trabajo, sino el
trabajo para el hombre", este axioma humanista debe tener validez
en especial cuando se trata del trabajo profesional de las mujeres.
La mujer,
como enseña la experiencia, es sobre todo el corazón de
la comunidad familiar. Ella es la que da la vida, y la primera educadora,
obviamente sostenida por el marido, y compartiendo sistemáticamente
con él el entero ámbito de los deberes educativos de los
padres. Se sabe, sin embargo, que el organismo humano deja de vivir
cuando deja de funcionar el corazón. La analogía es bastante
transparente. No puede faltar en la familia la que hace las veces de
corazón.
Esposa
y madre
5.¿Quiere decir esto que la mujer no deberla trabajar profesionalmente?
La enseñanza social de la Iglesia pide, en primer lugar, que
sea plenamente apreciado como trabajo todo lo que la mujer hace en casa,
toda su actividad de madre y de educadora. Este es un trabajo importante.
Tan importante trabajo no puede ser socialmente despreciado, debe ser
constantemente revalorizado, si la sociedad no quiere actuar en daño
propio.
Y a su
vez, el trabajo profesional de las mujeres debe ser tratado, siempre
y en todas partes, con referencia explícita a cuanto brota de
la vocación de la mujer como esposa y madre de familia.
El
don divino de la vida
6. Esta vocación - esencialmente unida al don divino de la maternidad
- se expresa también en la misión de esposa y de madre
mediante la transmisión de la verdad de la fe y de los valores
éticos. Se dice justamente que la mujer vela por el hogar doméstico,
que es su protectora. Ella es, en primer lugar, la que engendra. Dando
la vida al niño, la mujer-madre participa en el misterio de la
vida. Dios es Dador de toda vida y cuanto vive está sometido
al cuidado paterno de Dios. Por eso, el niño que vive en el seno
de su madre, vive al mismo tiempo en Dios. Junto a Dios, la madre encuentra
la gracia del amor y la fuerza espiritual para la protección
materna de la vida concebida y en vías de desarrollo.
Estas
son verdades perennes y fundamentales y, al mismo tiempo, siempre nuevas
y continuamente expuestas a la dureza de la prueba. Consideradas desde
la visión de la fe y de la ética católica, se convierten
en tarea y deber, impuesto a los padres cristianos por el sacramento
del bautismo. Una mujer-madre, a la par que un hombre-padre, que piden
el bautismo para su hijo, asumen conscientemente la tarea de educarlo
en la fe. Con todo el amor y la responsabilidad que requiere un nuevo
ser humano, velan con premura sobre él para que el mal no corrompa
su mente y su corazón. Se aplican con todas sus fuerzas para
que el niño pueda alcanzar el completo desarrollo físico
y espiritual, y, sobre todo con el ejemplo de la propia vida, guían
a su hijo a la madurez de la vida cristiana, a la plenitud de la humanidad.
Las tareas maternas o familiares y las demás tareas o profesiones
de la mujer
7. Esta misión natural de la mujer-madre es con frecuencia puesta
en duda por posiciones que acentúan sobre todo los derechos sociales
de la mujer. A veces, se contempla su trabajo profesional como promoción
social, y la dedicación total a los problemas de la familia y
de la educación de los hijos se considera una renuncia al desarrollo
de la propia personalidad, un retroceso.
Es verdad
que la igual dignidad del hombre y de la mujer justifican plenamente
el acceso de la mujer a los cargos públicos. Sin embargo, una
verdadera promoción de la mujer exige de la sociedad el particular
reconocimiento de las tareas maternas y familiares, puesto que constituyen
un valor superior en relación con las demás tareas y profesiones
públicas. Estas tareas y profesiones, por lo demás, deberían
integrarse recíprocamente si queremos que el desarrollo de la
sociedad sea auténtica y plenamente humano. Habría que
respetar, sobre todo, el vínculo fundamental que existe entre
el trabajo y la familia, y el "significado original e insustituible
del trabajo en casa y de la educación de los hijos" (Familiaris
consortio, 23). El derecho de acceso a los diversos cargos públicos
- propios tanto de la mujer como del hombre - impone contemporáneamente
a la sociedad el deber de intervenir con el fin de promover un desarrollo
tal de las estructuras laborales y de las condiciones de vida que las
esposas y las madres no se vean obligadas a trabajar fuera de casa y
el trabajo en casa asegure a la familia su completo desarrollo (cf.
Familiaris consortio, 23).
Los hijos
tienen especial necesidad de la dedicación materna para poder
crecer como personas responsables, religiosa y moralmente maduras, y
síquicamente equilibradas. El bien de la familia es tan grande
que requiere con urgencia de la sociedad de hoy, en todas las partes
del mundo, una revalorización de las tareas maternas en el campo
de la promoción social de la mujer y entre los que sostienen
la necesidad de que ella realice un trabajo remunerado fuera de casa.
He afrontado este tema sobre todo en la Encíclica Laborem exercens,
a la que se ha referido también el Presidente del Consejo de
Estado en su discurso en el Castillo de Varsovia.
Mi empeño
por recordar, en este encuentro de hoy con las trabajadoras textiles,
los principios de la ética cristiana, está motivado por
un fenómeno que preocupa, presente en vuestro trabajo profesional.
Efectivamente, muchas mujeres siguen trabajando en tres turnos: por
tanto también en horas nocturnas, lo que contribuye a la difusión
de algunas enfermedades profesionales. Este hecho puede provocar también
un aumento de conflictos en el seno de las parejas conyugales. Por consecuencia,
muchas mujeres se ven obligadas a educar solas a sus propios hijos y
a proveer por su subsistencia material.
Libertad,
solidaridad y comprensión del sentido de la fatiga en el trabajo
humano
8. En estos últimos años, ha atravesado toda Polonia un
grito fuerte y solidario -al cual han aportado también una importante
contribución las trabajadoras textiles de Lodz- por el respeto
de la dignidad del hombre del trabajo, a fin de que cada uno pueda elegir
con autonomía su ideal moral, vivir según sus propias
convicciones, proclamar y anunciar públicamente la propia fe
religiosa y vivirla de modo adecuado en la propia comunidad. En este
grito no han faltado las referencias a los valores absolutos indicados
por el Evangelio; pues, como he afirmado en la misma Encíclica
social Laborem exercens, existe un Evangelio del trabajo inscrito en
la totalidad del mensaje evangélico. Un Evangelio del trabajo
que Cristo escribió, ante todo, con la propia vida, y después,
con toda su enseñanza.
Maduraba
la convicción de que no se trata solamente de una vida material
más cómoda y de tener más. Se trata, por el contrario,
de la exigencia de un mayor respeto social por el hombre, para que cada
uno pueda desarrollar los propios valores personales y realizar mejor
la vocación recibida de Dios. Es muy importante que la conciencia
de una mujer que trabaja se forme siempre así Entonces verá
en toda su plenitud el valor de la propia vocación de madre y
de esposa; y comprenderá, plenamente el sentido de la fatiga
en el trabajo profesional.
El
alimento de la vida eterna
9. En
el curso de mi peregrinación por el Congreso Eucarístico,
las palabras del ofertorio de la Santa Misa adquieren una elocuencia
particular en los grandes ámbitos del trabajo polaco, y sobre
todo hoy, aquí, en la ciudad industrial de Lodz, donde me es
posible hablar a las trabajadoras de la industria textil en el mismo
territorio del establecimiento en que trabajan.
Al presentar
la ofrenda del pan, "fruto de la tierra y del trabajo del hombre",
pedimos que "sea para nosotros pan de vida eterna".
Estas
palabras se refieren al Cuerpo de Cristo. En efecto, El es para nosotros
"comida de vida eterna" mediante el sacramento de su Cuerpo
y de su Sangre: mediante la Eucaristía.
El trabajo
humano sirve para fines temporales. El hombre trabaja por el pan de
cada día. Cristo - Redentor del mundo - ha hecho al mismo tiempo
de este pan signo visible y eficaz, es decir, sacramento de vida eterna.
Y mediante
este sacramento, Cristo se nos manifiesta particularmente como "el
camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Trabajemos, pues, por
el pan de cada día. Y al mismo tiempo, no perdamos de vista lo
que es el destino definitivo de todo ser humano, hombre y mujer.
"Pues,
¿de qué le sirve al hombre - dice Cristo - ganar el mundo
entero si pierde su alma?" (Mc 8, 36).
10. Queridas connacionales y hermanas:
¡No
perdáis de vista esta advertencia del Señor! La mujer
polaca posee realmente méritos incalculables en nuestra historia
y especialmente en los períodos más difíciles.
Y son incalculables - en el espacio de esta historia - las deudas de
toda la nación hacia la mujer polaca: madre, educadora, trabajadora....,
heroína.
En el "cáliz de la vida y de la renovación de la
nación", ofrecido por las mujeres polacas como exvoto en
el 600 aniversario de la presencia de la imagen milagrosa de la Madre
de Dios en Jasna Góra, se ven algunos bajorrelieves de Santos
y de heroicas mujeres polacas. Entre ellas se encuentra el retrato de
Stanislawa Leszczynska de Lodz, nacida en el barrio de Baluty. Entre
sus brazos estrecha a un recién nacido. Ha sido una feliz idea
por parte de vuestros Pastores la de haber presentado, hace un año,
a toda la diócesis este modelo de esposa y de madre, y este elocuente
ejemplo de heroísmo cristiano.
El
mensaje de la heroica polaca Stanislawa Leszczynska
"Stanislawa Leszczynska -escribían vuestros obispos- vivía
una profunda vida religiosa estrechamente vinculada a la Santa Misa
y a los santos sacramentos, y al mismo tiempo que ejercitaba su profesión
de partera, lenta un cuidado exquisito de las parturientas y un amor
admirable a los niños. Sus virtudes morales se manifestaron con
un esplendor excepcional cuando, durante la guerra y la ocupación
extranjera, fue deportada al campo de concentración de Oswiecim-Brzezinka.
Allí se opuso a la orden criminal de matar a los recién
nacidos en el campo y se dedicó a ellos con ilimitado espíritu
de sacrificio" (Discurso de los obispos de la diócesis de
Lodz al clero y a los fieles sobre Wanda Malczewska y Stanislawa Leszczynska,
28 de mayo de 1985). De tres mil recién nacidos, venidos al mundo
gracias a su ayuda, treinta sobrevivieron al campo de exterminio.
Para
Lodz, para esta ciudad, para esta Iglesia y para toda Polonia, Stanislawa
Leszczynska ha dejado este gran mensaje en defensa de la vida humana.
He aquí sus palabras: "Si en mi patria -no obstante la triste
experiencia del período de la guerra- madurasen tendencias orientadas
contra la vida, yo confío en la voz de todas las parteras, de
todas las madres y padres honestos, de todos los ciudadanos honestos,
en defensa de la vida y de los derechos del niño" ("Macierzynska
milosc zycia". Texto sobre Stanislawa Leszczynska, Varsovia, 1984,
pág. 24).
Con esta
voz de la conciencia se hace solidaria toda la Iglesia, que no deja
de contar con la fidelidad de la madre polaca a su vocación,
con el espíritu de sacrificio y la dedicación de las mujeres,
con su adhesión a las tradiciones cristianas, con su coraje y
perseverancia en la defensa de los valores religiosos de la familia
y de la nación.
La
Madre del Redentor
11. Recordad, queridas hermanas, que a través de la historia
de los hombres y de las naciones Dios escribe contemporáneamente
la historia de la salvación del hombre. Y en su designio salvífico
ha llamado desde el principio, sobre la tierra, a "la Mujer".
Esta Mujer, como Madre del Redentor resplandece sobre todo el Pueblo
de Dios, peregrinante en la fe, la esperanza y la caridad hacia los
destinos definitivos del hombre en Dios.
¡Contemplad
a esta "Mujer"! Aprended de Ella, de María, la verdad
sobre vuestra dignidad y vocación. Mucho depende de cada una
de vosotras la vida del hombre, de la familia y de la nación.
En el
camino del Congreso Eucarístico polaco, pido hoy ardientemente
por cada una de vosotras. Y, al mismo tiempo, suplico a la Madre de
Dios que no falte en la vida polaca lo que con justicia se ha llamado
el "genio femenino", lo que cada una de vosotras, mujeres,
gracias a la generosidad del Creador y Redentor, puede y debe aportar
al bien y al patrimonio común de todos los polacos.
Juan
Pablo II