Audiencia
General, SS Juan Pablo II
10 abril 1996
1.
El Antiguo Testamento y la tradición judía reconocen frecuentemente
la nobleza moral de la mujer, que se manifiesta sobre todo en su actitud
de confianza en el Señor, en su oración para obtener el
don de la maternidad y en su súplica a Dios por la salvación
de Israel de los ataques de sus enemigos. A veces, como en el caso de
Judit, toda la comunidad celebra estas cualidades, que se convierten
en objeto de admiración para todos.
Junto
a los ejemplos luminosos de las heroínas bíblicas no faltan
los testimonios negativos de algunas mujeres, como Dalila, la seductora,
que arruina la actividad profética de Sansón (Jc 16, 421),
las mujeres extranjeras que, en la ancianidad de Salomón, alejan
el corazón del rey del Señor y lo inducen a venerar otros
dioses (1 R 11, 18); Jezabel, que extermina "a todos los profetas
del Señor" (1 R 18, 13) y hace asesinar a Nabot para dar
su viña a Acab (1 R 21); y la mujer de Job, que lo insulta en
su desgracia, impulsándolo a la rebelión (Jb 2, 9).
En
estos casos, la actitud de la mujer recuerda la de Eva. Sin embargo,
la perspectiva predominante en la Biblia suele ser la que se inspira
en el protoevangelio, que ve en la mujer a la aliada de Dios.
En
efecto, aunque a las mujeres extranjeras se las acusa de haber alejado
a Salomón del culto del verdadero Dios, en el libro de Rut se
nos propone una figura muy noble de mujer extranjera: Rut, la moabita,
ejemplo de piedad para con sus parientes y de humildad sincera y generosa.
Compartiendo la vida y la fe de Israel, se convertirá en la bisabuela
de David y en antepasada del Mesías.
Mateo,
incluyéndola en la genealogía de Jesús (1, 5),
hace de ella un signo de universalismo y un anuncio de la misericordia
de Dios, que se extiende a todos los hombres.
Entre
las antepasadas de Jesús, el primer evangelista recuerda también
a Tamar, a Racab y a la mujer de Urías, tres mujeres pecadoras,
pero no desleales, mencionadas entre las progenitoras del Mesías
para proclamar la bondad divina más grande que el pecado. Dios,
mediante su gracia, hace que su situación matrimonial irregular
contribuya a sus designios de salvación, preparando también,
de este modo, el futuro.
Otro
modelo de entrega humilde, diferente del de Rut, es el de la hija de
Jefté, que acepta pagar con su propia vida la victoria del padre
contra los amonitas (Jc 11, 3440). Llorando su cruel destino, no se
rebela, sino que se entrega a la muerte para cumplir el voto imprudente
que había hecho su padre en el marco de costumbres aún
primitivas (cf. Jr 7, 31; Mi 6, 68).
3.
La literatura sapiencial, aunque alude a menudo a los defectos de la
mujer, reconoce en ella un tesoro escondido: "Quien halló
mujer, halló cosa buena, y alcanzó favor del Señor"
(Pr 18, 22), dice el libro de los Proverbios, expresando estima convencida
por la figura femenina, don precioso del Señor.
Al
final del mismo libro, se esboza el retrato de la mujer ideal que, lejos
de representar un modelo inalcanzable, constituye una propuesta concreta,
nacida de la experiencia de mujeres de gran valor: "Una mujer fuerte,
¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa
que las perlas..." (Pr 31, 10).
En
la fidelidad de la mujer a la alianza divina la literatura sapiencial
indica la cima de sus posibilidades y la fuente más grande de
admiración. En efecto, aunque a veces puede defraudar, la mujer
supera todas las expectativas cuando su corazón es fiel a Dios:
"Engañosa es la gracia, vana la hermosura; la mujer que
teme al Señor, ésa será alabada" (Pr 31, 30).
4.
En este contexto, el libro de los Macabeos, en la historia de la madre
de los siete hermanos martirizados durante la persecución de
Antíoco Epífanes, nos presenta el ejemplo más admirable
de nobleza en la prueba.
Después
de haber descrito la muerte de los siete hermanos, el autor sagrado
añade: "Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo
fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio
de un solo día, sufría con valor porque tenía la
esperanza puesta en el Señor. Animaba a cada uno de ellos en
su lenguaje patrio y, llena de generosos sentimientos y estimulando
con ardor varonil sus reflexiones de mujer", expresaba de esta
manera su esperanza en una resurrección futura: "Pues así
el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento
y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá
el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis
por vosotros mismos a causa de sus leyes" (2 M 7, 2023).
La
madre, exhortando al séptimo hijo a aceptar la muerte antes que
transgredir la ley divina, expresa su fe en la obra de Dios, que crea
de la nada todas las cosas: "Te ruego, hijo, que mires al cielo
y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir
de la nada lo hizo Dios y que también el género humano
ha llegado así a la existencia. No temas a este verdugo; antes
bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta la muerte, para
que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia"
(2 M 7, 2829).
Por
último, también ella se encamina hacia la muerte cruel,
después de haber sufrido siete veces el martirio del corazón,
testimoniando una fe inquebrantable, una esperanza sin límites
y una valentía heroica.
En
estas figuras de mujer, en las que se manifiestan las maravillas de
la gracia divina, se vislumbra a la que será la mujer más
grande: María, la Madre del Señor.
Juan
Pablo II