Discurso del Papa
a las participantes en un congreso nacional italiano
Señor
cardenal, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimas
hermanas:
1. Con profunda alegría os doy la bienvenida a esta audiencia
con ocasión del congreso nacional, organizado por la Comisión
episcopal para los problemas sociales y el trabajo de la Conferencia
episcopal italiana, sobre el tema Mujeres, nueva evangelización
y humanización de la vida, que quiere recordar el quinto aniversario
de la carta apostólica Mulieris dignitatem sobre la dignidad
y la vocación de la mujer.
Doy
las gracias de manera especial al presidente de la Conferencia episcopal
italiana, cardenal Camillo Ruini, al secretario general, monseñor
Dionigi Tettamanzi, y al presidente de la Comisión episcopal,
monseñor Santo Quadri, por esa oportuna iniciativa de reflexión
sobre un documento que quiso ser y sigue siendo hoy una invitación
apremiante a profundizar en la verdad sobre la mujer, y principalmente
en su papel indispensable en la edificación de la Iglesia y en
el desarrollo de la sociedad.
Asimismo,
doy las gracias a la presidenta del Centro italiano femenino (CIP) doctora
María Chiaia que haciéndose intérprete del pensamiento
de los presentes, ha querido confirmar los sentimientos comunes de sincera
y efectiva fidelidad al Sucesor de Pedro.
La
actitud de Jesús
2. Entre la visión inicial de la creación del hombre la
mujer a imagen y semejanza de Dios, como la describe el libro del Génesis,
y la visión final del Esposo y de la Esposa, como nos la presenta
el Apocalipsis, en la Mulieris dignitatem he colocado el marco evangélico
de la relación de Jesús con las mujeres, recogiendo de
la enseñanza del Maestro la verdad del plan de Dios sobre la
mujer, para sacar las necesarias consecuencias sobre las tareas específicas
de la mujer, su papel y su dignidad.
La
misión que Dios ha confiado a la mujer en su sabio plan se funda
en la profundidad de su ser personal que, a la vez que la iguala al
hombre en dignidad, la distingue de él por las riquezas específicas
de la femineidad, pues la mujer representa "un valor particular
como persona humana y, al mismo tiempo, como aquella persona concreta,
por el hecho de su femineidad [...], independientemente del contexto
cultural en el que vive cada una y de sus características espirituales,
psíquicas y corporales, como, por ejemplo, la edad, la instrucción,
la salud, el trabajo, la condición de casada o soltera".
(Mulieris dignitatem, 29 ).
En
vuestro encuentro, con gran oportunidad, habéis recordado el
pasaje de la Mulieris dignitatem en que se afirma que a las mujeres
"Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir,
el ser humano" (Mulieris dignitatem, n. 30 ). La carta, desde luego,
no pretende descargar al hombre de sus responsabilidades, sino que recuerda
las responsabilidades que brotan para la mujer de los dones peculiares
que se le han concedido, y sobre todo de su vocación particular
a la entrega en el amor. "La dignidad de la mujer se relaciona
íntimamente con el amor que recibe por su femineidad y también
con el amor que, a su vez, ella da. [...] La mujer no puede encontrar
su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí misma,
a los demás" (Mulieris dignitatem, n. 30 ).
3. El mensaje evangélico sobre la dignidad y vocación
de la mujer se encuentra hoy con una nueva sensibilidad cultural que,
incluso fuera del horizonte de la fe, ha redescubierto con razón
el valor de la femineidad, y está haciendo progresivamente justicia
de inaceptables discriminaciones y reaccionando ante formas antiguas
y nuevas, manifiestas y ocultas, de violencia sobre las mujeres, que,
por desgracia, la historia de todos los tiempos, hasta nuestros días,
registra ampliamente.
Pero
frente a este dato positivo, surge el escenario preocupante del extravío
espiritual y de la crisis cultural que afecta al hombre contemporáneo,
y que no puede menos de tener efectos insidiosos también con
respecto a una auténtica y equilibrada comprensión del
papel y la misión de la mujer. Se trata de una desorientación
y de una crisis de carácter personal y social, que exponen al
hombre al peligro de caer en la indiferencia ética, el aturdimiento
hedonista, la autoafirmación a menudo agresiva y siempre lejana
de la lógica del auténtico amor y de la solidaridad.
Ante
una situación tan preocupante, se puede comprender fácilmente
la urgencia y la actualidad de una nueva evangelización, que
anuncie a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo el amor que
Dios nos ha manifestado en Cristo y les brinde la certeza de la ternura
con la que continuamente sigue nuestro camino. Así pues, un anuncio
de alegría y esperanza, que contrarreste el sentido de soledad
deprimente a la que tantas veces exponen la falta de certezas, la complejidad
de la vida moderna y la angustia del futuro. Pero, a la vez, un anuncio
exigente, que impulse a aceptar con generosidad el plan y la invitación
de Dios, y no dude en entregar íntegramente la verdad sobre el
hombre, como aparece a la luz de la razón y ha sido plenamente
revelada por aquel que es "camino, verdad y vida" de los hombres
(cf. Jn 14, 6).
"La
evangelización - como dije a los participantes en la Asamblea
especial para Europa del Sínodo de los obispos - es siempre el
camino según esa verdad. En la actual etapa de la historia, la
evangelización debe tomar como tarea propia esta verdad acerca
del hombre, superando las diversas formas de reducción antropológica"
(cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
20 de diciembre de 1991, p. 19).
En
la carta apostólica me propuse desarrollar uno de los puntos
más específicos de la nueva evangelización: la
afirmación, teórica y práctica, de la dignidad
y de la vocación de la mujer contra toda reducción o falseamiento
antropológico.
Una
vocación peculiar
4. Las mujeres de nuestro tiempo podrán reencontrarse plenamente
a sí mismas y salvaguardar su dignidad y su vocación,
poniéndose a la escucha de Cristo, "síntesis de la
verdad, de la libertad y de la comunión" (Declaración
final de la Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos,
n. 4). En esa síntesis viva se ha inspirado la gran investigación
intelectual, ética y espiritual de tantos hombres y mujeres que,
a lo largo de los siglos, han meditado el Evangelio, llegando a resultados
cuya riqueza, captada con serenidad y sin alteraciones ideológicas,
también a la luz del autorizado discernimiento que corresponde
al Magisterio de la Iglesia, puede prestar una notable contribución
al redescubrimiento de los dones femeninos en el ámbito eclesial
y social.
Se
trata de una reflexión que, para ser fecunda, no ha de perder
nunca el contacto con lo que Jesús hizo y dijo durante su vida
terrena. En su actitud para con las mujeres con quienes se cruzó
a lo largo de su camino de servicio mesiánico, refleja el plan
eterno de Dios que, al crear a cada una, la elige, la ama y le confía
una misión especial. A cada una de ellas, al igual que a cada
hombre, se aplica la profunda verdad que el Concilio nos recordó
a propósito de la persona humana que es la "única
criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo"
(Gaudium et spes, 24). Cada una hereda, desde el principio, la dignidad
de persona, precisamente como mujer. Jesús confirma esta dignidad,
la renueva y hace de ella un contenido de su mensaje de redención.
Cultura
de comunión
5. Además, toda palabra, todo gesto de Cristo con respecto a
la mujer deben verse en el horizonte de su misterio de muerte y resurrección.
El encuentro con la gracia pascual del Resucitado permitirá a
las mujeres experimentar y evangelizar el valor de la comunión,
más aún promover la cultura de la comunión, que
tanto necesita el hombre de nuestro tiempo.
Esta
cultura "sólo se da cuando cada uno percibe la dignidad
propia del prójimo y la diversidad como una riqueza, le reconoce
la misma dignidad sin uniformidad y está dispuesto a comunicar
sus propias capacidades y dones" (Declaración final de la
Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, n. 4;
cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
27 de diciembre de 1991, p. 7).
Para
ello como afirmé en la exhortación apostólica Christifideles
laici, es urgente desarrollar "una consideración más
penetrante y cuidadosa de los fundamentos antropológicos de la
condición masculina y femenina" tratando de "precisar
la identidad personal propia de la mujer en su relación de diversidad
y de recíproca complementariedad con el hombre no sólo
por lo que se refiere a los papeles a asumir y las funciones a desempeñar,
sino también y más profundamente, por lo que se refiere
a su estructura y a su significado personal" (Christifideles laici,
n. 50). Sobre esa base será posible pasar del reconocimiento
teórico de la presencia activa y responsable de la mujer en la
Iglesia a las actuaciones concretas (cf. Christifideles laici, nn. 51
y 52).
Profecía
y misión
6. La Iglesia, para realizar la obra urgente de la nueva evangelización,
tiene necesidad de las mujeres cristianas, de su carácter misionero;
necesita su profecía para que el hombre contemporáneo
se encuentre con el Señor resucitado, el Viviente.
Amadísimas
hermanas, la Iglesia os llama y os envía a evangelizar la vida,
os envía a anunciar a todos que la vida es don que hay que acoger
siempre con amor, proteger y cultivar con respeto, es misterio al que
es preciso acercarse siempre con sentido religioso y con grato asombro.
El
papel particular de la mujer en la procreación debe considerarse
como la fuente de la sensibilidad femenina especifica con respecto a
la vida humana y al crecimiento humano. A ese papel se hallan vinculadas
también claras responsabilidades éticas. Frente a los
desafíos de nuestro tiempo, tan avaro de ternura y tan lleno
de tensiones, es más urgente que nunca "la manifestación
de aquel "genio" de la mujer, que asegure en toda circunstancia
la sensibilidad por el hombre" (Mulieris dignitatem, 30 ).
El
ejemplo de María
7. Sed misioneras del evangelio de la vida, para que la cultura social,
económica y política de nuestro tiempo adquiera su propia
dimensión ética (cf. Christifideles laici, 51).
La
elaboración de una diversa cultura del hombre y de la convivencia
social es un gran desafío que hay que afrontar con decisión
y valentía. Es un desafío que brota con nueva fuerza del
reconocimiento de la impotencia de las ideologías modernas para
sostener el esfuerzo de construir la convivencia social en el signo
de la dignidad y de la vocación del hombre. Éste es un
profetismo particular de la mujer, llamada hoy a elaborar una diversa
cultura del hombre y de su ciudad.
Frente
a estas inmensas tareas a las que os llama la Providencia del Señor,
María se os presenta como modelo permanente de toda la riqueza
de la femineidad, de la originalidad especifica de la mujer, tal como
Dios la quiso. Dejad que ella os inspire y os guíe.
Con
este deseo os imparto de corazón mi bendición, que extiendo
con gusto a todas las mujeres de Italia.
Juan
Pablo II