Los
pastores de la Iglesia deben oponerse a un feminismo extremo que ponga
en peligro la fe
- 2/7/1993
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Discurso del Papa
a los obispos estadounidenses pertenecientes
a la IV región de la Conferencia episcopal estadounidense,
en Roma para la visita "ad limina apostolorum Petri et Pauli"
Queridos
hermanos en Cristo:
1. Con gozo os doy la bienvenida a vosotros,
los pastores de las Iglesias particulares de las provincias de Baltimore,
Washington, Atlanta y Miami. Este encuentro en el nombre de "Cristo
Jesús, Señor nuestro, quien, mediante la fe en él,
nos da valor para llegarnos confiadamente a Dios" (Ef 3, 11-12),
intenta manifestar y fortalecer la comunión que nos une en la
gracia del Espíritu Santo, manantial vivo e perenne de toda la
vida de la Iglesia. Vuestra "visita a Pedro" (cf. Ga 1, 18)
coincide con la solemnidad de san Pedro y san Pablo, apóstoles,
fundadores de esta "Iglesia, la más importante y antigua"
(san Ireneo , Adv. Haer., III, 3, 2). Unidos en el testimonio de su
fe mediante el martirio cruel, aquellos mártires gloriosos trabajaron
juntos en favor de la causa del Evangelio. "Tendieron la mano en
señal de comunión" (koinonia) (Ga 2, 9), reconociendo
que el mismo Señor Jesús había constituido a Pedro
como pastor universal de su rebaño (cf. Jn 21, 15-17) y fundamento
visible de la unidad de la Iglesia (cf. Mt 16, 18). Con ese mismo espíritu
de cooperación, comparto estas reflexiones con vosotros sobre
algunos aspectos del cuidado pastoral del amado pueblo de Dios.
Hace
treinta años, en la fiesta de la conmemoración de san
Pablo, mi predecesor el Papa Pablo VI empezó solemnemente su
ministerio pontificio. Con la conciencia de la misión que se
le había confiado, Pablo VI expresó en esa ocasión
un compromiso, que comparto plenamente, y de cuya realización
fue modelo y ejemplo constante: "Defenderemos la santa Iglesia
de los errores de fe y moral que desde dentro o desde fuera amenazan
su integridad y ofuscan su belleza. Trataremos de mantener e incrementar
la vitalidad pastoral de la Iglesia" (Homilía, 30 de junio
de 1963). Queridos hermanos obispos, sé que también vosotros
compartís ese mismo objetivo. Se trata de un deber pastoral que
forma parte del núcleo esencial de nuestro ministerio, y que
se impone con urgencia evangélica. Como pastores, tenemos la
responsabilidad de ser "fieles distribuidores de la Palabra de
la verdad" (2 Tm 2, 15), proclamando de forma clara e inequívoca,
más aún, atractiva y alentadora, "el resplandor del
Evangelio de la gloria de Cristo" (2 Co 4, 4). Mis reflexiones
con los diferentes grupos de obispos de los Estados Unidos están
inspiradas en la preocupación por la realización de esta
misión primordial.
La
vida parroquial
2. Uno de los fundamentos de la Iglesia en los Estados Unidos ha sido
siempre el papel de la parroquia como núcleo no sólo de
la vida sacramental, sino también de la formación y la
educación católica y de la actividad caritativa y social.
La fragmentación de la vida moderna causa el debilitamiento del
sentido de pertenencia a la comunidad parroquial, especialmente donde
se ha producido una polarización entorno a cuestiones doctrinales
o litúrgicas. Es preciso que los sacerdotes y los laicos lleven
a cabo un gran esfuerzo para renovar la vida parroquial a semejanza
de la Iglesia misma, como comunión que se beneficia de los dones
y los carismas complementarios de todos sus miembros. La comunión
es una realidad dinámica que implica un intercambio constante
de dones y servicios entre todos los miembros del pueblo de Dios. La
vitalidad de la parroquia depende de la combinación de diversas
vocaciones y dones de sus miembros dentro de una unidad que manifiesta
la comunión de todos y cada uno con Dios Padre mediante Cristo,
y que la gracia del Espíritu Santo renueva constantemente.
El
punto de partida es la conciencia que tienen los sacerdotes, los religiosos
y los laicos de que sus dones -jerárquicos y carismáticos
(cf. Lumen gentium, 4)- son diferentes, pero complementarios y necesarios
"para la edificación del Cuerpo de Cristo" (Ef 4, 12).
En nuestras conversaciones, algunos obispos han mencionado que el énfasis
en la igualdad bautismal -verdad enraizada sólidamente en la
tradición de la Iglesia- lleva a ciertas personas a subestimar
la distinción real entre el sacerdocio común de todos
los fieles y el sacerdocio ministerial conferido mediante la ordenación
sacramental. Es preciso insistir en el hecho de que la diferencia "esencial"
(Lumen gentium, 10) entre ellos no tiene nada que ver con el poder entendido
en términos de privilegio o dominio. Ambos derivan del único
sacerdocio de Cristo y se complementan mutuamente, puesto que están
ordenados a servirse recíprocamente (cf. Pastores daba vobis,
17).
La
comunión auténtica implica una permanencia mutua en el
amor (cf. 1 Jn 4, 12-13) que asegura que los sacerdotes y los laicos
se apoyen recíprocamente, respetando su propia identidad. Lo
que llamáis "ministerio de colaboración" cuando
es completamente fiel a la doctrina sacramental de la Iglesia, proporciona
un fundamento sólido para la construcción de las comunidades
que están reconciliadas interiormente, y energías espirituales
de las que se saca provecho para la nueva evangelización (cf.
Redemptoris missio, 3).
La
misión de los laicos
3. Es una bendición para la Iglesia el hecho de que en tantas
parroquias los laicos colaboren con los sacerdotes de muchas formas:
en la educación religiosa, en el consejo pastoral, en las actividades
de servicio social, en la administración, etc. Esta participación
creciente es, indudablemente, obra del Espíritu que renueva la
vitalidad de la Iglesia. En algunos casos, cuando la muerte prematura
de los sacerdotes haga necesaria dicha colaboración, algunos
laicos pueden asumir la responsabilidad de administrar la parroquia
de acuerdo con las normas canónicas (Código de derecho
canónico, canon 517, § 2; cf. Christifideles laici, 23).
Cuando se producen situaciones de este tipo, los obispos tienen la delicada
tarea de velar a fin de que los laicos no confundan esta responsabilidad
ministerial con la sacra potestas específica del sacerdocio ministerial.
No es una sabia estrategia pastoral adoptar planes según los
cuales resultaría normal, por no decir deseable, que la comunidad
parroquial prescinda de un pastor sacerdote. Interpretar el número
decreciente de sacerdotes en actividad -oramos al Señor para
que esta situación pase muy pronto- como un signo providencial
de que los laicos pueden reemplazar a los sacerdotes, es algo que se
halla en abierta oposición a la voluntad de Cristo y de la Iglesia.
No se ha de promover nunca el sacerdocio real de los laicos oscureciendo
el sacerdocio ministerial, por el cual los sacerdotes no sólo
celebran la eucaristía, sino también son padres espirituales,
guías y maestros de los laicos confiados a ellos.
Eclesiología
auténtica
4. El desarrollo en los Estados Unidos de lo que comúnmente se
designa ministerio laical es, ciertamente, un resultado positivo y fructífero
de la renovación que comenzó con el concilio Vaticano
II. Hay que dedicar una atención particular a la formación
espiritual y doctrinal de todos los ministros laicos. De cualquier forma
deberían ser hombres y mujeres de fe, con una vida personal y
familiar ejemplar, que abracen amorosamente el "anuncio pleno e
íntegro de la buena nueva" (Reconciliatio et paenitentia,
9) proclamado por la Iglesia. Es necesario disponer de directrices diocesanas
claras para iniciar y continuar la formación de los laicos que
desempeñan un papel oficial en la vida parroquial y diocesana.
Dichas directrices, sin embargo, se han de aplicar correctamente, y
esto representa un desafío para vuestra guía pastoral.
Como
dije durante mi visita pastoral a los Estados Unidos, una eclesiología
auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicización
del sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación
laical (cf. Discurso a los laicos, 18 de septiembre de 1987, 5). Los
laicos deberían ser conscientes de su situación en la
Iglesia: no han de ser meros receptores de la doctrina y de la gracia
de los sacramentos, sino agentes activos y responsables de la misión
de la Iglesia de evangelizar y santificar el mundo. Es propio de los
laicos hacer que la verdad del Evangelio dé fruto en las realidades
de la vida social, económica, política y cultural. También
tienen la misión de santificar el mundo desde dentro mediante
su esfuerzo en la gestión de los asuntos temporales (cf. Lumen
gentium, 31; Christifideles laici, 15). Su tarea consiste en ordenar
la sociedad hacia la plenitud que reside en Cristo (cf. Col 1, 19),
siempre en comunión de fe y en armonía con los obispos,
que "presiden en nombre de Dios la grey [...] como maestros de
doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno"
(Lumen gentium, 20). Tal vez, como subraya la exhortación apostólica
Christifideles laici, haya que prestar mayor atención a la catequesis
y a la predicación, con el fin de lograr "la plena participación
y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en
el mundo, en la comunidad humana" (n. 15): así los laicos
comprenderán mejor que éste es su apostolado primario
en el seno de la Iglesia. Tienen necesidad de vuestro aliento constante.
Esperan que sus pastores los fortalezcan en la santidad y los guíen
con una enseñanza auténtica, permitiéndoles tomar
iniciativas y dejándoles libertad de acción en el mundo
(cf. Apostolicam actuositatem, 7).
El
papel de la mujer en la Iglesia
5. Un problema relacionando estrechamente con lo que estamos tratando
aquí es el del papel de la mujer en la vida de la Iglesia, cuestión
que ha de afrontarse, tomando en cuenta su importancia. La Iglesia no
sólo está afectada por este problema, sino también
por el hecho de que el lugar y el papel de la mujer en la sociedad ha
experimentado, por lo general, transformaciones profundas. Sin ninguna
duda, el respeto de los derechos de la mujer representa un paso esencial
hacia una sociedad más justa y madura, y la Iglesia no puede
menos de hacer suyo este digno objetivo.
Vuestra
Conferencia episcopal ha prestado mucha atención al lugar de
la mujer en la sociedad y en la Iglesia, y aun sigue haciéndolo.
Otras Conferencias episcopales y yo mismo hemos hablado y escrito abundantemente
sobre este tema. Sin embargo, en algunos círculos sigue existiendo
un clima de insatisfacción con respecto a la posición
de la Iglesia, especialmente donde no se comprende con claridad la distinción
entre los derechos humanos y civiles de la persona y los derechos, deberes,
ministerios y funciones que los fieles tienen o desempeñan en
el seno de la Iglesia. Una eclesiología errónea puede
llevar fácilmente a presentar falsas reivindicaciones y crear
falsas expectativas.
Es
evidente que el problema no puede resolverse cediendo a un feminismo
que presenta líneas ideológicas extremas. No se trata
sólo de que algunas personas reclamen el derecho a que la mujer
tenga acceso a la ordenación sacerdotal. En su forma extrema,
corre el peligro de minar la misma fe cristiana. Algunas formas de culto
de la naturaleza y de celebración de mitos y símbolos
están desplazando el culto al Dios revelado en Jesucristo. Por
desgracia, esta forma de feminismo cuenta con el apoyo de algunas personas
dentro de la Iglesia, incluyendo algunas religiosas cuyas creencias,
actitudes y comportamientos ya no corresponden a lo que el Evangelio
y la Iglesia enseñan. Como pastores tenemos que oponernos a las
personas y los grupos que defienden estas creencias e invitarlos al
diálogo honrado y sincero sobre las expectativas de la mujer,
diálogo que debe proseguir incesantemente en el seno de la Iglesia.
Fidelidad
al Señor
6. Por lo que concierne a la no admisión de la mujer al sacerdocio
ministerial, "es ésta una disposición que la Iglesia
ha comprobado siempre en la voluntad precisa -totalmente libre y soberana-
de Jesucristo" (Christifideles laici, 51). La Iglesia enseña
y actúa confiando en la presencia del Espíritu Santo y
en la promesa del Señor de que estará siempre con ella
(cf. Mt 28, 20). "Cuando considera que no puede aceptar cambios,
lo hace porque sabe que está obligada a seguir el modo de actuar
de Cristo. Quiere tener una actitud de fidelidad" (Inter insigniores,
4). La igualdad de los bautizados, una de las grandes afirmaciones del
cristianismo, existe en un cuerpo variado en el que los hombres y las
mujeres no desempeñan meramente papeles funcionales, sino arraigados
profundamente en la antropología cristiana y en los sacramentos.
La distinción de funciones no implica en absoluto la superioridad
de unos sobre otros: el único don superior al que podemos y debemos
aspirar es el amor (cf. 1 Co 12-13). En el reino de los cielos los más
grandes no son los ministros, sino los santos (cf. Inter insigniores,
6).
Conozco
la gran atención y la reflexión solícita que seguís
dedicando a estos problemas difíciles. Invoco los dones del Espíritu
Santo sobre vosotros cuando os esforzáis por presentar una comprensión
antropológica y eclesiológica plenamente cristiana del
papel de la mujer, con el fin de renovar y humanizar la sociedad y hacer
que los creyentes redescubran el verdadero rostro de la Iglesia (cf.
Inter insigniores, 6). Como obispos, estamos llamados a transmitir a
los hombres y las mujeres la íntegra enseñanza de la Iglesia
acerca de la ordenación sacerdotal. Dejar de hacerlo, significaría
una traición hacia ellos. A quienes no comprenden o no aceptan
la enseñanza de la Iglesia debemos ayudarles a que abran su corazón
y su mente al reto de la fe. Hemos de confirmar y fortalecer a toda
la comunidad para que pueda responder, cuando sea necesario, a la confusión
o al error.
En
Denver, con los jóvenes
7.
Dentro de muy poco tiempo os devolveré vuestra visita a Roma
con mi visita a Denver. Con gran anticipación espero unirme a
los jóvenes de todo el mundo, que harán esta peregrinación
espiritual para hallar a Cristo en el corazón de la "metrópoli
moderna". Estas reuniones bienales son ciertamente ocasiones de
gracia para la Iglesia universal. También producen energía
para la renovación espiritual de los países donde se celebran.
Desde las pasadas Jornadas mundiales de la juventud vemos -y damos gracias
a Dios por ello- que los jóvenes son una gran fuerza para la
evangelización. Su búsqueda constante de sentido y de
la verdad, su deseo de una comunión íntima con Dios y
con la comunidad eclesial y su entusiasmo por servir a sus hermanos
y hermanas representan un reto para todos nosotros.
Con
confianza filial encomiendo a cada una de vuestras Iglesias particulares
a la intercesión amorosa de María Inmaculada, Madre del
Redentor y patrona de vuestra nación. Que Dios bendiga con abundancia
"la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad
de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor" (1 Ts
1, 3). Que su amor se derrame sobre los sacerdotes, los religiosos y
los laicos de vuestras diócesis.
Juan Pablo
II