EL AGUA VIVA

 

 

  Tres hombres se disponían a atravesar un campo desierto, lo cual tomaría un día de camino. 

    Como era de esperarse, se presentó un siervo para ofrecer las necesarias provisiones de agua.

    Sin embargo, el primero de ellos, lleno de orgullo y seguridad propia, la rechazó, arguyendo que él no era tan débil como sus compañeros y que podría resistir el viaje sin agua. 

    El segundo hombre, atemorizado por el ejemplo del primero y a fin de no quedar muy mal, aceptó que se llenara su recipiente sólo hasta la mitad, explicando que eso sería suficiente debido a su buena resistencia personal.

    El tercero, sin dejarse influenciar por la actitud autosuficiente de los otros dos, le dijo al que les ofreció agua: "Yo no podré atravesar el desierto sin agua. Lléname no sólo uno, sino tres recipientes".

Los viajeros emprendieron su jornada, pero no tardaron en hacer efecto la temperatura y el sol abrazador. El más orgulloso de ellos pudo resistir sólo por un tiempo, hasta que finalmente rendido de sed y de cansancio tuvo que acercarse al que tenía mucha agua y suplicarle que se compadeciera y le diera un poco. 
    
El segundo viajero resistió algo más, pero se agotó su provisión y tuvo igualmente que pedir más agua. En cambio el tercero, no sólo pudo acabar su jornada felizmente, sino que, quienes se rieron de su debilidad, tuvieron finalmente que humillarse.

Así es el camino del hombre por la vida. En estos tiempos de vanagloria, muchos son los que consideran que su propia inteligencia y fuerza les ayudarán a enfrentar las dificultades y a conducir su hogar sin necesidad de Dios.

Otros piensan que es suficiente tener una actividad religiosa mediocre y ocasional, acordándose de Dios sólo cuando se enfrentan con dificultades. Tales personas, tarde o temprano, se dan cuenta de que el hombre no es sólo una máquina inteligente productora de dinero, pues su falta de conocimiento de Dios les conduce a problemas de índole espiritual que no pueden ser solucionados con el orgullo.

Sus consecuencias se traducen en defectos emocionales, vicios, hogares inestables, hijos rebeldes, en fin, los frutos de un vacío interior que únicamente puede llenarse con un Poder que vence la limitada condición humana en asuntos espirituales. Es entonces cuando muchos, sintiéndose sin fuerzas, elevan los ojos hacia aquel Dios de quien una vez Jesús dijo: "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?"

En efecto, el hombre que tal hace es semejante al tercer viajero, quien fue franco en reconocer su propia debilidad y pidió a tiempo su ración. La Biblia compara al Espíritu Santo con esa agua viva que ofreció Jesús a la mujer de Samaria diciendo: "Cualquiera que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna" (Juan 4:14).

Esta maravillosa verdad libró a muchos hombres de la esclavitud de su pecado. Lo que viene de Dios es un poder transformador. Pueden haber aun personas bautizadas cuya sed no esté saciada, porque buscan el agua viva en pozos secos.

Podrían estar tratando de llenar el recipiente sólo en fuentes de conocimiento intelectual, de religión emocional y ocasional, o de fariseísmo, pero no encuentran en ello más que letra muerta y emoción sensorial. Pero buscar el poder es mucho más que todo eso. Es prepararse a vivir con abandono total hacia Dios.


¿Por qué no animarnos a ser un viajero sincero 
en el camino de la vida?