TEMA 4: IGLESIA, ROSTRO DEL REINO

 

 

Dios entró en el tiempo dándonos a Jesucristo su Hijo y a través de El nos dio gracia y salvación (cf. Jn 1,17b).

En nuestra Iglesia Potosina ha llegado el momento de reconocer el signo de los tiempos; para este fin nos parece bien asumir en esta Iglesia de San Luis Potosí lo que el Espíritu dice: ¡Iglesia Potosina Conviértete! ¡Sé comunitaria! ¡Sé servidora! ¡Sé misionera! ¡Sé solidaria! ¡Incultúrate!

Estos rasgos son indicadores de un encuentro con Cristo vivo y marcan el rostro de nuestra Iglesia que escucha a Jesucristo, lo vive, lo celebra y lo anuncia. (PDP, 143)


IGLESIA CONVERTIDA (PDP 144 - 147)

La conversión es un don de Dios. Es fruto de un encuentro con la persona de Jesucristo vivo (cf. Mc 1,15). Es dejarse guiar por el Espíritu Santo. Es Dios que nos invita a volver nuestro corazón a El. Significa cambio de mentalidad y vida que se manifiesta en una fe con proyección social. Es un proceso diario de entrega al seguimiento de Cristo que nos capacita para vivir en libertad (cf. Gal 5,1). Es prolongar el amor de Cristo en la historia principalmente a los pobres, enfermos e indigentes (cf. IA 30; Lc 14,13.21). María es animadora de esta conversión (cf. Jn 2, 1-12).

"La conversión es un don que implica necesariamente un proceso personal de reencuentro y reconciliación con Dios, de reincorporación a la comunidad y de compromiso social, que lleva a la búsqueda del perdón a través del arrepentimiento sincero, el propósito de enmienda, el rechazo del mal y del desorden y orienta al rescate de los valores perdidos" (Carta Pastoral CEM 120). Entre ellos: - Respeto a la vida - Conciencia política y social - La pérdida de nuestras tradiciones - El cuidado del medio ambiente, etc.

La conversión personal tiene dimensiones eclesiales que interpelan a todos los miembros de la Iglesia a una creciente "identificación con el estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como El, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están sumamente lejanos y excluidos" (Carta Pastoral CEM 123).

La conversión es real, cuando la acción evangelizadora alcanza y transforma con la fuerza del Evangelio:

- los criterios de juicio, - los valores determinantes, - los centros de interés, - las líneas de pensamiento, - las fuentes de inspiración, - los modelos de la humanidad - las estructuras sociales. (cf. EN 29.39)


IGLESIA COMUNITARIA (PDP 151 - 157)

"Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios (Padre); que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión querida por Dios iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino" (IA 33).

Para hacer vida lo que fluye de esta relación trinitaria se requiere contemplar este misterio tanto en la oración como en la acción pastoral.

"Toda la riqueza de este misterio de la Iglesia una, santa, católica y apostólica -expresión de la comunión trinitaria en la historia-, se hace presente en la Iglesia Particular o Diócesis; por tanto, el misterio de la comunión se vive en la iglesia Particular. El que, como católicos, comprendamos y vivamos cada vez más el misterio de la Iglesia universal, en y a través de la comunión y participación con la Iglesia particular, deberá ser una labor prioritaria de los agentes de pastoral" (Carta Pastoral CEM 133).

La Iglesia es la comunidad de los bautizados, pues el efecto fundamental del bautismo es incorporar al hombre a la comunidad de la Iglesia (cf. 1Cor 12,13; Gal 3,27).

La Iglesia es la comunidad de los que libre y concientemente reproducen en su vida lo que fue la vida de Jesús el Mesías; la comunidad de los hombres y las mujeres a quienes guía y lleva el Espíritu, y que han asumido como destino en la vida sufrir y morir por los demás, es decir, la Iglesia es la comunidad de los que viven para los demás; es, así mismo, la comunidad de los que se han revestido de Cristo (cf. Gal 3, 27 ).

Todo sacramento debe ser comprendido desde la sacramentalidad de la Iglesia. Si la Iglesia es esencialmente unidad, una comunidad de creyentes, todo sacramento tiene una dimensión comunitaria y su celebración ha de significar una experiencia comunitaria, aunque no necesariamente deba haber numerosas personas, siempre será la Eucaristía un "sacrificio público" (cf. SC 7). La unidad y comunión de la Iglesia, Pueblo de Dios, la realiza el Espíritu Santo (cf. CCE 1097).

La familia es imagen de Dios que "en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia. Es una alianza de personas a las que se llega por vocación amorosa del Padre que invita a los esposos a una íntima comunidad de vida y de amor (GS 48), cuyo modelo es el amor de Cristo a su Iglesia. La pareja santificada por el sacramento del matrimonio es un testimonio de presencia pascual del Señor" (DP 582-583).

El matrimonio y la familia son como una Iglesia en pequeño, Iglesia doméstica (cf. LG 11). Se cuentan entre los bienes más valiosos de la humanidad. Son la célula fundamental de la comunidad humana, "el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47).

 

IGLESIA MINISTERIAL (PDP 164 - 169)

"El Hijo del Hombre no vino para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida como rescate de una muchedumbre" (cf. Mc 10,45).

Quien guía a la Iglesia es el Espíritu Santo que a todos nos concede dones; los dones en las personas se vuelven ministerios para servir a la comunidad (cf. GS 11). "Uno mismo es el Espíritu que distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia según sus riquezas y la diversidad de los ministerios" (cf. 1Cor 12,1-11).

"Elemento esencial de la Iglesia como comunión y como sacramento es su dimensión jerárquica. En la Iglesia existen diversos ministerios con unidad de misión. A los apóstoles y a sus sucesores Cristo les confirió la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y con su autoridad" (Carta Pastoral CEM 129).

El ministerio apostólico es signo y servidor de la relación entre Cristo y la Iglesia, situándose frente al Pueblo de Dios, sin dejar de formar parte de él; lo que quiere decir que los ministros ordenados hacen presente a Cristo cabeza en el seno de la comunidad, manifestando así la dependencia que esta tiene respecto a su Señor, con el fin de que todos sus miembros lleguen a realizar su vocación bautismal (cf. LG 18; CCE 1548-1549).

La condición eclesial de los laicos se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular (cf. ChF 17.42; AG 21; Carta Pastoral CEM 270).

Algunos laicos están llamados a ejercer su vocación intraeclesial, (cf. IA 44), contribuyendo a construir la comunidad de la Iglesia desempeñando los ministerios que la comunidad requiera y siempre enviados por el Obispo). "Los fieles laicos cumplen su vocación cristiana principalmente en las tareas seculares. Su colaboración en el ámbito intraeclesial, si bien es relevante, no debe suprimir aquello que constituye su misión propia y específica dentro de la sociedad y de la Iglesia" (Carta Pastoral CEM 270; Cap. II, 94).


IGLESIA MISIONERA (PDP 180 - 183)

La Iglesia de todos los tiempos ha tenido como misión primordial llevar a todos los hombres y mujeres al encuentro vital con Jesucristo. La Iglesia vive de la presencia permanente y misteriosa de su Señor Resucitado y tiene como centro de su misión "llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo". La presencia del resucitado en la Iglesia hace posible nuestro encuentro con El, gracias a la acción invisible de su Espíritu vivificante. Este encuentro se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia cuerpo místico de Cristo (cf. IA 68). Esta es la misión que, como Iglesia Potosina, queremos renovar al comienzo de un nuevo milenio en la fe, como uno de los principales frutos del gran Jubileo de la Encarnación del Señor. Con renovado ardor queremos anunciar que ¡Cristo está vivo! (cf. CELAM 2000, 142).

La razón de la permanencia de la Iglesia en el mundo es continuar la misión de Cristo en todos los pueblos. No tiene otra razón de ser, para eso vive toda ella, existe sólo para eso: "ANUNCIAR EL REINO DE DIOS e instaurarlo en todos los pueblos y construir en toda la tierra el germen del Reino" (cf. EN 22).

Quien ha conocido la alegría del encuentro con Cristo no puede mantenerla encerrada dentro de sí, sino que debe irradiarla (Juan Pablo II, Domund 2000).

La Evangelización se hace más urgente respecto a aquellos que, viviendo en esta porción de nuestro estado de San Luis Potosí, aún no conocen la persona de Jesús. Lamentablemente "su nombre", "su enseñanza", "su vida" y "su Reino" son desconocidos en gran parte de la humanidad y en muchos ambientes de nuestro continente (cf. EN 22; SD 33; CELAM 2000, 143). Ello obliga a la Iglesia universal; y en particular a la Iglesia en San Luis Potosí, a permanecer abierta a la misión "ad gentes". Nuestro Plan Pastoral no puede limitarse a vitalizar la fe de los creyentes rutinarios sino que ha de buscar también anunciar a Cristo en los ambientes donde es desconocido (cf. IA 74).


IGLESIA SOLIDARIA (PDP 192 - 200)

"En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron" (Mt 25,40.45; cf. GS 43). "La conciencia de la comunión con Jesucristo y con los hermanos que es, a su vez, fruto de la conversión, lleva a servir al prójimo en todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales, para que en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo" (IA 52).

Es el encuentro vital con Jesucristo quien nos introduce en el misterio de su propia solidaridad con la humanidad, ya que al encarnarse el Hijo de Dios, "siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza" (cf. 2 Cor 8,9). Esta Iglesia solidaria funda su actividad en la condescendencia que ha tenido el Padre con nosotros al enviarnos a su propio Hijo para que tengamos vida, y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Su mejor expresión se encuentra en la parábola del Buen Samaritano que responde magistralmente a la pregunta sobre el prójimo. ¡Es el mismo Dios quien se ha hecho prójimo de la humanidad para que todos nosotros descubramos el camino de la compasión! "Si así nos ha amado Dios... ¡Anda y haz tú otro tanto!" (cf. 1 Jn 4,10; Lc 10,25-37; CELAM 2000, 115). El mismo Cristo, Hijo de Dios, Buen Samaritano, se hace solidario al cargar sobre sí las miserias humanas en la cruz.

"Ecclesia in America afirma que toda la Iglesia está llamada a promover, a partir del Evangelio, la construcción de una 'cultura globalizada de la solidaridad' que haga presente, con el pensamiento y el testimonio de la vida, el amor de Cristo" (Carta Pastoral CEM 209).

Es tiempo de profundizar en la virtud de la caridad como el principio dinamizador de todo el ser y quehacer de la Iglesia. Es precisamente la virtud de la caridad, lo que hace que la comunidad eclesial comparta sus bienes y busque que nadie pase necesidad (cf. Hch 2,42ss; 4,32ss; Carta Pastoral CEM 215).

La Iglesia aspira a colaborar en la gestación de una sociedad que en todo sea favorable al hombre y a la mujer. Por eso se interesa por su vida integral, que incluye la salud, la educación, la paz, su derecho a dar culto a Dios con plena libertad. Se interesa por los derechos humanos, la defensa de la vida, la promoción de la mujer, etc. (cf. SD 164.165); y asimismo por la asistencia hacia los marginados que muestran diversos "rostros de Cristo" (cf. DP 31-39; SD 178-179; Cap. II, 2-6).

Debemos recordar siempre que el fundamento sobre el que se basan todos los derechos humanos es la dignidad de la persona. En efecto, la mayor obra divina, el hombre y la mujer, son imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1.26; IA 57; Cap. II, 51).

El Evangelio nos muestra cómo Jesucristo subrayó la centralidad de la persona humana en el orden natural (cf. Lc 12, 22-29), en el orden social y en el orden religioso, incluso respecto a la Ley (cf. Mc 2,27). De la dignidad del hombre nacen los derechos humanos y las obligaciones. Por esta razón todo atropello a la dignidad del hombre es atropello al mismo Dios de quien es imagen (cf. SD 164-165; IA 57).

Queremos en San Luis Potosí una Iglesia movida por el amor y la misericordia, que a ejemplo de Jesucristo, no considere ajenos los gozos y menos aún las tristezas de la gente de este tiempo. Su prioridad en el amor se dirige hacia los pobres y excluidos, en particular a desplazados y migrantes, buscando nuevas formas de presencia en el mundo del dolor que incluye a los enfermos y ancianos, a los discapacitados, a los hermanos afectados por el SIDA, y a todos y a cada uno de los que padecen cualquier forma de desvalidez (Cap. II, 2-6).

La solidaridad, pues, no es un elemento extraño o añadido a la dinámica de la vida cristiana. "Para el cristiano, la solidaridad es el ejercicio de la caridad que lo santifica, lo dignifica y lo hace participar activamente en la construcción de la comunidad" (cf. Carta Pastoral CEM 224.225).


IGLESIA INCULTURADA (PDP 207 - 211)

La cultura es todo aquello por lo que la persona humana "crece en su ser, crece en humanidad". Es el modo como la persona se relaciona con sus semejantes, con el mundo material y con Dios (cf. Carta Pastoral CEM 355; Cap. II, 22).

Jesucristo es la revelación y definición propia del hombre, "quien revela el hombre al propio hombre" (GS 22); es él mismo, la medida de toda cultura (SD 13 y 228; Cap. II, 23).

La inculturación es la encarnación del Evangelio en las diversas culturas, y, al mismo tiempo, es la inculturación de esas culturas en la vida de la Iglesia (Cap. II, 29).

El proceso de inculturación, que bien puede definirse como el esfuerzo de la Iglesia para hacer penetrar el mensaje de Cristo en un ambiente socio cultural determinado, llamándolo a crecer según sus propios valores, y hacerlos compatibles con el Evangelio, es una tarea que hemos venido llevando a cabo, en los diferentes momentos particulares de nuestra historia diocesana y que nos proponemos reforzar en el presente.

La fe en Cristo, al mismo tiempo que trasciende la cultura, la penetra asumiéndola, purificándola y transformándola. La fe que se incultura y la cultura que resulta evangelizada son dos dimensiones de una misma realidad: Cristo que a través de la acción de sus miembros ofrece una espiritualidad encarnada, que transforma el entorno y lo vuelve más humano y abierto a la posibilidad de un encuentro con el Misterio de Dios (cf. Carta Pastoral CEM 197-200).