AMERICA LATINA, INTERPRETADA
POR LA “REDEMPTORIS MISSIO”
Mons. Dario
Castrillon
Obispo de Pereira (Colombia)
1.
“Redempotoris missio”
estímulo para la nueva evangelización.
La Iglesia
que peregrina en América Latina se prepara para celebrar quinientos
años de evangelización del continente.
En el discurso
del Santo Padre Juan Pablo II en Puerto Principe, en la asamblea preparatoria
de estas celebraciones, nos invitó a emprender una nueva evangelización,
y especifico: “Nueva en su ardor, en sus métodos y en su
expresión”.
La situación
del mundo actual descrita en el n. 34 de Christifideles laici motiva
suficientemente esta “nueva evangelización”. Después
de describir la situación de países del primer mundo,
dice el Papa: “En cambio, en otras regiones o naciones todavía
se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular
cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo
de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre
los que destacan la secularización y la difusión de las
sectas. Sólo una nueva evangelización puede asegurar el
crecimiento de una fe limpia y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones
una fuerza de auténtica libertad. Ciertamente urge en todas partes
rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana”.
Recibimos
con alegría y entusiasmo la encíclica Redempotis Missio,
por que nos ofrece una valiosa orientación sobre cómo
realizar el ambicioso y urgente programa de la nueva evangelización,
en continuidad con el proceso de ampliación del pensamiento del
Papa al respecto.
Recibimos
esta encíclica con particular gratitud al Santo Padre, porque
su contenido es un estímulo para nuestra acción pastoral
en América Latina.
2.- Amplitud del concepto de “misión”.
Es para nosotros
muy importante la amplitud que en la encíclica recibe el concepto
de misión y su aplicación a América Latina.
Dice el Papa
que “se está afianzando una conciencia nueva: la misión
atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias,
a las instituciones y asociaciones eclesiales” (RM, 2). Esta visión
de la responsabilidad misionera global dará vida a nuevas iniciativas
misioneras por parte de todos los agentes de la pastoral. Así
explicita de nuevo el Santo Padre la ampliación de la responsabilidad
que en épocas anteriores pesaba casi exclusivamente sobre los
religiosos misioneros, con una tímida y restringida acción
de las diócesis.
Al extender
el concepto, el Papa previene sobre un riesgo peligrosamente presente
en América Latina. Es el de minimizar con inconsistentes razonamientos
culturales la acción misionera ad gentes. Ni faltan quienes pretendan
considerar como una agresión cultural la predicación primera
y directa del Evangelio.
“No
obstante, en esta “nueva primavera” del cristianismo no
se puede dejar oculta una tendencia negativa, que este documento quiere
contribuir a superar: la misión específica adgentes parece
que se va parando, no ciertamente en sintonía con las indicaciones
del Concilio y del Magisterio posterior. Dificultades internas y externas
han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos,
lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo.
Lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la evangelización
misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia
puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual”
(RM, 2)
Algunos críticos
exagerados de las celebraciones del V Centenario de la evangelización
de América llegan hasta la de los indígenas por haberles
entregado a Cristo y por haber sustituido los cultos paganos por la
cruz. En esta línea se mueven grupos inspirados en teologías
de la liberación no corregidas, a tenor de las dos Instrucciones
de la Congregación para la doctrina de la fe.
La Redemptoris
Missio nos da aliento y nos estimula a reemprender con mayor brío
la tarea de llevar el nombre de Jesús a los hermanos del continente
que aún no lo conocen.
Nuestros
misioneros recibirán –estoy seguro- el apoyo de las diócesis
para nuestra propia misión ad gentes en la que hemos da adaptar
“el nuevo ardor, los nuevos métodos y las nuevas expresiones”
de la nueva evangelización a la que el Papa nos ha convocado.
Pero si,
por una parte, tenemos todavía algunos núcleos paganos
de indígenas (cf. RM, 37), por la otra es cada vez mayor el número
de los descristianizados en las grandes urbes, y aun en la periferia,
por la obra deletérea de las ideologías; los que han pasado
a las sectas y las víctimas del consumismo indiscriminado que
terminan en la indiferencia. En una palabra, hay una inmensa mayoría
sujeto de una nueva evangelización y de una nueva forma de misión
ad gentes (cf. Rm, 37). Ahora bien, ¿cómo responder a
la gravedad de estos retos?
3 . Tres campos específicos.
La encíclica
presenta tres campos específicos para nuestra tarea en América
Latina.
1)
La cultura
El primero
es el de las áreas culturales o areópagos modernos.
Efectivamente,
después de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano
en Puebla, los obispos de este subcontinente han tenido una preocupación
creciente por la evangelización de la cultura y de las culturas.
En ello han
seguido muy de cerca el magisterio de Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi,
pero, sobre todo, el rico magisterio de Juan Pablo II. El Papa, poco
después de Puebla, decía a los cardenales: “No pasa
desapercibido para vosotros cuántas veces he intentado consagrarme
personalmente y con la ayuda de mis colaboradores a los problemas de
la cultura, de la ciencia y de las artes. Es un punto vital sobre el
que se juega el destino de la Iglesia y del mundo en este fin de siglo:
(Discurso del 5 de noviembre de 1979).
a)
Evangelizar la cultura.
Los obispos
de América Latina se sintieron interpelados por Pablo VI cuando
dijo: “Lo que importa es evangelizar –no de una manera decorativa,
como un barniz superficial, sino de manera vitral, en profundidad y
hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del hombre
en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en Gaudium
Et Spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo
siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con
Dios” (Evangelli Nuntiandi, 20)
Nuestra cultura
planetaria cada vez más secularizada universaliza un subjetivismo
moral que ha abierto el terreno a un ethos sin valores trascendentes.
El gran desafío es llevar el nombre y la revelación de
Jesús a esta cultura para evangelizar al hombre desde sus mismas
raíces culturales. Así se logra “convertir al mismo
tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad
en que se hallan comprometidos, su vida y su ambiente concreto”
“Evangeli Nuntiandi, 18). Juan Pablo II dijo al Consejo Pontificio
para la cultura que “no es nueva, por cierto, en la Iglesia la
preocupación por evangelizar las culturas, pero hoy presenta
problemas con carácter de novedad en un mundo mercado por el
pluralismo, choque de ideologías y hondas mutaciones de mentalidad”
(Discurso del 15 de enero de 1985, n.3)
“No
podemos dejar de evangelizar; muchas regiones, muchos ambientes culturales
permanecen todavía insensibles a la Buena Nueva de Jesucristo.
Estoy pensando en las culturas de vastos espacios del mundo al margen
aún de la fe cristiana. Pero pienso también en amplios
sectores culturales de países de tradición cristiana que
parecen indiferentes hoy –si no refractarios- al Evangelio”
(Discurso al Pontificio Consejo para la cultura, 1985, 3; cf Ad Gentes,
20 y RM, 37).
El Papa ha
presentado la evangelización de la cultura como un imperativo:
“La síntesis entre la cultura y la fe con es solamente
una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Una fe que
no se convierte en cultura es una fe no aceptada plenamente, no pensada
enteramente, no vivida fielmente” (Discurso al Pontificio Consejo
para la cultura, 16 de enero de 1982).
Crisis de
la postmodernidad. La crisis de la actual cultura y el penoso camino
de la postmodernidad configuran simultáneamente una hora de confusión
y de esperanza que abre insospechadas posibilidades al anuncio del Evangelio,
especialmente en América Latina.
Efectivamente,
la pérdida de valores específicamente cristianos y de
valores ancestrales signados por las “semillas del Verbo”
son, sin lugar a dudas, una de las causas del malestar, del desconcierto,
de la angustia y de la frustración de nuestros pueblos. Por el
alma contemplativa de los indígenas, por el sentido religioso
de los afroamericanos, por la religiosidad popular viva en la tradición
de los pueblos latinoamericanos, el recorte de la trascendencia ha golpeado
fuertemente a los Individuos y a la sociedad.
La guerra
de las ideologías y su fracaso han matado en muchos la esperanza.
La razón absolutizada y la ciencia y la técnica llevadas
hasta las fronteras de lo contra humano han dejado, sobre todo en la
juventud, dramáticos espacios de vacío, de insatisfacción,
de duda vital.
Por otra
parte, el sustrato católico de la cultura latinoamericana, la
revitalizada piedad popular, la alegría de la comunidad eclesial
sentida en las bases, la creciente integración de los fieles
y la Jerarquía abre horizontes de esperanza.
Recibimos
como luz, apoyo y estímulo para estas inquietudes y para nuestra
urgente respuesta pastoral el tema de las áreas culturales o
areópagos modernos del número 37 de la Redemptoris Missio.
Evangelizar
la comunicación social. Los esfuerzos hechos por nuestras Iglesias
en el “areópago” de la comunicación social
tienen un nuevo apoyo en la Redemptoris Missio. Tendrán especial
resonancia en América Latina estas palabras: “El trabajo
en estos medios, sin embargo, no tiene solamente el objetivo de multiplicar
el anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización
misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No
basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el magisterio
de l Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta “nueva
cultura” creada por la comunicación moderna. Es un problema
complejo, ya que esta cultura nace aun antes de los contenidos, del
hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes,
nuevas técnicas, nuevos comportamientos psicológicos.
Mi predecesor Pablo VI decía que: “La ruptura entre Evangelio
y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo”; y el
campo de la comunicación actual confirma plenamente este juicio”
(RM, 37).
En el capítulo
V, los caminos de la misión, después de anotar como positivo
el fenómeno de las comunidades eclesiales de base, tan propio
de la pastoral latinoamericana, insiste el Papa en la idea de la evangelización
de la cultura.
b)
La inculturación
En el número
52, bajo el título Encarnar el Evangelio en las culturas de los
pueblos, hace el Papa un análisis precioso de la inculturación.
Dice que “ésta es una exigencia que ha marcado todo el
camino histórico de la Iglesia, pero hoy es particularmente aguda
y urgente”. La realidad actual de las etnias en nuestro continente
después de un proceso de quinientos años de evangelización
demuestra el acierto de las palabras del Papa: “El proceso de
inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere
largo tiempo; no se trata de una mera adaptación externa, ya
que la inculturación “significa una íntima transformación
de los auténticos valores culturales mediante su integración
en las diversas culturas”. Y aquí el Papa agrega una novedad
pastoral cargada de consecuencias: “Es, pues, un proceso profundo
y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión
y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil,
porque no debe comprometer en ningún modo las características
y la integridad cristiana”. Así, el Papa no hace concesiones
a un fácil antropologismo cultural.
En el momento
de una nueva evangelización es muy importante tener en cuenta
que “con la inculturación, la Iglesia se hace signo más
comprensible de lo que es, e instrumento más apto para la misión”.
Repite el
Papa los dos principios fundamentales en el proceso de inculturación
que ya había anunciado en la Familiaris Consortio: “La
compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la
comunión con la Iglesia universal”; y pone en manos de
los “obispos, guardianes del depósito de la fe” el
cuidado de la “fidelidad y sobre todo, del discernimiento, para
lo cual es necesario un profundo equilibrio; en efecto, existe el riesgo
de pasar críticamente de una especie de alineación de
la cultura a una supervaloración de la misma, que es un producto
del hombre, en consecuencia, marcada por el pecado. También ella
debe ser purificada, elevada y perfeccionada” (RM, 54).
Así,
pone el Papa el proceso de inculturación al abrigo de experimentos
acríticos en laboratorios pastorales de inculturación
de signo abiguo.
2) La misión “ad gentes”
Para América
Latina ha llegado la hora de calzar la sandalia misionera y el Papa
nos anima y estimula en este propósito y en este esfuerzo.
Los obispos
de América Latina acuñamos en Puebla una frase en la que
se puede descubrir el sentido profundo de una moción del Espíritu
Santo: “Dar desde nuestra pobreza”
Es cierto
que tenemos una tarea pastoral abrumadora, precisamente por el dinamismo
de nuestras Iglesias.
Es cierto
que aún carecemos de un número adecuado de agentes pastorales
para mantener y fortificar la fe de nuestros creyentes y para las exigencias
de nuestras propias misiones ad gentes.
Pero también
es cierto que por la proporción de católicos de nuestras
comunidades en relación con la Iglesia universal; por la edad
adulta de nuestras Iglesias con quinientos años de misioneros
, de mártires, de confesores, de universalidades, seminarios
e institutos de formación religiosa; por la gracia de abundantes
y decididas vocaciones sacerdotales, religiosas y de apóstoles
seglares; por la fortaleza cristiana de innumerables familias, podemos
afirmar sin exageración y sin injusticia que no estamos cumpliendo
a cabalidad nuestro deber misionero con la Iglesia universal en la misión
ad gentes.
Ha llegado
la hora misionera de América Latina y la Redemptoris missio es
campanada, es estímulo; más aún, es exigencia.
Estamos convencidos de que “la fe se fortalece dándola”
(RM, 2).
La novedad
de la encíclica es marcar el rumbo ejecutivo de la doctrina del
Concilio Vaticano II.
a)
Los sacerdotes
Quiere el
Papa, y lo acompañamos desde nuestra pobreza los obispos de América
Latina, que los sacerdotes diocesanos participen en la misión
universal (cf. RM, 67).
Con el Concilio
Vaticano II, reafirma la Redemptoris missio que “el don espiritual
que los presbíteros reciben en la ordenación no los prepara
a una misión limitada y restringida, sino a la misión
universal y amplísima de salvación hasta los confines
de la tierra, pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma
amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles”.
El Papa fortifica
nuestra voluntad de cooperación misionera cuando expresa: “Mi
deseo es que el espíritu de servicio aumente en el presbiterio
de las Iglesias más jóvenes” (RM, 69)
b)
Los religiosos
Aunque ha
habido siempre religiosos latinoamericanos que en sus distintos institutos
religiosos han cooperado en la misión ad gentes, y es preciso
incrementar su número, muy reducida ha sido la participación
de institutos no específicamente misioneros.
La Redemptoris
Missio invita a los institutos de vida contemplativa a establecer comunidades
en las jóvenes Iglesias, para dar “preclaro testimonio
entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de Dios, así
como de unión en Cristo” (RM, 69)
“Es
de desear que muchas jóvenes mujeres cristianas sientan el atractivo
de entregarse a Cristo con generosidad, encontrando en su consagración
la fuerza y la alegría para dar testimonio de él entre
los pueblos que aún no lo conocen” (RM, 70). Estas palabras
han sacudido el corazón de miles de vírgenes latinoamericanas
que darán un sí generoso al llamado del Pontídice.
c)
Los laicos misioneros
La pastoral
juvenil, las asociaciones, los movimientos, las comunidades eclesiales
de base, el impulso del Sínodo y de la exhortación apostólica
Christifideles Laici, han despertado en el laicado de América
Latina una ansía de compromiso apostólico. La conciencia
de un trabajo horizontal de Iglesias pobres a Iglesias pobres es muy
vivo en los laicos de nuestro continente.
Dice el Papa
a las varias agrupaciones del laicado “que todos se entreguen
a la misión ad gentes y la colaboración con las Iglesias
locales. De este modo se favorecerá el crecimiento de un laicado
maduro y responsable, cuya formación se presente en las jóvenes
Iglesias como elemento esencial e irrenunciable de la plantatio Ecclesiae”
(RM, 72).
Termina el
Papa con unas palabras que son un mandato dentro del marco de la nueva
evangelización: “Todos los fieles laicos deben dedicar
a la Iglesia parte de su tiempo, viviendo con coherencia la propia fe”
(RM, 74)
3)
Evangelización y promoción humana
Finalmente
el Papa insiste en una idea asociada siempre a su angustia de Pastr
universal que comparte el sufrimiento de los pequeños de su grey;
la promoción del desarrollo.
En el capítulo
V, los caminos de la misión, dedica el Santo Padre dos acápites
especiales al cuidado de los pobres, de los oprimidos y de los marginados.
El primero con el título Promover el desarrollo educando las
conciencias, y el segundo La caridad, fuente y criterio de la misión.
a)
El desarrollo
Al señalar
el Santo Padre el tema de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano,
que tendrá lugar en Santo Domingo en 1992 con motivo del V Centenario
de la evangelización de América, incluyó el elemento
promoción humana porque el sufrimiento y la opresión de
los pobres de América Latina tienen un eco fuerte en su corazón
de Padre.
“La
misión ad gentes se despliega mayormente en aquellas regiones
del sur del mundo donde es más urgente la acción para
el desarrollo integral y la liberación de toda opresión”
(RM, 58). El Papa cita a la Conferencia de los obispos latinoamericanos
en Puebla, donde afirmaron que “el mejor servicio al hermano es
la evangelización, que lo prepara a realizarse como Hijo de Dios,
lo libera de las injusticias y lo promueve íntegramente”
(n. 1145)
La Redempotis
Missio precisa el campo principal de actuación de la Iglesia
en el plano del desarrollo: “El desarrollo de un pueblo no deriva
primariamente ni del dinero, ni de las ayudas materiales, ni de las
estructuras técnicas, sino más bien de la formación
de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres”
(RM, 58).
“Con
el mensaje evangélico la Iglesia ofrece una fuerza liberadora
y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva a la conversión
del corazón y de la mentalidad; ayuda a conocer la dignidad de
cada persona, dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de
los hermanos; inserta al nombre en el proyecto de Dios, que es la construcción
del reino de paz y de justicia, a partir ya de esta vida. He ahí
por qué entre el anuncio evangélico y la promoción
del hombre hay una estrecha conexión” (RM, 59).
b)
La caridad
Tiene este
tema, conexo casualmente con el anterior, especial resonancia en América
Latina donde la Iglesia, desde Medellín, ha insistido constantemente
en la opción preferencial por los pobres.
Nos llenan
de alegría las palabras del Papa en la Redempotoris Missio, que
repiten con un acento más universal lo dicho por el Pontífice
en la primera visita pastoral a Brasil: “La Iglesia en todo el
mundo quiere ser la Iglesia de los pobres, quiere extraer toda la verdad
contenida en las bienaventuranzas de Cristo y sobre todo en esta primera:
“Bienaventurados los pobres de espíritu”. Quiere
ensañar esta verdad y quiere ponerla en práctica, igual
que Jesús vino a hacer y enseñar” (RM, 60).
Y, de nuevo,
el Santo Padre ratifica la enseñanza de la III Conferencia general
del Episcopado Latinoamericano en Puebla: “Los pobres merecen
una atención preferencial, cualquiera que sea la situación
moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de
Dios para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida y aun
escarnecida. Por eso, Dios toma su defensa y los ama. Es así
como los pobres son los primeros destinatarios de la misión y
su evangelización es por excelencia señal y prueba de
la misión de Jesús” (RM, 60).
CONCLUSIÓN
La encíclica
Redemptoris Missio golpea con acentos especiales el corazón de
la Iglesia en América Latina.
Estimula
la nueva evangelización que integra como elemento indispensable
la misión intracontinental ad gentes.
Da claridad
a las tareas emprendidas por el CELAM y las Iglesias en el empelo de
evangelizar la cultura e inculturar el Evangelio.
Las orientaciones
del Santo Padre tienen un especial relieve ante la proximidad de la
IV Conferencia general del Episcopado Latinoamericano con el tema Nueva
evangelización, promoción humana, cultura cristiana.
Es una voz
de aliento en el propósito de la Iglesia en América Latina
de ampliar sus horizontes misioneros universal. Es la hora misionera
de América Latina.
Es un apoyo
y un impulso al trabajo por los pobres en una promoción humana
concebida como elemento integrante de la evangelización.
Gracias Santo
Padre por confirmarnos en la fe.