A fines del
segundo milenio cristiano, la misión de la Iglesia esta aun lejos
de cumplirse (cf. RM, 1). En efecto, según estadísticas
recientes 1990), la población mundial es de 5.297.042.000 habitantes.
Los cristianos de todas las confesiones son alrededor de 1.758.777.900
personas; los no cristianos son, por su parte, 3.538,264,100 personas.
Para el año 2000 se preveían las siguientes cifras: población
mundial: 6.259.642.000; de ese numero, serían cristianos: 2.130.000.000;
no cristianos: 4.129.642.000 (D. Barrett, Status of Global Mission.
1990, in con text of 20th Century, en Internacional Bulletin of Missionary
Research, 1 de enero de 1990, pag. 27). De estas estadísticas
resulta que aumenta cada vez más el número de los que
no conocen a Cristo. Por este motivo la misión conserva toda
su urgencia y lanza un reto al compromiso misionero de la Iglesia (cf.
RM, 2-3).
Las primeras
comunidades cristianas, que se encontraron en una coyuntura semejante,
se lanzaron valientemente al esfuerzo misionero. A pesar de sus escasos
medios, el Evangelio alcanzo en poco tiempo los confines del mundo.
"En la base de este dinamismo misionero estaba la santidad de los
primeros cristianos y de las primeras comunidades" (RM, 90) Para
responder, por tanto, a las exigencias de la misión ad gentes,
"no basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y
coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza
los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario
suscitar un nuevo anhelo de santidad" entre los misioneros y en
toda la comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son
los colaboradores más íntimos de los misioneros"
(RM, 90). La Iglesia no tiene solo necesidad de un mayor numero de misioneros,
sino de misioneros de profunda espiritualidad: audaces y fervorosos
en el compromiso y enamorados de Cristo y de su Evangelio, de modo que
quieran darlo a conocer a todo el mundo para compartir su experiencia.
MOVIDOS POR
EL ESPÍRITU
Una característica
esencial de la espiritualidad misionera es vivir en comunión
con el misterio de Cristo según el propio estado, en relación
con la vocación y misión que se tiene en la Iglesia. De
aquí que el compromiso misionero conlleve una espiritualidad
específica, con características y matices peculiares (cf.
RM, 87).
La docilidad
a la acción del Espíritu es necesaria en la actual vida
misionera, porque también hoy en día la misión
es una empresa tan difícil y compleja como en el pasado. "Vivimos
frecuentemente el drama de la primera comunidad cristiana, que veía
como fuerzas incrédulas y hostiles se aliaban "contra el
-Señor y contra su ungido" (Hch 4,26)" (RM, 87). Sólo
el misionero que se deja plasmar y guiar por el Espíritu tiene
el valor de proclamar el evangelio con sinceridad y sabiduría
para escrutar los misteriosos caminos de Dios, para abrirse a los nuevos
horizontes de la misión y para transformar las dificultades en
nuevas oportunidades de evangelización.
La docilidad
al Espíritu impulsa al misionero a pasar de la actividad a la
pasividad. Vida activa significa que el misionero se preocupa por hacer
planes y programas; la vida pasiva, por el contrario, empieza cuando
el misionero aprende a escuchar la voz interior y dejarse guiar por
el Espíritu. En lugar de afanarse por trazar proyectos, busca
escuchar la voz del Espíritu y se convierte así en un
hombre audaz y capaz de ir incluso a donde no quiere (cf. Jn 21, 8).
Este es el estilo de vida de los profetas, los apóstoles y los
grandes misioneros.
No es fácil
vivir observando los dictados de la voz interior, ni comprenderlos,
pues todas las mociones interiores pertenecen al Espíritu Santo.
Pero existen también en el fuero interno los impulsos del interés,
de las pasiones, del egoísmo y del espíritu maligno. Por
eso, el discernimiento de la voz interior reviste gran importancia.
Esto exige un esfuerzo por despojarse de todas las cosas, por liberarse
de todas las pasiones e intereses egoístas-materiales, intelectuales,
ideológicos con la finalidad de buscar solo a Dios.
Así,
la vida según el Espíritu se manifiesta como el camino
para pasar de la vida apostólica en la que el misionero ocupa
el centro, a la vida apostólica en la que Jesús es el
centro. A veces se dice que toda la vida es para, Jesús y su
Evangelio, y luego no se soporta el hecho de que alguien trabaje bien
en favor del Evangelio. Esta es la vida apostólica en la que
yo soy el centro. Al contrario, la vida según el Espíritu
exige una lucha espiritual, que comporta un verdadero anonadamiento
de sí mismo. Pero solo el misionero que acepta morir a sí
mismo, puede escuchar la voz del Espíritu Santo.
EN EL MISTERIO
DE CRISTO, EL ENVIADO.
El misionero
es aquel que ha sido conquistado por Jesús, En el corazón
de su existencia está la persona de Jesús, que lo llama
y lo envía. Cristo es el origen y, al mismo tiempo, el objeto
del compromiso del misionero. El misionero no agota su misión
al enseñar una doctrina o al ofrecer un servicio; su misión
consiste en presentar a una persona, es decir, a Jesucristo, para invitar
y ayudar a los demás a que entren y crezcan en comuni6n íntima
con el. Por eso "no se puede comprender y vivir la misión
si no es con referencia a Cristo, en cuanto enviado a evangelizar"
(RM. 88).
Esta claro
que no se trata de una referencia abstracta y teórica, si no
de una relación de Íntima comunión, nacida de una
experiencia de fe que nos testimonia que Cristo es el enviado del Padre
y el único Salvador del mundo (Hch 4, 10-12; cf. RM, 5)- Enraizando
en esta experiencia de fe, el misionero se caracteriza por ser el hombre
de las bienaventuranzas de la alegría y de la esperanza (cf.
RM, 91); su vida esta animada constantemente por el deseo Inmenso de
compartir con los demás su experiencia de Cristo.
En nuestra
época se afirma a menudo que el mundo es indiferente ante el
Evangelio, Es verdad que mucha gente se preocupa por los bienes materiales
y por eso pierde interés por el Evangelio; hay gente que lo rechaza
por otras motivaciones o ideologías. También es verdad
que muchas personas buscan a Jesús y su Evangelio. "Lo buscan
paradójicamente por caminos insospechados y sienten dolorosamente
su necesidad; exigen a los evangelizadores que les hablen de un Dios,
a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuviesen
viendo al invisible" (Evangelii Nuntiandi, 76; cf. L' Osservatore
Romano, edición en lengua española, 21 de diciembre de
1975, pag 13). Por esta razón, en la vida y en los diversos servidos
es necesario mantener siempre viva la preocupación por dar a
Jesús y su Evangelio. Es preciso recordar que los hombres, incluso
los más pobres, no tienen tanta necesidad de nosotros, de nuestras
ayudas, de nuestras obras, cuanto de Jesucristo.
El misionero,
preocupado por dar a Jesús y su Evangelio a las gentes, deberá
tener una gran familiaridad con el y con su Evangelio. Naturalmente
no se trata de una familiaridad romántica o sentimentalista,
sino de una convicción de fe que empuja al misionero a dejar
que el Evangelio transforme su mentalidad, su estilo de vida, sus criterios
de Juicio y su escala de valores. En otras palabras, se trata del compromiso
de vivir cada una de las situaciones concretas de la vida en conformidad
con el espíritu del Evangelio. En efecto, "no se puede dar
testimonio de Cristo sin reflejar su imagen" (RM 87).
Como consecuencia
de ello, la espiritualidad misionera se caracteriza por el silencio
y la contemplación. Silencio es la capacidad de escucha y de
admiración para dejarse conquistar por Cristo; contemplación
es la dinámica de descubrir y redescubrir como nuevo ese encuentro
místico para establecer una relación personal cada vez
más profunda con Cristo, para asimilar su estilo y su espíritu,
y para dejar que su misterio penetre toda nuestra existencia: mentalidad,
pensamiento?, criterios, Juicios, sentimientos, motivaciones, opciones,
actividades, etc. En este sentido se puede entender la siguiente afirmación
de la encíclica: "el futuro de la misión depende
en gran parte de la contemplación. El misionero, si no es contemplativo,
no puede anunciar a Cristo de modo creíble" (RM, 91).
Además,
vivir la espiritualidad de Cristo, el enviado, significa también
dejarse plasmar por su estilo. Cristo, en cuanto enviado, se deja imbuir
completamente por el designio del Padre. "Se trata de un anonadamiento
que, no obstante, está impregnado dé amor y expresa el
amor" (RM, 88).
El comportamiento
de Cristo " enviado ", implica para el misionero la renuncia
a todos los bienes y a su propia persona, de manera que llegue a ser
completamente libre para la causa del Evangelio (cf. RM, 88) Este estilo
de vida presenta dos aspectos significativos y complementarios: la opción
radical y la alegría de la donación. La opción
radical es una exigencia del amor Incondicional, en tanto que la alegría
es su consecuencia. Precisamente a través de este estilo de vida
el misionero da a conocer a Cristo al mundo. De hecho, el modo mejor
para dar a conocer a Cristo a los demás es unirse a el y dejarse
impregnar completamente por él, hasta el punto de poder exclamar
con el Apóstol: "Todo esto lo hago por el Evangelio"
(1Co 9, 22-23; cf. RM. 88).
EN EL AMOR
DE CRISTO A LA IGLESIA
La misión
no es nunca un esfuerzo puramente individual y privado, sino mas bien
la obra de toda la Iglesia, y siempre se lleva a cabo en la dimensión
de la Iglesia. Se deduce, pues, que la misión es una acción
de índole propiamente eclesial (cf. Evangelii nuntiandi, 60)
y que el amor a la Iglesia es un aspecto esencial del servicio misionero.
Según la encíclica Redemptoris Missio, el amor a la Iglesia
es necesario para estar en sintonía con Cristo, que amo a la
Iglesia y se entrego a si mismo por ella (RM, 89). La falta de amor
a la Iglesia es un síntoma claro de falta de amor a Cristo. Precisamente
por ello, el amor a la Iglesia no solo expresa el celo misionero, sino
que además lo sostiene (cf. RM, 89).
El amor a
la Iglesia debe manifestarse de modo concreto en la vida del misionero.
En primer lugar, el amor exige estar en sintonía con la persona
a la que se ama. Por ello, amar a la Iglesia significa “sentirecum
Ecciesia"(RM, 36). El amor se prueba en la fidelidad. Dado que
el amor a la Iglesia hunde sus raíces en el amor a Cristo, la
fidelidad a Cristo implica necesariamente para el misionero la fidelidad
a la Iglesia (cf. RM, 89j. Ser fiel a la Iglesia significa asumir conscientemente
las responsabilidades y funciones que corresponden a la propia vocación;
significa, asimismo, respetar y apreciar las responsabilidades y funciones
de los demás miembros de la Iglesia. Este espíritu de
comunión eclesial requiere naturalmente una visión de
la fe de la Iglesia, pero también la capacidad de confiar en
los demás.
Siguiendo
el ejemplo de Cristo que "amo a la Iglesia y se entregó
a sí mismo por ella" (Ef. 5,25), el amor a la Iglesia se
manifiesta en la capacidad de dar la vida por ella (RM, 89). "Dar
la vida por la lglesia" significa no solo ofrecer servicios y saber
sacrificarse por ella, sino también la disponibilidad a sufrir
por ella, aceptando con amor las imperfecciones de sus miembros. No
existe amor que no comporte algún sacrificio.
AMAR A LOS
HOMBRES COMO CRISTO LOS HA AMADO.
Otra nota
peculiar de la espiritualidad misionera es la caridad apostólica,
cuyo modelo es el corazón de Jesús, el Buen Pastor (RM,
89). A la luz de Cristo, el Buen Pastor, la encíclica indica
tres rasgos de la caridad apostólica.
En primer
lugar, el corazón del Buen Pastor se manifiesta como "atención,
ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por
los problemas de la gente" (RM, 89).
En segundo
lugar, el corazón del Buen Pastor tiene una actitud positiva
respecto a la salvación. El Buen Pastor es aquel que va en búsqueda
de la oveja perdida hasta que la encuentra y la lleva a casa, y luego
se alegra con los amigos por haberla encontrado (cf. 15, 4-7) ; es también
como aquel que "no partirá la cana quebrada, y no apagara
la mecha mortecina" (Is 42, 3-4). Se trata de la actitud positiva
de salvación para "poder anunciar a todo hombre que es amado
por Dios y que él mismo puede amar" (RM, 89), de forma que
el corazón de los hombres arda de amor. Toda persona quiere amar
y desea ser amada, pero esta capacidad de amar queda sofocada por muchas
fuerzas negativas. Es menester hacer brotar este manantial de amor escondido
en los corazones; solo así se transformará en una fuente,
en un torrente, y generará un clima de optimismo, una nueva tensión
hacia el bien, el servicio y la donación, que permitirá
edificar los corazones y crear nuevos espacios de comunión.
El tercer
aspecto que caracteriza al Buen Pastor es la fuerza universal de su
amor. Jesús quiere salvar a todos y reunir a todos en un solo
redil. En el corazón del Buen Pastor no se hace discriminación
entre buenos y malos, entre opresores y oprimidos; hay solo personas
que tienen necesidad de ser salvadas. El Buen Pastor abriga sentimientos
de compasión por todos, porque todos han pecado y tienen necesidad
de ser salvados. Por eso, el misionero es el "hermano universal",
que lleva en SÍ mismo el "espíritu de la Iglesia,
su apertura y atención a todos los pueblos y a todos los hombres,
especialmente a los más pequeños y pobres. En cuanto tal,
supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología:
es signo del amor de Dios en el mundo, que es amor sin exclusión
ni preferencias" (RM. 89).
CONCLUSIÓN
El futuro
de la misión depende de la santidad de los misioneros y de las
comunidades cristianas. A pesar de las muchas dificultades, la Iglesia
actúa con confianza y esperanza; se reúne alrededor de
María como los primeros discípulos en el Cenáculo,
para implorar al Espíritu y obtener fuerzas y valentía
para poder cumplir el mandato misionero (cf. RM, 92) y repetir Junto
con ella su "sí'" incondicional. Con el "sí"
de María, Dios entró en el mundo para salvarlo y renovarlo.
También hoy, con el "si" de los misioneros, unido al
"sí" de María y al de generaciones de misioneros
y cristianos en la historia de la Iglesia, Dios manifestará las
maravillas de su amor en el corazón del mundo actual.
JOSEPH DINH
DUC DAO
Vicepresidente del Centro Internacional de animación misionera.
L' OSSERVATORE ROMANO 21 de junio de 1991.