“La
Iglesia no puede callar; al contrario, tiene el deber apremiante de
proclamar, dentro del respeto a las diferentes creencias y sensibilidades,
que Cristo es, por voluntad divina, el único Salvador de los
hombres”.
La misión
se basa en el carácter central de Cristo como única fuente
de salvación para todos los hombres. La encíclica Redemptoris
Missio pone de manifiesto, ya desde el principio, esta verdad fundamental
de nuestra fe» como premisa indispensable para cualquier tipo
de consideraciones que puedan hacerse sucesivamente acerca de la permanente
validez del mandato misionero confiado a la Iglesia.
Jesucristo
es el centro, único y absoluto, de la historia humana: el alfa
y la omega, su principio y su fin (Ap 22, 13). Mediante la encarnación,
ha entrado en la historia de los hombres y la lleva a cumplimiento eficazmente
mediante su Espíritu.
Cristo, centro
de la historia humana, es también el centro de la historia de
la salvación, que está íntimamente relacionada
con aquella. El es el único principio de salvación para
toda la humanidad. Los textos del Nuevo Testamento son sumamente claros
al respecto : “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a
los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,10.12).
Es importante notar el carácter universal de la afirmación
de Pedro, que concierne a todos, judíos y gentiles, para los
cuales la salvación solo puede proceder de Jesucristo.
Esto mismo
afirma Juan cuando dice que Cristo, como Verbo del Padre, es "la
luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1. 18; cf. Mt 11,
27), es, el perfecto revelador del Padre, su transparencia, hasta tal
punto que verlo a él equivale a ver al Padre. Y, como revelador
del Padre, Cristo es el único camino para llegar a él:
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino
por mí" (Jn 14, 6). De modo que la comunión con el
Padre en el Espíritu, en la que consiste esencialmente la salvación,
que solo puede darse mediante el Hijo y en él.
No menos
explícito es Pablo cuando recuerda a Timoteo que "hay un
solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres.
Cristo Jesús, hombre también, que se entrego a sí
mismo como rescate por todos" (1 Tm 2.5-7); "pues Dios tuvo
a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por
él y para él todas las cosas pacificando, mediante la
sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos" (Col
1, 19-20). Por lo tanto, la mediación de Jesucristo es única
y universal. Solo él ha podido reconciliar a los hombres con
Dios, y tal reconciliación se ha producido mediante el sacrificio
de sí mismo en la cruz.
Cristo, -advierte
a su vez el autor de la carta a los Hebreos- es aquel mediante el cual
Dios, que antes había hablado por medio de los profetas, "en
estos últimos tiempos nos ha hablado" a nosotros" para
decirnos quién es. Cristo es, por consiguiente, la Palabra del
Padre: su Palabra de salvación, pronunciada con toda la fuerza
de su amor en el tiempo, y escuchada en la historia. Una Palabra definitiva»
universal y eficaz, como todas las palabras que salen de la boca de
Dios. Se salva quien acoge esta Palabra y la vive profundamente en lo
más íntimo de su corazón.
Llegados
a este punto, es necesario precisar que Cristo, fuente de toda salvación
para la humanidad, es Jesús de Nazaret, el Verbo encarnado. Por
esta razón, la encíclica afirma que debe rechazarse, como
contraria a la fe cristiana, cualquier separación al respecto.
El cuarto evangelio afirma claramente que el Verbo "estaba en el
principio con Dios", y también que "se hizo carne y
puso su morada entre nosotros" (Jn 1,2, 14). Jesús de Nazaret
es, por tanto, el Verbo eterno de Dios que, al cumplirse la plenitud
de los tiempos, asumió nuestra naturaleza humana. Se trata de
una persona única e indivisible.
Tampoco puede
separarse Jesús de la historia" que sería diverso
del "Cristo de la fe". Semejantes distinciones carecen de
fundamento en las fuentes de la revelación. El Jesús que
la Iglesia conoce y confiesa, es "Cristo, el Hijo del Dios vivo"
(Mt 16, 16). "Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste
es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos"
(RM. 6).
La afirmación
de que Jesucristo es el único principio de salvación debe
entenderse correctamente. No significa que la salvación mesiánica
sea concedida sólo a aquellos que conocen a Cristo, creen de
manera explícita en el, y han entrado plenamente, por medio del
bautismo, en su Iglesia. El texto pontificio recuerda que, si la salvación
está destina da a todos, debe ser puesta a disposición
de todos de manera concreta (RM, 10). Ahora bien, es evidente que, tanto
hoy como en el pasado, hay muchos hombres que, por diferentes motivos,
no tienen la posibilidad de conocer explícitamente a Cristo,
creer en él y, por lo tanto, entrar en su Iglesia. Es el caso,
por ejemplo, de los que han sido educados en otras tradiciones religiosas
y que aun no han oído hablar de Cristo y de su Evangelio.
Para ellos
también es posible alcanzar la salvación de Cristo, como
precisa la encíclica, "en virtud de la gracia que, aun teniendo
una misteriosa relación con la Iglesia, no los introduce formalmente
en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación
interior y ambientad. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su
sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo: ella permite
a cada uno llegar a la salvación mediante su libre colaboración"
(RM, 10).
Expresándose
de este modo, la encíclica no hace más que recoger y hacer
suyo el pensamiento del Concilio Vaticano II. Después de haber
afirmado el carácter central del misterio pascual de Cristo,
el Concilio precisa que "esto vale no solamente para los hombres
de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible.
Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre
en realidad es una sola. es decir, la divina. En consecuencia, debemos
creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de
que, en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual"
del Señor (Gaudium et spes, 22).
Por tanto,
no se les niega la salvación en Cristo a aquellos que, a causa
de las condiciones socioculturales en las que viven, no han llegado
aun al conocimiento de él y de su mensaje. Esas personas pueden
salvarse ven virtud de una gracia iluminadora que procede de Cristo,
de su misterio pascual, y que es comunicada por el Espíritu Santo,
que obra invisiblemente en el corazón de todos los hombres de
buena voluntad. Se trata, además, de una gracia que tiene una
misteriosa relación con la Iglesia, pero sin introducir formalmente
en ella. Por consiguiente, en la salvación de todo hombre, hay
siempre una relación misteriosa, pero real, con Cristo.. El designio
divino de la salvación consiste en "hacer que todo tenga
a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está
en la tierra" (Ef 1, 10).
De todo lo
que hemos dicho se deduce claramente la necesidad y la perenne actualidad
del mandato misionero. La Iglesia no puede callar; al contrario, tiene
el deber apremiante de proclamar, dentro del respeto a las diferentes
creencias y sensibilidades, que Cristo es, por voluntad divina, el único
Salvador de los hombres; de darles a conocer el rostro de Dios, que
resplandece sobre el rostro de Cristo; y de encender en sus corazones
el amor misericordioso del Padre, revelado y encarnado en su Hijo. A
la Iglesia incumbe, como exigencia esencial, el deber ineludible de
"anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo"
(Ef. 3, 8); de llevarles la novedad de la' vida que está en él,
para que todos puedan llegar al conocimiento de ese don inefable y tener
acceso a él; y de hacer a todos los hermanos participes de la
salvación que él mereció, con su muerte y resurrección,
para toda la humanidad.
Sigue siendo
un deber irrenunciable de la Iglesia proclamar que todo hombre tiene
necesidad de Cristo, el cual venció en su propia carne el pecado
y la muerte, y reconcilio a todos los hombres con el Padre; que solo
el Señor resucitado puede dar una respuesta satisfactoria a los
múltiples y graves enigmas que lo agobian; que solo E1 puede
ofrecerle la salvación integral, que abarca a todo el hombre
y a todos los hombres, abriéndoles, una vez destruidas todas
las barreras, el magnifico horizonte de la filiación divina;
que solo en Cristo resucitado el hombre puede ser liberado de toda la
alienación y de todo descarrío, de toda esclavitud del
pecado y de la muerte, "porque él es nuestra paz" (Ef
2, 14).
El Sumo Pontífice,
subrayando de forma notable el "cristocencrismo misionero, reafirma
la enseñanza de la exhortación apostólica Evangeli
nuntíandi, según la cual, "la evangelización
también debe contener siempre como base, centro y a la vez culmen
de su dinamismo una clara proclamación que en Jesucristo, Hijo
de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación
a todos los hombres, (...) no una salvación puramente inmanente,
(...) sino también una salvación trascendente" (Evangelil
nuntiandi. 27).
Por consiguiente,
el intento que se ha hecho, a veces, en el contexto de una inexacta
teología de las religiones, de relativizar el papel de Cristo
en la historia de la salvación y, por tanto, también en
la actividad misionera de la Iglesia, esta en pleno contraste con la
enseñanza y la doctrina profesada siempre por la Iglesia. Para
que sea auténtica, toda misión debe estar centrada en
Cristo, único "Salvador de los hombres, y orientada, como
a su fin ultimo, a llevar a los hombres a la plenitud de la verdad que
está en él, y a conducirnos, por medio de él, en
el Espíritu, a la perfecta y vital comunión con el Padre,
En esto consiste esencialmente la salvación mesiánica.
JOSÉ SARABIA
MARTINS. C.M.F.
Secretario de la Congregación para la educación católica
L"OSSERVATORE ROMANO No. 145 de Abril de 1991