IGLESIA MINISTERIAL
Fundamentos Teológicos - Pastorales

 

 

FUNDAMENTOS A PARTIR DE LA CRISTOLOGIA

En tiempos del mismo Jesús encontramos las primeras personas invitadas, por El mismo, a "seguirle y convertirse en pescadores de hombres" (Cfr. Mt. 4, 1.9; Mc 1,17), asociando así hombres a su misión desde el inicio de su ministerio público.

Así pues, vemos a Cristo hacerse acompañar de colaboradores: le acompañan en su tarea do predicar (Cfr. Mc. 1,35- 39; 2,23; 3,7» 4,35; 5,1; 6,1); los discípulos y los doce, incluso un grupo de mujeres, van y vienen con El (Cfr. Mc. 8,10; 8,27; Lc 8, 1-3). Mas el llamado a seguirle lo hace asimismo para enviarlos a colaborar en su obra, como le hace con el grupo de los doce que formó a partir del primer grupo de discípulos también acompañantes suyos (Cfr. Mc. 2,23; 3,7-9; 3,13-14; 6,7-13. 30); igual forma de proceder tiene para el grupo de los primeros misioneros señalados como los setenta y dos discípulos (Cfr. Lc 10, 1-20).

Vemos, pues, a los hombres que lo habían aceptado y creído que colaboran con el en su ministerio. Para Cristo es indispensable la mediación humana, la ministerialidad en orden al establecimiento del Reino (Cfr. CEM "Los Ministerios y la Conferencia Episcopal Mexicana". EDICEM, 2a. Edición, México (1987), pág. 97-98).

Más tarde, después de su partida, aparece más claramente el ministerio de los doce, como testigos de la resurrección y portadores principales de la misión en la fuerza del Espíritu. Surgen las primeras comunidades cristianas (Cfr. Hech. 1 y 2).

Ya en épocas da la Iglesia apostólica, el ministerio de ellos aceptó otros servicios necesarios de parte de los fieles, fieles que colaboraban en la expansión de la Palabra de Dios al ser perseguidos cuando la muerte de Esteban (Cfr. Hech. 8, 1-4; 11, 19-20). En la Iglesia de esos primeros tiempos también encontramos, v.gr., a Apolo, judío convertido que, con fervor de Espíritu, hablaba y enseñaba sobre Jesús (Cfr. Hech. 18,24-26); Las hijas de Felipe que profetizaban y desempeñaban un papel importante en las comunidades (Cfr. Hech. 21,9; 9,6; 11,27; 13, l-2; 15,32) 21., 10-11; Ef 4,11; Judas y Silas quienes exhortaban y confortaban a los hermanos (Cfr.Hech. 15,32) ; otras personas, los doctores, que instruían sobre la Palabra y seguraban la fidelidad a la enseñanza apostólica (Cfr. Hech. 13,1; 1Cor 12,28; Ef. 4,11; Heb.5,12); los delegados para la comunión dé las Iglesias y promover la unidad en ellas quienes a veces acompañaban a Pablo (Cfr. Hech. 11,22.29-30; 2Cor S,23j 15, 2. 22. 25. 27. 30. 33.); los que sirven a la caridad, a los pobres, a la comunicación de bienes, a la distribución de colectas (Cfr. Hech. 4,32-37; 11,29-30; Rom. 15, 26.27; 1 Cor 4; 2Cor 8,1-9.15); otros muchos (algunas parejas, hombres, mujeres) ejercitan la hospitalidad y acogida con, los apóstoles, otros hermanos y la comunidad que se reúne en sus casas; Lidia (Cfr. Hech. 16,40), Águeda y Priscila (Cfr. Hech. 18,2), Tito Justo (Cfr. Hech. 15,7), la mamá de Rufo (Cfr. Rom. 16,3), Febe (Cfr. Rom. 16,1-2).

Encontramos, pues, cómo el mismo Cristo no sólo se acompaña de hombres en su misión, sino que también los hace colaboradores suyos y cómo, los simples fieles desempeñan actividades en orden a edificar, vivificar y dinamizar las comunidades aunque, claro sin que esas actividades sean llamadas "ministerios", vemos asimismo como las comunidades evangelizadas, al ser evangelizadoras suscitan nuevas situaciones y necesidades que van originando muchos y variados servicios – ministerios. Igualmente descubrimos de qué manera los apóstoles van siendo dóciles al Espíritu que, a través de las necesidades de las comunidades, suscita diferentes servicios y ministerios para la vida y misión de las mismas al instituirlos con su autoridad. Por esto encontramos en el ser y quehacer de la Iglesia más fundamentos de los servicios y ministerios confiados a los laicos. Consideremos, pues, esos otros fundamentos.

Teológicamente el punto de partida para abordar la cuestión de los ministerios es Cristo, y el Cristo Servidor quien ratificó y significó, lavándoles los pies a sus Apóstoles en la última cena, que toda su vida fue servicio y que el objetivo de su venida al mundo no fue ser servido, sino servir (Cfr. Mc 10,45).

En efecto, "llegada la plenitud de los tiempos (Gal. 4) Dios Padre envío al mundo a su hijo Jesucristo nuestro Señor, verdadero Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y verdadero hombre, nacido de María la Virgen por obra del Espíritu Santo. En Cristo y por Cristo, Dios Padre se une a los hombres. El Hijo de Dios asume lo humano y todo lo creado fortalece la comunión entre su Padre y los hombres. El hombre adquiere una altísima dignidad y Dios irrumpe en la historia humana, vale decir, en el peregrinar de los hombres hacía la libertad y la fraternidad que aparecen ahora como un camino hacia la plenitud del encuentro con El”(P 199).

Jesús, ungido por el Espíritu, vivió en medio de su pueblo anunciando ante todo un Reino, el Reino de Dios y como núcleo y centro de su Buena Nueva, la salvación (Cfr. EN 8;9). Esta proclamación del Reino la llevó a cabo mediante la predicación de su Palabra, Palabra que revela el secreto de Dios, su designio y promesa (Cfr. EN 11), desempeñando así el ministerio profético, ejerciendo la función de Maestro del hombre. Este ministerio profético lo siente como algo Irrenunciable y que no debe dejar de hacer; "es preciso que anuncie el Reino de Dios en otras ciudades, porque para eso he sido enviado” Cfr. (Lc 4, 43).

A esa predicación unió los hechos “como acciones maravillosas y actitudes sorprendentes que muestran que el Reino anunciado ya esta presente" (P 191) y qué son realizaciones concretas del mismo (Cfr, Ibidem): "enfermos curado», ... pan multiplicado, muertos que vuelven a la vida" (EN 12); endemoniados liberados del maligno (Cfr. Mc 1, 23-28); pecadores reivindicados (Cfr. Jn 8, 1-11; Mc 14, 3-9); solidaridad con sus amigos en el hambre y sufrimiento (Mc 2, 23; Mt 12,1; Lc 6,1-4; Jn 11,33); hombres tristes consolados (Cfr. Lc: 7.11-17); la justicia de Dios establecida y la verdad eterna testimoniada (Cfr. Jn, 13, 33-37; 19, 9-11); pobres privilegiados por su amor y su obra evangelizadora (Cfr. Lc 4, 14-19; Mt. 11, 1-5; Lc. 7,13-22) como "centro de todo, el signo al que El atribuye una gran importancia" (EN 12). Es así como Cristo va instaurando el Reino; sirviendo en el amor hecho obras a sus hermanos es así como Jesucristo desempeña su función, su regla: servir; es así como Jesucristo, entre otras formas, es Rey.

Aunado a lo anterior "cumpliendo el mandato recibido de su Padre, Jesús se entregó libremente a la muerte en cruz, Crucificado que ofrece su vida en sacrificio por todos; víctima pascual que nos redime de nuestros pecados; hijo obediente que encarna ante la justicia salvadora de su Padre el clamor de liberación y redención de todos los hombres" (P 194), Esta acción redentora, santificadora de Cristo en favor del hombre es, al mismo tiempo, el más puro culto a Dios, la máxima gloría a su Padre (Cfr. Jn. 17, 1-5; 12,27-29). El así se convierte para nosotros en nuestro sumo sacerdote, nuestro santificador (Cfr. Heb 10,5-10; 6, 14-16; 5, 7-10). Este sacerdocio igualmente lo ejerce haciendo oración en favor de los hombres, de sus discípulos, de sus apóstoles, de su Iglesia toda (Cfr. Jn. 17, 7-24). El es, pues, la vida, el sacerdote, el santificador por excelencia para, los hombres.

Más Jesús realizó su triple ministerio en y por la fuerza del Espíritu pues "sobre Jesús de Nazaret el Espíritu descendió en el momento del bautismo cuando la voz del Padre "Tú eres mi Hijo muy amado, en ti pongo mis complacencias" (Mt, 3,17) manifiesta de manera sensible su elección y misión. "Es conducido por el Espíritu" (Mt.4,1) para vivir en el desierto el combate decisivo y la prueba suprema antes de dar comienzo a esta misión. "Con la fuerza del Espíritu" (Lc. 4,14) vuelve a Galilea e inaugura en Nazaret su predicación aplicándose a sí mismo el pasaje de Isaías; "El Espíritu del Señor está sobre mí" (Is.61,1). "Hoy, proclama El, se cumple esta escritura" (Lc.4, 18-21)" (EN 75).

Después, movido por el mismo Espíritu, Jesús da gracias a su Padre por la obra que ha hecho con los 72 discípulos a quienes había enviado como sus precursores (Cfr. Lc. 10, 21-24); también lanza a los demonios por el poder de ese Espíritu (Cfr. Lc 11,20); Cristo pronuncia las palabras que el Espíritu le comunica sin medida (Cfr. Jn. 3, 34) de ahí que sus palabras sean Espíritu y vida (Cfr. Jn. 7, 63-64); también, por eso en su nombre el Padre y El mismo lo enviará a sus discípulos (Cfr, Jn. 14, 25; 15,26) para recordarles y llevarlos a la verdad completa y glorificarlo a El (Cfr. Jn. 15, 26; 16, 12-15); es resucitado por su poder y, finalmente, una vez resucitado por su medio dio instrucciones a sus apóstoles elegidos (Cfr. Hech. 1,2).

Por este ministerio que Cristo ejerció con toda fidelidad "el Padre resucita a su Hijo... lo exalta gloriosamente a su derecha, lo colma de la fuerza vivificante de su Espíritu. Lo establece como cabeza de su cuerpo que es la Iglesia" (P 195).

Podemos concluir, pues, que el ministerio en su origen y en su concepción más pura se identifica con Cristo; el ministerio con acepción cabal solamente compete a Cristo único enviado del Padre, autentico «servidor, el siervo de Yahvé, Cristo es así también la fuente de todo ministerio, es el único que puede confiar y comunicar su ministerio no sólo a los apóstoles, sino también a sus sucesores, sus colaboradores y a todos los laicos, es decir, a su Iglesia toda.