Etim.:
del latín, magister, enseñar
El magisterio
es la autoridad de la Iglesia, investida a los obispos, como sucesores
de los Apóstoles, para enseñar la fe bajo la autoridad
del Sumo Pontífice, sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y cabeza
visible de la Iglesia católica. El magisterio incluye la enseñanza
de la doctrina, la moral y las costumbres.
El
Magisterio según el Catecismo
85. "El
oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral
o escrita, ha sido encomendado solo al Magisterio vivo de la Iglesia,
el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DV 10), es decir,
a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo
de Roma.
86. "El
Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su
servicio, para enseñar solamente lo transmitido, pues por mandato
divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente,
lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único
depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por
Dios para ser creído" (DV 10).
87. Los
fieles, recordando la palabra de Cristo a sus apóstoles: "El
que a vosotros escucha a mí me escucha" (Lc 10, 16; Cf.
LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que
sus pastores les dan de diferentes formas.
2034 El Romano Pontífice y los obispos como "maestros auténticos
por estar dotados de la autoridad de Cristo ... predican al pueblo que
tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica".
El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión
con él enseña a los fieles la verdad que han de creer,
la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.
2049
El Magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se ejerce
ordinariamente en la catequesis y la predicación tomando como
base el Decálogo que enuncia los principios de la vida moral
válidos para todo hombre.
2050
El Romano Pontífice y los obispos, como maestros auténticos,
predican al pueblo de Dios la fe que debe ser creída y aplicada
a las costumbres. A ellos corresponde también pronunciarse sobre
las cuestiones morales que atañen a la ley natural y a la razón.
2032 La Iglesia, "columna y fundamento de la verdad" (1 Tm
3, 15), "recibió de los apóstoles este solemne mandato
de Cristo de anunciar la verdad que nos salva".[73] "Compete
siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales,
incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio
sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los
derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de
las almas".
2033
El magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se ejerce
ordinariamente en la catequesis y en la predicación, con la ayuda
de las obras de los teólogos y de los autores espirituales. Así
se ha transmitido de generación en generación, bajo la
dirección y vigilancia de los pastores, el "depósito"
de la moral cristiana, compuesto de un conjunto característico
de normas, de mandamientos y de virtudes que proceden de la fe en Cristo
y están vivificados por la caridad. Esta catequesis ha tomado
tradicionalmente como base, junto al Credo y el Padre Nuestro, el Decálogo
que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos
los hombres.
2034
El Romano Pontífice y los obispos como "maestros auténticos
por estar dotados de la autoridad de Cristo ... predican al pueblo que
tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica".
El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión
con él enseña a los fieles la verdad que han de creer,
la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.
2035
El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo
está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende
a todo el depósito de la revelación divina; se extiende
también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral,
sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser
salvaguardadas, expuestas u observadas.
2036
La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos
específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida
por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las
prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce
una parte esencial de su función profética de anunciar
a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser
ante Dios.
2037
La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles
como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho
de ser instruido s en los preceptos divinos salvíficos que purifican
el juicio y, con la gracia, sanan la razón humana herida. Tienen
el deber de observar las constituciones y los decretos promulgados por
la autoridad legítima de la Iglesia. Aunque sean disciplinares,
estas determinaciones requieren la docilidad en la caridad.
2038
En la obra de enseñanza y de aplicación de la moral cristiana,
la Iglesia necesita la dedicación de los pastores, la ciencia
de los teólogos, la contribución de todos los cristianos
y de los hombres de buena voluntad.
La fe
y la práctica del Evangelio procuran a cada uno una experiencia
de la vida "en Cristo" que ilumina y da capacidad para estimar
las realidades divinas y humanas según el Espíritu de
Dios. Así el Espíritu Santo puede servirse de los más
humildes para iluminar a los sabios y los constituidos en más
alta dignidad.
2039
Los ministerios deben ejercerse en un espíritu de servicio fraternal
y de entrega a la Iglesia en nombre del Señor. Al mismo tiempo,
la conciencia de cada cual en su juicio moral sobre sus actos personales,
debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor
empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos
según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente
en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio
sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal
y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.
2040
Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero espíritu
filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia
bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo
miembros del Cuerpo de Cristo. En su solicitud materna, la Iglesia nos
concede la misericordia de Dios que va más allá del simple
perdón de nuestros pecados y actúa especialmente en el
sacramento de la Reconciliación. Como madre previsora, nos prodiga
también en su liturgia, día tras día, el alimento
de la Palabra y de la Eucaristía del Señor.
Los católicos
obedecemos al magisterio porque es la auténtica interpretación
de la palabra de Dios encomendada por Jesucristo al Papa y a los obispos
en comunión con el. `El que a vosotros oye, a Mí me oye`
(Lc 10:16). Todas las enseñanzas del magisterio son importantes
y dignas de ser recibidas con obediencia.
Es cierto
que hay una jerarquía entre las verdades que nos ayuda a entender
mejor como éstas se conectan entre si. El Papa y los obispos
no ejercen el mismo grado de autoridad en todas las enseñanzas.
Pero esto no debe ser pretexto para despreciar ninguna de sus enseñanzas.
El Papa Pío XII (Humani generis, 12-14) advierte de este peligro:
Hay algunos
que, de propósito y habitualmente, desconocen todo cuanto los
Romanos Pontífices han expuesto en las Encíclicas sobre
el carácter y la constitución de la Iglesia; y ello, para
hacer prevalecer un concepto vago que ellos profesan y dicen haber sacado
de los antiguos Padres, especialmente de los griegos. Y, pues los Sumos
Pontífices, dicen ellos, no quieren determinar nada en las opiniones
disputadas entre los teólogos, se ha de volver a las fuentes
primitivas, y con los escritos de los antiguos se han de explicar las
constituciones y decretos del Magisterio. Afirmaciones éstas,
revestidas tal vez de un estilo elegante, pero que no carecen de falacia.
Pues es verdad que los Romanos Pontífices, en general, conceden
libertad a los teólogos en las cuestiones disputadas -en distintos
sentidos- entre los más acreditados doctores; pero la historia
enseña que muchas cuestiones que algún tiempo fueron objeto
de libre discusión no pueden ya ser discutidas. Ni puede afirmarse
que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por
sí nuestro asentimiento, pretextando que los Romanos Pontífices
no ejercen en ellas la suprema majestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas
del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas
palabras: `El que a vosotros oye, a Mí me oye` (Lc 10:16); y
la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas
pertenece ya -por otras razones- al patrimonio de la doctrina católica.
Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito
pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es
evidente que, según la intención y voluntad de los mismos
Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de
libre discusión entre los teólogos.
