CONSTITUCIÓN
DE LA ANTIBABEL, LA IGLESIA
Pentecostés
Al
anochecer del día de la resurrección, cuando los discípulos
estaban en una casa con las puertas atrancadas, Jesús entró,
se puso en medio, y les dijo: «Paz a vosotros». «Como
el Padre me ha enviado así os envío yo. A continuación
sopló sobre ellos, y les dijo: “Recibid el Espíritu
Santo”». (Juan 20, 19). Los apóstoles, pues, ya recibieron
el Espíritu Santo el día de la resurrección. Jesús
los ha estado preparando para este día, y para enviarles a la
misión de extender la creación del mundo nuevo, con hombres
nuevos. Si el Génesis describe la creación de la vida
en el primer hombre soplando en su nariz (Gén 2,7), ahora, que
comprados por su sangre derramada, son creados los primeros hombres
nuevos, libres ya de pecado, y reconstruida la imagen de su semejanza,
que el hombre había roto, repite Jesús, autor de la nueva
creación, el gesto del soplo, para hacer visible la realidad
que está obrando en aquellos hombres elegidos para ser los propagadores
de esa nueva vida en el mundo.
Durante
los años de su formación, para que vencieran la tentación
de desertar, les había advertido que «quien pone la mano
en el arado y vuelve la vista atrás, no es apto para anunciar
el reino de los cielos» (Lc 9,62).
Lo
que Dios comienza no se interrumpe. Por eso Jesús, que ha sido
enviado al mundo por el Padre para cumplir su voluntad de redimirlo,
envía a sus discípulos al mundo, como continuadores de
su obra apenas comenzada, de transformar y recrear la vida de los hombres.
Dios quiere que todos los pueblos de todos los tiempos lleguen al conocimiento
de la verdad de que son amados por él.
Aparte
de la narración del libro de los Hechos, que Lucas recrea con
símbolos preexistentes en la tradición: el soplo creador
de Dios, que se convierte en viento recio; las llamas del Sinaí,
convertidas en lenguas, órganos de la predicación y del
anuncio de la buena noticia; el poder de Dios manifestado en la general
convocatoria «de judíos de todas las naciones de la tierra»,
que a la vez anuncian el universo al que tiene que llegar el evangelio,
por eso se dice que proceden de más de doce regiones distintas:
partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea, Capadocia,
del Ponto, de Asia, de Frigia, de Panfilia, de Egipto, de Libia, de
Roma, cretenses y árabes. Aparte, digo, de la narración
elaborada, la llegada del Espíritu Santo fue un acontecimiento
interior, que cada uno de los reunidos en la casa, experimentó.
Fue una experiencia fuerte del Espíritu, que actuaba la presencia
de Jesús, siempre presente cuando dos o más están
reunidos en su nombre (Mt 18,20).
Sería
un sentirse aligerados de sus cargas de deficiencias y pecados y rastros
de pecados personales. Sería una disposición para la acogida
y para la unión fraterna. Sería un deseo de comenzar ya
a predicar el evangelio. Sería una caridad inmensa que nunca
habían experimentado tanta. Sería un consumirse de amor
por el Cristo, un ansia por la fracción del pan, una veneración
de la Palabra y un hambre de escucharla y un empeño en dar a
conocer lo que ellos estaban sintiendo y viviendo, y una disposición
a vencer todas la dificultades y separaciones que les iba a exigir el
ir a predicar a todo el mundo. Fue un manifestarse la alegría
y el consuelo, con gran emoción. Fue una eclosión de fe,
de amor y de esperanza.
¿Y
cómo salieron aquellos hombres, apocados y tímidos, al
ser impulsados por el Espíritu Santo? Dios que siempre se ha
valido de proyectos humildes, y de hechos pequeños para manifestar
su grandeza, demuestra ahora sus maravillas para decirnos lo que puede
hacer su Espíritu en personas dóciles, aunque sean frágiles.
A
quienes lo esperan todo de las fuerzas humanas, les parecerá
una locura el plan de evangelizar el universo con una docena de pobres
hombres. Jesús explicó las parábolas de la levadura
en la masa, del grano de mostaza y del sembrador que siembra su semilla,
pero ¿no sería una utopía pensar que estos pobres
hombres incultos pudieran poner en pie al mundo entero?
El Espíritu de Jesús ha transformado a aquellos hombres.
Los ha cambiado: «A quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados».
La
renovación de la faz de la tierra por el Espíritu comienza
por el perdón de los pecados. Como para construir un edificio
nuevo hay que comenzar por derribar los muros viejos y carcomidos y
hay que echar por tierra las ruinas, así el mundo tiene que ser
rehecho, recreado desde los cimientos, destruyendo previamente los pecados
con el perdón de Dios. Quitado el pecado desaparece su dimensión
de conflictividad interhumana y de pretensión de autosalvación,
que hubo en la construcción de la torre de Babel (Gén
11,1).
«Voy a bajar y a confundir su lengua». Es el símbolo
de la conflictividad. Mientras hablen una sola lengua los hombres se
entenderán, porque la lengua es principio de unión. El
pecado introduce el conflicto con Dios y con los hombres entre sí.
Eso es Babel.
El
Espíritu en Pentecostés, hace que los que lo reciben,
aunque hablan distintas lenguas, se entiendan en su alabanza a Dios
y en la paz con los hermanos: «Congrega en la confesión
de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad
de lenguas» (Prefacio).
El
Espíritu es el principio de la unidad de la Iglesia, que, aunque
tiene muchos miembros, la anima un solo espíritu. «Todos
hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Corintios 12,3). Él
nos llena del conocimiento pleno de toda la verdad. Él es la
fuerza que recrea, que doblega la soberbia de los hombres, que rompe
la dureza del corazón, que fortalece su cobardía y les
otorga lenguas como espadas, para que prediquen la salvación
a toda la tierra.
Del costado de Cristo muerto en la cruz manó sangre y agua, bautismo
y eucaristía, sacramentos de redención y de nueva creación
por el Espíritu Santo. Por Él podemos comprender la anchura
y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo (Ef 3,18).
A
los que tendemos a encerrarnos en nuestro propio mundo, el Espíritu
rompe nuestra estrechez. Por él podemos llegar muy lejos. Por
él nosotros, enanos, somos elevados hasta Dios. Por él
nuestra superficialidad se interioriza.
El
8 de diciembre de 1962, Juan XXIII, en la sesión solemne de clausura
de la primera etapa del Concilio, decía que este sería
«el nuevo Pentecostés», que hará que «florezca
en al Iglesia su riqueza interior y su extensión a todos los
campos de la actividad humana». Y Pablo VI: «El Espíritu
está aquí, para iluminar y guiar nuestra obra en provecho
de la Iglesia y de la humanidad entera» (14 de septiembre de 1964).
Que se cumpla hoy en nosotros, en esta celebración eucarística.
¡Ven, Espíritu Santo, y renueva la faz de la tierra!
