CON
AMOR INMENSO TE AMÉ
Jueves
Santo
«Sabiendo
Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo
al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo» (Juan 13,1). El amor inmenso de Dios a sus discípulos
y en ellos a todos los hombres, encerrado en el Corazón de Cristo,
como un embalse gigantesco, parece que se va a desbordar en la expresión
del evangelista: «los amó hasta el extremo». La manifestación
de esa amor extremado va a ser la institución de la eucaristía.
San Juan de Ribera lo formó en un mote episcopal: Tibi post haec,
fili mi, ultra quid facial. «Después de esto, ¿qué
más puedo hacer por ti, hijo mío?» (Gén 27,37).
La característica
más típica de la pascua hebrea era que había de
celebrarse «deprisa». Su celebración es anterior
a la vida del pueblo de Israel en Egipto. Era una fiesta de pastores,
que se celebraba en la primavera. En el plenilunio, sin sacerdote y
en familia, se sacrificaba un cordero y con su sangre ungían
los palos de la tienda. Este gesto tenía carácter propiciatorio.
Asaban el cordero y lo comían con pan ázimo y con hierbas
amargas.
Con la liberación
de Egipto, la Pascua ya conocida y celebrada, recibe un significado
nuevo y salvífico: Desde entonces, la «Pascua», pasah,
es el paso del ángel exterminador de los primogénitos
egipcios, pasando de largo ante las casas de los hebreos, ungidas con
la sangre del cordero. Israel salió deprisa de Egipto. La esclavitud
cesaba y comenzaba el Éxodo. Ya no sería celebrada la
pascua hasta la entrada en la tierra prometida pasado el Jordán,
al llegar a Jericó. A partir de entonces, la celebrarán
según las prescripciones del Éxodo: con el vestido de
viaje, ceñida la cintura, con un bastón en la mano y «deprisa»,
como peregrinos: «Hora es ya de caminar», dijo santa Teresa
preparándose para la muerte, para el paso (Éxodo 12,1).
Paso del Señor, ahora en el recuerdo, como salvación actualizada.
En la historia y en mi historia. Será este el primer mes del
año. Será celebrada en familia, por tanto en el amor.
Los romanos
habían enseñado a los judíos que los hombres libres
comen sentados; sólo los esclavos comen de pie. Y sentados comían
ya, en tiempo de Jesús.
El Cenáculo está situado en la parte alta de Jerusalén.
Una vez todo preparado y a punto, Jesús, que había visto
celebrar y había celebrado toda su vida la cena pascual, reunido
con sus discípulos, recostados alrededor de la mesa, se dispone
a comer la Pascua.
Jesús recita una breve oración para bendecir la mesa y
todos se lavan las manos. Depués bendice una primera copa que
hace circular entre los convidados, y dice: «¡Cuánto
he deseado cenar con vosotros esta Pascua antes de mi Pasión!
Porque os digo que nunca más la comeré hasta que tenga
su cumplimiento en el reino de Dios» (Lc 22,15). Se llevan a la
mesa junto con el pan ázimo, hierbas amargas untadas con salsa
roja hecha con dátiles, almendras, higos y canela. Después
se sirve el cordero asado. Se reparte una segunda copa mientras Jesús
explica el significado de la Pascua, recordando los beneficios de Yavé
a su pueblo, y su liberación de Egipto.
Recostados
como están sobre cojines, comen el cordero pascual asado y las
hierbas silvestres, y mientras todos beben la segunda copa, dice Jesús:
«Tomad esto y repartidlo entre vosotros. Porque os digo que ya
no beberé el vino de la vid hasta la llegada del reino de Dios»
(Lc 22,15).
Los discípulos
van a contemplar atónitos una escena impresionante: Jesús
se pone en pie y toma una jofaina y comienza a lavarles los pies y a
secárselos con la toalla. Pedro se resiste y Jesús le
dice que si no se deja lavar los pies, lo descarta de los suyos. Sólo
entonces Pedro deja hacer, aunque no lo comprende. Él quiere
hacer cosas por Cristo, hasta dar la vida por Él. Piensa que
puede purificarse él solo; es necesario que Pedro se deje salvar
por Jesús. Que se deje amar por el Señor. Que acepte su
servicio salvífico redentor. Este lavatorio tiene un sentido
más profundo de lo que parece: no sólo es un acto de amor
y un humilde servicio a sus discípulos, y acto ejemplar que deben
realizar unos con otros; es un bautismo, anticipación y profecía
del bautismo de sangre de mañana, Viernes Santo, cuando la derrame
por Pedro y por todos los hombres en el Calvario. Lavar es purificar.
La misión de Jesús es asociarse un pueblo de purificados.
Así encuentran significado las palabras dichas a Pedro. Que el
pequeño se incline ante el grande, no es humildad, es normalidad.
Que el que grande se abaje a pequeño, eso es humildad. «Cristo,
a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría
de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la
condición de esclavo, haciéndose uno de tantos»
(Flp 2,6). Pero, ni la muerte ni la resurrección significados
en el lavatorio, serán eficaces, sin la fe y el amor de los discípulos.
Por eso Judas, que estaba presente, sigue manchado. Jesús quiere
crear una comunidad de amor entre los hombres, desde su amor. Jesús
les purifica de todo lo que se opone al amor. Ahora Pedro exagera: los
pies y la cabeza. Basta la aceptación de la purificación.
Juan no nos
relata la institución de la Eucaristía, porque cuando
él escribe su evangelio, ya lo han hecho los tres sinópticos,
y porque sus oyentes ya lo conocían y practicaban la fracción
del pan.
De Mateo,
Lucas y Marcos, recibimos la narración escalofriante, hecha con
toda sencillez y laconismo: «Mientras comían, Jesús
cogió un pan, pronunció la bendición y lo partió;
luego lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed; esto es
mi cuerpo. Y cogiendo una copa, pronunció la acción de
gracias y se la pasó, diciendo: Bebed todos, que esta es mi sangre,
la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón
de los pecados» (Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,15).
Veinticinco
años más tarde, Pablo testifica que él ha recibido
la misma tradición del Señor (1 Corintios 11,23).
Hoy, estamos
reunidos para celebrar el sacrificio del Señor, cuyo amor inmenso
al que apenas podemos asomarnos, nos produce vértigo. Al comer
este pan y beber este cáliz esta tarde y quedar incorporados
unos con otros todos; cantemos de corazón con el salmista: «El
cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me
ha hecho? Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu
nombre, Señor» (Salmo 115).
